Nueve: El monstruo

Actualizado: 4 de abr de 2019

GLASSMOOTH, CUATRO VERANOS ANTES.


- Sigo creyendo que es extraño que no hayan querido venir. – dije quitándome el segundo guante y atándolo a la pequeña tela envuelta a la cintura de mi vestido.


- Puedes quitarte también el sombrero – dijo John mientras abría camino por el bosque. – Kenneth estaba ocupado con papeleo – siguió – y James seguía en la cama.


- Es decir, - me planté sobre mis pies y puse los brazos como jarras. – no saben dónde estamos, ni saben que vamos solos.


Eso sí fue una réplica que llamó su atención, pues se giró, me vio allí quieta y retrocedió hasta quedar delante de mí.


- ¿Es eso un problema? – su ceño estaba apretado. El pelo rubio le caía sobre la frente de un modo ordenado, sus ojos azules lucían oscuros cuando me miraba con tanta intensidad. Era condenadamente apuesto. – Nos hemos escapado solos un millón de veces antes.


- Olvidas que tengo dieciséis años ya, John. – le miré atentamente. Él seguía mirándome sin entender. – Estoy en edad casadera, no se supone que vaya por ahí a solas con hombres.


- No estás a solas con hombres, Sarah – respondió él con la misma cara de bobo. – Estás conmigo.


- ¡Por eso mismo! – exclamé. – ¡A solas contigo! Si alguien se entra, arruinaré mi reputación.


Hubo un silencio y creo que por fin entendió lo que yo trataba de explicarle.

Si, era cierto que desde niños, John y yo pasamos muchos momentos a solas y nunca nadie se escandalizó. Pero desde el invierno pasado, cuando mamá me presentó en sociedad, había metido en mi cabeza la prohibición de no salir sin una carabina. ¿Cómo iba a encontrar un hombre que me quisiera si yo misma me ponía en situaciones que hacían que otros pudiesen dudar de mi reputación?


John se inclinó, quedando a escasos centímetros de mi frente y apoyó la suya con una sonrisa juguetona. Siempre hacía aquello. Y era horrible lo que le causaba a mi cuerpo.


- Procuremos que nadie se entere, entonces. – susurró.


- Descarado. - Di un paso atrás, le miré con una ceja levantada.


- Vamos, - dijo haciéndome uno de sus pucheros. Sí, John Morris hacia pucheros, pero no se daba ni cuenta. Cuando algo no le parecía bien me miraba con un deje de preocupación y tristeza irresistibles. No creo que lo hiciese adrede. – he preparado esta tarde para ti, sé que lo que vamos a hacer te va a encantar.


- Tal vez, - crucé los brazos – si me dijeras qué vamos a hacer, todo sería más sencillo.


John me miró, su sonrisa se ensanchó poco a poco y sus ojos azules brillaban de diversión. Sabía que ya era suya.


- Ahora, quítate ese sombrero. – dijo.


- ¿Qué te pasa con el sombrero? – pero, por supuesto yo ya estaba quitándomelo.


- Con el sombrero nada. – miraba intensamente mis manos desatar el lazo en mi barbilla. – Me pasa algo con tu pelo, sin embargo.


- ¿Con mi pelo? – le hice una mueca mientras dejaba que el semirecogido que llevaba cayera liso y oscuro por mi hombro. – Sigo sin entender cuando te estas riendo de mí y cuando hablas en serio. – mustié.


Se dio la vuelta con la espalda un tanto tensa.


- Sígueme, estamos cerca.


Y le seguí, por supuesto que le seguí.


Caminamos por mucho rato, o a mí se me antojó eterno. Cada pocos pasos John se giraba y me miraba por encima del hombro. Nunca me prestaba su ayuda o su mano, pues no podría ni contar cuantas veces, de pequeños, la había rechazado.


Sin embargo, si llegábamos a un tramo en el que había que saltar y yo dejaba salir un pequeño ruidito de entre mis labios, él entendía que sí necesitaba un poco de ayuda. Entonces estiraba su brazo y abría su mano para que yo pusiera en ella, únicamente, mi dedo índice.


