Nueve

- Señor Benworth. - el mayordomo, interceptó a Kenneth solo entrar por la puerta de servicio.


- Ah, Hola Julius. - dijo él despreocupadamente pasando una mano por su pelo alborotado.


- El señor Morris está esperándole en su despacho. - siguió impasible.

Kenneth, que había olvidado por completo que debía reunirse con su viejo amigo, se apresuró hasta su despacho.


John Morris estaba sentado en la silla ante el escritorio hojeando un periódico de una semana anterior.

Tenía el mismo aspecto de siempre, pero los veinticinco años que ambos compartían, le habían mejorado considerablemente. Todo él poseía un aire gallardo y simpático, pero con facciones maduras y un cuerpo tan musculoso como el de Kenneth.


- ¡Kenneth! - dijo con una amplia sonrisa cuando le vio parado en la puerta.


- John, cuanto tiempo. - recortó el espacio que les separaba y se abrazaron con fuerza.


- ¿Como has estado? - dijo John.


- Bien. ¿Que tal tu? ¿Y tus padres?


- Todos bien. - John le contó qué había estado haciendo y como su madre se había repuesto de su larga enfermedad.


Escucho todo lo que su amigo le contaba y le preguntó un sinfín de cosas más, pues, por fin, desde la tarde anterior, Kenneth estaba pensando en algo más que aquella joven. Compartieron bromas, recordaron momentos y se sintió como un joven sin preocupaciones durante un rato.


- ¿Como llevas lo de ser el nuevo señor Benworth? Tendrás que casarte, ¿no? - Kenneth resopló, John rió.


- No estoy pensando en casarme, John. Llevar las tierras de mi padre es un trabajo duro. Todavía me estoy acostumbrando.


- Me lo imagino, pero vas a tener que hacerlo tarde o temprano. - siguió John.


- Igual que tú, diría. - dijo Kenneth en un intento de alejar la atención de él. Su amigo sonrió. Una sonrisa radiante de esas que usaba para encandilar a las jóvenes siete años atrás.


- Creo que este verano será el decisivo. - ese comentario puso alerta a Kenneth, que dejó de buscar una excusa para no volver a pensar en ella y miró al joven con atención.

John no dijo nada más, se puso a soñar despierto, sin embargo. Cuando levantó su mirada para ver a su amigo, vio la la mandíbula apretada de Kenneth y rió fuertemente.


- No te preocupes, amigo. - le dio un golpe alegre en la rodilla. - Emma Lambert es toda tuya.


- Te aseguro que no tengo ningún interés en la señorita Lambert. - masculló.


- ¿No? - John se sorprendió de esa nueva noticia. - Bien, porqué esa mujer es una caza fortunas. Como la mayoría.


- ¿Por qué va a ser este verano decisivo? - Él aun no lo sabía pero estaba reteniendo el aire a la espera de la más inevitable de las respuestas.


- Hay una chica... – dijo John lentamente. - Creo que nunca he visto belleza igual.


- La belleza no lo es todo. - repuso su amigo un poco agrio. - Podría ser que fuera igual de interesada que las demás, o peor aun, completamente aburrida.


- No lo es. - contestó con una ligera sonrisa.


- ¿Cómo estás tan seguro?


John miró a Kenneth con un deje de sorpresa. ¿Eran imaginaciones suyas o su amigo estaba irritado? No había manera de que supiera de quién hablaba él, ¿verdad?

Por que lo último que quería era a la chica en problemas.

- ¿Cuál es su nombre? – Kenneth otra vez.


Y claro, no había manera que John dijese su nombre.

No, porque todo cambiaría a la que Kenneth y James lo supieran, y entonces no sabía si podría volver a acercarse a ella o a mirarla sin ser visto o a, siquiera, seguir pasando sus veranos en Glassmooth.

No podía hablarle de ella a ninguno de los dos. A nadie, de hecho.

Así que pensó en la bella mujer ante él la noche anterior y decidió sacar ese nuevo tema para distraer a su amigo.


- ¿Has conocido ya a la señorita Daugherty?


Y por ese comentario, Kenneth creyó que John Morris estaba, como dijo James, interesado en Brook. Y ese fue el motivo por el que Kenneth sintió una estúpida urgencia por decir o hacer algo para que John se apartase de ella.


Y esa reacción le alteró aun más.

¿Porque estaba pensando eso? No podía creer que estuviera celoso por una mujer que a penas conocía. Nunca había sentido ese tipo de enfado y esas ganas de borrar del mapa al simpático y apuesto John.

Estaba siendo un idiota rematado, ¿que andaba mal en su cabeza? Desde luego tanto trabajo en el despacho le estaba afectando.


- ¿Sabes quien es? - dijo John observando a su amigo un tanto desorientado.


Kenneth levantó la cabeza y miró los ojos de él sopesando qué decir. Podía contarle la verdad para que no hubiera duda que la conoció primero, pero esos pensamientos eran demasiado similares a los que intentaba sacar de su mente retorcida. A demás no quería que Brook supiera que era un Benworth, y tendría que contarle a John con detalle la situación para que accediera a guardar silencio. Y ni siquiera podía explicarse la situación a si mismo.


Dios, habían hecho un trato. ¡Ella había accedido! Que locura, se había dejado arrastrar por esas estúpidas ganas de tener aquellos ojos cerca. Que débil se sentía.


- No, no se quien es.


- Lo imaginé, teniendo en cuenta que no has bajado a ver a los invitados. – la sonrisa de John fue simpática, pero sabía que algo le pasaba a su amigo.


- Lo haré el sábado.


Brook Daugherty en un intento acelerado de salir de la vista de aquel apuesto caballero, caminó recto, más allá de los establos, atravesando el jardín con una Simone curiosa pisándole los talones y taladrándole la cabeza con inacabables preguntas.

