Seis: Respeto

Actualizado: 4 de abr de 2019


GLASSMOOTH. PRESENTE.


- Yo también disfruto estando aquí contigo, - dijo Tía Lorrain. - pero me gustaría saber el verdadero motivo por el que sigues hablando de cosas sin sentido para retenerme.


Estaba debidamente sentada en el sillón forrado en blanco al lado de mi cama. Sus manos reposaban tranquilamente sobre su regazo y miraba distraída por toda la habitación, como si le importasen los detalles de ésta.


- Solo sentía que llevaba rato sin estar contigo a solas, como hemos estado haciendo en Kent. - dije sin muchas ganas, pues ella ya había olido mi treta.


Reposé mi espalda en la puerta. Llevaba allí de pie desde que entró, como custodiando el lugar.


- Bien, - sonrió sin mirarme - eso no es el motivo. - adivinó - ¿me equivoco?


No


- Si - dije. - Ese es el único motivo por el que te he pedido que vengas.


Después de la cena me disculpé y regresé a mi habitación. Mi intención no era dormir, para nada, no creía que fuese capaz de dormir aquella noche, pero necesitaba mantenerme alejada de aquellos ojos azules que seguían buscándome y repasándome sin piedad.


Con eso no quiero decir que yo también estuviese mirándole y pendiente de él, en lo absoluto. Pero era imposible no sentir su atención insistente en cada uno de mis pasos.


Le ignoré todo lo bien que pude. Y cuando vi que mis fuerzas comenzaban a flaquear, simplemente me fui.


Una vez a salvo tuve que sentarme y obligarme a respirar. Entonces, con esa distancia entre nosotros, todo perdió peso y se volvió tremendamente sencillo: seguía odiándolo.


Ya no quería volver a verlo o a intuirlo. No quería su presencia cerca de mi, ni anhelaba sus manos en mi cuerpo. No le necesitaba en mi vida, y era muy fácil cuando estaba alejada de él y cien por cien conectada con mis emociones y nuestro pasado.


Supuse que el vuelco que el corazón me dio al verle anteriormente era completamente normal teniendo en cuenta que aquella fue la primera vez que volvía a encontrarle después de todo lo ocurrido.


Nada por lo que preocuparse, ciertamente.


- El señor Morris parecía ciertamente sorprendido al verte. - miré a tía Lorrain quien acariciaba su mentón con su mirada fija en un punto infinito y su fingida cara de inocente.


Al principio no iba a contestar, pero luego me di cuenta que si seguía con aquella actitud, muy pronto todos sospecharían algo que nunca deberían saber.


Por mi propio bien.


- No sé porqué lo estaría, - dije analizando mis uñas perfectamente cuidadas. - ésta es mi casa.


- Es casa de tu hermano - rió frescamente - y tu no tendrías por qué estar aquí teniendo en cuenta que ahora vives en Kent. De todos modos no es a lo que me refería. - esa parte la ignoré.


- No hay modo de que él sepa donde vivo o dejo de vivir - aquello sonó como un reproche en toda regla. Respiré.


- Exacto, - su voz sonaba burlona, pero no la miré esta vez - a eso es a lo que me refiero, querida.


Llevé las manos a mi cabello y comencé a quitar las pinzas que mantenían mi recogido en su sitio. Me incorporé de mi posición en la puerta para ir a dejarlas en el tocador.


Acaricié mi cabeza, llena de puntos dolorosos por tanta tensión y enredé los dedos entre las hebras de mi pelo para sacudirlo libre.


- Recuerdo aquél verano en el que saliste por primera vez con alguien del laberinto. - siguió ella remarcando el alguien. Yo miré fijamente mi reflejo en el espejo y apreté los dientes obligándome a mantener los nervios en su sitio. - Tenías ¿qué? ¿Catorce años?


- Diez. - soné bastante tajante.


- Siempre te escondías hasta el final del juego y salías sola corriendo cuando no quedaba ya nadie alrededor del lugar. - la risotada de tía Lorrain fue bien cálida. Me giré y me apoyé esta vez en el tocador. - Y mírate ahora. - su sonrisa era afable mientras me observaba. - Eres la mujer más hermosa que he visto en mucho tiempo.


Suspiré aliviada por el giro en la conversación.


- No puedo contar ya cuantas veces has dicho eso. - sonreí mientras cruzaba las manos sobre mi estómago.


- Y no deja de ser verdad. - encogió un hombro refinadamente. - Recuerda que no soy tu madre, no tengo porqué decirte que eres bonita si no lo creo.


Reí descuidadamente. Tía Lorrain volvía con sus tonterías para hacerme sonreír y camelar mi mal humor.


Me encantaría poder decir que aquél era el verdadero motivo por el que la había llamado, pero la verdad era que me sentía más segura de mi misma con ella alrededor.


No quería encontrarme pensando en la misma persona toda la noche o convenciéndome de hacer algo impulsivo como buscarle y pedirle explicaciones o demandarle que se largase de mi casa. Eso no podía acabar bien.


Había decidido ignorarle deliberadamente. Fingir que él no causaba nada en mi, que me era completamente indiferente si estaba alrededor o no. Eso era lo mejor que podía hacerle creer.


Al fin y al cabo debía demostrar cuan distinta era yo. Madura, centrada y preparada para tener la mejor de las vidas.


- Vamos, - Tía Lorrain se levantó con brío y llegó hasta mi - vamos a quitarte ese corsé y a meterte en la cama. - le fruncí el ceño. - Solo vuelve a ser una niña para mi una última vez. - recogió un mechón de mi oscuro pelo y lo colocó de vuelta con el resto.