Ese era el trato, nada de darnos la mano. El dedo índice era todo lo que le dejaba sostenerme. Y fue aquella tarde cuando me di cuenta de lo íntimo que aquél gesto era. Tan íntimo y especial que mis mejillas se sonrojaron.


De pronto, cuando nos encontrábamos al borde del bosque, escuchamos unas voces aproximándose. John leyó mi mente y me miró con preocupación y yo, que no lo pensé dos veces, tiré de él hasta quedar detrás de unos arbustos verdes.


- ¿De verdad vamos a escondernos? – susurró de rodillas a mi lado.


- Necesito una carabina, Morris – casi escupí.


Estuvimos allí escondidos por lo que fueron cinco minutos. Esperamos a que las voces se acercasen, pasasen de largo y desaparecieran en la distancia. Antes no nos movimos, ni hablamos, sólo nos mirábamos.


- Estoy temblando de la emoción. – me mordí el labio.


La verdad es que aquella insensatez había sido tremendamente divertida. Después de pasar mi primera temporada en los bailes y salones de Londres, necesitaba un poco de acción.


John se levantó y me levantó a mí, y entonces agarró mi dedo índice en su mano y me guio a un lado del camino hasta un charco marrón y negro de agua estancada por Dios sabe cuántos días. Lo miró atentamente, me miró a mí y le brillaron los ojos.


- No me gusta esa cara – dije.


No contestó, sin embargo se agachó ante él y me obligó a ponerme de rodillas. Me soltó y metió su dedo en el lodo. Luego lo levantó hasta mi cara.


- ¿Qué haces? – la alarma en mi voz no pasó desapercibida, pues él soltó una risotada.


- Camuflarte, - dijo como si fuese obvio. – así nadie podrá destrozar tu reputación.


Agarré su muñeca para mantener su dedo lleno de lodo bien lejos de mí.


- Tú eres el único que está destrozando mi reputación, Morris. – murmuré.


- Vamos, - puchero – me gusta más la Sarah que eras antes.


Le fulminé con la mirada. En serio, le fulminé.


- No.


- ¿Y si dejo que primero me pintes tú? – torció la sonrisa y me miró con entusiasmo, intentando convencerme de que aquella era la mejor idea que jamás alguien hubiese tenido.


Miré el charco, miré el lodo, su mano sucia y sus ojos. Sabía que no iba a sacarle la idea de la cabeza.


- No vamos a pintarnos la cara entera. – sentencié. Él rodó los ojos.


- Solo rayas de indio, por supuesto.


- Por supuesto. – Rodé los ojos yo.


Antes de pensarlo siquiera dos veces, ya estaba con mis dedos en el barro y una sonrisa de niña pequeña estaba formándose en mis labios. Eso era muy estimulante, tanto como esconderse de la gente.


Cuando estuve bien embadurnada subí las manos a la altura de su rostro y mientras sostenía su fuerte mentón con una mano, con la otra dibujé una línea de lo alto de su frente bajando hasta la punta de su ancha nariz.


Miré mi obra, algo le faltaba.


Volví a llenar mis dedos de lodo y dibujé dos rayas más, una debajo de cada ojo.


- Bien – asentí.


Entonces me di cuenta de lo quieto que estaba y de lo poco que había rechistado. Normalmente estaría dándome su opinión de cómo debía estar haciendo el diseño. Ese era John, mandón hasta la médula.


Pero al mirarle vi que tenía sus oscuros ojos azules fijos en mis labios. Estaba completamente absorto en ellos, como si no hubiese nada ni nadie más allí.


- ¿John? – susurré.


Él miró mis ojos ahora por un momento que pareció eterno, y mi respiración se entrecortó.


Pero eso no fue lo peor. Lo peor vino cuando tocó mi frente con su dedo sucio.


Un tremendo escalofrío recorrió mi espina dorsal de abajo hacia arriba, mis rodillas, dobladas, temblaron y mis manos sucias también.


