Cuarenta y cinco

Cuando ambos hermanos entraron en la habitación, les costó menos de un segundo hacerse a la idea de lo que allí estaba pasando.


Sally estaba al limite. A punto. Muy, muy a punto de tirarse sobre su hermano y destrozarle a puñetazos.


James, que había pasado la mañana buscando la joya perfecta para una joven y ahora le veía con otra, no se lo podía creer. No podía ser cierto. Algo en aquella escena no cuadraba. Kenneth no era aquél tipo de persona.


Él en la cama, desprovisto de ropa y Emma tan poco vestida como su hermano, encima de él. Y Brook lo había visto, eso podía ser lo peor de todo.


Pero cuando creían que la cosa no podía ir a peor, entró en la habitación la madre de Emma y vio la escena.


- Mi amor, - dijo la señora con la sonrisa más grande que puedas imaginar formarse en una cara de pan de kilo - estoy deseando hablar con Evangeline para preparar la boda. ¡Ya era hora de que os decidierais!


Emma sonrió contenta y salió de la cama, enrollada en una sabana.

Agarró su vestido del suelo y se vistió bajo la atenta y penetrante mirada de los Benworth. - ¡Oh mamá! - exclamó la chica entonces. - ¡Mira!


Y extendió su perfecta mano para que los tres presentes la vieran. El gran anillo que Kenneth había adquirido aquella mañana en Londres con la ayuda de James, brillaba con arrogancia en el dedo de Emma.


Sally y la señora Lambert jadearon. Cada una por una razón distinta. James sintió unas imperiosas ganas de arrancarle el brazo.


- No vas a salirte con la tuya, Emma. - murmuró James.


- Que descanséis, hermanitos. - le ignoró la chica.


Cuando la puerta se hubo cerrado, Sally se tiró a por Kenneth y cuál fue su sorpresa al verle dormido. Profundamente dormido. Casi muerto.


Se giró a mirar a James, que se acercó con el ceño fruncido. - Le ha tendido una trampa. - murmuró.


- ¿Una trampa? - dijo ella


- Sí.


Sally le miró furiosa. - Emma lleva un jodido anillo, James. ¿De donde lo ha sacado?


Él suspiró revolviendo su cabeza, miró a su hermano dormido. Ajeno a lo que se le vendría encima al despertar. - Te han jodido Kenneth.


Sally sintió sus puños cerrarse con fuerza. - Voy a por mamá antes de que la encuentren ellas. Y salió corriendo.


James le arrojó la jarra de agua por encima a su hermano, le abofeteó con frustración por dejarse engañar de aquél modo, le sacudió, le gritó, hasta le dio un puñetazo en medio del pecho. Pero Kenneth no se despertó.


Para cuando Evangeline hubo entrado en la habitación, el pequeño Benworth había decidido que lo único que podían hacer era esperar.


- ¿Qué diablos ha pasado? - dijo la madre entrando y recorriendo, apresurada, el espacio hasta la cama.


- Creo que le ha drogado. - dijo James sentándose en el sillón con inquietud.


- ¿Solo lo habéis visto vosotros dos? - Evangeline abofeteó débilmente a su hijo para comprobarlo. James bufó con frustración.


- No. - dijo Sally. - Primero lo vio Brook. Luego nosotros, y acabó llegando su madre. La de Emma. - contó pasándose las manos por el pelo con preocupación, como acababa de hacer su hermano.


- ¡Maldición! - exclamó Evangeline. - Malditas víboras.


James y Sally permanecieron en silencio un segundo, sorprendidos por ver a su madre perder los papeles.


Miraron a su alrededor. La ropa esparcida, las medias de Emma aun colgando del sillón.

- ¿Como ha encontrado su habitación? - dijo la señora Benworth con los dientes apretados. - ¿Como diablos esa niñata ha llegado hasta aquí?


- Quién sabe, madre. - gruñó Sally.


- ¿No hay nada que hacer? - dijo James mirando el pecho de Kenneth moverse con debilidad - ¿No podemos arreglarlo?


