Cuatro: Él

GLASSMOOTH, 10 AÑOS ANTES.



- ¿Qué haces aquí, John? - dije sin levantar la vista de mi cuaderno de cálculo.


- ¿Cómo me has visto? - preguntó juguetón. - Ni siquiera levantaste la nariz de tu intento por parecer una niña buena.


Le fruncí el ceño al número con decimales escrito delante de mi antes de dirigirle a él una mirada de aburrimiento.


Fue entonces cuando recordé el motivo por el que seguía escondida estudiando matemáticas en vez de salir a tomar el té a la terraza.


Era, como siempre, por culpa de John.


- Si vas a ser tan ingenioso como Kenneth y James, te sugiero que vuelvas por donde has venido. - su sonrisa era radiante, juguetona. - No vas a conseguir nada de mí con esa actitud.


Pero debo aclarar que el motivo por el que John Morris tenía la culpa de mi confinamiento había cambiado de un día para otro, al igual que cambió su aspecto y su comportamiento a mi alrededor.


Una tarde de aquellas en las que venía a consolar mi llanto al salón de juegos, algo pasó con mis ojos, porque de pronto le vi distinto.


Su cabello rubio era hipnotizante bajo los rayos del sol, al igual que sus ojos azules y su sonrisa encantadora. Sus rasgos eran débilmente menos aniñados ahora, y su actitud acompañaba a su crecimiento físico de un modo irritantemente atrayente.


Me descubrí respirando tan fuerte que hasta él, que siempre se fijaba en el mínimo detalle, se preocupó por mi salud.


- Siempre tan encantadora. - la comisura de sus labios se elevó en una mueca torcida.


Dejé caer el lápiz sobre el cuaderno, enderecé la espalda y le miré fijamente a los ojos cuando dije:


- ¿En qué puedo ayudarle señor Morris? - él provocaría cosas raras en mi respiración, pero yo sabía jugar mis cartas perfectamente.


- Esa es mi Sarah - dijo sentándose delante de mí con los ojos brillantes y los labios apretados. Sentí mi pecho hincharse fuertemente en mi vestido mientras hacía el mayor esfuerzo por no enfurecer. Él miró atentamente ese movimiento. Admito que fue un momento más largo de lo normal, pero aguardé paciente a que volviese su atención a mi rostro.


Y eso fue infinitas veces peor, pues enrojecí violentamente.

Esperaba que se burlase de mi, pero en vez de eso me observó un momento más antes de sonreír radiantemente.


- Toma. - dijo entonces y dejó delante de mí una cajita azul con un lazo blanco.


- ¿Qué es esto? - murmuré mirando con una especie de terror el objeto sobre la mesa.


- Es - comenzó él, pero le corté antes.


- Una Broma. - sentencié volviendo a mirar sus ojos oscurecidos.


- No. - dijo frunciendo el ceño ligeramente. Muy ligeramente. John solía sonreír siempre y por todo.


- Kenneth y James al fin te han convencido para que entres en sus juegos. - murmuré con desgana.


Él soltó una risotada que pareció salir de lo más profundo de su ser y yo volví a coger el lápiz dispuesta a no mirarle ni un segundo más de mi vida.


- Deja de ser una niña tonta. - dijo él cogiendo el lápiz en un movimiento rápido. - Sabes que yo siempre estoy de tu lado. - Sin que pudiese esperármelo, el toque de sus dedos en mi mentón me sorprendió tanto que pude atragantarme con mi propia respiración. Sus ojos se pusieron en los míos de un modo sorprendentemente intensos, como nunca antes los había sentido. - En una semana es tu 12 cumpleaños y no voy a estar aquí. - de pronto no sonreía. - Quiero que tengas mi regalo antes de que me vaya.


Cuando sus dedos dejaron mi rostro me di cuenta de que aquel momento era distinto a cualquier otro que hubiésemos compartido antes. Y nunca lo iba a olvidar, claro que no.


- ¿Dónde vas? - mi voz sonó un tanto débil.


