Cuarenta y ocho

- Una unidad ya está deteniendo a la mujer y el hijo del Conde, señorita Daugherty.


Brook estaba en el despacho de Kenneth, sentada en uno de los dos sillones bajo la atenta mirada de un inspector de policía alto y fornido y de el dueño de Glassmooth.


Cuando llegaron, dos horas atrás, Kenneth mandó una misiva a Londres y otra a Dorking pidiendo los mejor inspectores de Bow Street.


Y le sorprendió la eficacia de aquellos profesionales, pues estaban afincados en varios condados de Surrey para atender emergencias como aquella.


Brook le contó al inspector todos los detalles del episodio mientras Kenneth se giraba con los puños apretados para no demostrar su enojo delante de ella o del señor, pues ya había sufrido suficiente y no quería hacerla sentir mal.


No le sorprendió, siquiera, el tono calmado en el que hablaba del tema o del modo distante con el que relataba. Como si ella solo hubiese sido una mera espectadora. Como si su muñeca no estuviese rota y todo su cuerpo dolorido.


Y la admiraba por eso. La admiraba por ser la mujer más fuerte con la que Kenneth Benworth se había topado.


Simone la había mimado hasta que Brook dijo basta, su tía estaba de camino y Thomas solo se había separado de ella una vez que la vio segura y a salvo.


Cuando Kenneth le pidió a Thomas la mano de la chica, él le miró con una sonrisa escondida y le contestó con un:


- Si ella te ama, arreglar los asuntos pendientes y tendréis mi bendición.


Y allí estaban. Arreglando jodidos asuntos pendientes, porqué no podía esperar más para hacerla suya para siempre.


Simone había lavado a Brook, luego la vistió y peinó y ahora volvía a ser la perfecta chica que el mundo conocía, con una muñeca envenada. Nada más.


Aunque de todos modos, unas horas atrás, descalza y despeinada, a Kenneth le había parecido más perfecta que nunca.


- Lamentándolo mucho - siguió el inspector. - Si Saint Clair o su madre no confiesan que la señorita Lambert les ayudó, no tenemos pruebas suficientes para encarcelarla a ella también.


Kenneth se puso rigido. Brook solo asintió.


Cuando el inspector se marchó acompañado por Julius, Kenneth esperó a penas a que la puerta tras de él se cerrase para colocarse delante de Brook, agachado con su cuerpo entre las piernas de ella.


Por fin tenían un momento a solas. Lo había anhelado desde que la encontró.


- Brook - susurró. - Emma y yo -


- Lo se. - dijo ella sin querer escucharlo. Ya le había contado al inspector que los Saint Clair dijeron Emma estaba implicada, por lo tanto, Kenneth ya sabía que ella entendió que era una trampa.


- Bien. - dijo él ahora. - Pero necesito decírtelo y que lo escuches.


Kenneth estiró sus brazos para tocarla, ella incorporó la espalda, dejó que le rodeara su cintura con sus fuertes brazos y descansó sus manos en sus pectorales con un pequeño suspiro. Él de rodillas quedaba a la misma altura que ella sentada en el sillón. Así que sus labios estaban a muy pocos centímetros de distancia.


El suspiro de Brook no fue de cansancio, ni de pena, ni de nada relacionado. Era de alivio. ¡Al fin! Al fin volvía a sentir las manos de Kenneth de nuevo en ella. Ahora estaban tan cerca el uno del otro, respirando el mismo aire.


- Emma me drogó. Yo no sabía qué estaba pasando. - dijo él mirándola con dolor en sus ojos. Brook miró su pecho, para esconder el dolor que evocar aquella imagen le provocaba - No pasó absolutamente nada. Eso te lo aseguro. Me dormí y ella me despojó de mis ropas. - Brook apretó los labios y frunció el ceño, sin mirarle. - Jamás haría nada que pudiese lastimarte. ¿Me oyes? Jamás. - sonaba seguro, firme.


La chica asintió débilmente. Él levantó su mentón y acarició sus labios con necesidad.


- Estos cuatro días sin ti han sido un infierno. - Brook vio su nuez tragar con dificultades mientras los ojos verdes de él estaban en sus labios. - Creí que me iba a volver loco. - susurró.


Entonces se miraron a los ojos, perdiéndose el uno en el otro, sintiendo sus pechos latir al mismo son y sus respiraciones acompasarse.


Kenneth lucía torturado. Aquella atractiva barba de cuatro días, los círculos bajo sus ojos, la arruga persistente entre sus cejas...mantenían a Brook tan preocupada por él como él seguía estando por ella.