Evangeline le echó un vistazo más al cuerpo de su hijo y luego tomó asiento al lado de James. Inspiró profundamente y expiró en un soplido escandaloso, procurando no perder los nervios y hacer algo de lo que se arrepentiría.


- Me temo que no. Ambas lo han preparado todo perfectamente. El señor Lambert exigirá que se le pida la mano a su hija. - Sally soltó un jadeo, comprendiendo ahora lo jodido que estaba el tema.


- ¿Casarse con esa arpía, madre? ¿En serio? - dijo.


- Son una familia muy importante en Londres. - se limitó a contestar.


- Eso da igual. - dijo Sally inusualmente dura. - ¡A la mierda ellos! - exclamó sin miedo. Evangeline ni la reprendió. - No podemos dejar que arruinen la vida de Kenneth.


- Sally. - dijo su madre con tristeza. - Me temo que no lo entiendes, - suspiró. - no hay opción. Va a ser eso o resignarnos a que nos tachen de todas las listas de invitados y nos den de lado en la alta sociedad.


Evangeline no podía creerse que le estuviesen haciendo a su hijo lo mismo que al desgraciado de su marido. No podía creer que la familia Benworth estuviera siendo chantajeada por partida doble.


- ¿A quien le importa? - exclamó su hija levantando las manos. - ¡No iremos a esos bailes del demonio entonces!


- Sally, relájate. - dijo ahora mordaz.


- Mamá. - los ojos de la pequeña Sally brillaban con dolor - No podemos dejar que esto suceda. - se sentía exasperada. - Él es inocente. No ha tocado a Emma. - casi ni respiraba - ¿No lo entendéis? Casarse con él es todo lo que ella siempre más a querido. No podemos consentir que lo consiga. - miró a James con su cabeza escondida entre sus manos. - ¡James! Tu lo has visto. Sabes que es verdad.


James suspiró con frustración y miró a su hermana. - Sally, - le dijo en una voz grabe - si nos destierran de la alta sociedad, jamás nadie te desposará.


- ¿Cómo? - frunció el ceño y respiró un poco más lento. - ¿A que te refieres?


- A que no habrá hombre en Londres, Surrey o Bath que quiera casarse con una joven de la que hablarán calumnias por las decisiones que haya tomado su hermano, el heredero y el que es responsable de ella. - concluyó su madre.


Sally procesó la información en silencio. Luego miró a James. - ¿Y James?


- Los hombres van cotizados, mi amor. James no va a tener los mismos problemas que tu. - la voz de Evangeline sonó triste y tierna mientras miraba a su hija.


Sally sintió su pecho retumbar en sus orejas, y entonces entre sollozos corrió hasta la cama, puso las manos en los hombros desnudos de su hermano y lo zarandeo con fuerza.


- ¡Despierta, maldita sea! - le dijo sintiendo las lágrimas correr por su cara. - Abre los ojos y niégate a casarte con ella. - siguió. - No puedes dejar que esto suceda.


James se levantó y cogió a su hermana, que se dejó hacer agarrándose al torso del chico en un abrazo desesperado. - Es injusto. - dijo en un sonido amortiguado.


- Lo se. - susurró James apretándola bien fuerte.


- ¿De donde ha sacado Emma el anillo? - preguntó Evangeline entonces.


- Lo compramos esta mañana en Londres. - le dijo su hijo.


Las dos mujeres le miraron con el ceño fruncido, sorprendidas, aguardando una aclaración. - Iba a pedirle a Brook que se casara con él.


La boca de Evangeline cayó abierta mientras Sally se deshacía del abrazo de su hermano, salía hasta el pasillo y aporreaba la puerta de su amiga con el corazón en un puño.


Brook estaría destrozada. ¿Como no había reparado en ella hasta entonces?


En aquél momento, Kenneth gruñó y frotó sus ojos. James y Evangeline le miraron en silencio, sin moverse, mientras de fondo se escuchaba a Sally aporrear la puerta y gritar el nombre de la chica.


- ¿Qué sucede?


