Ocho: Los ojos de Gabriels

Actualizado: 4 de abr de 2019


GLASSMOOTH, PRESENTE.


- Y éste de aquí, es el Señor Gabriels. – dijo mamá.


- Creí que nunca llegarían a mí – bromeó él.


Después del encuentro con John, subí a mi habitación y me metí en una tina de agua hirviendo por horas. Una doncella me ayudó a vestirme y peinarme para la cena de aquella noche, en la que, la familia Benworth, le daríamos la bienvenida a nuestros invitados del verano.


Me senté cerca de los míos, con Lorrain a un lado y Kate al otro. Morris se declaró indispuesto y bajó al salón de cenas solo para disculparse con mi madre.


Ella pasó toda la velada muy preocupada y mandando al ama de llaves a revisar que nuestro querido John no necesitase un doctor, comida, agua, lo que fuese.


Eso fue una buena noticia. Sabía que él no iba a aparecer en toda la noche y eso me daba a mí vía libre para sentirme relajada y cómoda con los míos.


No pienso, en este momento, admitir que había un ronroneo en mi cabeza un tanto amargo. Algo me tenía al límite de una línea que separaba la total indiferencia en la que me encontraba, de la preocupación.


¿Por qué seguía sintiendo aquello? No lo sabía. Supongo que John y yo pasamos por mucho, y cuando creas esa relación con alguien, es muy difícil ser indiferente a sus sentimientos, no importa qué. De todos modos, eso me lo haría entender, tiempo más tarde, ni más ni menos que el Señor Gabriels.


De momento, aquella noche, parecía que tenía el equilibrio necesario para mantenerme al lado de la línea en el que solo sentía indiferencia. Estaba bien allí. Bien, un tanto tensa y mis dientes seguían incesablemente apretados, pero al menos ahora respiraba un poco más libre.


Cuando más tarde los hombres se unieron a las mujeres en la sala de ocio, mi querida madre se colgó de mi brazo y me presentó a todos los hombres sin esposa que encontró en el dominio de Glassmooth.


No hay que ser muy lista para adivinar el por qué.


Mis hermanos y sus esposas parecían de lo más entretenidos viéndome mostrar sonrisas cordiales y gestos afables a todo ser humano vivo o ebrio.


Yo, por mi parte, estaba haciendo un gran trabajo ignorando todo lo que sentía y tratando de ser una chica más, sin dolor dentro ni pensamientos negativos.


Era asombroso, que, y aunque teniéndole cerca, fuese capaz de hacer algo así.


- Señor Gabriels, - dije con una media sonrisa – es un placer. Espero que su estancia en Glassmooth sea de lo más placentera.


Austin Gabriels tenía por lo menos siete años más que yo. Su pelo era castaño, ni muy oscuro como el de Kenneth, ni rojizo como el de James ni, por qué no decirlo, muy claro como el de John. Era algo entre medio. Ojos castaños como los míos, mentón fuerte y labios gruesos. Era atractivo. Debía estar en sus veintisiete y en Londres se hablaban maravillas de él.


Estuvo casado, decían también, con una hermosa mujer Australiana que le dejó pocos años después. Decían que eso fue devastador para él, pues la amaba con toda su alma.


De todos modos, yo no sabía si un hombre con tal pasado luciría tan en paz como Austin Gabriels lucía. Tal vez eran todo chismorreos sin fundamento.


A decir verdad, jamás me hubiese parado a analizarle tanto si no fuese por qué mi madre me plantó delante de él aquella noche.


Una punzada aguda me recorrió al pensar en el matrimonio.


No había manera en que yo pudiese casarme con nadie que no fuese John Morris. Esa era la realidad.


Y ya tenía veinte años. Esos eran muchos años a ojos de cualquier hombre buscando una joven esposa o a ojos de la sociedad inglesa.


Supongo que por eso la urgencia de mi madre aquella noche.


- Siempre ha sido una mujer extraordinariamente hermosa, señorita Benworth – dijo Gabriels – pero reconozco que después de todo el tiempo que llevo sin verla, ahora es aún más bonita, si cabe.


Sonreí divertida. Genuinamente divertida.