- Estoy aquí. - le susurró ahora llevando una mano a su pelo y acariciándoselo. Él cerró los ojos e inclinó la cabeza de modo que ella pudiese seguir tocándole. Soltó un suspiro cargado. - Estoy a salvo, Kenneth. - siguió. Él abrió los ojos y la miró fijamente. - Necesitas descansar.


Brook apretó los labios y asintió, enfundándole seguridad.


- Te he echado tanto de menos...- susurró Kenneth observándola con el corazón acelerado. Ella se inclinó y besó su mejilla con dulzura. Y aunque fue un beso increíble, no era suficiente. - Brook. - dijo decidido. - Necesito que sepas que yo - y Brook tapó su boca con un dedo.


- No lo digas, por favor. - susurró. - Si vas a tener que casarte con Emma... - dijo ella sintiendo todo su cuerpo retorcido en dolor. Su voz falló, su corazón picó.


Ya. Lo sabía. Él no hizo nada. Él no amaba a Emma. Pero ella le había tendido una trampa y lo único que Kenneth podía hacer era casarse con ella o ensuciar el nombre de su familia. Y jamás, por nada del mundo, le pediría que hiciese esa elección.


Es más, su posición de heredero le exigía cuidar de su familia, casar a sus hermanos. Ser responsable. Acatar las consecuencias.


Y entonces, sabía que no tenía otra opción que callar sus sentimientos y esquivar los de él para que no dijese las palabras que tanto le dolerían. Si se confesaban su amor, a viva voz. Si le decía que la amaba, jamás levantaría cabeza.


No estaba segura de poder hacerlo ya, de hecho. Pues sabía, mejor que nunca, cuál sería su destino si no era él: el campo y la soledad. No quería nada si no iba a tenerle.


- No. - dijo él. Pero ella siguió.


- ...no puedo escucharte decir eso. - Kenneth la miró claramente no queriendo conformarse. Quería decírselo. Quería confesárselo. Y ella lo vio, así que insistió: - Por favor Kenneth.


- Bien. - dijo él dándose por vencido. ¿Quién podía resistirse a complacerla? Era tan hermosa, tan delicada, tan perfecta...¡Dios! Había cambiado su vida por completo. - Pero cuando todo esto haya terminado, no vas a poder impedírmelo.


Ella sonrió con tristeza y asintió. Él mordió su labio y pasó una mano por su pelo. Se inclinó cerca de ella, apoyando sus frentes juntas.


La hubiese besado. Estaba a punto. Pero se aguantó. Se aguantó porqué sabía que lo mejor era esperar a demostrarle todas y cada una de las cosas que moría por decirle. Y se lo iba a demostrar con hechos.


- ¿Como va el ataque de pánico? - cambió de tema.


- Ni rastro de él, por el momento. - le contestó ella con una pequeña sonrisa, con sus ojos cerrados y dejándose llevar por la cercanía de Kenneth.


Dios, era perfecto. Le encantaría vivir, en aquél momento, en su burbuja para siempre.


Brook le miró un momento embelesada, luego frunció el ceño y tragó con dificultad. No podía hacerse eso a sí misma. Sería una idiota. Se alejó escondiendo el dolor.


- ¿Que sucede? - susurró él.


- Todo es muy complicado. - murmuró ella con resignación. Encogió un hombro y torció una triste sonrisa.


Kenneth quiso consolarla, convencerla, prometerle el mundo y luego besarla hasta perder el sentido aunque se acababa de decir que no debía, pero en aquél preciso instante, la puerta se abrió y en el despacho entraron Evangeline y Sally acompañadas de James.


Sally se tiró a por Brook sin importarle siquiera que su hermano la tuviese entre sus brazos. Kenneth no tuvo mas remedio que apartarse mientras veía a su hermana lloriquear y besar a su chica sin cesar.


Una sonrisa satisfecha cruzó su rostro mientras las veía. Brook reía abiertamente, como si no hubiesen pasado aquellos cuatro días infernales.


- Gracias a Dios que estás bien. - decía Sally agarrando sus manos y mirándola - Ha sido un infierno para todos. - volvió a abrazarla y le susurró: - Kenneth está enamorado de ti.


Brook se alejó y la miró a los ojos, con sorpresa. Mierda. No se suponía que debía decirle eso.


Miró al chico, ajeno al comentario, mirarla. No. No podía ser. No. Por favor. No quería haber escuchado aquello.


