Cuarenta y siete

Brook abrió sus ojos sobresaltada al sentir el agua helada cubrir por completo su cuerpo.


Katherine la miró con desgana e hizo un gesto con la cabeza a su hijo, que en dos pasos estuvo plantado delante de la joven y descolgó sus muñecas sin sostenerla.


Brook cayó de rodillas al suelo en un golpe seco.


Desde la revelación de la noche pasada no había pegado ojo. Se sentía ansiosa por salir de allí, por correr en busca de Kenneth y tirarse a sus brazos. No le importaba el dolor, no le importaba el cansancio.


Le necesitaba, necesitaba verle y calmar la angustia que estaba pasando sin él.


Dios, si solo hubiese esperado a escapar por la mañana, todo aquello tal vez no hubiese pasado.


- Levanta. - le espetó Saint Clair.

Los brazos de Brook temblaron doloridos, sus piernas también. Pero tiró de toda su dignidad para ponerse de pie y mirarles con desafío.


- ¿Qué le has dicho a la sirvienta? - preguntó Katherine.


- Nada.


- Mientes. - dijo cortante.


- No lo hago. - el ceño de la joven se frunció. ¿A qué venía aquello?


- Ha soltado tu caballo. - le contó Saint Clair. - Así que cambiamos de guarida.


Antes de que pudiera decir nada más, Saint Clair levantó una gasa empapada delante de su nariz y la obligó a respirar aquello tan fuerte que le hizo perder el conocimiento.


- ¿De donde viene? - James había aparecido de la nada. Su hermano le creía descansando, pero al parecer tenía tan pocas ganas de acostarse como él.


El caballo estaba inquieto aguantado por las riendas por las fuertes manos de Kenneth.


- No lo se. - dijo él. - Pero lleva las cosas de Brook. - agarró la bolsa con fuerza y la apretó contra su pecho. - La asaltaron en el camino.


- Entonces, hay que darse prisa.


Kenneth le dio su caballo ensillado a su hermano y montó en el semental recién llegado con la inútil esperanza de que les llevara hasta la chica.


La cosa se ponía fea. Había tenido, todo el tiempo, la sensación de qué algo malo iba a pasar, o estaba pasando. Sabía que si Brook no estaba en la casa de sus padres, era porqué no estaba a salvo.


Pero el suponer era muy distinto al saber, ahora que tenía entre sus manos, agarrada fuertemente, la prueba.


Si algo le pasaba, si le hacían daño...les mataría. No le importaban las consecuencias. No le importaba nada. Lo único que quería era envolverla entre sus brazos y decirle una y otra vez cuanto la amaba.


No se lo había dicho hasta ahora por qué pensó que tendría todo el tiempo del mundo. Y ahora se arrepentía sobremanera.


Necesitaba verla una vez más, al menos, para que supiera lo que había hecho con el inalcanzable corazón del señor Benworth.


- James. - le dijo antes de arrancar. - Tengo que encontrarla.


- Lo haremos, hermano. - le dijo con un gesto solemne.


Estaban a punto de salir cuando unos gritos les obligaron a girarse hacia Glassmooth.


Sally venia corriendo, con las manos sobre su cabeza y gritando algo que ninguno entendía.


Kenneth espoleó el caballo y fue en su busca sintiendo su corazón acelerarse. ¿Tendría noticias?


- Brook no está en Londres. Los Dwight llegaron anoche y no hay ni rastro de ella. Thomas ha vuelto, - cogió aire, miró a Kenneth sobre el caballo - quiere contarte algo que os puede ayudar.


Kenneth saltó del semental y lo arrastró hasta la puerta de servicio. Sally y James le seguían de cerca. Cuando ató al animal en un poste al lado de la puerta, Sally reparó por vez primera en él.


- Brook escapó con este caballo.


- Sí. - le dijo su hermano. - El caballo ha regresado. Ella no.


Sally jadeó, llevando las manos a su boca. James le pasó un brazo por los hombros y la instó a seguir caminando.


- Tranquila. - le murmuró.


Kenneth subió a grandes zancadas las escaleras en forma de caracol mientras sentía su corazón en vilo. Estaba al borde de la desesperación.


- Kenneth. - Thomas no lucía mejor que él. Se levantó de pronto del sillón y le miró entrar y llegar hasta allí.


Evangeline y John también estaban.


