Treinta y ocho

- Hace un día espléndido. - suspiró Gillian mientras observaba el valle des del que se podía ver todo Glassmooth.


Estaban en el mirador, ella, Brook, la doncella y Sally Benworth. Las cuatro sobre una tela de seda con un canasto lleno de comida, bajo la sombra de un árbol, respirando la brisa inglesa.

A Brook no le sorprendió que Sally decidiera unirse a ellas, es más, hubiera sido raro que no se entrometiera. Simone estaba sentada detrás de ella, agarrando su cabello y enseñándole a la pequeña Benworth como hacer una trenza francesa, una alemana, una en diagonal, y hasta un recogido de trenzas.


Pasaron la tarde peinándose unas a otras mientras Gillian observaba detenidamente a Brook. Había algo distinto en ella. Pues aunque reconocía que sabía disimularlo, había pasado suficiente horas a su lado como para advertir que algo le preocupaba. Y eso la inquietó de un modo que solo ella, su marido y Simone podrían entender. - ¿Qué vamos a leer hoy? - dijo Gillian rebuscando entre los libros que Benworth les había facilitado.


Brook alcanzó la cesta para ver sólo tres. Macbeth, El rey Lear y Otelo. Podría haberse sentido culpable por ni siquiera mirarle aquella mañana, pero entonces pensó en la conversación de aquellas dos chicas y vio claramente que aquellos tres libros, acertadamente elegidos, eran una manera más de mantenerla encandilada. Y ya no iba a caer. - Mi hermano tiene una obsesión insana con Shakespeare. - murmuró Sally mirando adentro.


- Leamos Macbeth. - dijo Brook. - Tengo ganas de leer sobre esposas manipuladoras.


- Brook, - dijo Gillian con la boca abierta- no puedo creer que hayas dicho algo así. Sally rió a carcajadas.


Mientras tanto, en el despacho del señor Benworth, Evangeline estaba sentada en un sillón, delante del escritorio de su hijo mirando como él observaba una carta sin abrir en sus manos.


Su madre le había arrastrado hasta allí antes de que tuviera tiempo de desaparecer con James para hablar mil y una veces más de el único tema que le interesaba: Brook. Sabia que estaba descuidando sus asuntos como señor heredero del legado Benworth, pero en todos aquellos días no había sido capaz de pensar en otra cosa que no fuera la misteriosa y encantadora joven que ahora no le miraba. Estar allí, era lo último que quería.


Y eso era peor, porque si al menos le mirara, Kenneth podría intentar hacer algo a parte de evocarla en sus pensamientos, pero el hecho de que estuviera molesta o hubiera decido acabar con aquello que compartían sin comunicárselo - debía enfrentarla y preguntarle a qué venía aquello, sí - no le permitía pensar ni un segundo en la estúpida carta del casero de Bath.


¡Maldito casero! Sí que era verdad que a ojos de la sociedad, debían estarle agradecidos a un casero por mantener sus tierras cuando ellos no estaban. Pero aquél era más que un casero, era un terrateniente y Kenneth no le podía soportar. No después de leer la primera carta que le escribió tras la muerte de su padre.


Volvió a mirar el sobre en sus manos y luego alzó la cabeza hacia su madre que le miraba con una expresión entre enojada y derrotada. Con una bocanada de aire lo abrió y lo leyó.


"Estimado señor Benworth, llevo varios día intentando contactar con usted, pero no he recibido ni una sola carta en respuesta. Me gustaría creer que su inepto mayordomo las perdió en el camino. "


- Maldito condescendiente. - murmuró Kenneth sintiendo sus manos engarrotadas sobre la hoja.


"El caso es, que mi mujercita y yo estamos esperando el dinero de este mes y del pasado. Le ruego lo mande lo antes posible o me veré obligado, lamentándolo mucho, a proceder de otro modo.

Atentamente: Philip Reinhart."


Kenneth bufó. - Quiere el dinero. - dijo Evangeline sin quitar los ojos de él.


-Sí. - le dijo antes de mirarla con decisión. - Papá está muerto, no tenemos porqué seguir con esto.


- Kenneth. - dijo su madre poniéndose en pie. - Seguiremos con esto, hasta que muramos todos los Benworth o se termine nuestro dinero. - La mirada en los ojos de Evangeline invitaba a salir corriendo, pero Kenneth no se achantó. - La familia es lo primero. - añadió.


