Uno: Berrington

GLASSMOOTH, 11 AÑOS ATRÁS.


- Yo creo que es bonito.


Levanté los ojos de mi regazo, donde mis manos limpias se retorcían con nerviosismo, para ver al amigo de mis hermanos asomado a la puerta del salón de juegos con una expresión de preocupación.


Inmediatamente sequé mis lágrimas con la manga de mi vestido sabiendo que mamá no estaría cerca para reñirme.


- El vestido. - siguió. - Es rosa, pero es un rosa bonito. - bajé mis ojos a mi vestido una vez más y le fruncí el ceño al niño delante de mí.


Kenneth y James habían sido malos conmigo.


Siempre, llevase lo que llevase, encontraban el modo de hacerme llorar. Nunca podía jugar con ellos si venía John a casa y nunca podía saber sus secretos o entrar en sus refugios en el bosque o habitaciones. Solo me querían alrededor cuando aquél niño no estaba y por eso le había declarado la guerra del silencio. Detestaba que me quitase a mis crueles y despeinados hermanos.


- Quiero decir, - intentó nuevamente - no pareces un cerdito con él puesto.


Clavé los ojos en él. Sabía que mis ojos oscuros intimidaban a los niños. Eso era exactamente lo que quería hacer, intimidarle. Y cuando tragó audiblemente, me sentí triunfante.


Debía tener siete u ocho años, pero no me importaba, estaba acostumbrada a tratar con chicos grandes.


Cuando al fin John tonto Morris se iba a su casa, tenía que soportar una cena entera escuchando a los dos otros tontos hablar de lo bien que se lo pasaban con él, de lo increíblemente divertido que era y de los planes que ya tenían organizados para la próxima vez que viniese.


Que desgraciadamente, sería siempre dos días más tarde.


Lo que hizo aquella tarde distinta a todas las demás fue que era la primera vez que me hablaba, y era, cuanto menos, extraño.


- Quiero decir, - volvió a probar. - estás bonita en él. - mi ceño se apretó aún más. Hubo un silencio y él se movió incómodo.


Si creía que iba a conseguir mi simpatía también, iba listo. Sería la única de la casa que no le aguantaba, pero podía vivir con eso.


Le arqueé una ceja a modo de desaire.


Se mordió el labio, carraspeó y se rascó la nariz antes de decir:


- No dejes que Kenneth y James te vean llorar. Eso es lo que quieren.


Sus ojos encontraron los míos y me regaló una pequeña sonrisa.


Eran azules, profundos y simpáticos. El pelo le caía sobre los ojos en un tono rubio platino y su rostro estaba rojizo y sudoroso, pues había pasado la tarde corriendo con mis hermanos.


El gesto fue bastante agradable. Pero agradable y nada más, porqué él seguía siendo el ladrón de mis hermanos y yo seguía con la ceja arqueada y la cara de pocos amigos.


- Me llamo John, por cierto.


No iba a contestar, juro que no, pero aquella aclaración me pareció tan obvia que decidí expresarle con palabras lo tonto que era.


- Ya lo sé. - dije - Hace varios años que vienes por casa.


- Ya. - contestó un poco más duro.


- Ya - rebatí.


Entonces él me dio una última mirada y se fue casi corriendo.


Después de esa tarde, cada día que venía a visitarnos, se aparecía en el salón de juegos para decir alguna cosa obvia.




KENT, 1818 (Actualidad).



- ¿Puedes creerte el maravilloso día que hace hoy, tía? - dije suspirando mientras el sol calentaba mis tobillos indebidamente descubiertos.


Mi tía Lorrain sonrió de un modo comedido, con sus ojos cerrados y la nariz apuntando al rayo de sol que calentaba nuestras pieles.


- No puedo creer que haya pasado un año entero desde aquella tarde en la que llegaste aquí. - murmuró.


Con mi pie alcancé su pierna y la golpeé suavemente obligándola a abrir los ojos y mirarme. Su pelo oscuro, tan oscuro como el mío y el de mamá, estaba fuertemente agarrado sobre su coronilla. Siempre me preguntaba si no le dolería la cabeza.


- Solo vamos a Londres a conocer a mi nuevo sobrino, tía. - dije. - No voy a quedarme allí. Tú vienes conmigo. - mi voz sonó muy autoritaria. Demasiado, tal vez. - Y yo vuelvo contigo.


Todo un año había pasado, y solo fui a Londres una vez, dos semanas más tarde de llegar a Kent para asistir a la boda de James y Kate. Ella estaba hermosa, más hermosa de lo que la había visto antes, si es que eso era posible.


Cuando conocí a Brook la amé al momento por su dulzura y su saber estar, cuando conocí a Kate me di cuenta de que la mezcla de las dos era lo que yo quería ser.


Bien, no lo tenía seguro, lo único que sabía era que no podía soportar más que la gente y la sociedad me vieran como otra de las niñas casaderas de Londres, sin cerebro ni criterios.


Visto objetivamente eso era lo que se esperaba de una de esas niñas. De todas ellas, de hecho. Pero mi entorno, mis hermanos, sus mujeres, mi madre, mi padre...todos, me habían hecho ver que eso no era lo que yo quería.