Había escuchado toda clase de piropos aquella noche. Todos diciendo cómo había cambiado en el último año, como había crecido, como brillaba mi pelo, o cuan rosadas eran mis mejillas. Tonterías de hombres, obviamente.


Austin Gabriels soltó aquél piropo de lo más inapropiado con una voz descuidada y una sonrisa amable en su rostro y fue, por qué no decirlo, hasta gracioso.


Miré a mamá de reojo, y ella estaba enrojecida. Mi sonrisa se ensanchó.


- Eso sí es un halago – dije yo. – Muchas gracias.


- Tengo entendido que ha pasado una larga temporada viviendo en Kent. – sus ojos no me repasaron, como habían hecho los de los otro hombres, sino que se quedaron en los míos.


- Así es, - contesté – vivo allí con mis tíos. El duque y la duquesa Berrington.


- ¿Sigue viviendo allí? – dijo sorprendido – Creí entender que había vuelto para quedarse.


- Haremos todo lo posible para que no vuelva a marcharse. – agregó mi madre tocando el brazo de Gabriels. Él la miró un segundo antes de volver mi atención a mí. Ahora sonrió juguetón.


Casi ruedo los ojos. Madres.


- ¿Tiene usted a un caballero esperándola allí, señorita Benworth? – mi madre me miró atenta. - ¿O es mucho preguntar?


- Por supuesto que no, - dije divertida. – puede usted preguntarme lo que desee. Tengo entendido que es un buen portador de secretos. – eso le provocó una carcajada, mi madre se llevó las manos al pecho en un gesto de lo más dramático, pues le estaba pareciendo todo escandaloso.


- No creo que yo pueda portar secretos, queridos – dijo ella – Les dejo con sus cosas. – y se fue.


Esperé a que estuviese lo suficientemente lejos para seguir. No me pasó desapercibido el modo en el que toda la familia Benworth al completo estaba mirando en nuestra dirección.


- Sí, - dije ahora cuando él volvió a mírame – hay un hombre esperándome en Kent.


- Lo suponía. – hizo una mueca de complicidad. – Pero, y si no es demasiado preguntar, - se acercó unos centímetros a mí para decir: - él no es quien le ha roto el corazón, ¿verdad?


Me quedé muy parada, me aparté un paso hacia atrás y le miré directa a los ojos.


¿De verdad? ¿Tanto se notaba? ¿O aquel hombre sabía algo?


- Porque si lo es – siguió – deje que le aconseje que se aparte de él de inmediato y nunca jamás le deje volver a usted.


Hubo un silencio en el que tuve que respirar profundamente antes de ser capaz de continuar con nuestra conversación.


- ¿Por qué diría usted algo así, señor Gabriels? – pregunté en un murmuro.


- ¿No sabe mi historia? – Tragué, no contesté – Apuesto a que la sabe. – Me sonrió afablemente. – Me he mirado en el espejo todas las mañanas desde el día en el que mi mujer me abandonó – torció la boca, pero no con tristeza, con conformidad. – y he visto mis ojos una infinidad de veces desde entonces.


Fruncí el ceño intentando entender.


- Usted tiene mis mismos ojos, Señorita Sarah Benworth. – su sonrisa fue cómplice. No me miró con pena, ni con soberbia ni con nada que se pudiese malinterpretar. Solo era complicidad. – Y nadie que tiña sus ojos con dolor debe permanecer a su lado.


- Sarah. – James llegó a mi lado con dos copas de champan. – Señor Gabriels – le dio una a él. – Estoy muy contento de que haya podido venir a Glassmooth finalmente.


- Fue un placer para mí recibir su invitación señor Benworth. – Gabriels le hizo una pequeña reverencia a mi hermano.


- Por favor, - dijo él – llámeme James. – Ahora me miró – Brook y Kate quieren saber si quieres unirte a ellas en un juego de cartas.


Ahí estaba mi hermano mayor, haciendo de hermano mayor, por supuesto. Venía a tantear el terreno, y conmigo de por medio no podía hacerlo, supongo.


Brook y Kate estaban sentadas en una mesa cuchicheando sobre algo y riendo entre ellas. Nada de cartas. Suspiré.