Me di cuenta, en ese momento, que yo aún seguía sosteniéndole mientras él pintaba mi nariz. Le solté de pronto y me tambaleé.


Con la mano libre agarró mi codo con fuerza, estabilizándome.


- Ahí. – mustió. Sin embargo seguía mirando mi rostro y su dedo dibujando en él, absorto, ajeno a todo.


Era todo un momento. Como algo que quieres grabar en tu memoria para poder revivirlo una y otra vez cuando estés sola en tu habitación.


- Ahora estás mucho más bonita. – dijo al terminar.


Me echó un último vistazo, miró mis ojos, miró mis labios y bufó.


- ¿Estás bien? – susurré.


- Sigamos. – forzó una sonrisa.


Caminamos veinte minutos más, y para cuando llegamos al lugar de destino John pareció abatido.


- ¿Qué sucede? – llegué a su lado.


Cuando le tuve delante volví a ver las líneas en su cara y sonreí, yo debía lucir igual, pero el lodo no se hacía notar en mi rostro, y al ir caminando detrás de él todo el tiempo, había olvidado por completo que íbamos de indios.


- No están. – bufó.


- ¿Quién no están? – pregunté mirando alrededor.


Estábamos en un claro del bosque, muy cerca del borde, muy cerca de un rio. John se giró a mirarme, vio los dibujos en mi cara y mordió su labio, pero seguía molesto.


- No puedo creer que te haya hecho perder el tiempo de esta manera.


- No sé de qué hablas, John. – dije yo.


- Toda la tarde – pasó las manos por su pelo, lo despeinó, luego volvió a bufar – te he hecho caminar toda la tarde para nada.


- ¿Qué esperabas encontrar aquí? – pregunté sin moverme.


Parecía que John estaba realmente molesto y enfadado, y cada vez que yo hablaba o preguntaba, se enojaba más.


- No me lo puedo creer, - dijo para sí mismo. Chocó un puño contra su mano. – que pérdida de tiempo.


- ¿Puedes decirme de qué va esto? – admito que levanté la voz un poco demasiado. Pero al menos me miró. – No sé qué estamos buscando, - seguí – no sé qué hacemos aquí y porqué estas tan enfadado. ¿Puedes arrojar luz a la situación y dejar de ser un niño pequeño?


Creí que se enfadaría aún más, lo prometo. Pero solo suspiró fuertemente.


- Te traje aquí porqué ayer descubrí un nido de águilas.


- Oh. – llevaba molestando a todo el mundo con mi fascinación por las águilas desde que comenzó el verano varias semanas atrás.


- Pero ya no están. – me miró con enfado. Estaba enfadado consigo mismo, obviamente. – Lo siento. No quería hacernos perder el tiempo de esta manera.


Se dio la vuelta, pateó una rama muerta y se sentó encima de una gran roca.


La camisa le apretaba los brazos, el chaleco le marcaba cada músculo de la espalda, llevaba el pantalón indecentemente pegado a sus muslos, podía, lo juro, ver sus fuertes piernas a través de la tela. Me sentía una descarada por mirarle así, pero no podía parar.


No sé cuánto tiempo pasó hasta que me di cuenta de que seguía jurando y murmurando cosas.


Fui hasta él, me puse de rodillas y agarré su cara con mis manos. Le acerqué hasta apoyar su frente sobre la mía, cómo él siempre hacía para tener mi atención.


- No estamos perdiendo el tiempo, John. – dije. Sus ojos miraron mis labios. – Estamos pasando el tiempo. Juntos.


- Pero quería que vieras las águilas. – dijo.


- Pues no están, - dije – y eso no está ni en tus manos ni en las mías, así que cuanto antes lo aceptes mejor.


Se apartó de mi frente y con mis manos aun en su cara me miró con el ceño fruncido.


- Vaya, eres de gran ayuda. – soltó.


- No están las aves, pero debe haber el nido. – le dije mordiéndome el labio. Él miró ese punto, luego a mis ojos.


- No voy a dejarte que trepes el árbol para buscar un nido vacío, Sarah Benworth. – me advirtió.


