Doce: La noche

Actualizado: 4 de abr de 2019

LONDRES. UN AÑO ANTES.


Y entonces, una noche John llegó más tarde de lo normal.

No llamó a mi ventana a base de piedras, ni esperó a que yo bajase a la puerta de servicio.


No vino, le esperé preocupada, levantándome de la cama y asomándome a la ventana Dios sabe cuántas veces. Y al final me quedé dormida en el sillón de piel mas cercano a ésta. Y quiero remarcar que me quedé dormida de puro agotamiento, porque estaba tan preocupada e inquieta que en mis sueños seguía esperando a John.


Para cuando entró, estaba ebrio. Llegó a los pies del sillón, se dejó caer de rodillas y me zarandeó sin ningún cuidado.


- ¿John? - pregunté en un susurro. - ¿Cómo has entrado?

- Pues como siempre. - dijo arrastrando las palabras.


Miré por la ventana para asegurarme que todavía no salía el sol.


Era un alivio verle, pero también era la primera vez que se presentaba en esas condiciones.

Su camisa estaba abrochada de un modo extraño, los botones no estaban en el agujero que les correspondía, llevaba el pelo húmedo, alborotado, las mejillas, la nariz y todo el rostro en sí estaban cubiertos en sudor. Estaba pálido y sus extremidades sin fuerza.


Fue la primera vez en mi vida que le vi en aquél estado. Mi cuerpo entero estaba encogido. ¿Qué le había llevado a hacer aquello?


Le observé balbucear algo que no fui capaz de entender.


- Estás muy borracho. - sentencié. Él apoyó sus codos en mis piernas y agarró su cabeza entre sus torpes manos. No podía mantener los ojos abiertos. - ¿De dónde vienes? - pregunté. Luchaba por que la cabeza no le resbalara hasta mi regazo. - Pensé que no vendrías.


Me sentía molesta, ¿Porqué no decirlo? No se había presentado a nuestra cita diaria y no había tenido la decencia de mandar una nota, y horas mas tarde llegaba allí, metiéndose en mi casa en ese estado en el que cualquiera le podía haber visto.


A saber si había, siquiera, procurado no hacer ruido. Esto era preocupante.


Le zarandeé cuando vi que no reaccionaba.


- ¿Qué? - balbuceó.

- ¿De dónde vienes en estas condiciones? - repetí.

- ¿Ahora también debo darte explicaciones? - dijo en tono burlón. Arqueó las cejas antes de volver a cerrar los ojos involuntariamente. Fruncí el ceño sorprendida por esa contestación.

- Estaba preocupada. - fue todo lo que pude decir. - Esto no es propio de ti.

- ¿Te crees que tienes derecho a preguntarme? - soltó de nuevo.

- ¿Disculpa? - casi escupí. - He estado esperándote. - abrió los ojos y me miró. - Y te presentas así. - una pausa.

- Pues no esperes tanto. - su mirada se volvió sombría. Mi ceño se frunció muchísimo más. - Vengo porqué quiero y cuando quiero, no porqué tu me lo digas. Así que no deberías estar aquí esperando por mí cada noche como si no tuvieses nada mejor que hacer, porque si un día no quiero venir, no vendré.


Y eso dolió inmensamente. ¿Qué se creía? Pues claro que le esperaba, había estado viniendo durante tres meses cada una de las noches, pues obviamente si una noche no venía sin motivo aparente, era extraño. Daba que pensar. O daba para preocuparse.


¿No? ¿O estaba loca?


Aquella situación era fuera de lo real. Mi cabeza no la entendía. ¿Qué estaba pasando y porqué John estaba tan borracho, en mi regazo y hablándome mal?


Que dijese aquellas palabras de aquel modo tan cruel debería de haberme abierto los ojos en aquel mismo instante, pero el amor es ciego, señoras, y nos hace estar dispuestas a plantarnos delante de un maremoto sin pestañear.


Como si fuésemos a pararlo.

Como si no fuésemos a morir en el intento.

Como si no estuviéramos estúpidamente viéndole venir.


- Me voy. - se levantó a duras penas. - No tengo energía ni tiempo para esto.

- ¿Para esto? - susurré.

- Para ti. - mi corazón se paró. Literalmente. Las palmas de mis manos comenzaron a sudar.


Se levantó con torpeza y se dirigió a la puerta, dejándome sentada en el mismo sillón en el que aguardaba por él, y antes de salir, sin siquiera girarse dijo: - Deberías sentirte agradecida porqué decido dedicarte mi tiempo.


Pasé tres días aturdida. Casi no comí, ni dormí, no formulé palabra.

Tres eternos días sin entender nada de lo que había pasado. Ni lo que yo habría hecho para provocar aquello ni lo que a él le podría haber pasado para venir de aquél modo a casa.