- Mi madre está enferma. - John miró sus manos antes de carraspear y empujar la cajita hacia mí. - Nos vamos a Londres antes esta temporada.


Sin pensar mucho en lo que hacía, estiré mi mano y llegué a las suyas.


- Tu madre se pondrá bien. - dije, él me miró fijamente. - Te lo prometo.


Su sonrisa aquella vez no tuvo precio. Apretó mis manos entre las suyas y una luz mágica volvió a sus siempre alegres ojos. Aquél fue un gran momento en nuestra amistad. Uno que nunca volvimos a sacar a la luz.


En la cajita había una escultura de un gatito blanco con un lazo del color de los ojos de John.


- Tu mamá no me ha dejado traerte uno de verdad. - dijo arrugando la nariz. - Pero algún día conseguiré convencerla, y entonces tendrás el gato que tanto quieres.


- Puede que para entonces tenga veinte años. - me burlé. - Tu serás un viejo.


- No importa los años que tengamos. - encogió un hombro - Te lo traeré tarde o temprano.



GLASSMOOTH, PRESENTE.



- No me encuentro bien.


Mamá me miró con el ceño fruncido, claramente preocupada. Brook y Kate se miraron entre ellas antes de mirarme a mí.

- ¿Qué sucede? - preguntó Brook.


- Tengo mucho frío. - dije.


Tenía frío, estaba tiritando rabiosamente. Y tenía dolor. Mucho dolor en todo el cuerpo. Especialmente en el pecho.


- Oh no. - mustió Kate llegando delante de mí y frotando sus manos en mis brazos desnudos. - Será mejor que vayas a darte un baño caliente y a cambiar tus ropas.


- ¡Chicas! - gritó Kenneth a mi espalda. Mi sangre se congeló, si es que no lo estaba ya.


-¡Ya venimos! - le dijo Brook.


En otra ocasión hubiese sido divertido ver la expresión de mi madre ante tan poca refinada actitud de casados. Pero no era el mejor momento para andarse con observaciones banales.


- Si. - le dije a Kate mientras me separaba de ellas rápidamente. - Iré a cambiarme. Excusarme, por favor.


Ni siquiera esperé a que contestaran antes de volver por la puerta por la que había entrado y correr lo más rápido que pude todo el camino alrededor del jardín para dar a la puerta trasera. Sabía que estaba dando un rodeo enorme si volvía por aquél camino, pero no había manera en la que pasara por delante de él.


Al cerrar la puerta de la habitación tras de mí, sentí el peor de los recuerdos llegar a mi mente. Apoyé mi espalda contra la pared y me obligué a respirar mientras intentaba desatar los lazos del vestido húmedo.


Mi cabeza quería, con una fuerza arrolladora, transportarme varios meses atrás a mi habitación de Londres, a lo que sentí, a lo qué sucedió.


Mis rodillas querían ceder y mi cuerpo quería caer al suelo.


- Respira, Sarah - me dije.


Me sentía mareada. Me sentía aterrada. No podía ser verdad que John estuviese allí.


Había conseguido evitarle un año entero, y ahora estaba en el maldito jardín de la casa de mi hermano. ¿Por qué? ¿Por qué estaba haciéndome esto? ¿Por qué era tan egoísta y retorcido?


El vestido cayó a mis pies, y con la ropa interior empapada comencé a abrir cofres y armarios y a arrojar toda la ropa que había traído conmigo a la cama.


- Maldito descarado. - dije con los dientes bien apretados.


Una lágrima cayó arrolladora por mi mejilla y la arañé fuera de mi cara. Enredé mis dedos entre mi pelo húmedo cayendo por mis hombros, y me obligué a respirar.


Sabía que si me dejaba llevar por el dolor y el odio terminaría en uno de los ataques de llanto desconsolado que tanto conocía, y ya había terminado con aquello. No podía recaer. Henry me ayudaba a no volver a eso.


