Catorce: Mi primer paso

Actualizado: 5 de abr de 2019

GLASSMOOTH. DOS VERANOS ANTES.


- No entiendo por qué solo hemos cogido un caballo. - dije a gritos, con el viento pegándome en la cara. - Sabes que sé cabalgar.


- Porqué estás muy pesada con el tema de ser una señorita. - dijo John a mi espalda. Sus brazos me rodeaban y descansaba sus manos delante de mi vientre, con las riéndas del semental entre ellas.


- Eso no tiene absolutamente nada que ver, y lo sabes. - miré ligeramente por encima de mi hombro para que me escuchara.


Íbamos casi al galope, cruzando una enorme senda verde, con el cielo nublado y una brisa fresca. Tenía un poco de frío aunque iba bien cubierta.

Era finales de agosto, el verano estaba a punto de terminarse y con el otoño, volveríamos todos a Londres a hacer temporada.


Sabiendo que eran los últimos días en los que John y yo podríamos estar libremente juntos, él me buscaba cada rato para vivir aventuras. Eso decía. Yo no podía estar más encantada.


No sé a dónde nos dirigíamos, pero ni siquiera preguntaba ya.

- Sí tiene que ver. - contestó. - Las señoritas no montan sementales. Es indecoroso. - estaba mofándose de mí.


- Es indecoroso sacarse un moco en publico - rebatí - tanto para hombres como para mujeres. - sentí el pecho de John vibrar contra mi espalda cuando rió. - Pero en mi propia casa no va a decirme nadie que una mujer no puede montar un semental.


- Disculpa. - dijo. - Creí que desde hace un año crees que es indecoroso que nos vean solos. Me habré confundido de persona.


Hubo un silencio. Luego le di un codazo en las costillas.


- No me digas que te estas comparando con un semental. - John rió mas fuerte. - Es usted un patán, Señor Morris.

Y se inclinó y besó mi hombro en respuesta. Fue pequeño, rápido y delicado. Pero lo sentí perfecto.

Estaba sonriendo como una niña pequeña cuando dejamos atrás el prado y el lago. Las perdices alzaban el vuelo a nuestro paso, gráciles y majestuosas.


Algo me decía que iba a echar de menos ese verano por el resto de mi vida. Y no podía imaginar cuán en lo cierto estaba.


- ¿Qué preferirías...? - comenzó John. Ambos estábamos tirados en la hierba verde, mirando el cielo. Nuestros cuerpos no se tocaban, pero él atrapó un mechón de mi pelo y jugó con éste.


- Somos demasiado mayores para ese juego. - murmuré. Las nubes se desplazaban muy rápido. Señal de tormenta. Pero no teníamos ninguna prisa.


- ¿Solo comer defecaciones toda tu vida o nunca más beber agua? - siguió él. Rodé los ojos. Era un crío.


- ¿Si como defecaciones puedo beber agua? - pregunté.


- Sí. - se recostó sobre su codo, mirándome curioso. - Solo agua y defecaciones. O no agua y toda la comida que quieras excluyendo heces.


- Entonces como defecaciones. - dije pera escandalizarle. - Quiero seguir bebiendo agua.


- El agua es aburrida. - sentenció.


- Esa es tu opinión. - rebatí. Él rio, enfocó sus ojos en el mechón de pelo entre sus manos. - Sin agua te deshidratas y mueres.


- Exite el vino. - resopló.


- No me gusta el vino. - dije.


- Porqué eres una señorita. - soltó.


- No. - le di con el codo. Estaba intentando hacerme rabiar. - Porqué tengo criterio y gusto propio. Y prefiero el agua.


- Por supuesto. Te toca. - cortó la conversación.


- ¿Prefieres casarte con una mujer que sea más inteligente que tú o con una mujer nada inteligente y que nunca hable? - pregunté. Le miré de refilón.


- ¿Quién dice que quiero casarme? - soltó.