- Un placer hablar con usted señor Gabriels – dije antes de retirarme.


- ¿Y Kenneth? – dije al sentarme con las chicas.


- Fue a ver a John – dijo Brook. - ¿Por qué estás aquí? Parecía que estabas disfrutando de la compañía de Gabriels.


- James me ha echado. – murmuré con una mueca.


Kate fulminó a su marido con la mirada mientras Brook se tapaba la boca para reír.


- En fin, - dijo Brook a Kate – sigue contándome.


- Bien. – dijo Kate con una sonrisa pícara.


- ¿Contándole qué? – pregunté yo.


- ¿Debería volver a empezar? – Kate miró a Brook con una mueca, sopesando la idea.


- Por supuesto – dije yo dignamente mientras le daba un empujoncito en el brazo.


Siempre estaban como James y Kenneth.


- Déjame a mí – dijo Brook – yo le hago un resumen.


Kate la miró con una ceja levantada y cruzó los brazos con una media sonrisa:

- Adelante, a ver lo bien que lo has entendido.


- Bien – Brook me mirío - ¿Sabes la amiga de Kate? La chica que vino a la boda, de pelo moreno y labios gruesos. – me miró, esperó.


- ¿Sheena? – pregunté.


- Sheena – confirmó Kate.


- Eso es. – Brook me apuntó con un dedo. – Ella misma.


- Que bonita es Sheena – dije yo.


- La más bonita. – dijo Kate con una sonrisa satisfecha.


- ¿Qué pasa con Sheena? – pregunté a Kate.


- Pues – comenzó


- Eh, - la cortó Brook poniendo dos dedos en mi mentón y girando mi cabeza hacia ella. – te lo estoy explicando yo.


- Te lo está explicando ella – rió Kate a mi lado.


- Disculpa. – reí.


- Sheena se quedó embarazada hace unos meses. – Los ojos de Brook brillaban de emoción.


- ¿En serio? – fruncí el ceño. – En la boda no la vi embarazada.


- Porque llevaba un vestido ancho, querida. – señaló Kate.


- Porqué llevaba un vestido ancho. – repitió Brook como si Kate no lo hubiese dicho ya.


Dios bendito, eran como mis hermanos.


- Entendido. – murmuré yo.


- Dio a luz hace varias semanas. – dice ahora Brook.


- ¿Ya ha dado a luz y todo? – dije yo extrañada. – Pero, ¿Cómo puede ser? ¿Por qué nadie lo sabía?


- Yo lo sabía – susurró Kate.


- Kate lo sabía. – esa fue Brook.


- Pero, ¿quién es el padre? – pregunté. La cosa se estaba poniendo de lo más interesante, no me extraña que no viesen cuando James fue directo a romper mi conversación con Gabriels. – ¡Oh! Dime que tiene pareja. – susurré preocupada.


- No la tiene. – dijeron las dos al unísono.


- Eso significa… – reflexioné en voz alta.


- Que es un hijo fuera del matrimonio – dijo Brook con delicadeza.


- Un hijo bastardo – soltó Kate sin pizca de ella.


Hubo un silencio, reflexioné la idea. Algo en mí se retorció pensando en la idea de ser madre de un hombre que no es tu esposo ni lo quiere ser. Mi corazón se aceleró; pobre Sheena. Se merecía algo mejor.


- Sigue. – murmuré mirando a Brook con el corazón encogido.


- Sigo yo, - dijo Kate – Brook no sabe más.


Las dos la miramos expectantes. Para Brook parecía un poco más divertido que para mí, todo el asunto.


- Sheena estaba viendo a un par de clientes de Cardigan’s Place para entonces. – nos miró a las dos, asentimos. – Se quedó embarazada entonces y no tenía idea de cuál de los dos podía ser el padre.


- ¿Cardigan’s Place es donde tu trabajabas? – preguntó Brook.


- Sí. – asintió Kate. – Allí es donde la conocí. – nos miró a las dos. – Fue al mismo tiempo que conocí a James.


Algo en mi cabeza se puso en su lugar. Dolorosamente en su lugar.