- Treparé el árbol si no sonríes de una vez y te dejas de tonterías, John Morris.

John rodó los ojos y bufó, pero entonces dejó caer su frente de vuelta contra la mía.


- Quería hacer algo especial por ti. – dijo aquello tan flojo que no estuve segura de sí lo había dicho.


- Lo has hecho. – dije igualmente y dejé que mis pulgares rozaran su rostro.


Estaba siendo completamente incorregible. No debía estar haciendo aquello. Era obvio que John y yo teníamos una muy buena amistad, pero estaba sobrepasando una línea que no debía.


Yo no debía dejarme enredar por él aunque me mirase con deseo, me agarrase del dedo y me protegiese de todo. Ni aunque él fuese el primero de poner mi frente tan cerca y respirar mi aire.


Él podía, yo me aguantaba y me controlaba.


Pero si estaba haciendo esto yo, significaba que mi deseo por el dichoso John Morris, deseo que tenía desde hacía varios veranos y deseo que no dejaba de crecer, estaba a unos niveles desmesurados.


Es más, ahora estaba aceptando cuánto sentía por él. Y eso era un tremendo error.


Él era amigo de mis hermanos, eso para empezar. No le dejarían verme con esos ojos ni por todo el oro del mundo. En segundo lugar, yo, para él, siempre fui como su hermana pequeña. Él no podía estar viéndome con otros ojos que esos, y si se acercaba o me tocaba o besaba mi frente, nunca lo hacía con ninguna intención más allá.


Estaba en problemas.


Solté mis manos de su rostro y me separé como si me hubiese dado un calambrazo, y John, que tenía ahora sus ojos cerrados los abrió de pronto.


Me miró fijamente, observó dentro de mí, viendo qué había pasado. Luego estiró sus manos, las enredó en mi pelo largo y me volvió a acercar a él. Esta vez peligrosamente más cerca.


Creo que jadeé, pero ni siquiera hoy quisiera tener que admitir que lo hice en voz alta. - Solo un minuto más. – murmuró.


Sus labios estaban tan cerca de los míos que podía sentir su calor. Y ese mismo calor era el que recorría mi estómago, mis pechos, mi espalda, mi cuello, mis piernas, toda yo.


Podía escuchar nuestras respiraciones, acompasadas y escandalosas.


¿Qué estaba pasando? Y ¿Por qué nos estábamos haciendo esto?


- Suficiente. – esa fui yo. Me separé y me levanté.


Nos quedamos en silencio. Sé que él me miraba, pero yo a él no.


- He traído pan y queso. – dijo de pronto. Su voz ya no sonaba enojada, pero seguía en un humor extraño.


Me senté a su lado y saqué un tema de conversación banal. Le hablé de lo que había leído de las águilas, mi nueva obsesión, y de lo que sabía de sus crías y costumbres. Él escuchaba atentamente y cuando veía que su mente se iba a otro lugar – lugar que le enojaba – le daba un toque con mi rodilla para que volviese sus ojos a mí. Le hacía una mueca y él sonreía.


- Gracias. - dijo cortando la conversación. Le miré sin entender. - Por calmar el monstruo que habita en mí. - sonrió con una sonrisa triste. - Siento haber perdido los nervios.


- Está bien. - Sonreí yo. - Se me dan bien los monstruos.


Seguimos hablando después de aquello y pasó la tarde y el sol comenzó a ponerse y John ya no estaba enojado y reía y decía tonterías e inventaba hipótesis de dónde debían estar los pájaros.


No habíamos comido nada y según él no podíamos volver a Glassmooth con la comida, pues descubrirían que habíamos planeado la tarde juntos, así que comenzamos a regresar y yo, no me preguntéis porqué, siempre dos pasos por detrás de John, comencé a despedazar el pan y a tirarlo tras de mí, como aquél libro que se hizo tan famoso, de los niños dejando un rastro para saber volver.


John delante de mí se quejaba de que fuese tan lenta, luego me tomaba el pelo y me decía que si no corría más me cargaría en su hombro y entraríamos en mi casa dando de qué hablar hasta al servicio.