Kenneth estaba totalmente desorientado, sentía su corazón bombear demasiado lento y su cabeza espesa y pesada, al igual que sus párpados. Se había quedado dormido, y ahora estaba envuelto en una neblina de sudor y ¿agua? Y con sus familiares viéndole.


- ¿Estoy enfermo?


- No abre. - Sally entró preocupada. - Está cerrada con... - Al ver a su hermano, cerró la boca y respiró profundamente.


El infierno se iba a desatar en aquél momento.


Brook estaba desamparada. No había un lugar al que pudiese acudir en busca de ayuda o consuelo. Sentía todo su cuerpo dolorido, como si acabaran de propinarle una fatal paliza que casi le había costado la vida.


No podía dejar de llorar, recostada en su puerta cerrada escuchando a Sally golpear la puerta al otro lado del pasillo. Pero no iba a abrir. No podía. No debía.


Se sentía completamente estúpida, sentía que ya nada nunca le volvería a importar. Acababa de darle el corazón al hombre que creyó sería el amor de su vida, pero entonces, ¿quién carajos le había dicho que el amor real y verdadero existía? Ella sabía que era muy poco probable vivir una historia así. Todas y cada una de esas historias estaban destinadas al fracaso rotundo.


Sus padres. Sus padres se amaban y su amor era sincero. Nicholas Daugherty plantaba el cielo en la tierra para que Suzanne fuese feliz. Pero entonces murieron, o les mataron, o Dios sabía qué mierda pasó y a lo mejor eso era lo de menos, a lo mejor, la moraleja de aquella historia era que el destino tampoco creyó en ese amor y por eso dejó que se destruyera.


Recordó a Emma decirle, una tarde, semanas atrás, a Sally que se veía con su hermano. Aún no sabía Brook quién era él y Emma ya estaba advirtiéndole de que era suyo, de que no se acercara y de que mentenían una relación a escondidas. ¿Como había olvidado eso con tanta facilidad? ¿Como se había dejado engañar por tercera vez?


Lagrimas heladas surcaban caminos por su rostro y se deslizaban más allá de su cuello hasta quedar atrapadas en la tela del vestido. Le temblaba el pulso, le costaba respirar.


No tenía a nadie. Sus tíos le mentían, el amor de su vida no la amaba. Tampoco quería a nadie a su alrededor en aquellos momentos. Y mucho se temía que lo único que podría curarla sería permanecer sola.


Curarla de un modo relativo. Porqué igual que el día en que la alejaron de Surrey, Brook había visto un pedazo de sí misma morir aquella noche.


Y en el momento justo en el que Sally dejó de gritar su nombre, Brook sabía qué haría.


Desaparecer.


Huir.


Correr lejos de allí.


Se levantó rápidamente, buscó un folio y una pluma en el primer cajón del tocador y escribió una breve carta. Al doblarla escribió el nombre de Simone en ella. Luego se obligó a respirar para contener las lágrimas.


Al subir la cabeza se vio en el espejo, pero no se reconoció. La joven rubia y pálida que le devolvía la mirada con unos oscuros ojos llenos de dolor, no era ella. Nunca antes se había visto así. Nunca antes había dejado que alguien la viera así.


Bajó la mirada y se alejó.


Abrió el armario, agarró una bolsa de viaje y metió en ella dos vestidos al azar. Luego agarró algunas monedas que Gillian le obligaba siempre a llevar encima, un peine y su capa negra de viaje.


Se pasó la bolsa sobre un hombro y la capa por encima, cubriendo su cuerpo entero y su cabello y se acercó a la puerta.


Retuvo el aliento un segundo para cerciorarse que no hubiese nadie allí afuera y entonces giró la llave, tiró de ella y volvió a cerrarla antes de desaparecer en la oscuridad del pasillo.


Optó por buscar las escaleras de servicio por las que tantas veces había bajado con Kenneth. Se obligó a borrar de su cabeza aquellos momentos y a mantenerse fría y distante, como si solo fuera una mera lectora de una novela negra.


Cuando dobló la esquina, unas voces la obligaron a apretarse contra la pared. Retuvo el aire, y rezó para no ser descubierta.


