Siete: Palabras

Actualizado: 4 de abr de 2019


GLASSMOOTH. SEIS VERANOS ANTES.


Llevaba horas sin verle. Un mozo de cámara le había traído una carta a John y él había salido con una sonrisa del salón del desayuno para atender lo que fuese que aquél pedazo de papel quería de él.


Era hora de cenar y John aún no había aparecido. Esperé paciente, ocupada, a que él terminase y viniese a por mí para contarme de qué se trataba aquél asunto.


Pero no venía y ya no sabía qué hacer.


Kenneth y James, tan preocupados como yo, deshacían su propio desosiego en mí, como siempre.


- Pero ¿Dónde está? – Dijo Kenneth


- Nos ha dejado colgados con el plan de esta tarde. – respondió James con enfado. – Y era francamente bueno.


Yo hice una mueca horrenda e intencionada. ¿Qué tontería era aquella? ¿Estaban más obstinados por él no acudiendo a el plan que por lo que fuese que le había impedido asistir? ¿En serio? Que poca sensibilidad.


- Deja de poner esa cara – resopló James acabando de destrozar con sus dientes la uña de su dedo pulgar. – Cuando Morris entre por la puerta le asustaras.


Le ignoré completamente al tiempo que me levantaba y me dirigía a la puerta de salida.


- ¿Y ahora a dónde vas? – ese fue Kenneth.


- A donde quiera. – contesté con una mueca. – No sé por qué crees que deba darte explicaciones a ti.


- Peleona – murmuró James con un deje cínico. Sabía que se estaba gestando una pelea espectacular debido a la tensión.


- No me mal intérpretes, ¿de acuerdo? – dijo Kenneth girándose hacia mí. Yo aguardé con los puños apretados. – Pero John es nuestro amigo y no el tuyo, y por más que este verano parece que solo le interesas tú, - alzó una ceja con desprecio – nunca va a verte con esos ojos.


Hubo un silencio sepulcral. Sentía mis mejillas calentarse y mi corazón latir fuertemente.


- Entendido. – me limité a decir entre dientes.


El verano había comenzado un mes antes y desde que John llegó estuvo en todo momento a mi lado. No se separó de mí más que para ir a dormir.


Fue ese el verano en el que no se movía de la casa si yo no quería unirme a los juegos o planes de Kenneth o James, y fue el verano en el que nos confesamos mil y un estúpidos secretos de niños.


Era mi amigo, era genuinamente alguien demasiado importante para mi ahora.


Yo sentía aquél agradable calor cada vez que sabía que él estaba cerca. Me reía, me enfadaba, me hacía la difícil y juraba delante de él, era yo misma sin preocuparme de qué pensaría o si me creería una niña pequeña y tonta.


Pues él mismo se encargó de asegurarme que la mejor versión de mi misma era aquella, la natural, la innata. La mejor versión de mí, era yo misma. Punto.


Y todo fluyó tan libremente aquél verano que John perdió el interés en hacer cosas de niños. O eso decía. Por eso prefería sentarse conmigo, salir a cabalgar conmigo, leer conmigo, dibujar, tocar, correr. Todo conmigo.


Él era mayor que yo, como Kenneth, y había infinidad de cosas que podía hacer sin mi ayuda, claro, pero siempre buscaba la manera de hacerme participe o hacerme sentir que sin mí no podía hacerlas.


Dos días atrás habíamos estado cabalgando los cuatro. En uno de los momentos antes de descender una empinada y divertida cuesta, John se quedó atrás pensativo y con un deje de preocupación.


Mis perfectos hermanos azuzaron sus caballos y comenzaron a gritar cuesta abajo como si fuesen una parodia de vaqueros e indios. Pero yo, que le había visto allí parado, le llamé.


- Hay algunas cosas que me asustan. – dijo entonces girando sus azules e infinitos ojos a los míos. Yo fruncí el ceño sorprendida. – Esta bajada.


Miré la bajada al tiempo que él la apuntaba con el mentón y luego volví a observarle.


- Has bajado por ella una infinidad de veces, John – dije.


- Pero hoy es diferente. – aguantó el aire un instante. – Es la misma bajada pero puedes verla de un modo distinto dependiendo de cómo te sientes por dentro. – pausa - ¿No crees? – me miró. Sonrió ligeramente.


- Puede. – Encogí un hombro – Pero puede que no entienda qué quieres decir, tampoco.