- No empieces. - dije. - Contesta.


- Esa pregunta es ridícula, Sarah.


- ¿Por qué? - fruncí el ceño. Yo creía que era interesante. Los hombre de la sociedad Londinense, en general, buscaban mujeres bonitas y calladas que quedasen bien y les hicieran quedar bien. Aunque sí, los hombres de mi casa eran una excepción.


- Porqué nadie quiere una mujer que no habla, ¿no? - movió los hombros y se concentró en mi pelo en sus dedos. - Eso es aburrido y tedioso.


- Osea que prefieres que sea más inteligente que tu. - dije con una media sonrisa.


- Sí. - dijo él. - Eso es atractivo. Mas que el físico.


- Oh. - reí yo. - Quien me iba a decir que John Morris encuentra atractivas a las mujeres inteligentes.


- ¿Porqué crees que pasaría tanto tiempo contigo sino? - me giré de pronto a mirarle, con la boca abierta.


- ¿Me estas llamando fea? - exclamé. John rió exageradamente alto.


- No, tonta. - soltó mi pelo y lo encajó detrás de mi oreja sin tocar mi piel. - Estoy diciendo que me pareces atractiva porque eres una mujer inteligente. - levantó una ceja. - Y solo eso debería hacerte sentir halagada, tu que eres la gran defensora de los intereses y derechos de la mujer. - rodé los ojos. Tenía razón. - Pero no me importa añadir, si insistes, que creo que eres la chica más guapa del mundo.


Apreté fuertemente los labios y cerré los ojos para no mirar los suyos. Estaba poniéndome colorada, lo sabía. Prefería no mirarle para no sentirme aun más avergonzada.


- Y - dije sin mirarle. - ¿porqué crees que soy inteligente?


Escuché a John sonreír a mi lado y abrí los ojos para observarle.

Tenía la cabeza apoyada en su mano, el codo en el suelo y su gran cuerpo recostado de lado. Sus brazos se antojaban enormes y apretaban la camisa color crema que llevaba. Sus tobillos estaban cruzados, y los músculos de éstas se adivinaban a través de la tela oscura de su pantalón.


John Morris era algo digno de admirar. Sabía, por todos mis años junto a él, que si le miraba demasiado, podía llegar hasta a babear.

Llevé ambas manos a mis ojos un momento, y escondí una sonrisa tonta antes de volver a mirarle con expresión neutra.


- Veamos Sarah, - miró mis mejillas y se mordió el labio. - creo que eres una mujer inteligente por el modo en el que te escapas de casa sin que nadie se percate.


Fruncí el ceño intentando entender. Entonces él apretó sus labios para no reír.


- Qué patán. - bufé. Iba a tomarme el pelo sin medida, de eso se trataba todo esto.


- Creo que eres inteligente, - siguió, ignorando por completo mi cara de mosqueo. - por el modo en el que convences a tus hermanos para que siempre hagan lo que tu quieres.


¡Ya, claro! Mis hermanos, nunca harían nada que les pidiese. Ni por todo el oro del mundo. Amaban demasiado llevarme la contraria.


- Por supuesto. - mustié. - ¿Algún otro motivo?


- Los motivos que tengo son incontables, Sarah. - Enseñó todos sus dientes al sonreír. - Pero puedo darte uno más.


- ¿En serio? - le seguí el juego. - Dime entonces.


La verdad, podía que sonase ridícula, pero estaba esperando alguna confesión honesta y bonita de sus sentimientos o pensamientos hacia mí. No sé de donde salió aquella osadía o aquella necesidad de saber más, pero no había reparado hasta ahora. Al contrário que él, que me caló de inmediato.


- Eres inteligente porqué sabes muchas cosas. - soltó. Resoplé y se puso a reír como un poseso. Que tonta era. - ¡Oh no! - exclamó. - ¿Qué pasa? - le di un manotazo cuando intentó volver a coger el mechón de pelo. Eso le hizo aun más gracia. - ¿Mis motivos no son suficientemente buenos para mi querida Señorita Benworth?