- No osarías – decía yo.


De vez en cuando me miraba por encima del hombro, pero aparte de eso, él sabía que si no hacia un pequeño gruñidito, no necesitaba su ayuda.


Estábamos ya en el borde del bosque, en el límite con el jardín trasero de la casa de mi familia cuando John se giró para decir algo.


Se quedó tan quieto que yo me detuve en seco donde estaba. Le miré extrañada.


- ¿Qué sucede? – dije.


- No te gires. – dijo muy despacio. Yo abrí los ojos, de pronto asustada y reparando en qué miraba algo tras de mí.


- ¿Estás tomándome el pelo? – mi voz sonó muy débil.


- No. – dijo él. – Pero ven despacio hasta mí.


Di un paso tras otro, muy lenta, con todo el cuerpo tenso y apretado y me aferré a la mano de John de un modo casi desesperado. Cuando sus manos estuvieron en mi cintura, dijo: - Gírate ahora. Pero con calma.


Cuando me di media vuelta vi lo que los ojos de John no paraban de vigilar.


Era un zorro.


Un zorro rojo, grande, con una cola espectacularmente peluda y larga. Sus ojos ámbar eran gigantes y estaban clavados en mí.


Era hermoso pero daba mucho respeto. Estaba tan asustada que de un salto me puse tras la espalda de John.


- ¿Nos ha seguido? – murmuré. Tenía el rostro clavado en su hombro y miraba por encima de él al animal, sin perder de vista sus movimientos.


- Nunca había visto un zorro tan cerca de Glassmooth. – susurró él. – Debe habernos seguido.


- Creo que tengo miedo. – dije muy bajito. Sentí la vibración de una risa en la espalda de John. – Y creo que tú también.


- Yo no tengo miedo. – bufó él. – No va a hacernos nada.


El animal seguía allí plantado, mirándonos muy atentamente, sin moverse, sin retroceder, sin avanzar.


- ¿Qué quiere? – estaba tan apretada a John que me sorprendía que él pudiese respirar.


- Ha seguido tu caminito de pan y queso, Gretel. – me miró por encima del hombro y sonrió como un felino.


- Oh. – tenía sentido.


John llevó sus manos a las mías, me soltó de su torso y me puso a su lado, luego se arrodilló, como en el lodo, y me hizo hacerlo a mí también.


- ¿Te sobra comida? – me dijo sin dejar de mirar al zorro.


- Si. – susurré.


- Extiende tu mano y deja que la vea. – dijo.


Yo le miré con los ojos bien abiertos. Él sonrió y cogió un pedazo de queso dejando la otra mitad en mi mano.


Entonces extendió el alimento hacia el animal y esté bajó el morro al suelo, con sus orejas apuntándonos y sus ojos en la comida.


Definitivamente había seguido mi caminito.


Paso tras paso se fue acercando y cuando estuvo a nuestro alcance abrió su boca muy cuidadosamente y recogió el queso que John le ofrecía sin hacer contacto con él.


Eso me dio el coraje para hacerlo yo también. El animal no parecía menos asustado que yo.


John asintió contento y yo le imité.


Juro que ese fue uno de los momentos que recuerdo con más excitación de toda mi vida. Un zorro, comiendo de mi mano un pedazo de queso.


Estaba asustada, emocionada, no cabía en mi misma. Fue la tarde más perfecta del verano. Nada se comparó nunca a ese momento que vivimos con el zorro.


John agarraba mi mano libre. Entera. No solo un dedo, sino toda mi mano era parte de la de él y se sentía increíble. Y tres años después, una noche en mi habitación de Londres, cuando John y yo numerábamos nuestros momentos favoritos juntos, yo mencioné aquél y el besó cada parte de mi rostro.



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Espero que estés disfrutando de la lectura. Te recuerdo que el mejor modo de darme las gracias es comentando y dando like, para que yo vea que no escribo y comparto en vano.


Gracias a ti, también por estar aquí.


MRMarttin.

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