- Kenneth - dijo Evangeline en un tono frío. - Hay un tema que tratar.


- Claro. - contestó levantándose de sus rodillas y quedando tras el escritorio.


Sally levantó a Brook entendiendo la señal de su madre, pero Kenneth le impidió que se la llevara.


- Quiero que se quede. - le explicó a Evangeline cuando ella le miró sorprendida. - Quiero que lo escuche todo. - Brook volvió a sentarse tan extrañada como sorprendida.


- Bien.


Eso fue todo lo que Evangeline dijo antes de hacerle una señal a Julius, debidamente tieso al lado de las puertas.


James se plantó de pie, detrás del sillón de las chicas. Cuando las puertas se abrieron entraron Emma Lambert acompañada de sus dos padres.


Las dos mujeres estaban sonrientes y joviales, creedoras de un gran premio, pero sus caras cambiaron al ver a tanto público. El señor Lambert, en cambio, lucía serio y reservado, como solía dejarse ver.


- Evangeline, querida. - dijo la señora Lambert. - No sabía que iba a haber tanta gente aquí. - les dedicó una sonrisa falsa.


- Marcia, querida. - dijo Evangeline fría como un témpano. - Son los testigos.


Emma sonrió bien abierto, le dedicó un repaso cargado de insinuaciones sexuales a Kenneth antes de girarse a mirar a una Brook con los puños apretados sobre su falda. Eso la deleitó.


- ¿Ah si? - exclamó. - ¿Los testigos de mi boda? - dejó salir una risita cruel que tensó el ambiente completamente.


Kenneth apretó sus manos en el respaldo de su silla y miró a su chica, tensa. James la fulminó con la mirada antes de apoyar una mano sobre el hombro de Brook, y Sally rió con ella.


- ¡Oh Emma! - dijo - Que graciosa eres. - ahora la atravesó con sus negros ojos. - Somos los testigos de tu engaño.


Un silencio transcendental pasó entre ellos, y fue cuando Emma Lambert giró sobre sus talones y miró a su padre que supieron que aquello se iba a poner interesante.


- Mi hija no es eso de lo que se le acusa. - su voz sonaba mordaz. - Muchos hombres en Londres pelean por su atención y aquí, - señaló a Kenneth con desprecio - el señorito de la casa ha decidido sabotear su inocencia. Así que no hay mucho más que hablar sobre el tema.


- No sé que estoy haciendo aquí. - susurró Brook sintiendo un nudo en la garganta.


- Aguanta un poco más. - Sally apretó una de sus manos.


- Tengo un anillo que lo demuestra. - La voz chillona de Emma les devolvió a la escena. Sacó la mano de detrás de su falda y caminó hasta Brook con la intención clara de humillarla. Luego se la plantó en las narices.


Brook miró aquél preciosos anillo en la perfecta mano de la pelirroja y sintió el nudo inicial correr hasta sus ojos. ¿De donde lo había sacado? Estaba tremendamente decepcionada consigo misma por no haber recordado aquél detalle antes, cuando hubiese podido preguntarle a Kenneth por él.


Ahora otro mar de dudas nacía en su cabeza. Parpadeó varias veces para apartar las lagrimas de sus ojos. Sentía las miradas de todos puestas en ella. Se sentía completamente humillada.


- Puesto que estamos en un grabe desacuerdo, - dijo Kenneth. - me temo que es mi responsabilidad aclarar la situación.


Emma se retiró de Brook, expectante, seria. Todos miraron al chico en vez de a su amada.


- Emma robó ese anillo. - miró directamente a su chica, pasando completamente de los demás. - Ese anillo lo compré con James para ti.


La señora Lambert jadeó, el señor Lambert resopló, Emma apretó los puños, Evangeline escondió una sonrisa, y James y Sally mantuvieron el agarre fuerte en la chica mientras ella, sin poder aguantarlo más, dejó rodar una lágrima.


No podía ser verdad y sin embargo, lo era. Claro que lo era.


- No voy a casarme con Emma. - dijo Kenneth ahora mirando al padre de la chica.


Un silencio tenso volvió a imperar en el ambiente. Brook no se lo podía creer, estaba llena de júbilo y felicidad y al mismo tiempo se sentía incrédula por qué fuese tan fácil arreglar aquello con solo decir cuatro palabras.


- Mi amor. - dijo Emma encaramelada mientras caminaba con una sonrisa hasta el escritorio. - No es necesario que sigamos fingiendo. Todos saben que nos hemos estado viendo a escondidas todos estos días.