Yo quería casarme por amor, como todos mis hermanos habían hecho, quería ser deseada y admirada, quería que las cabezas se girasen cuando yo pasara. Quería dejar de ser Sally, la niñita pálida con cabello lacio y sonrisa dulce, que todos sacaban a bailar. Pero solo a bailar. Y por primera vez en mucho tiempo, era lo que tenía.


Kent me permitió empezar de cero, dejar atrás el pasado, mi antigua yo, mi antiguo tormento. Todo.


Y al ver a James en el altar, impecablemente vestido, con sus ojos verdes puestos en la mujer que amaba, luciendo como un tonto enamorado, irremediablemente me enamoré de la idea del romance y el amor perfecto.


Sabía que lo que había experimentado en mi vida nunca se podría comparar a lo que mis hermanos encontraron, a lo que Brook y Kate y mamá tenían o tuvieron. Y quería encontrar eso por encima de todas las cosas.


- ¿Cuándo vas a dejar de esconderte en esta jaula? - suspiró Lorrain devolviéndome a su soleado y verde jardín.


- Esto no es precisamente una jaula. - dije con sarcasmo echando una nueva ojeada a lo que había sido mi hogar durante los últimos meses.


Las murallas de la gran casa del duque Berrington brillaban bajo el sol de mediodía en su interminable cometido por guardar el castillo de su señor. Aquél lugar al que tía Lorrain llamaba jaula, era la extensión de tierra más rica del condado.


Glassmooth era una sombra al lado de este lugar.


Pero ella, que no amaba al duque cuando se casó, sentía su vida atrapada entre los muros que yo tanto llegué a amar. Y podía entenderlo, después de todo.


- Con el tiempo entenderás, - dijo volviendo a su posición relajada y sus ojos cerrados al sol. - que los problemas sin resolver te atraparán con el tiempo. No importa cuán grande sean los muros que pongas entre ellos y tú. - sonrió maliciosamente, golpeó su pie en mi pierna. Me tensé, como cada vez que sacaba el tema. Y desgraciadamente, mi querida tía era amante de sacar ese tema. - Vas a tener que enfrentarlos.


Yo resoplé. Porqué sí; ahora resoplaba.


Bien, para ser honestos siempre lo había hecho, pero solo con mis hermanos y solo para enloquecer a mamá. Supongo que después de un año en el que intenté encontrarme a mí misma, había pequeñas cosas que me permitía.


- ¿Qué debo hacer según tú? - dije malhumorada. - ¿Volver a lo que yo considero una jaula y dejar que me corteje un tonto y rico cortesano que le devuelva el nombre a mi querida familia?


- Cualquiera diría que eso es lo que quieres. - Se mofó ella irritándome más.


- No lo quiero. - crucé los brazos sobre mi pecho.


- Señorita Benworth. - dijo una tercera voz. Las dos miramos al ama de llaves que se había acercado a la sombra del roble más cercano y parecía tener problemas para respirar. - El señor Harding desea verla.


- De eso precisamente estaba hablando. - dijo mi tía. El modo en el que rodó los ojos no me pasó precisamente desapercibido.


- Gracias por la aclaración - dije con tono de niña consentida. - Aún no sabía que estabas hablando de él.


- Está esperando en el salón principal. - volvió a hablar el ama de llaves.


Ambas la miramos con pena cuando sacó un pañuelo de su manga y secó el sudor de su frente. Miranda estaba mayor y subida de peso, y corretear por el jardín le costaba más que a cualquier otro.


- Dile que no es un buen momento. - dijo Lorrain entonces. Yo la miré con aburrimiento.


Siempre era lo mismo.


- ¿Cuándo sí es un buen momento para usted, tía querida, cuando se trata del señor Harding?


Intentaba entender por qué no le gustaba aquél chico, yo le encontraba perfecto. Pero después de preguntar miles de veces, me rendí y me resigné a pensar que solo me llevaba la contraría porque eso es lo que se suponía que la esposa aburrida de un duque hacía.


- No ahora, desde luego. - sonrió con malicia. Luego miró a Miranda. - ¿Te ha dicho que quiere?


- Quiere despedirse de su sobrina antes de que partan esta noche a Londres. - respondió ella enderezándose, por fin, del árbol.


- Eso es todo un detalle. - Me levanté, ignorando el ceño fruncido de mi tía y le dediqué una sonrisa irritante.


- Por supuesto. - el sarcasmo no pudo ser más obvio.


Si alguien me hubiese apretado en ese momento para que dijese como me sentía, no hubiese sido capaz de decirlo. Alabada, vergonzosa, emocionada... Algo así.


Henry Harding estaba apoyado en el marco de la puerta sosteniendo una hermosa flor. Su pelo era oscuro como el carbón y sus ojos negros. Era muy atractivo. Ridículamente atractivo. Y galán y educado y romántico y todo lo que una joven podría querer.


Y todo lo que yo había soñado tener. La historia de amor perfecta.


- Henry. - dije.


- Sarah. - levantó sus ojos del suelo, se incorporó y vino en mi busca. Sonreí abiertamente ante aquella reacción.