- Cállate John. - quise sonar neutra, pero reconozco que había un poco de enfado en mi voz.


- No te ha salido bien la jugada. - su voz era juguetona. Se incorporó sobre sus codos. Yo me giré de espaldas a él y rodé los ojos como una niña pequeña.


No sé por qué me estaba molestando tanto aquella situación, creo que me estaba dando vergüenza todo el tema en general; el hecho que de hubiese sido tan obvio que estaba buscando su aprobación.


- No sé de que hablas.


Eso fue todo lo que dije antes de que él saltase encima de mí. Literalmente.

Sus brazos me voltearon de espaldas al suelo, y apoyó los codos a ambos lados de mi cabeza. Sus piernas estaban al lado de las mías, no se subió a horcajadas, gracias a Dios, pero nuestros pechos estaban apretados el uno contra el otro.


Estaba tan cerca. No creo que jamás hubiésemos estado tan cerca antes. Ni en el laberinto, ni en el caballo. El caballo se antojaba una situación normal comparado con nuestra posición actual.


Todo su cuerpo ejercía una presión muy placentera encima del mío. Mi corazón iba a mil por hora y ahora, por desgracia, mis ojos no podían mirar nada que no fuese él.


- Hablo, - murmuró con su atractiva sonrisa torcida. - de tu intento por conseguir que te elogie.


- No he hecho tal cosa. - mi voz fue un susurro. No tenía control de mis emociones en ese momento.


- Sí. - mordió su labio inferior y miró mi boca. - Eso es lo que estás tratando de hacer. - Levantó un dedo y acarició mi mejilla, en un toque muy suave. - Quieres averiguar si me gustas. - yo no podía hablar, solo intentar mantener la calma. Aquella situación era demasiado. Demasiado peligrosa, excitante y emocionante. Pero demasiado... - Y me pregunto porqué.


John inclinó su cabeza un poco más cerca de mí, y su nariz tocó la mía. Solo fue un segundo antes de que se retirase, pero ese segundo fue suficiente para que sus ojos cambiasen y dejase el tono juguetón.


Estaba de pronto serio, respiraba ruidosamente, y sus ojos miraban mi rostro de un modo duro. De un modo que no acababa de entender. Parecía que algo le molestaba.


- ¿Estás bien? - susurré. Sin pensarlo dos veces llevé mis manos a su cuello, y le sostuve. Él aguantó la respiración de un modo brusco. - John. - insistí.


Miré fijamente su rostro, intentando adivinar si estábamos ante uno de esos cambios bruscos de animo que él siempre tenía. Estaba apretando la mandíbula y pasé mis manos por ella para que la relajase. Luego toqué su pelo rubio.


- Tus hermanos van a matarme. - dejó escapar el aire poco a poco por su boca. Su aliento me hacia cosquillas en el pecho. Y por su parte, mi pecho estaba indecorosamente presionado contra su camisa, de tal modo que sentía que las tiras del corsé me iban a explotar y me iba a quedar desnuda de un momento a otro. Mi cuerpo entero estaba muy acalorado.


- ¿Por qué? - dije sin pensar. Era obvio por qué. ¿Qué hacíamos tirados uno encima del otro? Tan molesta que había sido yo por guardar las apariencias.


- Por qué, la verdad es que me aterra siquiera pensarlo. - John cerró sus ojos un momento, puso sus labios en mi frente y volvió a separarse.


- ¿Pensar qué? - mordí mi labio. Sentía cosquillas en todo el cuerpo.


- Pensar en porqué quieres saber qué siento por ti. - me miró a los ojos, miró mis labio, mi clavícula y mi pecho. - Y pensar en lo que siento por ti.


Creo que jadeé. No estoy segura, pero a decir verdad, pensándolo ahora; jadear sería lo mínimo que podría hacer en tal situación.


