Trece: Londres

Actualizado: 4 de abr de 2019



GLASMOOTH. PRESENTE.


Susanne me miró cuando le pasé las manos por el pelo, luego siguió prestándole atención a su pequeño primo. Era la viva imagen de su madre.


Aquella mañana los rayos de sol se filtraban entre las nubes dejando un agradable ambiente. Los niños, sentados en la alfombra a mis pies, jugaban a poner sus cabezas en éstos, y quedarse quietos sintiendo el agradable calor en sus pequeños rostros.


Observarles me daba paz. Me alienaba del mundo real. Por eso pasaba tanto rato con ellos.


- Pues no lo sé, tal vez Sarah sepa algo de él. - mamá entró a la sala de juegos seguida por James. No me miraron más de un segundo, estaban acostumbrados a encontrarme allí.


- ¿Y la cuidadora? - dijo James mirando a su hijo, que se llevó ambos puños a la boca e intentó masticarlos.


- Le he dicho que podía irse. - me recosté contra el sillón y esta vez fui yo la que acomodó mi rostro a los rayos del sol.


- No dejes que te toque el sol. - mamá llegó a la ventana y corrió las cortinas. - Ni a los niños. A ti te dejará marcas y a ellos les quemará.


- Éste sol no es tan fuerte. - susurré de mala gana incorporándome de nuevo.


Mamá me ignoró y se sentó delante de mí, mientras James se desparramaba en el suelo y cogía en brazos a su hijo.


- Podemos despachar a la cuidadora si Sarah va a quedarse con ellos siempre, ¿no crees madre? - mi hermano me guiñó un ojo, y ambos miramos la reacción horrenda de la Señora Benworth.


- Ni hablar. - se giró a mirarme con cara de pocos amigos - Hija, llevas fuera de casa mas de un año, sé que no es santo de tu devoción estar todo el día rodeada de invitados, pero por lo menos mantente cerca de tu familia. - Hizo una pequeña mueca. Estaba triste. - Te hemos echado de menos.


- No exageres tampoco. - bromeó James.


- Estoy pasando tiempo con la familia. - señalé a mis dos sobrinos, James asintió.


- Sabes a qué me refiero. - mamá sonó enojada.


- Bien. - dije sin ánimo. - Tienes razón, no te preocupes. - Ambos me miraron. - Pasaré más tiempo con vosotros.


Mamá se dio por satisfecha y se giró a mirar a James, entonces comenzó con una retahíla de tareas que el nuevo heredero Benworth tenía que solventar antes del fin de la semana.


Si la situación hubiese sido distinta, James hubiese rodado los ojos y se hubiera quejado con una réplica tonta cada vez que mamá terminaba una nueva orden. Pero aquél día eso no pasó, porqué mi querido hermano estaba mirándome fijamente, con los ojos estrechos.


Y recordaba muy bien la última vez que me miró de aquél modo.


- ¿Estas comiendo bien? - me preguntó.


- ¿Puedes escucharme cuando te hablo? - mamá le dió un toque en la espalda con el pie. James no se inmutó.


- Claro. - contesté.


- ¿Y duermes por las noches? - añadió.


- ¿Qué más iba a hacer? - mi voz sonó cortante. Sabía a dónde se dirigía la conversación.


- Te prometo que como no me escuches, te quito el título de heredero. - le amenazó. James rio.


- ¿Y a quién se lo darás? ¿A la pequeña Sally? - le enseñé el dedo del medio. Mi madre no me vio.


- Pues perdona que te diga, - se alisó la falda. - pero está demostrado que las mujeres somos más buenas que no los hombres en la administración de la economía familiar.


- Las mujeres somos mejores que los hombres en general. - añadí yo mirando el enojo en los ojos de mi hermano.


- ¿Duermes o no duermes, Sarah Benworth? - gruñó James.


- ¿Qué estás sugiriendo, hijo? - Evangeline estaba cada vez mas molesta.


- Mamá, - dije yo para cambiar el tema. - ¿no es precioso el día que hace? ¿Sales conmigo a dar un paseo? - Sonreí. Muy forzadamente. Mamá entornó una sonrisa. - Con sombreros, por supuesto.