- ¿De qué hablas? - dijo Evangeline exasperada. Emma la miró con los ojos brillantes por haber conseguido su atención.


- Kenneth ha faltado tanto a las cenas y reuniones porqué ha estado viéndose conmigo. ¿No lo han notado?


Brook mordió su lengua para no intervenir. ¡Sucia mentirosa! ¿Como podía decir algo así?


- Por ese motivo ha bailado tantas veces conmigo en Londres. - siguió.


Kenneth rodó los ojos hacia Emma. Aun seguía con lo mismo ¿Por qué seguía insistiendo en aquella mentira? ¿No veía que ya no tenía fundamento?


Evangeline miró a su hijo con extrañeza sin entender lo que la joven decía.


- Debes casarte conmigo, Kenneth. - dijo una vez más.


Sally gruñó cansada de tanta tontería. - Benworth, cásese con mi hija o aténgase a las consecuencias. - se sumó la voz del padre dando dos zancadas y quedando cerca del escritorio. Amenazante.


- ¿Cuáles son esas consecuencias? - espetó Evangeline. - ¿Se cree que va a venir a mi casa a decirme qué hacer? ¿Se cree que sus amenazas nos dan algún miedo?


- Deberían, señora Benworth. - dijo la señora Lambert. - Pues su hijita bonita jamás se casará. Nos encargaremos de eso. - miró a Sally con insolencia. - Y en cuanto al graciosito niño que tiene ahí. - miró ahora a James. - Nunca encontrará a la mujer adecuada.


- ¡Qué pena! - exclamó James con asco.


- El nombre Benworth va a caer en desgracia. Nadie se acercará a Glassmooth. - siguió cada vez más enfadada. - O a Bath. O donde más tenga casas. - sus brazos se movían por todos lados. - Nadie confiará en ustedes porqué - ahora les gritó, con los dedos apuntando a Kenneth - su insolente e impresentable heredero ha mancillado el nombre de la mujer más hermosa y popular de - y ahora repiqueteó con los tacones en el suelo mientras enrojecía - ¡Todo Londres!


Evangeline, para sorpresa de todos, se carcajeó.


- ¿Se ríe de mi madre? - le gritó Emma. - ¿Se atreve a reírse de nosotras?


- Maldito el momento en el que las invité. - le murmuró a James y Sally que sonrieron abiertamente.


Brook seguía con los ojos bien abiertos sin poderse creer la falta absoluta de educación de aquellas dos mujeres. ¿Qué más querían? Lo tenían todo perfecto para desposarse con Kenneth. Sabían que todas las cartas de la baraja apuntaban a que los Lambert ganaban la batalla.


En algún momento, Brook dejó de sentirse involucrada en aquella disputa para ser una mera espectadora. Pero cuando Emma la miró y la atravesó, supo que volvía a estar dentro.


- Vas a casarte con la muerta de hambre ¿no? - murmuró. - Vas a casarte con esta niña endeble que te ha manipulado des del primer día.


- Nadie, - dijo Kenneth mordaz - absolutamente nadie va a hablar nunca más de ese modo del amor de mi vida.


Brook volteó la cabeza para mirarle. Sin aliento. ¿Acababa de decir aquello, allí delante? Iba a desmayarse. O a saltar encima de él y a abrazarse a su perfectamente bien esculpido cuerpo.


Ya no había marcha atrás. Se dejó llevar. Si ahora Kenneth se casaba con Emma, la destrozaría.


- Vas a condenar a tu familia. - Emma le miró y se plantó a menos de diez centímetros de él, queriendo intimidarle.


- Lo que haga o deje de hacer, es asunto mío. - le contestó con una amplia sonrisa. - Ahora, salgan de mi casa y no vuelvan nunca más.


Y como por arte de magia, Julius abrió la puerta y un escuadrón de sirvientes tan altos y fuertes como Kenneth se llevó arrastras a los Lambert dejando a James y a Evangeline con su amplia sonrisa y a las dos chicas con la boca abierta.


- ¡Te dije que era mío! - gritó Emma sin dignidad. - Te dije que ni le mirases. - siguió. Los guardas arrastrándola al pasillo. - ¡Me las pagarás Daugherty!


- No te acercarás a ella. - le contestó Kenneth sin moverse de su posición. Levantó una ceja con desdén.


Cuando la puerta se cerro, un silencio envolvió a los presentes. Todos mirando a la chica, esperando con ganas ver su reacción. Y ella sentía que su corazón iba a estallar.


- ¿Qué has - comenzó Brook, pero Kenneth la cortó.