- ¿Sarah? - la puerta de mi habitación sonó amortiguada.


Tomé una profunda respiración antes de reconstruir mi voz.


- Ahora no. - dije de espaldas antes de ir directa hasta la sala contigua donde una tina gigante esperaba por mí, vacía.


- Traigo el agua caliente. - dijo Brook.


Resoplé, o tirité.


- ¿Por qué no la trae una doncella? - elevé el tono para que pudiese escucharme mientras seguía mirando con fastidio la bañera vacía.


Esa bañera iba a ser mi escondite. Pero sin agua...volví a resoplar.


Escuché la puerta abrirse y cerrarse y los pasos escandalosos de Brook llegar hasta donde estaba yo. Se plantó ante mí, mirándome fijamente con las manos en las caderas.


Sin agua caliente.


- Mentirosa. - murmuré.


- ¿Me cuentas qué está pasando? - su voz sonó poco divertida, su rostro estaba arrugado.


- Que necesito darme un baño antes que me congele. - miré su pelo enmarañado. - Y tu deberías hacer lo mismo.


- Repito - ahora sonó aún más mandona. - ¿Qué pasa?


La miré fijamente, con la más penetrante de las miradas y dije:


- Nada.


La verdad es que esperaba que mi actitud segura y seria la devolviese al lugar del que venía sin intercambiar una palabra más, pues estaba acostumbrada a ser la dueña de mi espacio y mis peticiones allí en Kent.


Supongo que con Brook no iba a ser lo mismo. Al fin y al cabo, ahora era mamá. Las mamás son persistentes.


- ¿Quién es la mentirosa ahora? - apoyó su peso en una cadera y levantó una ceja.


- Tu empezaste. - me limité a decir.


Después de eso, la rodeé y llegué hasta la campana de servicio. Tiré de la cuerda y repicó el sonido que me traería a una doncella.


Necesitaba agua caliente, en serio. Necesitaba meterme en la tina y esconder mi cabeza allí.


- ¿Qué pasa con John? - de pronto la voz de Brook se elevó por encima del silencio de la habitación.


Cuando me giré a mirarla, estaba apretando los labios en un gesto de sabionda. Era casi divertido.


Me hubiese reído si no fuera por qué me estaba esforzando fuertemente por mantener la cara de póquer que le estaba miserablemente copiando a Kate en ese momento.


- No pasa nada con él. - contesté. Sonó demasiado a la defensiva. No se me daba bien ser Kate, supongo.


- ¿Por qué has huido, entonces? - estrechó los ojos acusadoramente. No se me daba nada bien.


- No he huido. - ahora soné demasiado tranquila. - Solo necesito cambiarme.

Nuestras miradas se sostuvieron juntas unos segundo antes de que ella volviese a romper el silencio.


- ¿Por qué vas a huir? - mustió.


El modo en el que su actitud tiernamente protectora pasó de enfadada a preocupada, hizo que mi actitud también se rebajara. No quería verla así.


- No voy a huir, Brook. - di un paso en su dirección con el gesto relajado. - No digas tonterías. - le dediqué una pequeña sonrisa.


Bien, llegados a aquel punto podía parecer una loca, una lunática o una persona con trastorno de personalidad. Pero nada más lejos de la verdad.


La realidad era que debía irme, porque no había manera en el mundo en la que pudiese estar en Glassmooth con John Morris allí.


Necesitaba irme porque me merecía poder pasar página y olvidarle y no volver a pensar en él jamás.


Necesitaba irme porque después de todo, lo peor que puede hacer una mujer es perder el amor propio, que era todo lo que me quedaba.


Pero en aquél momento, viendo a mi amiga Brook, en la casa en la que nos conocimos y nos hicimos cercanas, no podía decirle que no quería estar allí. No podía simplemente abandonarla, a ella y al resto de mi familia.


- Se te olvida - dijo con un tono irritado - que para llegar hasta aquí he atravesado tu habitación, Sarah.


La miré un tanto desorientada. ¿Como iba a olvidárseme una cosa así? Era obvio.