- Eso me encantaría, hija. - dijo ella - Pero primero debo asegurarme que tu hermano se encargue de la casa y no nos arruine a todos. - Rodó los ojos en un fingido desespero cuando Susanne la miró. La pequeña soltó una dulce carcajada.


- ¿Duermes o no? - alzó la voz. Los niños abrieron mucho sus boquitas.


- Eres muy pesado. - murmuré.


- ¿Estas sugiriendo que se ve con alguien por las noches? - los ojos de mi madre brillaban. James soltó una carcajada.


Aquello escoció. No por ver a mi hermano mofarse ante la posibilidad de alguien cortejándome, sino ante el recuerdo de ése alguien y ése tiempo en el que no dormía pero por motivos bonitos.


- Estoy sugiriendo que está comenzando a comportarse como en Londres un año atrás. - Y sí, eso era lo que me temía que diría.


Mi madre jadeó, miró a James con la boca abierta y luego a mí.

Un torrente de emociones comenzó a arremolinarse en mi pecho, recuerdos de mis días en Londres después de lo de John.


No comía, ni dormía, ni socializaba ni era yo.


John comenzó a cambiar, ya no venía a verme sobrio, ya no me besaba ni me amaba ni quería pasar cada momento siendo feliz conmigo, riendo y diciendo tonterías o hablando de lo más banal del mundo.

John y sus episodios de borrachera siempre funcionaron igual.


Después de que me enteré de lo que ahora sabía había pasado con Sheena, le eché de mi vida.

Y se fue.

Dos semanas.

Luego regresó.


Y con él de vuelta, la situación se volvió muy difícil.


Entraba en mi habitación, bebido, me decía que me necesitaba, que no podía vivir sin mí, pero que no era nada para él, que no tenía derecho a preguntarle dónde estaba, ni porqué se comportaba así, que él no iba a perder su libertad por estar conmigo.


Yo no me movía, no hablaba y había noches, que estaba tan saturada que ni le escuchaba.


Pero siempre llegaba el momento en el que alguna de sus palabras - y hablo de las palabras bonitas y no las hirientes - me hacía llorar.


¿Cómo podía decirme todo aquello tan hermoso e irse con otra después? ¿Por qué me había destrozado la vida de aquella manera y en vez de dejarme, seguir con su vida y volver a ser feliz, seguía viniendo a mi habitación?


Estaba arruinada. Me había entregado a él, confié en él, creí que era el hombre de mi vida, creí que junto a John, nada nunca saldría mal.


Entonces lloraba de pena, intentaba que no me viese, intentaba girarme y secar mis lágrimas, al principio. Pero claro, él me veía o me escuchaba y su mirada se esclarecía de pronto.

En sus ojos volvía a verle a él. A mi John.

Arrepentido, dolido, destrozado.

Se arrodillaba en el suelo y pedía perdón.


Alargaba su mano, tocaba la mía y me hacía sentir, solo con ese contacto, el amor mas profundo del mundo. Algo que jamás, estoy segura, volveré a sentir.

Me abrazaba toda la noche, besaba mi frente y susurraba palabras de amor, antes de partir al amanecer para que nadie nos descubriera.


No me prometía que al día siguiente sería distinto. Lo hizo una vez, falló en el intento, y le dije claro y alto:

- Las palabras son solo palabras. Si quieres que te crea, demuéstramelo con acciones.


Algunas noches, cuando en sus ojos intuía que mi John estaba de regreso, le preguntaba qué le estaba pasando. Otras veces le recordaba qué éramos y quién habíamos sido el uno para el otro en un intento desesperado de que me confesase qué le atormentaba hasta el punto de convertirse en aquella versión desmejorada de si mismo.


Nunca contestaba. Se dormía agarrándome y susurrando mi nombre.


En el caso de que volviese la noche siguiente, todo volvía a ser igual. Igual de malo. Pero normalmente no volvía la noche siguiente, sino la semana de después.


Solo Dios sabía de dónde venía, con quién había estado o porqué volvía a mí aunque le supliqué que parase, que me estaba haciendo mucho daño.


No tengo palabras para defenderme, pero me gustaría que quién esté al otro lado juzgando lo que hice con mi vida, sepa que cuando la persona de la que te enamoras es tu mejor amigo y conoces cada detalle y cada motivo que él tiene para hacer o decir cualquier cosa; es horrible.


