Diez: Piedras y pucheros

Actualizado: 4 de abr de 2019

GLASSMOOTH, PRESENTE.


Cuando me levanté a la mañana siguiente, dudé mucho en si bajar a desayunar o pedir que me trajeran el desayuno a la cama. Pero la curiosidad pudo conmigo y bajé al salón a comprobar lo que ya me imaginaba; estaba abarrotado de gente.


Mi familia, sus invitados, los padres de Brook, la abuela de Kate; todos. Menos John.


Una sonrisa cínica tiró de mis labios y el pecho se me encogió en un puño.


Volvía a lo mismo. Un contratiempo y John desaparecía.


Aunque esta vez, para ser justos le había dicho que se marchase, debo admitir que no estaba segura de sí me refería a marcharse de Glassmooth o solo de delante de la puerta de mi habitación.


De todos modos era una decepción más que conocida para mí. Eso era lo que John Morris hacía. Cada vez. Cada una de las veces, hasta que sus fuerzas flaqueasen y volviese a presentarse delante de mí con su cara angustiada y miles de palabras que siempre intentaba decir pero que, no me pregunten porqué, nunca llegaba a pronunciar en voz alta.


Se arrepentiría de haberse ido de ese modo tan inmaduro, estaba segura. Pero cada vez que se marchaba empezaba un nuevo ciclo de duelo en mí.


Esta vez no iba a ser diferente.


Primero me dije a mi misma que aquello era lo mejor; estaba intentando superar una ruptura de una relación de amor con alguien que yo creí era el hombre de mi vida. Nuestros momentos juntos eran increíbles y especiales, me hacía feliz y no sé ya cuántas veces él me había repetido lo muy feliz que le hacía yo.


Entonces, ser herida así de pronto, sin un motivo que mi cabeza y mi corazón pudiesen entender, era muy duro. Además eso hacía que yo siguiese dándole vueltas a lo mismo una y otra vez. ¿Por qué lo hizo? ¿Era todo mentira? ¿En realidad nunca me amó y solo lo dijo para que yo estuviese contenta? ¿Me estaba usando? O es que, ¿yo no soy suficiente para él?


¿Es eso? Tal vez nunca fui suficiente. Tal vez él necesitaba algo más y ese algo no era ni sería yo.


Pero entonces, había sido cruel y despiadado y todo este tiempo había tenido claro que para él solo era un pasatiempo. Nada más.


¿Cómo puede alguien jugar con los sentimientos de una mujer de ese modo? ¿Cómo puede alguien fingir de ese modo tan vil? Tan convincente.


John Morris me había herido, seguí diciéndome, y John Morris no me merecía ni era bueno para mí. Pero toda yo estaba hecha para él, todo en mí le necesitaba, cualquier contacto me hacía arder y siempre volvía a caer en sus redes.


Y él lo sabía.


Ahí, en ese punto del ciclo del duelo, era cuando llegaba el odio.


Le odiaba porqué me abandonó. Se lo di absolutamente todo y no lo valoró. Me dio por hecho. Me tenía como una muñeca sin sentimientos a la que visitar en sus noches de soledad.


Me usó todo lo que pudo hasta que se cansó, o hasta que las cosas se pusieron serias. Se quedó mi dignidad, se llevó mi cordura y me dejó destrozada creyéndome loca y desamparada. Sola. Completamente sola.


Sin nadie a quien acudir, sin nadie a quien llorarle, sin nadie con quien poder compartir mi perdida y mi desgracia.


- Sally. – mamá llamó mi atención.


Estaba en medio del comedor, con la mirada perdida, con un plato entre mis manos y los dientes apretados. No sé cuánto tiempo había pasado.


- Es Sarah, mamá. – murmuré mordaz.


El comedor seguía abarrotado, la gente hablaba, reía, era feliz. Y les odiaba. Les odiaba a todos ellos porque eran felices. Porqué tenían amor.


- Decide qué vas a comer y ven a sentarte con nosotros, hija – dijo con voz dócil. – Pareces preocupada.


- Estoy bien. – lo dije entre dientes. Creo que estaba a punto de gritarle a alguien.


Mamá me dejó el espacio que necesitaba mientras elegía un par de frutas y leche.


Desfilé hasta la mesa de los Benworth y me senté sin ninguna ceremonia, pasando desapercibida.


Tan desapercibida que nadie cesó su conversación cuando susurré un “Buenos días”.


- ¿Y John? – le pregunté a mi madre con una sonrisa fría como el hielo.


- Se fue – dijo ella frunciendo el ceño. – Dice que le han pedido que vuelva a casa a arreglar un papeleo que no puede arreglar su padre.