- Solo quiero, – hizo una pequeña mueca – que hoy la bajes conmigo. No quiero bajarla solo.


Lo dijo tal cual, y reconozco que dos días más tarde seguía pensando en ello. ¿Qué bicho le había picado? No entendí nada. No estaba siendo un dramático, estaba solo diciendo lo que tenía en la mente. Y esa fue una de las primeras veces que comprendí que había un John muy diferente escondido tras del sonriente.


Había un infinito mundo dentro de él que tenía guardado bajo una dura y gran coraza y yo era la única que sabía aquello.


Por eso, cuando aquella tarde seguía sin aparecer, mis nervios se crisparon y mi cabeza no dejaba de darle vueltas a ideas tontas.


Estaba realmente preocupada por él. Fue la primera de infinitas veces.


Salí del salón en el que mis hermanos seguían reprochándome el tener a Morris más tiempo para mí que para ellos y comencé a caminar.


Atravesé el jardín de rosas de mamá, bordeé el laberinto, crucé la verja y llegué al bosque.


Para entonces era bien oscuro, pero procuré pisar fuerte para que los animalitos se alejaran y no me sorprendiesen. Reconozco que era bastante asustadiza. Y más sola.


Cuando me di cuenta, estaba debajo del gran árbol en el que papá construyó la casita de madera por la que Kenneth tenía devoción.


Tiré del cabo colgante y desde arriba se desenroscaron y cayeron las escaleras y cuando estuve a mitad de mi subida, vi la cabeza de John asomarse desde arriba, mirándome con la cara empapada en lágrimas y los ojos rojos.


Se me encogió el corazón.


Subí a toda prisa. Él extendió sus manos cuando estuve arriba y me atrapó en un abrazo feroz. Enterró su cara en mi pelo y siguió llorando. Estaba agitado, roto, desesperado y lloraba con rabia y fuerza, de un modo silencioso pero abundante.


Pronto sentí todo mi pelo húmedo y sus lágrimas caer por mi clavícula. Pero no me moví, fui su ancla, me quedé allí, lo sostuve con fuerza e intensidad y dejé que sacara todo lo que tenía en el pecho.


No hablé, sabía que él no querría hacerlo. Solo balbuceó el nombre de su madre y siguió llorando.


Sé que en algún momento se puso a llover, pero el agua no nos tocaba. Parecía una escena de un libro romántico de esos con los que mamá estaba obsesionada.


Y ese fue el vínculo más profundo que John Morris y yo anclamos. El dolor, la debilidad y el poder expresarlo, siempre en silencio, con alguien más que con uno mismo.


Varios veranos después fue él quien sostuvo mi pequeño y helado cuerpo padeciendo la muerte de mi padre.


Y pase lo que pase, me dije, me lleve donde me lleve el destino, siempre habrá un sitio en mi corazón para John.


Después de eso, las malas lenguas dijeron que la pequeña Sally Benworth estaba enamorada del heredero de los Morris. Pero, y aunque a mí me molestaba más que mis propios hermanos, John nunca dijo nada al respecto.



GLASSMOOTH. PRESENTE.


Había pasado una semana y no había vuelto a ver a John. Los chicos fueron a una excursión de varios días y para cuando volvieron yo encontré una o dos cosas que hacer en las horas en las que debía reunirme con ellos.


La flor estaba muerta en un rincón del pasillo. Nunca la cogí. Quería que la viera, allí muerta. Sus trucos no iban a funcionar más conmigo. Le odiaba, por si no lo había dicho ya.


Odiaba a ese perfecto hombre con cada célula de mi cuerpo y ese odio no me dejaba avanzar o ser feliz, era consciente. Pero era mejor que recordar cada uno de los perfectos momentos que él había construido en mi vida. Esos momentos eran los que habían hecho que yo cayera en sus juegos una y otra vez.


Esos buenos recuerdos hicieron que yo me dejase conquistar y le perdonase cada una de las puñaladas que le dio a mí ya herido corazón.


Yo había visto dentro del alma de John, sabía más de él de lo que nadie supo jamás, y si pensaba mucho en ello y en él, podía entender por qué él era quien era y cómo era.


Podía hasta entender porqué me hizo tanto daño.