- La familia es lo primero, dices. - intervino él. - ¿Pero donde va a quedar nuestra familia cuando no tengamos nada?


- Tu y yo estaremos muertos antes de que el legado Benworth se arruine. No puedo obligarte a ti, pero casaré a James con una hija de buena cuna y a Sally con el mismísimo rey Jorge si es necesario. Pero nadie ensuciará el nombre de tu padre.


- Mamá, sé que no es fácil - comenzó Kenneth poniéndose de pie como ella.


- No hijo, - le cortó. - No sabes nada. Así que dale a ese hombre lo que pide. - y salió del despacho dejando a su hijo con los ojos fijos en la puerta cerrada.


¿No sabía nada? ¿Su madre seguía creyendo que Kenneth no sabía nada? Había pasado años aprendiendo a dirigir aquella empresa que era la familia y su riqueza, había pasado años leyendo, contando y aprendiendo todo lo que uno debe aprender para llevar a cabo el papel de heredero, ni más ni menos.


Cientos de cartas habían pasado por sus manos, cientos de encargos, peticiones, felicitaciones de navidad, registros de ganado y de cultivo...pero solo una carta fue distinta a las demás. Solo aquella, de aquél tal Philip Reinhart, había llegado con una gran noticia que destrozaría el corazón de Evangeline Benworth y la fe en el amor de Kennth y comenzaría el declive hacia unas vidas vacías y unos corazones solitarios que latían con más debilidad entre chantaje y chantaje.


Tal vez, no fue hasta aquel momento, cuando se vio a sí mismo con la décima carta en la mano encerrado en aquél lugar que había sido su cueva, su guarida, desde la muerte de su padre, que entendió el por qué no quería casarse. El por qué le costaba admitir lo que sentía por Brook.


No quería ser su padre, jamás se perdonaría a sí mismo si se convertía en él. Y no quería terminar casado con una mujer como la que eligió su padre por encima de su madre. Avariciosa, fría, calculadora y manipuladora. Eso era su amante. Su amante casada a la que dejó preñada de un hijo bastardo.


Su padre les hizo terratenientes de un pequeño apartamento en Bath y les pasó una pensión a cambio de que mantuviesen la boca cerrada. Pero el señor Benworth murió y Reinhart no iba a conformarse con eso, así que puso a su familia sobre aviso, y la idílica historia de amor que todos creían compartían los Benworth, cayó más abajo de la altura del betún dejando el corazón de Evangeline hecho añicos y el de Kenneth frío como un témpano.


Ninguno de los dos se pudo creer que su padre hubiera hecho una cosa así. No podían entenderlo. Evangeline era todo lo que un hombre querría. O eso creyó Kenneth. Y luego vio a la amante. Era una chica de viente años, hermosa y delicada. Y todavía odió más a su padre, porqué aquella infidelidad había sido puro vicio premeditado.


Kenneth jamás le haría eso al amor de su vida, pero claro, si su padre pudo hacérselo tal vez significaba que el amor no existe. Así que decidió que se casaría tarde, con una mujer a la que no amase y que no le amase a él, así sus corazones siempre estarían protegidos, y además ella nunca se enteraría del chantaje.


Con un suspiro se dejó caer en la silla, dejando la carta arrugada a un lado y la cabeza escondida entre las manos. Entonces le llamó la atención el libro que restaba cerrado encima de varias cartas. Era Romeo y Julieta y Kenneth resopló en una risa amarga al ver lo irónico que le resultaba todo.


Brook dejó aquél libro allí unos días atrás, cuando descubrieron el pasadizo secreto. Y cuando Kenneth lo volvió a coger sumido en sus pensamientos y en reflexiones auto analíticas, le fastidió sobremanera que el destino dejara en su mesa aquél romance que acababa en tragedia.


No había esperado encontrar a una mujer como ella. Honesta, sincera, sencilla, transparente...todo lo que nunca creyó encontraría en una joven casadera.


- Dios mío, - dijo en la soledad de su despacho. - todo esto es una mierda.


- ¿Qué es una mierda? - dijo John Morris al entrar por la puerta.


- Creí que no ibas a hablarme nunca más. - Kenneth levantó la vista de la mesa.


- Supongo que si tu mujercita está ocupada hoy, puedo entretenerme contigo. - dijo aquello de un modo tan guasón que provocó una mirada fría en su amigo.


