Cinco: Esa otra parte de mí

Actualizado: 4 de abr de 2019


GLASSMOOTH. PRESENTE.


Brook tenía razón, huir no era el camino, pero afrontar la realidad todavía se sentía demasiado doloroso.


Antes de salir de la habitación y dejarme con la doncella, me miró por encima de su hombro y dijo algo así como "no tienes más remedio que bajar".


Así que allí estaba yo, llevando un sencillo vestido claro y veraniego, el pelo oscuro y liso semi-recogido cayendo por mi espalda y con la mejor cara que pude encontrar en mi interior.


El corazón me latía a mil por hora, las manos me sudaban y sabía que si pensaba en lo que iba a hacer una vez más, correría despavorida de vuelta a un carruaje que me devolviese al ducado de tía Lorrain.


Lo más lejos de él que pudiese.


Cogí una bocanada de aire al tiempo que me decía a mí misma que la primera fase para superar algo, es fingir que ya lo has hecho.


Salí al jardín, donde todos se habían acomodado dispuestos a cenar, sintiendo sus miradas en mí, y sonreí mientras decía:


- Disculpad mi retraso. - miré solo a Brook. - Ya me siento mucho mejor.


Kate me hizo un gesto con la mano para que me sentase a su lado. Ese era el único lugar vacío, al final de la mesa, y como no, delante de John.


Obviamente el destino no me lo iba a poner tan fácil. ¿Verdad?


Y sí, podía sentir su penetrante mirada cómo un rayo eléctrico atravesando mi cuerpo. Pero obviamente le ignoré lo mejor que pude - o, siendo completamente honesta, fingí ignorarle -.


Al sentarme, Brook me sonrió débilmente en un gesto de fuerza y supe que debía simplemente enfrentarle y madurar de una vez por todas en vez de esconder mi cabeza bajo una piedra y llorar cada vez que escuchase su nombre.


Llorar lloraría igual, pero al menos parecería una mujer fuerte y madura delante de él. Eso me dije. Eso haría. Eso sería lo mejor, por ahora y teniendo en cuenta las circunstancias.


Total, que levanté mi cabeza, le miré directamente y le encontré observándome con los ojos muy amplios y los labios entreabiertos.


Su cabello lucía más claro que nunca. Tan claro como cuando éramos niños y pasaba el verano bajo el sol con mis hermanos. Hacía años que no le veía así.


Sus ojos azules hacían aquel contraste hipnotizante. Y ni siquiera me sorprendió, conocía ese estado emocional realmente bien de todas y cada una de las veces que le había tenido delante.


Había perdido peso, pude decirlo por los ligeros huecos que tenía en las mejillas, pero supongo que alguien que no conociese cada uno de sus rasgos del modo que yo los había conocido, observado y acariciado, no se daría cuenta de ese detalle.


Me dio miedo.


Autentico miedo el modo en el que mi cuerpo y mente reaccionaron a él.


De pronto le anhelaba y le echaba de menos, toda yo estaba vibrante y deseosa de que pusiera su mano sobre la mía o hiciese algún tipo de contacto.


Mi corazón latía diferente ahora. Más cálido, más sosegado, como si estuviese en frente de algo que había extrañado por demasiado tiempo.


Respiraba libremente, sin dificultades y con tranquilidad.


Aquella noche en su habitación oscura de Londres vino a mi cabeza. Nosotros, yo entre sus brazos desnudos, mi pelo derramado en la almohada y el resiguiendo mi rostro con las yemas de sus dedos mientras el aire entraba y salía de mis pulmones tan apacible como en aquél momento, en la mesa del jardín con todos delante y él de vuelta.


Descubrí una parte de mí que quería, inesperadamente, a John de vuelta.


Y eso era malo. Muy malo teniendo en cuanta cuanto debía odiarle.


John no era bueno para mí, no me merecía, no fue justo ni bueno ni me amó jamás y todo lo que pasó en el pasado me dejaron esos hechos bien claros.


Entonces, ¿porqué narices estaba reaccionando tan estúpidamente a él?


Fruncí el ceño fuertemente, volví a concentrarme en él, que seguía observándome de aquél modo inocente y atento, como si me estuviese viendo por primera vez, y con un tono completamente neutral dije:


- Señor Morris.


Y me giré a mantener una conversación banal con Kate, que miraba de uno a otro con desconcierto.