- Alguien mató a los Daugherty. - Dijo Thomas sin más rodeos. Todos le miraron impactados menos Kenneth, que después de hablar con Brook se lo suponía. - Creemos que fue algún familiar, pues tuvieron que huir de sus hogares para poder casarse y vivir juntos. - Thomas tenía bolsas bajo los ojos y barba canosa de cuatro días. Su ropa era la misma que la del día que partió y sentía su corazón tan despedazado como el del chico que estaba ante él escuchándole con suma atención. - Alguien les encontró. La última vez que fuimos a verles estaban preocupados y nos cedieron la custodia de Brook. Ya imaginaban que algo así podría pasar.


- Esto es horrible. - dijo Evangeline mirando al suelo. Pues ella ya sabía aquella historia y ya suponía donde iría a parar el final del relato.


- Hemos mantenido a Brook escondida durante cinco años. Ni bailes, ni presentaciones. - siguió, explicando con aquello muchas cosas. - Sabíamos que tal vez podían estar buscándola a ella también, y aunque creímos que Glassmooth era un lugar seguro, - Thomas suspiró torturado. - Nos equivocamos.


- Nunca imaginé que no lo fuese. - le dijo Evangeline con culpa.


- ¿Quien podría hacer algo así? - murmuró Sally llevándose ambas manos a la cabeza.


- ¿No habéis visto nada extraño? ¿Alguien que la vigilase o mirase más de lo normal? - preguntó John.


James y Kenneth se miraron de inmediato. Saint Clair. Saint Clair había entrado a por Brook sin un motivo aparente. La estaba secuestrando. Se la iba a llevar.


Saint Clair era su familia. Y como si sus mentes estuviesen conectadas a la de Sally, ella dijo:


- Unas noches atrás Saint Clair le dijo algo que la alteró.


Kenneth salió corriendo. Literalmente corriendo. James detrás y Thomas les siguió.


- John - gritó James. - Cuida de ellas.


Galopaban sin cesar, el viento les azotaba el cuerpo creando un vacío entre sus camisas y sus torsos tensos. Iban los tres en silencio, con el cuerpo hirviendo en furia y la anticipación de una pelea corriendo por sus venas.


Maldito Saint Clair. Claro que sí, ahora cuadraba. Hijo de puta. Se la había llevado.


Se obligó a respirar y a pensar fríamente.


La tía de Brook se desposó con un conde antes de que su madre se fugase. Christopher era el hijo del conde. Los Saint Clair tenían presa a Brook.


Por eso no le había retado a un duelo después de la brutal paliza que le propinó, por eso no le denunció ni utilizó el poder que el titulo nobiliario le otorgaba para destruirlo.


Iba a por Brook. A por su Brook. Y solo Dios sabía por qué. O para qué.


Dejó escapar un gruñido feroz mientras espoleaba a su caballo para que apretara más el galope. Debía llegar a tiempo.


Más de media hora más tarde Brook abrió los ojos. Estaba metida en un espacio pequeño y negro con diminutos agujeros en un costado para que el oxígeno entrase.


Aun y así, se sentía ahogada. Hacía calor, estaba sudando y el aire era espeso.


Sus pies y manos seguían atados, así que solo podía hacer fuerza con la cabeza. Su boca estaba cubierta por un trapo fuertemente lazado.


Empujó con su cabeza la pared de madera que tenía encima suyo, pero no sirvió de nada, no pudo moverla.


En ese mismo instante escuchó a sus secuestradores hablar con una nueva voz.


- ¿A donde vais con tanta prisa? - sonaba tajante y grave. Una voz de alguien que invitaba a temerle.


- A llevarle unos encargos a Lady Ridgerton, querido. - dijo Katherine.


Las voces se oían amortiguadas. Brook debía dejar de respirar para distinguirlas.


- ¿Para qué vas tu? - siguió la voz. - Los encargos son cosa de mujeres.


- Mamá necesita de mi supervisión. - Dijo Christopher Saint Clair - Estos caminos están plagados de contrabandistas.


- Quédate. - no había duda. Aquél era el conde. - Tu madre sabe defenderse.


Un silencio después, el peso de un cuerpo hundió la superficie en la que estaba Brook, y lo que pareció un carro comenzó a avanzar cargando con el cofre en el que la chica estaba ataviada, alejándose de los dos hombres.


Golpeó con sus pies la madera de un costado, pero pareció que estaba demasiado lejos para que el conde la escuchara.