- James, ven aquí.


Pasó un largo momento hasta que James se incorporó sorprendido y siguió a su hermano colocándose delante de él, al otro lado del escritorio. Kenneth abrió el primer cajón y sacó un fajo de papeles.


- ¿Qué - dijo él pero Kenneth volvió a interrumpir.


- Os amo. Muchísimo. - le dijo con firmeza. Evangeline mordió su labio, que temblaba. - Y no puedo hacerle esto a la familia. - miró a su hermana y le sonrió. Luego a su madre y luego a Brook. - No dejaré que los Lambert estropeen tu futuro o el de Sally. - siguió con una sonrisa de suficiencia. - Y sé que es lo primero que van a hacer.


- Por supuesto. - añadió su madre.


James miraba a Kenneth con el ceño apretado, no entendía nada. Brook se levantó de inmediato y se puso al lado del joven pelirrojo mirando intensamente los papeles. Luego volvió su vista a los ojos verdes, seguros de si mismos, mirándola.


¿Qué demonios había hecho Kenneth?


- Y puesto que el amor que siento por ti es lo más grande que he sentido en mi vida, - Brook mordió su labio intentando respirar adecuadamente. No podía creerse lo que estaba a punto de pasar - no puedo imaginarme casado con nadie más. Tú eres todo lo que quiero ver cada noche y cada día al despertar. - Sally se unió a ellos en la mesa, tan feliz como intrigada.


- Te lo dije. - dijo con una sonrisa ladina. Brook la miró antes de mirar de nuevo a Kenneth.


- Así que - el chico volvió a mirar a James. - Glassmooth es tuyo. Todas las fincas son tuyas. Todas.


Cuando Kenneth arrastró los papeles hasta su hermano, el ahogó un jadeo.


Leyó por encima. Sally se asomó a su hombro y también leyó. - ¿Qué haces? - le dijo el primero. - No puedes darme tu puesto.


- Tarde, hermano. - sus ojos ya no le miraban, sino que observaban a la belleza rubia a su lado, pasmada, sintiendo sus piernas temblar - Eres el heredero de Benworth. Casarás a Sally y encontrarás a la mujer perfecta.


- O nos darás herederos. - dijo Evangeline bromeando. - Pues nadie va a resistirse a tanta riqueza.


- ¡Oh dios! - exclamó Sally dando un salto hacia atrás. Miró a su madre. - Tú lo sabias.


Evangeline solo sonrió.


- ¿Estás seguro de esto? - dijo James alucinado. - ¿Que vas a hacer tu?


Kenneth rodeó el escritorio y se plantó delante de una Brook totalmente sin palabras.

¡Oh dios! ¿Qué? ¿Qué había hecho? Kenneth acababa de renunciar a su puesto por ella. Por casarse con ella. A su casa, a su riqueza, a todo por lo que se había preparado todos aquellos años.


Por ella.


Kenneth la rodeó entre sus brazos y la miró a los ojos antes de decirle a su hermano:


- Vivir la mayor aventura de mi vida.


- Os dejaremos solos. - dijo Evangeline arrastrando a sus hijos fuera del despacho. - Portaos bien.


James lucía aturdido con aquél gran manojo de folios en sus manos. Sally estaba radiando por hacer miles de preguntas.


Pero Brook y Kenneth siguieron mirándose, sin inmutarse, hasta que la puerta se cerró.


- ¿Como has podido hacer algo así? - sus ojos azules mirándole de aquél modo en el que ella miraba las cosas que tanto le gustaban. Kenneth no pudo evitar sonreír con regocijo. - ¿Por qué has renunciado a todo lo que tienes?


- Por ti. - le dijo sin perder el gesto. - Por que no hay nada que quiera más que tu.


Brook se obligó a aguantar sus horribles ganas de besarle, de reír, de saltar. Debía cerciorarse de que aquello era lo correcto para él.


- Pero, - le dijo sintiendo los brazos de él estrecharla con fuerza. - si un día te levantas y te arrepientes de haber renunciado a todo, ¿qué?


- No, mi amor. - negó con cariño mientras rozaba su labios en su frente. - Tú has llegado a mi vida y me has demostrado que no sabía qué era vivir. No sabía absolutamente nada del amor, de la lujuria o de la desesperación.


Brook tragó con dificultad sintiendo su racionalidad flaquear y dejarle paso a sus emociones.


