Once: Solo él

Actualizado: 4 de abr de 2019

GLASMOOTH, PRESENTE


El día amaneció nublado y lluvioso. Típica lluvia inglesa, ráfagas débiles de pocos minutos e intermitentes.


Habían pasado cinco días. Cinco eternos días desde que las visitas llegaron a la casa Benworth y John se fue.


Pero para ser honestos, no había bajado a convivir con las festividades de la casa más de dos horas al día. Sorprendentemente, tía Lorrain mantenía a mamá entretenida lo suficiente para que mi ausencia pasara desapercibida para ella.


Brook y Kate, sin embargo descubrieron el día anterior que pasaba las horas en la habitación de los niños y se unieron a mí todas las tardes.


Al principio no me gustaba la idea, pero bien pronto vi que no venían a presionarme e intentar hacer que hablase de mi problema – más que obvio -, sino que estaban allí para entretenerme.


Aquella tarde, sin embargo, me sentía terriblemente nostálgica y triste, así que desvié mi camino habitual y me dirigí al invernadero del jardín de atrás.


Era relativamente nuevo, James y Kate lo pusieron hacía unos meses y cultivaban sus propias plantas y verduras.


Esperaba estar sola allí, pero tan pronto como puse el primer pie en él, vi una silueta al final del corredor.


La silueta me había visto, así que escapar no era una opción cortés. Miré y olí plantas fingiendo estar fascinada por ellas mientras dejaba que la persona en cuestión llegase hasta mí.


- Señorita Benworth. – dijo – Llevo días sin verla.


Austin Gabriels me estaba dedicando una amplia y bonita sonrisa que no pude no corresponder.


- Buenas tardes señor Gabriels. – Contesté – No sabía que le interesaba la botánica.


- En realidad – encogió un hombro sin dejar de sonreír – sabemos bien poco el uno del otro.


- Bien – seguí yo – entonces diré que es una agradable sorpresa descubrir uno de sus intereses.


- ¿Intereses? – Estrechó los ojos – Creo que más bien estoy aquí por la misma razón que usted.


- Ah, ¿si? – pregunté.


- Estamos escapando, ¿no es así? – me miró fijamente, intenté que mi rostro no se moviese.


- Lamento decirle que no escapa uno de mucho si no se mueve de casa. - sonreí. El soltó una risotada grabe y simpática.


- De hecho, - cruzó los brazos sobre su pecho, tenía unos hombros anchos. - no importa cuán lejos vayas. Escapar nunca resuelve una situación.


- ¿Cómo está usted tan seguro? - pregunté yo curiosa. - Irse por una larga temporada a un sitio lejano, - seguí - puede apaciguar las emociones y dejarte ver esa situación de un modo objetivo.


Gabriels estrechó los ojos en mi dirección, pensativo, hizo una mueca con los labios. Y comenzó a andar. Entonces se detuvo y me miró, sonrió y dijo:

- ¿Me da el placer de su compañía?


Caminamos unos dos minutos más mientras él pensaba en su siguiente réplica, y yo aguardé con una sonrisa - y curiosa -, pues era cómodo estar allí a solas con Austin Gabriels hablando de cosas que dolían infinidad pero que no podía hablar con nadie más, ciertamente.


Lo sé, ahora es cuando todo el mundo se escandaliza por lo indecoroso de la situación, ¿Y la carabina de Sarah Benworth? Pensaran todos los invitados.


¿Saben qué? Ya no me importaba. ¿Para qué? Más arruinada no podía estar. No iba a casarme jamás. John se fue.


- Veo su punto de vista, señorita Benworth - dijo él.


- Puede llamarme Sarah. - le sonreí.


- Puede llamarme Austin. - me sonrió con simplicidad. Yo asentí. - Sarah, veo tu punto de vista, creo que es bueno alejarse de vez en cuando para ser capaz de ver las cosas con objetividad. Pero escapar... - hizo una mueca y se detuvo a mirarme - debe ser consciente que escapar es una reacción irracional a un miedo.


- Si le da miedo algo, debe escapar de ello. O al menos evitarlo, opino. - dije.


- Puede hacer eso, pero ¿no creé que entonces ese miedo nunca dejará de existir? - me preguntó.


- Entonces puedes intentar coexistir con un miedo. - puse mis manos en la cintura.


- Y vivir toda la vida con miedo, pudiendo superarlo. - sentenció.


- Veamos. - seguí la marcha y él se incorporó a mi lado. Las flores y plantas de James y Kate parecían, muy atentas a nuestra conversación disparatada. - ¿De qué miedo estamos hablando?


- Del compromiso. - contestó. Admito que se me hizo un nudo en la garganta. - Del dolor del desamor, del miedo a enamorarse, a dárselo todo a alguien y que ese alguien no lo cuide como debe ser cuidado.