De todos modos, según lo que había dicho Katherine, el conde no era un buen hombre. Dios sabía si le hubiese dado igual que ella estuviera allí encerrada. O tal vez la usara de esclava o sirvienta.


Un escalofrío recorrió su cuerpo.


Poco despuès de diez minutos, los cascos de varios caballos llegaron hasta ellas.


Sintió su corazón latir muy rápido y comenzó nuevamente a golpear con los pies y la cabeza las paredes del cofre. Se estaba lastimando seriamente pero no podía dejar pasar tal oportunidad. ¿Quién sabía cuando podrían volver a cruzarse con alguien?


En respuesta, Katherine le murmuró una amenaza mordaz.


Los tres caballeros se plantaron delante de aquella mujer barrándole el paso. Ella sonrió con inocencia sabiendo bien quién eran y sabiendo aun mejor que no la conocían. Así que le dio gracias a su ruin marido por quedarse con su hijo.


- Buenos días señora. - dijo Thomas Dwight con una reverencia cordial. Los otros dos chicos la miraban con los ojos bien abiertos. - ¿A donde se dirige usted tan sola?


- Buenos días caballeros. - aquella sonrisa fría que les dedicó no engañó a nadie. - Me dirijo a casa de mi vecina, a llevarle unas telas.


Cuando la mujer volvió a sonreír, los tres hombres estudiaron todo lo que llevaba en el carruaje.


Sí era cierto que llevaba muchas telas amontonadas en la parte de atrás del carro. Pero no parecía haber nada más.


- ¿No le dan miedo los contrabandistas? - se aventuró a decir James.


- No. - sonrió. - No suelen pasearse de día. Si me disculpan, debería continuar.


Y sin embargo, aunque Katherine le indicó al caballo que avanzara, los tres hombres ante ella no se movieron.


- Señores, que tengan un buen día. - probó una vez más.


- ¿No va a darnos su nombre? - murmuró Kenneth atravesándola.


Ella se puso un tanto nerviosa.

- Prefiero no dárselo señores. Espero que lo entiendan. - su voz sonó inocentona - Soy una mujer sola, indefensa y me están intimidando.


- Me daría usted pena, señora - siguió Kenneth con frialdad. Movió su caballo hacia un costado del carro. - si no tuviese esa hermosa cara.


Katherine frunció el ceño antes de palidecer. - ¿Disculpe?


Brook golpeó con fuerza el cofre. ¡Dios! ¡Era Kenneth! Comenzó a intentar gritar para que sus sonidos, aunque ahogados, se escuchasen fuera. Pero teniendo en cuenta lo amortiguadas que sus voces sonaban, dudaba que oyeran nada. Ni siquiera le había distinguido hasta ahora, que parecía haberse acercado.


- No puede engañarnos. - le dijo Thomas ante ella. - Pues luce clavada a su hermana. - sonrió con facilidad. - Y su hermana tenía una hija igual que ella.


Katherine se levantó de un salto. Los tres hombres la rodearon. - ¿Donde la tiene?


Brook golpeó de nuevo con pies y cabeza.


- No sé de que me hablan.


- A Brook. - dijo Kenneth. - Dime donde está.


Brook siguió golpeando, desesperada, entre sollozos y jadeos. Estaban allí, tan cerca de ella y ella se sentía tan impotente por no poder gritar, salir, saltar de allí y ver sus caras de nuevo. Ver a Thomas, a James. Ver a Kenneth.


Y justo cuando volvió a golpear, James levantó uno de los rollos de tela, y todos, hasta Katherine, escucharon la lucha incesante que se estaba originando dentro de aquél cofre descubierto bajo mantas y sabanas y encajes.


Los tres hombres saltaron del caballo a la misma vez, pero Katherine no quiso quedarse allí para verlo. Saltó por el lado de James, pensando que al ser el más joven, no la retendría a tiempo.


Pero James agarró a la mujer del cuello y la aplastó contra su pecho, manteniéndola en una lucha constante por respirar.


Thomas y Kenneth habían despejado el cofre y estaban con uñas y garras intentando abrirlo por algún rincón.


- Estoy aquí, mi amor. - le decía Kenneth. - No sufras, te tenemos.


Brook dejó de forcejear y aguardó a oscuras a que la sacaran.


A Thomas no le pasó desapercibido el tono que usó Benworth con su hijastra. Y entre los dos, agarraron una barra de hierro que Katherine escondía entre los rollos de tela e hicieron palanca en la obertura bien cerrada del cofre hasta que este chirrió.