John Morris es el peor hombre que ha cruzado tu vida. Me recordé.


- Gracias, - dijo ella mirando al hombre delante de mi. - la verdad es que amo vivir en Glassmooth. - estaba claramente distraída por nuestro comportamiento.


- Has hecho un gran trabajo como señora de la casa. - continué.


No te merece.


- John. - dijo John de pronto.


No te ama.


Tardé más de lo que me hubiese gustado en prepararme mentalmente para volverlo a mirar. Pero cuando lo hice, en sus ojos había un brillo extraño y distinto.


No te respeta.


- Soy John para ti. - dijo - Siempre lo fui, sigo siéndolo, Sarah - aquellas últimas palabras fueron casi un susurro. Estaba ligeramente inclinado hacia mí y me miraba con el ceño fruncido, expresando un leve dolor.


No lo hizo.


- ¿Le has llamado Sarah? - dijo James en tono de broma. - ¿Has aceptado tan rápido su cambio de nombre?


No lo hará jamás.


John se giró para mirar a mi hermano a su lado y con semblante serio contestó:

- Su nombre es Sarah.


Digamos que mi monólogo interno recordándome lo que, desde hacía unos meses eran mis consejos vitales, volvió a encender el odio y desprecio dentro de mí, ese que tanto necesitaba.


Después de eso no le miré o me dirigí a él durante el resto de la cena. Él tampoco hizo el amago de volver a hablarme, con lo que fue increíblemente fácil ignorarle.


Y frustrante.


Ése fue el momento exacto en el que aquella nueva parte de mí se despertó. Ésa parte en la que aunque sabes lo mal que la persona ante ti te lo ha hecho pasar, lo mal que te ha tratado, lo poco que te ha respetado o dado a cambio, necesitas que te mire, te quiera, te suplique, te diga que te ama y se muere por ti.


Pero ¿a quién quería engañar?


Si John Morris hizo lo que hizo fue porque quería hacerlo. Nadie le apuntó con un arma en la sien para que tomase aquella decisión que me destruyó. Absolutamente nadie, así que no podía permitirme dejar que esa repulsiva parte creciese ni un ápice más.


- ¿Cuánto tiempo vas a quedarte John? - preguntó mamá cuando estaban sirviendo el último plato.


Yo cogí con fuerza mi tenedor y lo miré fijamente deteniéndome en cada uno de los detalles grabados en él. Parecía que eso me calmaba y relajaba, pero el simple hecho de saber que estaba respirando su mismo aire me irritaba intensamente también.


Aunque analizada la situación, prefería ese odio corrosivo que la atracción traicionera y enfermiza.


- Desde luego, - dijo ahora con su característica sonrisa forzada - no voy a irme antes del juego del laberinto.



GLASSMOOTH. DOS VERANOS ATRÁS.


- Gracias a Dios que estás aquí. - Dije con un suspiro pesado mientras cerraba el puño sobre la camisa blanca de John y le arrastraba hacia dentro de los arbustos conmigo.


Estaba oscuro, pero el faro que quedaba en el pasillo de delante alumbraba lo suficiente para distinguir sus facciones.


- ¿Impaciente por tenerme? - dijo él con una sonrisa torcida.


- ¿Cuantas veces tengo que hacer el búho para que me encuentres? - repliqué en un susurro. - En serio, cada año tardas más. Creo que lo haces intencionadamente.


John y yo teníamos aquél método infalible para encontrarnos dentro del laberinto antes que alguien más se cruzase en nuestro camino.


El bobo juego al que mi madre nos hacía jugar cada año decía que el primer hombre que te encontrase en el laberinto sería el amor de tu vida, y eso no era nada bueno. En lo absoluto.


Todos los invitados solían tomárselo demasiado en serio y esperaban o pedían matrimonio a sus parejas de juego antes de que terminase el verano.


Así que teníamos nuestro sonido de búho para encontrarnos y salir de allí evitando situaciones embarazosas.


- Me encanta hacerte esperar. - rió. - Es irresistible verte enojada.


- No te emociones, rompe corazones. - bufé mientras soltaba mi agarre en él y ajustaba mi pequeño cuerpo en nuestro escondite del laberinto. - ¿Cuándo te volviste un engreído? - añadí arqueando las cejas.