- ¿Y sugieres que dejando que eso te suceda, pierdes el miedo? - dije. - Porqué a mí, todas esas emociones me han destrozado la vida, y sin embargo sigo levantándome todas las mañanas con más miedo que nunca que algo más pueda pasar y el dolor que siento pueda agudizarse. - ni siquiera era consciente de lo sincera que estaba siendo con aquél desconocido. – Y lo más gracioso es, que sigue agudizándose. Quema y quema y lo consume todo. Y cuando crees que ya no queda nada por quemar…


- Vuelve, y sigue quemando. – terminó él por mí.


- Exacto. – me giré a mirarle a los ojos. Los suyos estaban oscuros, sombríos.


- A eso me refiero. – dijo. – Puede que el modo en el que estas interpretando la situación no sea el correcto.


Una pausa, luego dije: - Explícate, por favor.


- Vivir con miedo significa que ese pensamiento o esa situación que temes siempre está en ti. En algún rincón en tu interior, en tu corazón o cabeza, esperando para levantarse y gritar más fuerte que nunca que sigue ahí. – dijo muy despacio. Asentí. – Ponemos, para que sea todo más sencillo, que tenemos a una mujer a la que han herido y ésta no solo tiene miedo del dolor futuro sino que además sigue herida por lo que le han hecho. – asentí. – Ese dolor está instalado en ella, en su cabeza o corazón, donde prefieras pensar que se alberga – sonrió, asentí. – y es el causante de que ella no pueda seguir adelante y no pueda superar ese miedo a ser herida.


- ¿Cómo más se puede seguir hiriendo a esa mujer si ya no le queda nada? – Pregunté - ¿Por qué de pronto pasa algo más, por insignificante que sea, y le duele de nuevo y tremendamente?


- Porqué nunca sanó. – dijo.


- ¿Cómo sanas? Creí que eso era obra del tiempo y la distancia. – le miré atentamente.


- El tiempo y la distancia no ayudarán a esa mujer si ella no aprende a perdonar a quién la ha herido.


- ¿Perdonar? – dije. Mi cara reflejó mi enfado por mí, estoy segura. - ¿Debe ella perdonar lo que le han hecho si ni siquiera le han pedido disculpas?


- Si no perdona, no olvidará. No lo superará. Entonces el tiempo y la distancia nunca jugaran a su favor y no importa cuántos años pasen, volverá a ver a ese hombre y volverá a sentirse herida, débil, sola y miserable. Es más – dijo levantando un dedo – puede que jamás vuelva a verle y que ella rehaga su vida con alguien más. Puede que tenga hijos, tierras y una bonita vida, pero cada noche al ir a dormir y cada mañana al despertar pensará en la persona que la ha herido. Y llegara un día, - me miró firmemente – que no podrá más y eso la llevará a tomar una medida desesperada.


- ¿Cómo cuál? – pregunté en un susurro.


- Quién sabe. – encogió un hombro Austin. – Puede que coja las maletas y huya de su nueva vida porque no la hace del todo feliz, incluso puede que se plante delante de aquél que la hirió y ponga las cosas en su sitio, o que se ponga de rodillas y le pida que vuelva con ella entre llanto.


El corazón se me heló. Nunca le pedí que volviese, que no me dejase, pero si lloré, le lloré a él y delante de él, perdiendo mi dignidad y mi cabeza. Fue humillante, me dejé humillar, me humillé a mí misma.


Soplé lentamente, dejando salir la presión que el aire estaba ejerciendo en mi pecho.


¿A caso no tenía razón Austin? Partí a Kent con el fin de empezar una nueva vida, y sí, había encontrado otra vida, pero seguía siendo yo, con mis mismas emociones, problemas y tristezas. Ni siquiera Henry Harding, el apuesto y bueno de Harding, había conseguido más atención que conversaciones tontas y bailes en salones sociales.


Eso era todo lo que pude darle de mi misma, y aunque mientras estaba allí creí que tal vez él era la solución a mis problemas, desde que había vuelto a Glassmooth no había vuelto a pensar en él más de dos veces.


Y pensar que debía estar esperando por mí en Kent. Ni una carta le había enviado.


Pero yo era de John. Él me rechazó, pero yo seguía siendo suya y por eso no quedaba nada más para nadie más. Y por eso lloraba y vivía escondida en salones de niños y jardines botánicos.


Seguía esperándole.


No le quería ver, no quería saber nada de él, y deseaba todas las mañanas que ojalá no le hubiese conocido nunca, pero, algo dentro de mí le buscó todas las madrugadas bajo la ventana, esperó todas las noches encontrar una rosa delante de mi puerta y rezó para que él se diese cuenta que me amaba y volviese a por mí, aunque lo peor estuviese hecho y la causa estuviese perdida.


Era verdad, todo era verdad. No importaba dónde decidiese escapar y dónde decidiese perderme, el dolor viajaba conmigo, lo llevaba dentro de mí, y mientras no entendiese cómo sobrellevarlo y superarlo, seguiría sufriendo de aquél modo.