- Muy conveniente. – escupí prácticamente.


- ¿Disculpa? – susurró mamá con un deje de escándalo.


Simplemente la ignoré. La ignoré y comí mi fruta. E ignoré a todos en la mesa.


Ignoré la mano de James cálidamente puesta sobre la de Kate mientras le contaban a Agatha Pennik algo muy gracioso que su bebé había hecho la noche anterior.


Ignoré con más fuerza el modo en el que Kenneth miraba a su esposa cada vez que ella peinaba con sus manos su pelo rebelde de aquella mañana.


Ignoré todas y cada una de las parejas felices compartiendo momentos felices en aquél salón.


Les ignoré porque me dolía y sólo quería llorar.


¿Cuándo me convertí en eso? ¿Cuándo dejé de ser la chica casadera bonita y cortés que todos halagaban, para ser la querida de un rico inglés? Amargada, destinada a estar sola el resto de mi maldita existencia.


Un jodido rico inglés que me prometió su amor eterno y que una vez más se había vuelto a ir.


Respiré. Respiré hondo, tendido, masajeé mi sien y me calmé.


Me asombré a mí misma de lo amplia y bonita que mi sonrisa fue cuando saludé a los Dwight y a Pennik.


Y entonces me disculpé, ignorando las caras de preocupación de Brook y Kate y me retiré a la sala de los niños.


Una doncella jugaba con Susanne y el bebé de James dormía como un angelito en su cuna.


Cuando la pequeña me vio, comenzó a patalear en la trona en la que la doncella la tenía sentada.

La cogí en mis brazos y me senté en un sillón con ella en mi regazo. Nos quedamos solas enseguida.


Acaricié el fino pelo de la réplica de Brook mientras ella sonreía como un gatito. Fue en ese momento cuando me sentí en paz.


Pensé en mí, en cómo sería una niña como aquella pero salida de mi vientre. Una réplica mía en pequeño. Fue un sentimiento un poco amargo, la verdad.


Luego dejé mi cabeza divagar en cosas relacionadas con Dios sabe qué, pero nada en concreto.


Creo que en algún momento nos dormimos, ella con su cabeza en mi pecho y yo recostada en el sillón.



LONDRES. DOS INVIERNOS ANTES.


Fueron tres golpes en la ventana los que me despertaron. La verdad es que me quedé mirando el cristal muy alarmada, pues estaba en un profundo sueño y lo último que esperaba era aquello.


Aguardé en silencio, casi sin respirar hasta ver una piedra chocar contra mi ventana.


Me levanté de la cama, recogí mi bata y me cubrí antes de asomarme y ver a John en la calle. Estaba sonriendo, cogiendo otra piedra de la jardinera de mamá y listo para lanzarla cuando me vio.


Entonces saltó de alegría saludando con ambas manos en el aire.


Rodé los ojos, suspiré y negué. Todo en una vez. Pero luego bajé sigilosa – y emocionada – y abrí la puerta del servicio.


El muy astuto ya me esperaba allí.


- Hola. – dijo cuándo nos miramos. Me reí.


- ¿Qué haces aquí? – le pregunté.


- Tenía ganas de verte. – encogió un hombro.


- Podías haber venido mañana por la mañana. – contesté. El hizo una mueca.


- Pero tenía ganas de verte ahora, no mañana por la mañana. – aclaró.


- Oh. – dije, crucé los brazos sobre mi pecho y sonreí.


- ¿Puedo pasar? – su sonrisa era divertida.


- Es indecente. – le dije negando. – Estás loco de atar, John. – estiré una mano y le golpeé en el hombro.


- Sin embargo, quiero pasar. – puchero. Maldito puchero.


- Sin embargo, no puedes pasar. – contesté, mis dedos clavados fuertemente en la puerta, pero estaba haciendo un trabajo estupendo en lo de parecer indiferente a el remolino de sentimientos que sus palabras creaban. - ¿Dónde está James? – reparé. - ¿Qué si nos ve aquí hablando? Ni siquiera deberíamos estar aquí hablando, alguien nos puede ver.


- John está con la chica del Cardigan’s – dijo dando una ventada con la mano en el aire. – No va a volver en unas horas. – estaba despreocupado. Emocionado.


- ¿Qué chica? – dije yo abriendo mucho la boca.


En ese momento cruzó sus fuertes brazos sobre su fuerte pecho y sonrió como un león. Uno apuesto.


- Te lo cuento si me dejas pasar. – me retó.


- Sabes que no puedo dejarte pasar, pesado. – bufé.