- ¿Sabes? - inclinó su cuerpo hacia el mío, mirándome desde arriba. Torcí mi cabeza a modo de respuesta, sin retirarme ni un centímetro. - Creí que este año ibas a dejarte encontrar por Saint Clair.


- No. Tenemos un acuerdo. - contesté. - No iba a dejarte solo con todas esas locas desesperadas por un esposo rico.


- Bien. - se limitó a decir.


- Bien. - repetí mientras le devolvía la mirada con decisión.


- Iba a decir - comenzó apretando sus labios para no sonreír antes de que le cortase.


- No, no quiero casarme contigo. - me adelanté.


Espetó una carcajada perfecta, enseñando sus blancos y perfectamente rectos dientes. Sus ojos entrecerrados y sus manos en su estómago, como si le doliese horrores.


Una lágrima le cayó de un ojo y eso me hizo reír a mí también.


Aquél era John, feliz y contento siempre, dispuesto a regalarte una sonrisa o una tontería. Era el John en el que se convirtió aquella tarde de verano mientras yo seguía encerrada en la sala de juegos y de pronto mis ojos le vieron de un modo distinto.


- En realidad, - dijo - iba a decir que sigo sin acostumbrarme a lo bien que te ves de rojo. - y quitó de mi hombro uno de mis mechones lacios desordenado. Sus dedos rozando mi piel de pronto ardiente.


Eso provocó un momento en el que, aunque en el laberinto se escuchaban los pasos de todos los participantes, las risas, las respiraciones...se hizo un silencio imperial y una especie de tensión comenzó a construirse en medio de nosotros.


No era nuevo, siempre acababa pasando. Aunque no estuviésemos solos.


- Salgamos. - dije.


No me moví ni un centímetro, sabía que John no estaría listo. Llevaba toda mi vida con él, literalmente, sabía exactamente qué diría antes siquiera que él lo supiera.


- ¿Te gusta realmente? - ladeó la cabeza y con sus ojos recorrió mis facciones en busca de algo.


- ¿Qué? - dije estúpidamente. Me ponía muy nerviosa cuando comenzábamos con esas conversaciones acaloradas.


- Christopher Saint Clair. - murmuró - ¿Le quieres de marido?


- Ni siquiera he pensado en eso. - encogí los hombros de un modo despreocupado. Mamá no podía verme. - James me ha dicho que te gusta la señorita Daugherty. - arqueé una ceja con una sonrisa torcida y aguardé, reteniendo el aire, su respuesta.


Su sonrisa se ensanchó de pronto y movió las cejas de un modo burlón.


- Nah - dijo sacudiendo una mano - Solo estoy dándole un empujoncito a Kenneth.


- Oh. - fue todo lo que dije. Aliviada, sí.


- Oh. - me imitó con una sonrisa dulce.


En ese instante mamá anunció que el juego estaba a punto de terminarse, así que agarré la muñeca de John, y teniendo suficiente dosis de él por un rato, le arrastré al pasillo central y hasta la salida del laberinto.


No me pasó desapercibida la sacudida que John le dio a mi mano para que mis dedos resbalaran descuidadamente hasta encajar perfectamente entre los suyos. Cerró su mano e hizo a la mía prisionera.


Le miré con el corazón acelerado.


¿Qué estaba haciendo? ¿Qué era aquello? ¿Qué estaba pasando entre John y yo? ¿Había algo más? ¿Él se sentía del mismo modo que yo? Nunca jamás agarraba mi mano. Solo el dedo, ese era nuestro trato. Si debíamos agarrarnos por el motivo que fuese, yo solo le ofrecía mi dedo índice y él lo recogía y sostenía en un puño. Eso era nuestro máximo agarre.


Solía decir que eso era el máximo compromiso que podía ofrecerle a alguien. Nada de manos entrelazadas, era repulsivo según su opinión.


- Tranquila princesa - dijo - sólo es parte del juego.


La excelentísima Señora Benworth nos miró con una sonrisa satisfecha en ese momento en el que mi mal humor creció de cero a diez en menos de tres segundos. Inexplicablemente.


Entonces vi a Saint Clair mirarme desde el otro lado de la baranda donde aguardábamos que todos los participantes acabasen de salir. Le miré fijamente


- Quédate. - gruñó John.


Pero yo ya no estaba escuchándole, solo necesitaba poner distancia entre nosotros lo antes posible. Me liberé de su agarre y me dirigí directa hacia el otro hombre.

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