Y, adivinad; en esos tres días John Morris no apareció.

Le esperé, cada maldita noche, cada maldito día, y él no vino.


No sabía dónde diantres estaba ni qué diantres estaba haciendo y después de los increíbles tres meses llenos de amor, risas y caricias, mi mente no podía entender absolutamente nada.


Nada.


No nos habíamos peleado. No le había dicho nada para hacerle enfadar, ni para molestarle. Nos conocíamos muy bien, sabíamos nuestros limites, sabíamos entendernos, escucharnos y arreglar los problemas el uno del otro.


¿Qué había pasado con mi John? El John de la infancia, el John del que llevaba enamorada toda mi vida sin siquiera saberlo. ¿Qué habría hecho yo para alejarle? ¿Por qué había desaparecido? Yo siempre fui su confidente, su hombro en el que apoyarse, a quien él acudía cuando tenía un problema, y si ahora tenía un problema ¿porqué no acudió a mi como su aliada en vez de tratarme como a un lastre?


Eso fue lo peor. Decidí culparme a mi en vez de afrontar que tal vez la culpa solo fuese suya y yo no tuviese nada que ver en lo que había cambiado entre nosotros.


Pero, añado en mi defensa que, cuando recibes el cien por cien de alguien y ese alguien deja de dártelo sin motivo aparente te ves enganchada a esa dosis de amor y buscas la mas tonta excusa para aferrarte a él.


Y eso fue lo que pasó conmigo las siguientes dos semanas. Hubo una noche, la noche del quinto día después de la pelea, que John apareció en la ventana.


Era una hora decente, su ropa no olía a nada extraño y su aliento estaba libre de alcohol pero sus intensos ojos azules me miraban con un tremendo dolor.


- Perdóname. - susurró mirándome con una mano apoyada en la puerta de servicio. - No sé que me pasó. - siguió pasándose la mano libre por su alborotador pelo rubio. - No era yo. No he venido antes porque me sentía avergonzado. Lo siento Sarah - dijo. - Lo siento con todo mi ser.


Y yo, que llevaba compartiendo mi vida con él desde los cuatro años sabía que estaba siendo sincero, que se sentía mal por lo que había pasado y que si tardó tanto en regresar fue, efectivamente, porque estaba avergonzado. Por eso le perdoné. Y por eso seguí viéndole cada noche, todas y cada una de ellas.


La situación seguía molestándome pero decidí no darle más vueltas y pasar pagina. Pues todo el mundo comete errores.

Y no quisiera llevar la cruz de perdonar, pero todavía hoy sigo creyendo que fue precisamente por eso por lo que John regresó, después de tres semanas de estabilidad, una noche volvió a emborracharse y a soltarme exactamente las mismas réplicas que la vez pasada. Pero esta vez fue mas cruel y despiadado.


- No puede ser que esto este volviendo a pasar. - mustié con una tremenda presión en el pecho.


Él solo me miró. Su mirada no tenía ni un ápice de simpatía, ni una pizca del John que yo conocía. Aquél no era él.


- ¿Qué te ha pasado? - pregunté. Él hizo una mueca de asco. - ¿Porqué vienes aquí en este estado a decir cosas crueles? - mi voz cogió fuerza. - No te conozco. Este no es tu carácter. - Algo cambió en sus ojos. Se suavizó. - Si quieres emborracharte y pasártelo bien con tus amigos, adelante. No tengo ningún problema. - crucé mis brazos sobre mi pecho. - Pero no vengas aquí a hacerme esto, John.

- Vengo porque te necesito. - soltó entonces.


Le miré con el ceño fruncido.

- ¿Me necesitas? - pregunté con sarcasmo. Todo su cuerpo se aflojó.- Y ¿por eso te emborrachas y me sueltas esas cosas?

- Perdóname. - cayó sobre sus rodillas.


- ¿Realmente crees eso que dices? - pregunté.


- No. - dijo sin siquiera meditarlo. - Soy un cretino, un imbécil. Nada de esto es tu culpa. - se agarró la cara con desesperación. - Tú eres perfecta.


Y ése instante, fue ese tipo de momentos efímeros y llenos de paz que tienen lugar en la vida de las personas cuando están a punto de descubrir algo que va a cambiar sus vidas y el modo en el que van a vivirlas, por completo y para siempre.


- Perdóname. - susurró. - Tú eres perfecta, el problema soy yo.


Le miré, en el suelo, con el dolor en los ojos y el cuerpo rígido y lo supe antes de que lo dijese en voz alta.




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Así pues;

miles de besos y amor,

y el miércoles mas y mejor.


MRMarttin.


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