- Quiero entrar, Sarah – dijo él ahora muy serio – Londres es aburrido, la temporada de invierno es muy larga y solo quiero estar contigo y pasar tiempo contigo. – levanté una ceja, diciéndome que solo estaba bromeando, como siempre hacia, pero él no se inmutó. – Es lo único que me apetece.


- Pues lo siento John – dije un tanto desconcertada. ¿Iba en serio aquello? ¿John Morris estaba tocando la puerta de mi casa a altas horas de la noche para entrar y estar conmigo? – No hay manera de que esto sea correcto o beneficioso para mí.


- Sí es beneficioso para ti. – explicó con un deje mandón. – Tú disfrutas de mi compañía, yo disfruto de la tuya. Somos felices el uno con el otro.


- John Morris – soplé – no sé qué bicho te ha picado. – Nos miramos unos segundos, él seguía con su rostro insistente. – Ven mañana por la mañana y disfruta de mi compañía.


No podía, no había manera en la que le dejase entrar, por más bonito que aquél momento pudiese ser.


- Sarah – dijo él – ¿por favor? – puso las manos juntas y sonrió tiernamente.


Rodé mis ojos y me dispuse a cerrar la puerta en sus narices. Pero él puso el pie antes y dijo:

- Lo conseguiré. Tarde o temprano me dejarás entrar.


Y así transcurrieron dos largas semanas en las que cada noche, y digo: cada noche, John apedreaba mi ventana hasta que salía por la puerta de servicio y le mandaba de vuelta a casa.


Algunos días teníamos conversaciones de veinte minutos, otros de cinco, dependiendo del estado de embriaguez que el trajese consigo de Cardigan’s. Esos días le sacaba alguna información sobre la chica con la que James se veía.


Y entonces, una noche no sé qué pasó, no sé qué cambió, pero empecé a no acallar las preguntas que se despertaban en mi cabeza durante todo el día debido a las visitas nocturnas de John – que para torturarme ya no venía a visitarnos durante el día -.


Y me pregunté qué pasaría, o qué querría hacer a esas horas de la noche si le dejaba pasar.


Tremendo error. Tremendo.


- Sarah. – dijo justo cuando abrí la puerta. – Mira, sé que es incorrecto que yo entre a estas horas de la noche a tu casa, sin que nadie sepa que estoy. Puedo arruinar tu reputación y hacerte mucho daño. – hizo una pausa, aguardé con una mueca. Cada noche era un discurso nuevo. – Pero eres la segunda mujer más importante de mi vida, ¿sabes? – ¿Qué? Juro que me temblaron las rodillas. – Sé que lo sabes. – contestó por mí. Yo estaba literalmente temblando. - He pasado toda mi vida contigo, hemos crecido juntos; reído, llorado y compartido y tú eres muy importante para mí. Así que dime, ¿no sería yo un necio si te lastimase? Solo quiero lo mejor para ti, no dejaré que nada malo pase a raíz de esto. Pero – suspiró,- déjame entrar. Te echo de menos. – puchero.


- Me ves cada día. – Repliqué – No puedes echarme de menos.


- Pues lo hago. – replicó él de vuelta. – Te echo de menos malditamente mucho.


- ¿Cuánto has bebido hoy? – conseguí decir pareciendo normal.


- Sólo una copa. – contestó muy serio.


Y abrí la puerta, agarré su mano, tiré de él y le metí en la cocina.


Sí, ese era mi plan aquella noche, desde el principio, dijese lo que dijese.


Con mi dedo en los labios cerré con llave muy lentamente para hacer el menos ruido posible y comenzamos a deslizarnos por los pasillos y escaleras hasta estar a salvo en mi habitación.


Al cerrar aquella puerta también, nos quedamos los dos plantados allí, mirándonos y sin decir ni una palabra.


Nos miramos por lo que fue una eternidad. Sus ojos estaban oscuros, sus hombros tensos y no sé bien si estaba respirando siquiera, pero aquella camisa blanca, siempre con dos botones desabrochados, le quedaba demasiado bien. Demasiado.


Observé sus músculos tensos, sus grandes manos y sus caderas estrechas, bajando por sus piernas, grandes, fuertes.


Y de pronto regresé de vuelta a sus ojos y su apuesta cara, un tanto abochornada por mi comportamiento, para verle hacer exactamente lo mismo. Estaba escrutando cada parte de mí en aquélla bata de dormir.


- John – susurré. No podía mirarme así, dios. Aquello había sido un tremendo error. John me veía como su hermana ¿No? ¿Porqué ya no? – Estas siendo descarado. – no sé si mis palabras se entendieron.


John miró mis ojos y eran todo intensidad, pasión. Una pasión abrumadora. Una pasión que quemó mi cuerpo entero, mi centro, mis piernas. Tenía mucho calor.