Yo era la única razón por la que no superaba la ruptura. Yo, porque no entendía por qué no era suficiente para él.


- Pero hay más en todo esto. – Dijo Austin a mi lado. – Nunca se sufre en solitario. – le miré. – Si ella sufre por él, es porqué él sigue dándole motivos y razones.


- ¿Ah sí? – dije tristemente, fingiendo no saber pero sabiendo perfectamente.


- Puede que siga apareciendo en su vida, puede que no esté listo, tampoco, para dejarla marchar. – ladeó la cabeza.


- ¿Para qué seguir apareciendo en la vida de alguien que no quieres en ella? – pregunté. La rabia en mi voz era más que clara, pero a esas alturas no me importó. - ¿Por qué no dejar a esa persona en paz? Darle el derecho a pasar página y seguir con su vida.


- No lo sabemos eso, Sarah. – dijo él con media sonrisa. – Puede que sea un cobarde, puede que en vez de afrontar sus sentimientos decida correr hacia otra dirección, pero entonces se dé cuenta de su error y vuelva corriendo a enmendarlos, pero sin saber nunca cómo. – volvíamos a estar parados, uno frente al otro, mi mano en su antebrazo. Relajé mis dedos, le estaba agarrando demasiado fuerte y ni siquiera había sido consciente de ello. – Es lo que estábamos hablando. No enfrentar el miedo y sin embargo decidir huir hace que cometas los mismos errores una y otra vez. Y hay veces que puedes estar dañando a otra persona. Como en el caso de estos dos hipotéticos amantes que hemos creado.


Hipotéticos, claro.


- O puede, - continuó – que él sea un egoísta y un bastardo, con perdón por la expresión, - sonrió débilmente, negué quitándose importancia. – y solo esté jugando con ella. Nunca lo sabremos, no somos él, no sabemos qué siente, qué piensa y no debemos crear teorías sin tener la información, pues eso solo hace más daño.


- ¿Entonces qué hacemos? – sé que sonaba desesperada, pero Dios bendito, había estado necesitando esa conversación por tanto tiempo.


No puede nadie imaginarse cuantas noches había llorado en la oscuridad de mi habitación pensando en John Morris con otra mujer en sus brazos.


Cuanto odio había sentido al pensar en cuánto le di yo de mí y con qué facilidad se olvidó de todo lo que habíamos vivido juntos, desde niños, y se marchó.

Otras noches quería vengarme y entregarme a los brazos de tantos hombres como me fuese posible para poder desquitarme, para hacer lo que probablemente él estaba haciendo también. Pero, ¿en qué posición me dejaría eso? Era una mujer, las mujeres no podían hacer eso. La sociedad me lincharía.


Y el peor de los sentimientos venía cuando empezaba a preguntarme porqué yo no era suficientemente buena, hermosa, inteligente o perfecta para él. Él lo era todo para mí, ¿porque yo no?


Lloraba y lloraba, y sentía una desesperanza y un dolor tremendos y nadie podía escuchar mi triste lamento, mi miserable existencia estaba resumida a un secreto que no debía desvelar, por mi bien. Todo por mi bien.


- Aceptar que no te quiere, si eso es lo que él ha dicho, Sarah. – cogió ambas manos entre las suyas. – Y no es que no te quiera porqué haya algo malo en ti - me miró fijamente - no te ama porqué hay algo malo en él. - bufé muy fuerte. - También debes dejar de esperar a que abra los ojos y se dé cuenta de lo que ha dejado escapar. – levantó una de sus manos y atrapó una lágrima que corría, traicionera, por mi mejilla. Ya ni me importó, había dejado a Austin Gabriels leer mi mente y mi alma. Y no me importaba en lo absoluto. – Puede que un día lo haga, pero puede que pasen quince años hasta que eso suceda, y tú te mereces poder seguir, mi amor. – siguió. – Porque puede que esperes y que nunca jamás regrese a ti.


- Esperar es horrible. – fue todo lo que pude decir antes de romperme.


- Y debes dejar de hacerte esto a ti misma. – dijo él. – Créeme, sé de lo que hablo. – luego hizo una pausa. – Si necesitas un cierre, yo te ayudaré a conseguirlo, pero después de eso debes aceptar, perdonar y volver a ser la hermosa joven que todos querían conocer en Glassmooth cada verano.


- ¿Un cierre? – pregunté.


- Respuestas a las preguntas que te haces por las noches y no te dejan vivir. – me aclaró. – Te están matando y necesitas saberlas.


- ¿Cómo consigo esas respuestas? – pregunté. Solté mis manos de las suyas, sequé mis lágrimas con las mangas de mi vestido y volví a agarrarme a él.


- Solo él puede dártelas, me temo.






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Así pues;

miles de besos y amor,

y el miércoles mas y mejor.


MRMarttin.

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