Sin soltar la flor, sin dudar ni un segundo y sin importarle que el ama de llaves estuviese detrás de mí, cogió mi rostro con ambas manos y clavó sus ojos en los míos.


Imaginé como de feliz estaría mi madre si llegase a casa con aquél galán hijo de una buena familia de Kent. Me imaginé a mí misma viviendo en su propiedad, vistiendo sus camisas blancas para dormir y despertando en sus brazos.


Imaginé como sería sentir sus labios en los míos. Pues por más tiempo que hubiésemos pasada juntos, y aunque cada día fuésemos más cercanos, todavía no habíamos estado solos el tiempo suficiente para que eso pasara.


Cortesía de Lorrain, por supuesto.


Me gustaba Henry. Mucho. Me ayudaba a no pensar en nada más que en él.


- Voy a echarte de menos. - besó mi frente.


- No lo hagas, - dije con una pequeña sonrisa - volveré en unos días.


Y entonces buscaría el modo de estar con él el suficiente tiempo para que pusiera un nuevo recuerdo en mí.


Pues así era como había decidido estructurar mi nueva yo:


La vida está compuesta por momentos, esos momentos están compuestos por las memorias y recuerdos que has vivido y te han hecho quién eres.


Entonces, el modo más sano y rápido de olvidar algo que te ha hecho infeliz o que duele todas las noches cuando vas a dormir, es poner encima de ese recuerdo uno nuevo.


Es decir, ser besada por Henry borraría otros besos de otras personas que recibí.


Eso no tenía sentido para nadie más que para mí. Pero digamos que mientras yo encontrase la lógica en mis teoremas, lo demás no importaba.


Henry acarició con sus pulgares mi cara y yo sonreí aún más.


- Señor Harding. - intervino la voz de mi tía especialmente irritada.


Él dio un paso atrás separando sus manos de mi rostro.


- Buenos días Lady Barrington. - una sonrisa asombrosamente cortés cruzó su atractivo rostro mientras le hacía una pequeña reverencia a Lorrain. - Vine a despedirme.


La conversación duró escasos minutos más. Mi tía le despachó despiadadamente.


Cuando Henry dejó la hermosa flor en mis manos, antes de irse por donde llegó, una imagen me paralizó en el sitio.


Aquello hacía semanas que no me pasaba.


Recordé el momento en el que James me entregó la rosa marchita que John había dejado en su despacho para mí tres días antes. Recordé como me sentí, recordé como mis lágrimas cayeron por mi rostro mientras agarraba mi baúl y me disponía a partir. Y todo aquél recuerdo provocó que un amargo picor creciese en mi pecho.


Bien, a veces, si el recuerdo llegaba a mí de un modo inesperado, dolía tanto que mi teoría no acababa de funcionar. Pero estaba perfeccionando detalles.


Supongo que era cuestión de tiempo.


Cuando la puerta se había cerrado, y solo se escuchaba mi respiración en la sala que compartía con otras dos mujeres, apreté los labios y dejé la flor en la cómoda más cercana, acallando así el negro vacío que se abría paso en mi pecho.


El detalle de Henry fue hermoso, pero necesitaba soltar aquella flor.


Lorrain hizo un sonido sordo en mi espalda, probablemente de burla, lo que aún me enfadó más. Casi corrí hasta el jardín, tropezando con mis propios pies.


- ¿Por qué le sigues el juego si no te gusta? - preguntó descuidadamente mientras se sentaba a mi lado. - Pobre muchacho.


- Henry me gusta. Me gusta mucho. - sentencié. - Ese no es el problema, créeme.


El problema se remontaba mucho tiempo atrás.


El problema era que seguía viendo cosas donde no había ya nada que ver.


El problema era que todo es más fácil en la teoría que en la práctica.


Claro.


Pero iba a estar bien.


- Sarah. - me giré a mirarla. - Creo que eres una persona completamente distinta a la que llegó a mi casa. - asentí, sonrió. - ¿Estás de acuerdo?


- Sí.


Ya nadie me llamaba Sally, ya nadie me trataba como una niña. Ahora podía decir o hacer lo que quisiera y como quisiera, siempre dentro de los parámetros de la cortesía y la buena educación, sin que nadie me mirase extraño.


O, bien, si lo hacían ya no me importaba en lo más mínimo.


- Entonces busca otro modo de enfocar lo que tienes ahí metido. - señaló con un dedo mi apretado pecho.


Apreté los dientes y los puños y luché con mi mente para mantenerse en blanco.


Cuando comenzaba a pensar demasiado entraba en un bucle de sentimientos que me reducían a cenizas. Y ya había acabado con eso. No iba a dejarme a mí misma sentirme más de ese modo.


- ¿Tenemos todo listo para partir? - cambié el tema deliberadamente.


- Sí, querida. - dijo ella dejando caer una mano encima de la mía. - Tu nuevo vestido también ha llegado.


Me giré con el ceño fruncido.


- ¿Qué vestido? No tenía encargado ningún vestido.


- Considéralo un regalo del duque.


El duque no me haría ningún regalo. No se lo haría ni a su propia esposa.

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