Me giré hacia el espejo y la observé deshacer los lazos de mi espalda.


En ese momento recordé su cara de felicidad el día que llegué a Kent con mis vestidos y mi corazón destrozado. Supe de inmediato lo sola que se había sentido todo ese tiempo en aquél palacio hermoso.


Yo había sido su luz entre tanta oscuridad, su niña, su tesoro, y ella fue todo lo que necesitaba en aquél momento de mi vida. Su frescura me obligó a superar mis dolencias.


Hice todo lo que pude y seguía intentándolo, pero el hecho de tenerla fue lo que puso ese impulso en mí.


- Tía Lorrain - dije. Ella me miró por encima de mi hombro. - gracias. - susurré.


Sus ojos y los míos se encontraron en el espejo.


- Gracias a ti. - susurró de vuelta.


De pronto se apartó, se azuzó el pelo y sonrió de un modo divertido, rompiendo el momento emocional.


- Lista. - dijo refiriéndose a mi vestido.


Cuando estuve acostada en la cama, besó mi frente y se fue.


La noche iba a ser muy dura. Muy pero que muy dura sola en mi habitación, en la habitación en la que viví tantos momentos felices. Esos mismos que ya nunca más serían lo mismo en mi memoria.


No quería perder ni un minuto más de mi vida pensando en alguien que no me merecía. Porqué ese era el mayor motivo por el que debía seguir adelante: John Morris no me merecía.


Ningún hombre que no sepa respetar a una mujer, merece estar alrededor de una. O, en otras palabras, ninguna mujer debe dejar a un hombre que no la respeta estar alrededor.


De pronto, y sorprendentemente fácil, mi cuerpo fue relajándose y sentí que iba a dormirme como nunca antes.


Y fue en ese preciso momento cuando unos toques en la puerta me sacaron del agradable estado en el que estaba entrando.


Me quedé muy quieta, sentada en la cama y agarrando las sabanas.


Tres toques más.


No por favor. Por favor, no.



GLASSMOOTH. OCHO VERANOS ANTES.


- A la cama niños. - dijo mamá con un ojo cerrado y su camisón de dormir. - ¿Qué hacéis todavía despiertos?


- Déjanos un poquito más. - dije desde mi posición del sillón.


James estaba dormido en el mismo sillón que yo, con sus apestosos pies sobre mi regazo, su boca entreabierta y su pelo cobrizo alborotado. Parecía un perro callejero.


Kenneth se había ido a dormir temprano debido a que el empacho de dulces que nos habíamos comido horas antes al colarnos en la cocina le sentó bastante mal.


John estaba sentado delante de mí, bien despierto, con su pelo rubio hacia atrás de un modo descuidado, sus piernas cruzadas y el primer botón de la camisa desabrochado.


Llevábamos horas allí sentados. Mientras James estaba despierto nos entretenía con su incesante parloteo sin sentido. Nos reíamos y escuchábamos sus historias.


Luego se durmió, y en vez de irnos como siempre hacíamos, John y yo nos quedamos sentados, callados, mirándonos el uno al otro por no sé cuánto tiempo.


Todo mi cuerpo se sentía cálido y agradable. Los latidos de mi corazón eran sosegados y mis respiraciones tranquilas, como si nada en el mundo pudiese ir mal nunca más.


- Ni hablar. - mamá llegó hasta mi sillón y zarandeó a James de un modo nada delicado. Él gruñó como un animal perezoso. – A dormir niños, mañana podéis seguir con lo que sea que estéis haciendo.


Subí a mi habitación a regañadientes. No me molesté en llevar ninguna vela, pues sabía el camino con los ojos cerrados.


Aquél verano habíamos comenzado con las aventuras de noche.


En vez de irnos a dormir, cada noche inventábamos algún plan maestro y excitante para llevar a cabo, y la gran novedad es que gracias a la presión que John hizo, ahora permitían legalmente que yo les acompañase.


Total, que estaba hecha a volver a mi recamara a oscuras.


Como cada noche me desvestí, deshice mi pelo y me puse el camisón de dormir, pero aquella noche algo cambió.


Fueron tres golpes en la puerta.


Al principio me quedé muy quieta. ¿Lo habría imaginado? Habían sido muy sutiles.


Agarré las sabanas entre mis manos y me las llevé el pacho. Glassmooth era muy grande y James y Kenneth no cesaban en decir que el ala oeste estaba encantada.


¿Sería eso verdad? Mi habitación era la última del ala este, la más cerca del área con fantasmas.


Apreté mis dientes y cerré fuerte los ojos.


Estaba siendo una niña irracional. No debía permitirme creer en las tonterías de mis aún más tontos hermanos o el verano sería demasiado largo ese año.


Y de pronto tres golpes más, ahora más insistentes.


- Soy yo - dijo una voz - sal.


Dejé salir una bocanada de aire y salté de la cama al sonido de la voz de John.


Corrí, literalmente, hasta la puerta y la abrí de un tirón. Y de pronto John no estaba ante mí, pero sus pasos corriendo lejos resonaban por todo el pasillo.


Fruncí el ceño, me quedé mirando a la oscuridad intentando entender qué juego era aquél o qué estaba haciendo y después de ver que allí plantada, en medio de la noche, en camisón y la puerta abierta no estaba pasando nada, me dispuse a cerrar la puerta.


Entonces lo vi.


John había cortado una valiosa rosa del jardín de mamá y la había dejado delante de mi puerta.



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Así pues;

miles de besos y amor,

y el miércoles mas y mejor.


MRMarttin.

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