Crecer a su lado y descubrir que pasó de ser mi mejor amigo, mi confidente y mi héroe, a ser un hombre atractivo que despertaba cada célula de mi cuerpo. Partes que creía no existían. Allí estaban, vibrando por John Morris.

Él era el hombre en el que pensaba. Mis fantasías le incluían a él, y aunque una y otra vez le empujé fuera de mi mente y me repetí que solo estábamos viéndonos a solas y a escondidas, porqué era lo que siempre hacíamos; ya no iba a funcionar.


Nos veíamos a escondidas porqué no podíamos estar el uno sin el otro. Lo que había crecido entre nosotros era demasiado grande y fuerte y ya no podíamos soportarlo más.


- Porqué - dijo carraspeando-. - si yo te preguntase qué sientes por mí, - miró mis ojos con cautela. - me dirías que no sientes nada más que cariño por nuestra amistad, ¿verdad?


Hice una pequeña mueca, intenté pensar en ello. ¿Qué quería que le contestase a eso? ¿La verdad? ¿O una mentira piadosa para poder seguir con nuestra relación como hasta el momento? Y, ¿qué quería yo? ¿Esto, o a él?


Ni siquiera sabía cómo podíamos hacer funcionar esto. Mis hermanos. ¿Qué dirían? Se enfadarían. Le matarían.


Le miré a los ojos y vi el debate en él. Estaba pensando lo mismo que yo. Podía ser que los Benworth se rieran de la situación y nos dejasen vivir nuestra vida. Pero podía ser que no, que le rechazasen y le cerrasen las puertas de nuestra familia. Y eso era todo lo que él tenía.


Yo era su refugio y él el mío. Perderle me aterraba.

Y, si seguía pensando en el tema y decidía arriesgarme y tomar la primera opción, ¿significaba que debíamos casarnos? ¿Así de pronto? ¿Era nuestro amor tan grande para llegar tan lejos de pronto? Ni siquiera le había besado, ¿cómo podía decidir si él era el hombre de mi vida?


Lo era. John Morris era hombre de mi vida.


- Verdad. - dije. Miró mis ojos y sonrió. Fue una sonrisa triste.


- Yo siento exactamente lo mismo que tu. - pronunció las palabras en un susurro. - Sarah.


- Entonces, - y juro que no sé de dónde vino eso - si ambos sabemos bien qué sentimos, - tragué, el asintió. - no pasaría nada si me besaras.


Me hubiera reído de su reacción si no hubiese estado tan malditamente sofocada por el momento.

No sabía absolutamente nada de lo que aquello acarrearía, y no; no quería pensar en mis hermanos o en sí tendría que casarme. Solo quería un beso.


- Solo una vez. - dije viendo sus ojos desenfocados. - Solo para saber qué se siente. No volveré a pedirlo.


Y John Morris, se inclinó, besó mi frente y mi hombro y se levantó. Subió al semental, carraspeó y alisó sus ropas y tendió su mano para mi con una hermosa sonrisa para que subiera con él.


Fue como una jarra de agua fría, pero ni dije nada, ni me quejé ni le pregunté el porqué.

Aquella había sido su decisión, la respetaría. Me podía sentir orgullosa de haber seguido mis sentimientos y haber dado el primer paso. Probablemente había estropeado nuestra amistad y ya no nos íbamos a ver nunca más, pero no iba a pensar en eso en aquél momento, prefería dejarlo para la soledad de mi habitación.


Le entendía; estaba arriesgando la estabilidad de la única familia estable que había tenido. La soledad es muy honda y peligrosa.


Pero tan pronto como me subí con él al caballo y empezó a galopar, él dejó sus labios en mi cuello desnudo y lo besó una y otra vez, con pequeños y delicados toques, hasta llegar a Glassmooth.


- Dejad de escapar solos. - Dijo James, sentado en la puerta del establo. - Kenneth te matará, John.



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