Es horrible porque le entiendes. Entiendes porqué esta frustrado, enfadado o dolido y entiendes qué es lo que le hace ser cruel contigo.


Y entonces te dices, que en realidad él no es así y que se va a arrepentir de haberte tratado de ese modo. Le excusas porqué sabes tiene un monstruo en su interior y contigo es con la única persona del mundo que puede expresarse.


Y sí, yo sabía que no merecía nada de aquello, pero era mi mejor amigo y estaba sufriendo. ¿Cómo iba a cerrarle la puerta para siempre? Él no tenía a nadie más. No podía dejarle solo. ¿Qué sería de él? Me dolía el cuerpo al pensarlo.


En ese tiempo mamá y James estaban en Londres conmigo, y aunque intenté que nunca descubrieran el motivo real de mi desgana y mi insomnio, sabían que algo pasaba.


Gracias a Dios que no podían ni imaginarse qué. Pero lo vivieron de primera mano, y eso les rompió el corazón. Por eso me fui. Kent fue de gran ayuda.


- ¿Qué te pasa mi amor? - mamá, en un movimiento rápido estaba arrodillada a mis pies. - ¿No eres feliz aquí con nosotros? Lorrain me ha dicho que en Kent lo eras.


- No mamá, no es eso. - dije rapidamente. - Estoy bien, solo adaptándome. Soy feliz aquí con vosotros y prometo - ahora miré a mi hermano - que nada como lo de Londres va a volver a pasarme de nuevo.


- Creo que nos merecemos saber qué te atormenta, Sarah. - mustió él. Tenía a su hijo abrazado contra su pecho, sus ojos me miraban con ternura. - Somos tu familia, tus aliados, estamos aquí para luchar batallas a tu lado.


Una lágrima traicionera rodó por mi mejilla y mi madre la secó en un gesto rápido, como si ese gesto hubiese borrado la acción.


- Dinos. - instó.


Miré a mis dos seres queridos, genuinamente preocupados por mí y volví a pensar en Londres.

Y no, no iban a pasar por eso de nuevo. No les haría sufrir otra vez.


En Kent podía llorar y rebozarme en mi miseria, pues no estaba rodeada de gente todo el día, pero en aquél momento entendí, que en Glassmooth ya no se trataba solo de mí. Ellos estaban allí y ellos se merecían la mejor versión de Sarah Benworth.


Debía, con mi corazón echo añicos, esforzare mas y dejar de lucir patética y desalmada en compañía de mi familia.


Al fin y al cabo, pensaba volver a Kent, con lo cuál, no podría disfrutar de ellos eternamente.


- Conocí a alguien en Kent. - dije lentamente. - Henry Harding. - Los ojos de mamá brillaron de nuevo. - Y bueno... - no supe qué más decir.


- ¿Y te ha hecho algo malo? - gruñó James.


- No. - rodé los ojos.


- ¿Te has enamorado? - el entusiasmo de mi madre era casi cómico teniendo en cuenta que Henry Harding era la excusa mas fácil que pude encontrar y lo único en lo que no tenía tiempo de pensar. - ¿Es eso?


- ¿De dónde ha salido ese tipo? - James estrechó los ojos - ¿Qué edad tiene?


Se me escapó una risotada. Fue bastante inesperada y llenó mi cuerpo de una extraña y nueva energía, pero sus reacciones fueron buenísimas.


- No sé si estoy enamorada, mamá. No creo que sepa qué es eso. - mentí miserablemente bien.


- Oh. Bueno - dijo ella con una sonrisa - yo no me enamoré de tu padre hasta después de nacer Kenneth.


Hice una mueca de disgusto: - Eso es horrible.


- ¿Vas a darme la información que solicito? - nos cortó James.


- No es horrible hija. - mi madre apretó mis manos. - Es como normalmente funcionan los matrimonios. - miró a James de arriba a abajo - Lo que han encontrado tus dos hermanos, es inaudito. - Sonrió ladinamente. - Así que no te preocupes.


- Deberías invitarle a Glassmooth para que le vea. - mi hermano se acomodó el bebé al hombro mientras Susanne gateaba hacia ellos.