- Díme, ¿es el hombre de ayer?


Simone estaba harta de corretear sin sentido, cuando se agarro de la manga derecha del vestido de su señorita y la obligó a frenarse quedando cara a cara.


- No vamos a seguir fingiendo que el hecho de que tú corras y yo te persiga es algo normal. Dime de una vez si era él o no.


Brook sabía que estaba siendo una inmadura. Pero también sabía que el interrogatorio llegaría más temprano que tarde, así que esperaba estar lo más lejos posible de aquel caballero antes que comenzara.

Además, necesitaba un poco de aire.


Por otro lado, que Simone empezara a tutearla era señal de lo poco que le faltaba para enfadarse de verdad.


- Sí, - dijo sin apartar la vista de sus ojos. - era él.


- ¡Lo sabía! - casi gritó.


Las dos jóvenes miraron hacia atrás al instante, pero estaban solas.


- ¿Le dijo su nombre? - susurró ahora. Brook pudo ponerse a reír.


- No. - se limitó a contestar. Simone estrechó los ojos.


- ¿Pero? - Brook los rodó.


- Pero me lo dirá en el baile.


Ambas guardaron silencio. Brook ocultando la otra mitad y Simone aguardándola con la mosca tras la oreja.


- ¡Vamos! Por el amor de dios, señorita Brook, deje de tenerme en ascuas.


- No lo hago expresamente. - murmuró ella. - Simplemente no quiero seguir hablando del tema. - Reanudó la marcha dándole la espalda.


- ¿Y con quien lo va a hablar, entonces? – le dijo - ¿Con Gillian? - Brook frunció el ceño.


- Pues claro que no. - casi bufó. Que ridiculez. Por nada del mundo se lo contaría a su tía. Le prohibiría volver a salir sola.


- Pues me temo que no le quedará otro remedio. – Brook frenó y se giró a verla.


- ¿Disculpa? - la chispa de maldad en los ojos de la doncella no le pasó desapercibida. - ¿Vas a contárselo a mi tía?


- No, a menos que me haga partícipe.


- ¿Me estas chantajeando? - los labios de Brook formaron una "O" y se llevó una mano al pecho.


- Tómeselo como quiera. - la doncella cruzó los brazos sobre su pecho.


- Eres la peor amiga del mundo. - mustió con un suspiro derrotado. Típico de Simone, girar la tortilla hasta que quedara del lado que más le gustara.


- Déjese de dramatismo y hable ya. - La doncella cogió a la joven del brazo y reanudaron la marcha hacía un exquisito vergel de arboles fruteros, más allá de lo que habían estado antes. - No se le da nada bien fingir.


- Eres horrible. - mustió antes de declarar: - Pasaré tiempo con él. Y él me dirá quien es en la fiesta.


- ¡Oh! Que apuesto es. ¡Y como le miraba! Esto es el principio perfecto para una historia de amor. - Simone se soltó de ella y habló al viento, de un modo más que ridículo, Brook resopló. - Por nada del mundo va a ir sin mi. - la miró ceñuda ahora.


- Ni me atrevería a pensarlo. - susurró Brook después de soltar un suspiro.


El día siguiente llegó más rápido de lo que ambos esperaban.

Si creían, tanto Kenneth como Brook, que después de resolver las dudas que les mantenían intrigados podrían olvidarse el uno del otro y dormir en paz: se equivocaban. Claramente.

Brook estaba tan nerviosa que cuando bajó al comedor todavía no había ni un alma. Pero ella no podía seguir dando vueltas en la cama.

Así como en el momento de tenerle en frente no dudó en aceptar su trato, ahora las dudas le asaltaban.

Podía ser que ensuciara su propio nombre y los Benworth la echaran de allí por falta de decoro antes del baile.

Y entonces nunca sabría el nombre del apuesto caballero.

Sus musculosos brazos, su ancha espalda, aquel pelo alborotado, que tanto se empeñaba en seguir despeinando con sus manos, y sus ojos, no salían de su cabeza. ¡Dios! Era endiabladamente apuesto.

Se sintió, en algún momento de la noche, imaginándose con él.

Para cuando terminó de desayunar, había dejado a un lado las dudas, prohibiéndose pensar en los miles de consecuencias que podría acarrear su comportamiento temerario y se encaminó al establo.

Quería aventuras, tendría aventuras. Debía dejar de ser una cobarde.

Kenneth ya la esperaba. Vestía unos elegantes pantalones oscuros, una camisa arremangada y aquel chaleco que había llevado el día anterior.

Por como lucía su aspecto general, ya debía haber salido a cabalgar. Cuando ella se acercó con una intrépida Simone a cuatro metros, él la miró detenidamente.


No sabía qué estaba pasando por su cabeza, pero sus ojos estaban fijos en los de ella. Sin una sonrisa, sin ningún asentimiento o gesto de reconocimiento. Solo con la mirada clavada.

Brook sintió como se le aceleraba la respiración con cada paso que daba.

- Creí que no vendría. - murmuró él sin dejar de mirar sus ojos.


- Buenos días a usted también, Señor desconocido. - una sonrisa torcida tiro de los labios de ella.


- Buenos días, señorita Daugherty. - su gestó se suavizó.


- ¿Que vamos a hacer? - dijo ella intentando sonar relajada y despreocupada.


Él la miró un momento más, cogió una casi imperceptible bocanada de un aire más que necesario y se esforzó todo lo que pudo por mostrarse cortés y encantador en vez de hacer lo que realmente deseaba: tocar su fino rostro, enredar sus dedos en su cabello, tirar de ella en un abrazo estrecho...


¡Maldita fuera Brook Daugherty!

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