- James frecuentaba ese sitio. – mustié. Mi estómago se estaba revolviendo.


- Sí – me dijo. – El caso es, que ella decidió guardar silencio y no decirle nada a ninguno de los dos hasta que el niño naciera para ver si era rubio o moreno.


Las manos me temblaban, los ojos me picaban, tenía un nudo en la garganta, un nudo en el estómago, las costillas engarrotadas. No me entraba el aire por ningún canal, no podía respirar.


- ¿Rubio o moreno? – Brook preguntó.


- Porqué Edward Middleton es moreno – dijo Kate – Y -


- Y John Morris es rubio. – terminé yo por ella.


Vi a Brook llevarse ambas manos al pecho y observé a mí alrededor buscando ayuda. Ayuda en silencio, ayuda sin pedir ayuda.


James y John. John y James, pasaron todo el invierno en Londres conmigo y con mamá el año pasado. John salió muchas de las noches con James cuando este estaba cortejando a Kate. Luego se escabullía en mi habitación y pasaba la noche conmigo.


Conmigo.


Besando mi rostro, abrazando mi cuerpo, besando mi espalda y mis brazos, hablando poco, contándonos nada. Solo estando allí, viviendo el momento el uno con el otro.


Conmigo y con Sheena Westrey.


No sé en qué momento fue, pero salí del salón y de pronto me encontré subiendo las escaleras del ala este a toda prisa, por pasillos con velas apagadas, cuadros dormidos y silencios sepulcrales.


Éramos solo yo, mis fuertes pisadas y mis sollozos.


Para cuando llegué al pasillo de mi habitación, caminé. Caminé y traté de respirar mientras un mar de lágrimas volvía a caer por mi cara. Fue entonces cuando vi la sombra, su sombra, en mi puerta con una nueva rosa en sus manos.


- Sarah – dijo. Dio un paso hacia mí, allí paralizada y vio mi rostro a la luz de la vela que él llevaba. - ¿Qué sucede? – dijo en un jadeo. Dio otro paso, yo retrocedí. Vi aquella mueca de dolor pero la ignoré. - ¿Por qué lloras? ¿Qué ha pasado? ¿Estas herida?


- Vete, John. – dije. – Vete de aquí ahora mismo.


John dejó caer la rosa delante de mi puerta e intentó acercarse nuevamente. Pero no había manera que sentir su calor o su tacto fuese alguna de las cosas que yo necesitaba en aquél momento.


- Por favor, - murmuró – dime qué sucede.


- Necesito que te marches – fue todo lo que dije.


Las lágrimas seguían cayendo por mi rostro. No le odiaba. O sí; le odiaba, pero también le amaba y me dolía. Me dolía el alma, el corazón. Todo.


Tenerle delante de mí solo me hacía perder la cabeza. Era tan perfecto, había sido mi ancla, mi amigo, mi otro yo, mi alma gemela. Y mi peor decisión.


Estaba a punto de cogerle por los hombros y zarandearle, o de pegarle una bofetada o de comenzar a gritarle como una loca. Como una maldita loca herida y decepcionada.


Una loca que lo entregó todo, estúpidamente todo, y ya no tenía nada más.


- Dime al menos qué ha pasado. – dijo agarrando con fuerza su cabello. Estaba muy frustrado.


- Es Sheena. – dije.


No debí.

No debí darle el beneficio de saber absolutamente nada. Toda la información que le daba era una pista más para que él volviese a enmendarlo y a llegar a mí. Como siempre.


No tuve que decir nada más. Lo vi en sus ojos, en su postura tensa, en cómo apretó su puño con su rubio cabello enredado en él.


- Márchate de aquí. – mustié. Mi voz sonaba ronca, fuerte, amenazante.


Sus ojos estaban muy oscuros y me miraba sin cesar. No había ni un ápice de sentimiento o emoción en ellos, sin embargo. Nada.


Respiró audiblemente, hinchó su pecho, soltó su cabello y se puso bien recto.


- Bien – asintió.


Y se fue.




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Así pues;

miles de besos y amor,

y el miércoles mas y mejor.


MRMarttin.

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