Ella rodó los ojos.


- Toda tu cama está llena de vestidos.


- Oh. - dije.


- Sí, oh. - repitió. - Dime qué ocurre.


Tres golpes en la puerta cortaron nuestras miradas intensamente posadas en la otra.


- El agua caliente, señorita Benworth.


Aquella vez sí era una doncella.


Mientras la chica con el cubo humeante llegaba hasta la habitación de la tina, tiré de los botones de mi ropa interior y me desnudé esperando, con toda mi actitud de niña de dos años, que incomodara a Brook y se fuese.


La verdad es que estaba destrozando, en solo tres días, la Sarah que me costó un año entero montar.


Fracaso total.


- Si te crees que voy a irme porque estás desnuda delante de mí, te equivocas. - una sonrisa torcida apareció en su cara.


Cuando dejé caer la ropa mojada al suelo, me giré y me dirigí a la bañera.


Metí un pie, luego el otro y quité los pocos clips que restaban errantes en mi negro pelo para dejarlo libre por completo.


- Wow. - la escuché decir.


Obviamente me siguió hasta la habitación.


- ¿Qué? - prácticamente escupí por encima de mi hombro mientras me sentaba y dejaba que el agua caliente cubriese por completo mi cuerpo frío.


- Cuando te vimos llegar hace tres días, - comenzó. - vimos la clara diferencia en ti. - me giré para verla apoyada en el marco de la puerta. - Pero no solo tu físico es distinto, - sonrió abiertamente - tu actitud es alucinante.


- ¿Estás en modo Kenneth? - dije con fastidio. Ella dejó escapar una risotada de lo más profundo de su pecho.


El ambiente se relajó propensamente.


- No. - dijo - No me estoy riendo de ti. - hice una mueca y rio más. - Solo estoy apuntando lo obvio.


- Bien.


Me apoyé en la pared de la tina y cerré los ojos.


- Estás tan hermosa que estoy segura que podrías conseguir a cualquier hombre en la tierra. - la escuché murmurar.


- Gracias. - soné seca. Sabía dónde iba a ir a parar Brook.


¡Conocía demasiado a Brook!


- Podrías conseguirle a él. - Allí iba.


Abrí los ojos y la miré.


- No le quiero para nada. - el eco de esas palabras resonó en toda la habitación.


Ella me miró unos segundos antes de volver a hablar. Una arruga crecía en su ceño.


- Descubriré qué pasó. - dijo. - Y le daré un bofetón si es preciso.


Le sonreí, y aquella fue una sonrisa sincera.


No estoy segura de sí, además, vio la lágrima que cayó en mi rostro, pues el agua podía disimularla, pero aquella situación fue la más bonita que había vivido en meses.


En todo aquel tiempo sufrí en silencio lo que él me hizo. Nunca lo conté, nunca lo dije en voz alta.


Es mi secreto. Es nuestro secreto. Y si alguien más lo supiera, me quedaría para vestir santos.


Ningún hombre querría desposar a una mujer a la que le han hecho algo así.


Todos sentirían pena. Todos sentirían que siempre fui y siempre seré Sally, la niña bonita a la que sacas una vez a bailar. Pero eso es todo.


Y estaba feliz. O, tal vez no feliz, pero segura, mientras nadie lo supiera.


Pero entonces, por primera vez había alguien que parecía que supiera lo que estaba viviendo - aunque no tuviese ni idea y no la fuese a tener - y me sentía de pronto más fuerte. Menos sola.


- De todos modos - añadió mientras se incorporaba - creo que si yo estuviese en tu lugar, le haría pagar por lo que sea que ha hecho, en vez de huir de él.


- No sabes de lo que estamos hablando. - me descubrí a mi misma diciendo.


- Sé que nadie puede huir para siempre.


Y después de eso, se giró y se fue dejándome el pecho revuelto y la cabeza entumecida.


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Queridx lectxr,

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Gracias.

MRMarttin

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