- ¿Has visto que hermoso es? Emma Lambert estaba enseñándole a su madre un anillo enorme que decoraba su mano derecha, mientras ambas pasaban más allá de Brook.


Ni siquiera podía creerlo.


Sintió como su pecho escocía, la traición le quemaba el alma. En realidad, notaba una herida abierta que impedía, con cada paso que daba lejos de allí, que su corazón siguiera siendo el mismo.


Se obligó a coger aire y a seguir adelante y esquivó a un par de sirvientes procedentes de la cocina que se pararon en medio del pasillo oscuro para mirarla alarmados.


Ella apretó el paso y no se detuvo ni un momento cuando salió al jardín este y trepó la pequeña cuesta que llevaba a los establos.


Al llegar hasta allí, se apoyó en la gran puerta de madera con el fin de moverla un poco, lo suficiente para poder pasar sin alterar a Roger.


Entró, veloz, sin detenerse, corrió hasta el pequeño almacén de monturas y cabezadas y agarró el primer equipo que tuvo a mano.


Pasó cubículos y más cubículos, buscando al semental negro de Kenneth. No era su intención curar su dolor robándole el caballo, pero sabía que era el más rápido, y teniendo en cuenta los acontecimientos, no tardarían en descubrir que Brook había huido.


- Hola bonito. - susurró con voz trémula. Una mar de lagrimas volvió a caer por su cara.


Escuchó algo moverse en la habitación de Roger. Estaba despierto y ella debía apresurarse y dejar de lloriquear como una dama inútil.


Entró en la cuadra, decidida, puso la silla y las riendas, preparó los estribos y de un salto le montó. El caballo no se quejó, parecía habituado a ese tipo de aventuras.


Sacudió su cabeza mientras mantenía el paso ligero y luchaba por seguir con la cabeza fría. Al llegar ante las grandes puertas, no tuvo mas remedio que abrirlas con un gran estruendo. En aquél momento Roger salió corriendo tras de ella.


- ¡Eh! - gritó. - ¡Deténgase!


Pero Brook espoleó al semental y salió disparada, camuflándose en la noche gracias a su capa y al pelaje del animal.

Sentía su corazón latir extasiado, lleno de adrenalina. Sentía miedo, incertidumbre, odio, dolor...sentía todo aquello que había renunciado sentir con tal de hacer felices a sus tíos.


Estaba, después de cinco años, dejándose sentir el duelo por cómo la vida la había tratado.


Atravesó el jardín en menos de dos minutos y se adentró en el bosque reduciendo ligeramente la velocidad, pues sabía que no podría escapar por las grandes puertas vigiladas de Glassmooth.


- ¿Qué?


Kenneth estaba sentado en la cama, con los músculos de los brazos contraídos de tanto que apretaba el colchón. Escuchaba el relato sintiendo su pecho arder de furia.


Se levantó de un salto y salió al pasillo, con la respiración entrecortada y la cabeza aún atolondrada, tocó tres veces la puerta de Brook.


James, Evangeline y Sally salieron al pasillo a aguardar con él.


Kenneth tocó tres veces más. - Brook, abre por favor. - dijo - Soy yo.


Su madre sentía como su corazón se encogía en un puño al ver a su hijo sufrir de aquél modo. Pues ni siquiera se había preocupado por la boda con Emma, todo lo que tenía en la cabeza era a su chica.


¡Dios! ¿Como iba a imaginar que el agua estaría drogada? ¿Que Emma sabría donde dormía él y le tendería tal trampa? Estaba temiendo y deseando ver a Brook. Necesitaba que ella le escuchara, que entendiera la historia y dejara de sufrir por aquél fraude.


Y entonces con decisión, decidió que la desposaría esa misma noche con tal de anular la pedida de mano falsa de Emma.


Tocó tres veces más. - Abre. - dijo James.


Kenneth asintió y le dijo: - Voy a entrar.


Y cuando abrió la puerta, vio el armario abierto y los vestidos desordenados y la nota perfectamente plegada en el tocador, creyó enloquecer.


- ¡Señor! - Roger jadeaba al final del pasillo. - ¡Un jinete ha robado su semental!

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