- Quiero vivir aventuras contigo. - sonrió brillante. Ella no pudo evitar corresponder su sonrisa. - Quiero que tu las vivas conmigo. Iremos a vivir donde quieras, con la parte de dinero que me toca por hijo Benworth viviremos toda la vida sin tener que preocuparnos. Y ¿sabes? - ella aguardó. - No hay nada que quiera más que eso.


Se separó de ella, carraspeó la garganta, pasó una mano por su pelo e hincó una rodilla en el suelo.


- Brook. Cásate conmigo. - de su bolsillo trasero sacó un nuevo estuche. Ella le miró sorprendida, para nada esperaba algo así.


Cuando lo abrió ante ella vio un perfecto anillo con un diamante azul zafiro, en forma ovalada, rodeado de diminutos brillantes blancos. Era precioso. La joya más hermosa que jamás hubiese tenido delante.


- Kenneth. - dijo ella en un susurro que sonó ahogado.


- Este es el anillo con el que se casó mi madre. - sonrió él aun de rodillas. - Hoy me lo ha dado para ti.


Brook levantó los ojos, se arrodilló delante de él y le miró con una expresión seria.


- ¿Estás seguro de esto? - le dijo. Y antes de que pudiese hablar siguió: - Por qué si te digo que sí - tragó con dificultad. - te verás obligado a cumplir tus promesas. - Kenneth sonrió. La sonrisa más grande que le había visto. - Quiero trepar arboles, quiero vivir aventuras, quiero una casa en el campo, quiero tenerte para siempre y por siempre a mi lado.


- Mi amor - comenzó él con brillo en los ojos. Brook volvió a colocar sus dedos en su boca para callarle.


- Y espero que seas consciente de que todo eso es debido a que estoy enamorada de ti. Y si tu te arrepientes...- miró el suelo un segundo y volvió la vista a él con seguridad - me destrozarás.


Kenneth sintió que su pecho se ensanchaba, sus manos temblaban, literalmente, su respiración era superficial. Bajó el estuche, que aun estaba suspendido entre ellos y cogió sus dedos y los apartó con delicadeza.


- Te amo Kenneth Benworth. - dijo ella después de inspirar una gran bocanada de aire. - Y quiero casarme contigo.

Kenneth cerró el estuche y lo dejó en el suelo antes de agarrar la estrecha cintura de Brook y apretarla contra su fuerte y musculoso torso.


Una de sus manos recorrió su espalda hasta su nuca, y la sujetó con firmeza. Ambos sintieron la burbuja y suspiraron al unísono.


- ¿Tu también sientes eso? - murmuró ella.


- Des de la primera vez que te vi.


Y ese fue el momento en el que Kenneth atrapó los labios de ella en los suyos dejando en ellos el beso más intenso con el que cualquiera pudiese soñar.


Allí estaban, al fin, habiendo dicho lo que tantas veces habían callado y sintiéndose completamente correspondidos y seguros el uno con el otro.


Brook entreabrió los labios dejando escapar un dulce gemido y Kenneth aprovechó para dejarse entrar con su lengua en su boca.


Su suave e increíble boca, que tanto anheló desde su primer beso. Aquél beso que cambió el mundo del heredero Benworth para siempre. Pues nunca antes pudiese haber imaginado que una mujer trastocaría su corazón hasta el punto de sentir que nada más tenía sentido si ella no seguía rozando sus labios con los de él a cada instante.


Kenneth se separó, miró sus ojos brillantes mirarle con intensidad, miró su cabello rubio cayendo entre sus dedos, sus labios hinchados, perfectos, su preciosa nariz...y no pudo retenerlo más.


- Te amo. - le dijo. - Y voy a hacerte la mujer más feliz del mundo.


Sin poder evitarlo volvió a besar sus labios una vez tras otra, sin dejarla respirar, sin él respirar.


¡Señor! Nunca tendría suficiente.


Cuando Brook consiguió volver a tocar con los pies en la tierra le miró, se maravilló por haber conseguido a un hombre como él, sin ni siquiera esperarlo, sin ni quisiera saber que alguien como él podría existir. Le abrazó con fuerza.


Tres golpes resonaron en la habitación.

- No os oímos hablar. - dijo James divertido. - Y encuentro necesario decir que deberíais esperar a hacer lo que quiera que estéis haciendo, en la noche de bodas.


Ambos se miraron, sonrieron y entonces Kenneth recogió el anillo, lo sacó con cuidado y lo colocó en el dedo de una Brook con unos preciosos ojos puestos en él.


- ¿Te he dicho ya que eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida?


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Gracias.

MRMarttin

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