- ¡Qué estupenda idea! - mamá se puso a dar palmadas.


- Ya veremos. - dije.


Les miré con desdén; no había modo en el que fuese a invitar a Henry a Glassmooth, James y Kenneth le lincharían y Kate y Brook le atormentarían incesantemente. Como si el pobre no hubiera tenido suficiente aguantando los desaires de tía Lorrain con una sonrisa caballerosa y sin perder la compostura.


Henry Harding no pisaría la casa de verano de los Benworth.


Además, invitarle podría significar que entonces tendría que casarme con él. O algo por el estilo. La sociedad inglesa era muy dramática con estos temas, si me preguntan.


Yo no quería casarme. No podía.


- ¿Lorrain le debe conocer, no? - James añadió con media sonrisa. Mamá le miró. - Podemos pedirle que le escriba ella misma, con el sello de la familia. Como una invitación formal.


Me acababa de atar la soga al cuello. Debería haber pensado antes de hablar.


- ¡Estupendo! - mamá se puso de pie. - Hablaré con ella esta noche.


Cuando se dio por satisfecha, se giró y volvió a taladrarle la cabeza a James con la lista de tareas, y en algún momento él dejó de mirarme y comenzó a contestarle a todo con una tontería, solo por verme reír.


- ¿Habéis cambiado la ubicación de la hora del té sin decírselo a nadie? - Kate entró risueña, fue directa a su bebé y se lo quitó de las manos a James, de un modo un tanto brusco, para empezar a besarle la cara.


- ¿¡Ya es la hora del te!? - Evangeline Benworth se llevó ambas manos al pecho en su versión mas dramática.


- ¡Madre de Dios! - dijo James imitándola - Y la anfitriona de la casa sin atender a sus huéspedes.


- En realidad el anfitrión eres tú. - dije yo.


- A los hombres no se nos permite la entrada a vuestro té, señorita Benworth. - se burló.


- Kate querida... - dijo mamá haciendo algo que se le podría llamar un puchero con clase.


- Ni hablar. Yo soy americana. - dijo ella con desdén. - No hago lo del té.


Mamá no contraatacó, pero me miró a mí.


- Ni hablar - repetí yo - yo...-


- Tú - dijo James cortándome - eres la persona preferida de John Morris.


Me congelé. Abrí la boca. La cerré. Apreté los puños. Sonreí despacio. Una sonrisa que no llegó nunca a ser honesta.


- Se fue a ayudar a su padre y no ha vuelto todavía. - estrechó sus ojos. - Es extraño porqué le encanta Glassmooth en verano - se rascó la barbilla y me miró. - ¿Sabes algo de él? Ha estado un tanto serio ultimamente.


- Pues no. - y juro que soné muy estable.


- ¿No te ha escrito? - insistió. Kate le frunció el ceño.


- No sé absolutamente nada de él. - levanté una ceja y le añadí un toque sabiondo.


Después de sostenerme la mirada unos instantes, se dio por satisfecho y encogió sus hombros.

- Qué raro. - mustió. Luego volvió a mirarme, dispuesto a decir algo más.


- Mamá. - me adelanté yo. Ella me miró. - Tenemos un té al que asistir.


No puedo explicaros cuán feliz se puso mi madre al escucharme. Tampoco puedo describir la cara de asombro de Kate.


Me levanté, besé a los niños y alisé mi falda y mi pelo antes de dirigirme hacia la puerta seguida de cerca por Evangelinee Benworth.


Y, por supuesto, antes de salir James añadió: - John me dijo algo antes de marcharse.


Resoplé.


- Bien por ti. - murmuré.


- ¡Sarah! - mamá me dio un toque de desaprobación en el brazo. - ¿Qué fue lo que te dijo, hijo?


- Que había encontrado al amor de su vida, e iba a buscar la manera de casarse con ella.


- ¿John Morris está enamorado? - mamá rio. - Que tarde de revelaciones.


- Dice que Sarah conoce muy bien a la chica.



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Queridx Lectxr, bienvenido de nuevo.


Sarah Benworth ha vuelto y va a quedarse tanto tiempo como lo hagamos posible - entre todos. -.


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Así pues;

miles de besos y amor,

y el miércoles mas y mejor.


MRMarttin.





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