Pero en este momento de mi vida, debía pensar solamente en mí. Si volvía a compadecerme del pobre niño al que le faltó el amor de su madre eternamente enferma, el niño rubio y bonito que tenía problemas tan anclados y escondidos en su alma que no se permitía a sí mismo ser feliz, el niño que debía rescatar a su padre de peleas y borracheras…entonces estaba acabada.


Sí, estaba acabada porqué todo, siempre, tiene un motivo y una razón, y si eres suficientemente observador o estás suficientemente hambriento de saber, aguardas en el sitio hasta que entiendes exactamente el motivo que tienen los demás para llevar la vida que llevan.


Entonces te pones en su piel, entiendes, valoras, perdonas y olvidas.


No quisiera que se me malinterpretase, pues esa fue una de las lecciones más valiosas que John Morris, sin querer, me enseñó. Perdonar es lo esencial para seguir adelante, escuchar, aguardar y ponerse en la piel del otro es lo que se necesita para detener discusiones y peleas.


Pero, claro, yo tenía sentimientos, era humana – y lo sigo siendo – quería una buena vida para mí, libre de preocupaciones, de problemas y dolor. Me lo merecía. Todo el mundo lo hace.


Aquella mañana, después de dos semanas estando en Glassmooth, me levanté con un humor renovado. Podía hacerlo. Podía ignorarle una semana más. Luego regresaría a Kent y le perdería de vista.


- ¿Cuándo llegan los invitados? – el ceño de James estaba apretadísimo.


Toda mi familia estaba sentada en la mesa del comedor, incluido él, pero no le miré ni me senté cerca.


- Durante el día de hoy. – dijo mamá con una feliz sonrisa. – Vienen todos. – añadió.


- ¿Debo recordarte quién es el hombre de la casa? – se mofó Kenneth como tantas veces antes se había reído James de él cuando Evangeline había tomado una decisión por él. – Está en tu mano anular la fiesta veraniega de los Benworth, hermanito.


James solo resopló. Sabía que no había manera de anular tal celebración. Desde el verano en que Brook llegó a nuestra familia, se había retomado la tradición.


Los bailes, las veladas, los invitados inundando nuestra casa, el laberinto. Todo.


- A mí me emociona hacerla, - dijo Brook mordiéndose el labio. – vienen mis padres – sonrió ahora – y hasta la señora Pennik.


Y en ese mismo orden llegaron varias horas más tarde.


Era media tarde cuando me encontraba sentada en la biblioteca mirando un libro en mi regazo. Las tapas eran de piel oscura y estaba decorado con miles de detalles dorados. Con mis dedos estaba resiguiendo las líneas, sin reparar en nada más que eso cuando alguien se sentó en el sillón delante de mí.


Levanté la vista para ver a John, apoyando sus codos en sus rodillas, con el pelo alborotado y círculos oscuros bajo sus ojos. Su camisa blanca estaba desaliñada, y llevaba un chaleco abierto con un botón descosido.


Tenía un nudo en la garganta y mi respiración estaba haciendo cosas raras. De pronto fui consciente de que aquella era la primera vez que estábamos a solas en una habitación desde la noche en la que me dejó en Londres en un mar de lágrimas.


Apreté mis manos en puños y me levanté con el mentón bien alto.


- Espera. – susurró. – Por favor.


- No. – dije. – No espero.


- Sarah – se levantó, quedando ante mí, mirándome desde su altura. – deja que al menos diga algo.


- No John, – miré sus ojos y lo hice sin piedad, sin debilidad. – no hay nada más que decir. – Inspiró pesadamente. Vi como sus puños temblaban. – Todo ha quedado claro. Ni espero, ni quiero, ni escucharé nada que venga de ti, porque – empecé pero me cortó.


- Porque las palabras son solo eso, - nos sostuvimos la mirada. – palabras.


Sentí cómo los latidos de mi corazón se aceleraban. Sentí que mis manos querían acercarse a las suyas, agarrarlas con fuerza y preguntarle qué le apenaba. Preguntarle porqué lucía cansado, triste y preocupado. Saber qué podía yo hacer para verle feliz.


Pero volví a verme a mí misma, de rodillas en mi habitación de Londres la noche en la que, después de desaparecer una semana entera, llegó y me dijo lo que había estado haciendo.


Respiré hondo, dejando que él viese ese momento de dolor, de odio, de desesperanza. Me di la vuelta, tiré el libro en el sillón y desaparecí.




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Así pues;

miles de besos y amor,

y el miércoles mas y mejor.


MRMarttin.

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