El hierro cayó al suelo. Las manos de Kenneth temblaba, su corazón se disparó. No podía creerlo, todo aquello le parecía una pesadilla de la que estaba a punto de despertar.


Agarró con fuerza la tapadera y la abrió.


Brook tardó unos instantes en acostumbrarse a la luz. Y mientras mantenía sus ojos fuertemente cerrados y su cabeza ladeada y apoyada contra la pared del cofre, Kenneth suspiró.


Su pelo caía suelto y enredado. Estaba maniatada con las muñecas hinchadas y una venda tapaba sus hermosos labios. Su frente lucía enrojecida y amoratada. La habían golpeado.


Sentía un nudo en su garganta, sus puños apretados y una sensación húmeda subir hasta sus ojos. Pero en vez de sentir odio por quién le hubiese hecho aquello, se sentía frágil y vulnerable, como si fuese un niño al que le han quitado su ilusión. Como si fuese un niño a punto de recuperarla.


Cuando Brook abrió los ojos y encontró aquellas pupilas intensamente verdes que tanto amaba, rompió a llorar. No lo pudo evitar, creía que jamás volvería a verle. Creyó que moriría de asco en aquella cueva oscura sin haberle dicho jamás que estaba enamorada de él.


Sus ojos picaban tras tantos días de oscuridad. Sabía que debía lucir como una salvaje. Pero él la estaba mirando como si fuese su bien más preciado. Con su barba, su pelo dejado, sus ojos cansados y su tez más pálida que nunca, estaba atormentadamente hermoso.


Thomas alargó sus manos y retiró la venda de la boca de su pequeña. Ella reparó en él ahora y dejó escapar otro sollozo.


Mientras su tío forcejeaba para liberar las manos y los pies de la chica, Kenneth se apoyó en el cofre y acarició su cara en una dulce caricia sin fin.

Había pasado demasiado tiempo sin tocarla. Sin sentirla. Sentía su corazón latir desesperado.


Cuando sus manos estuvieron libres, Brook se aferró a Kenneth de un modo instantáneo, y él la agarró por los codos para elevarla y sacarla de allí.


Y un segundo más tarde, ella se tiró a sus brazos y él la estrechó con fuerza.


- Gracias a Dios que estás aquí. - murmuró en su pelo.


- Kenneth. - fue todo lo que ella pudo decir.


Estaba envuelta en sus brazos otra vez. Sentía su fresca fragancia, su cariño con cada caricia que sus manos dejaban en su pelo y en su espalda y todo aquél amor inexpresado con cada pequeño y contenido beso que Kenneth dejaba en su cabeza.


Se sentía a salvo, se sentía afortunada. Aquél hombre, probablemente el más apuesto e inteligente de todo el país, estaba allí, rescatándola por segunda vez y haciéndola sentir como la persona más afortunada del mundo.


Brook apoyó las manos en su pecho y se separó de él, necesitaba mirar sus ojos. Aquellos ojos que la atraparon des del primer día en que se encontraron.


Al ver su rostro, se sintió en casa. Allí era a donde pertenecían. Allí era donde siempre iba a querer estar. Su hogar. Su vida.


Kenneth secó sus lagrimas con los pulgares y suspiró. - Debo contarte tantas cosas...- murmuró.


- No te preocupes por eso. - le dijo ella con una leve sonrisa.


Dios, su sonrisa. No había en el mundo nada mejor que aquella sonrisa.


Kenneth sabía que su tío estaba aguardando su turno, y aunque la quería solo para él y cada vez que la miraba, desaliñada y descalza tenía la necesidad de apretarla contra su cuerpo, solo dejó un beso más en su frente y se retiró.


Brook miró a Thomas cuando esté dio un paso en su dirección, como si acabara de recordar que estaba allí. Entonces la abrazó con fuerza.


- Han sido los peores cuatro días de mi vida, pequeña. - le dijo apretando bien fuerte los ojos. Brook asintió, agarró con más fuerza a su tío y luego miró a Kenneth, que seguía sin poder quitar su mirada de ella.


Jamás. Por nada del mundo, dejaría que nada ni nadie volviese a separar al amor de su vida de él o de su familia.


- ¿Qué está pasando aquí?


Una voz terriblemente cruel sonó detrás de ellos rompiendo el momento.