Era horrible. Una idea horrible.


Dio un paso hacia mí, mordió su labio y retuvo el aire hinchando más su musculado pecho. Mis manos se tensaron a ambos lados de mi cuerpo.


Nos miramos una vez más y sentía que me iba a derretir allí mismo, en la alfombra de mi recamara bajo la fría luna de Londres.


Y de pronto no pudo aguantarse más a sí mismo y cerró el espacio que había entre nosotros, llevando ambas manos a mi rostro y pegando sus labios a los míos en el beso que fue lo más maravillosos que alguien me ha dado.


Mis labios, se amoldaron a él, a su cuerpo, a su agarre, y mi respiración se volvió algo errática mientras estábamos en contacto. Yo también le echaba de menos.


No podía creer que John Morris me estuviera besando. Simplemente, no podía. Había fantaseado tantas veces como sería sentirle, y ahora, por fin, estaba allí y sabía perfectamente, y era todo ideal.


No me preocupaba más que hubiese más gente en mi casa, ni que estuviese arruinando mi reputación si alguien se enteraba. No. Nada era más perfecto que ese momento, y necesitaba saborearlo.


John apartó sus labios de los míos demasiado pronto y apoyó su frente en mí.


- Lo siento. – susurró. – Acabo de prometerte que no haría algo así y es lo primero que he hecho. – cerró los ojos con dolor y se apartó un paso, dejándome con mucha más necesidad.


Bufó, me miró y miró mis labios de nuevo.


- Quiero que vuelvas a hacerlo. – dije.


Me sorprendí a mí misma, sí, pero su cara no tuvo precio tampoco. No lo pensó dos veces, me miró de nuevo con deseo y esta vez el beso fue algo mucho más intenso.


Sus labios eran fuertes e insistentes y mientras bajaba sus manos y rodeaba mi cintura para tenerme más cerca, se abrió paso con su lengua dentro de mi boca.


Jadeé, sí, como una niña. Pero ¿qué era yo más que eso? Nunca en mi vida me habían mirado o tocado de aquél modo.


No pareció que a John le importase, para ser honestos, pues siguió besándome como si fuese la reina de Inglaterra o la joya más hermosa del mundo. Me besaba, me acariciaba la espalda, enredaba sus dedos en mi pelo, tocaba la curva de mi cuello, seguía besándome y yo seguía derritiéndome en sus labios, en sus brazos, en él.


Él, y solo él fue todo lo que ocupó mi mente en las siguientes semanas. Fuese donde fuese y estuviese con quien estuviese, yo solo pensaba en John.


Como si fuese una adición que no podía ni quería dejar, una droga que necesitaba para poder seguir cuerda, con vida.


Todas las noches le abría la puerta de servicio, escondía su abrigo fuera, para no subir con él y hacer menos ruido, llegábamos a mi habitación y me besaba, de pie, o en el sillón, nunca en la cama. Pero lo hacía como si fuese lo más importante del día.


Y de hecho, para mí lo era.


Ese era mi momento predilecto, lo que estaba esperando. Todo.


Toda mi vida se convirtió en esperar a John por las noches para recibir mi pequeña dosis de él.


Había noches que hablábamos, bromeábamos y reíamos, como siempre habíamos hecho antes, pero con el aliciente de estar uno en brazos del otro. Otros días solo nos besábamos, o nos dormíamos, o nos manteníamos pegados. Toda la bendita noche.


Cuando clareaba, se escabullía por los pasillos y salía de la casa, se ponía su abrigo y se iba no sin antes tirarme un beso cuando le despedía desde mi ventana.


Eso fue todo, estaba enamorada de John Morris. Pero lo estaba desde la tarde que me regaló el gatito de porcelana.



---------------


¡Comenta, opina, comparte y dale a like para que yo pueda ver que no estoy sola en o y que escribo para alguien!


Y, además, quiero añadir que si tienes un gran corazón y te sientes generosx, pudes hacer un pequeño donativo para que pueda seguir editando, escribiendo, maquetando y publicando mis obras (ya que eso cuesta dinero y tiempo, y saben, queridas, que el tiempo vale oro).


Puedes donar aquí: https://www.patreon.com/mrmarttin/


Muchas gracias por estar aquí.

Así pues;

miles de besos y amor,

y el miércoles mas y mejor.


MRMarttin.

153 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

© Todas las obras, textos, artículos, historias y personajes están registrados en el Registro de la Propiedad intelectual con licencias vigentes. 
Su copia, plagio o uso sin autorización expresa de la autora; es ilegal.

© 2023 by Name of Site. Proudly created with Wix.com