John había entendido que los sentimientos de Kenneth y Brook iban muy lejos. Más de lo que hubiera visto en nadie. Pero claro, Kenneth era un tonto y necesitaba un empujón. Así que no pensaba decirle que se había retirado de la competición. Por otro lado, a Kenneth ya solo le faltaba eso. Brook se había alejado, había llegado una nueva carta de Reinhart y John tenía ganas de pelea.


- No es mía. Y no es un juguete. - le dijo apretando las solapas del libro.


- Tienes razón, me disculpo por eso. - se encogió de hombros.


- Emma Lambert trama algo. - la voz de James sonó de lo más épica mientras entraba al despacho dejando la puerta golpear contra la pared.


John y Kenneth le miraron con los ceños fruncidos.

- Oh, lo siento - dijo James cogiendo la puerta para volver a cerrarla - vendré cuando terminéis la conversación de machos alfa.


- James. - dijeron los dos ante la risotada del chico.


- ¿Qué pasa con Emma? - añadió John interesado.

James entró de nuevo, cerró tras de él y se sentó en el sillón, demostrando, de ese modo, que no pensaba irse a ningún lado en primer lugar.


- Pues que trama algo. - contestó James dignamente.


- ¿El qué? - dijo Kenneth temiéndose que aquello sería el modo en el que James quería ser participe de cada cosa pasando en Glassmooth. Debía haber visto a John entrar en el despacho y corrió hacia allí con la primera bobada que se le ocurrió.


- Algo. No sé que. - contestó. Y allí estaba la teoría de Kenneth más que comprobada.


Después de peinarse, leer y comer algo, Gillian y Sally se pusieron a jugar a las cartas mientras Brook se tumbaba en el regazo de Simone para que le acariciar el pelo. - Me gustan las tardes de chicas. - dijo Sally con una sonrisa satisfecha. - Mi madre siempre está ocupada.


- Estás invitada siempre que quieras. - le dijo Gillian tirando su mano de cartas.


Brook hubiera añadido algo, pero sumando que aquél no era su día más charlatán, sentía, allí tumbada, como sus sentidos se adormecían mientras Simone la transportaba a un lugar que creyó seguro.


"Es tarde y Brook tiene hambre, lleva ambas manos a su vientre mientras camina en dirección a su casa. Una vela está encendida en la cocina, puede ver la silueta de su madre inclinada sobre la mesa. Deben estar esperándola para comenzar la cena.

Mamá siempre le dice a Brook que no debe corretear sola por la granja cuando el sol se ha ido, pero ella no puede evitarlo. De noche es cuando todos los animales están dispuestos a ser mimados y manoseados y eso es lo que más le gusta a la pequeña Brook.


Ossie la obejita la sigue balando, esperando que Brook le de un poco más de rancho, pero otra silueta se suma a la de su madre en la ventana.


Debería ser su padre, pues nadie más que su padre y su madre andan por su casa. Son una familia felizmente solitaria, sólo los Dwight les visitan una vez al mes. Pero la silueta que Brook ve al lado de la de su madre, no es la de Nicholas Daugherty, porque lleva un recogido y una falda y solo una mujer llevaría un recogido y una falda. Una voz en off susurra en su cabeza el nombre de Katherine


Sigue acercándose, oye voces y son voces que no suenan amables. Su papá aparece en la ventana y agarra a su mamá, pero la silueta de la mujer desconocida saca algo de la nada y los apunta a ambos a sus caras. Brook queda paralizada mirando la escena. Y entonces dos estruendos muy fuertes."


Simone que seguía acariciando el pelo de Brook, quedó totalmente traspuesta ante el grito de horror que la chica graznó en su regazo. Después reaccionó agarrando su débil cuerpo. - Brook.


- Brook, cariño - Gillian se incorporó sobre sus rodillas y llegó hasta ella. - ¿qué sucede?


Sally gateó hasta ellas con el ceño fruncido. - Brook. - dijo en un jadeo al verla en aquél estado.


- Sigue dormida. - dijo Simone sosteniendo a la chica que seguía removiéndose inquieta.

Gillian la cogió entre sus brazos, la acunó en su pecho y le susurró palabras amables mientras Simone y Sally miraban la escena con el alma en vilo. - ¿Qué pasa? - susurró la última.


- Mi amor, - decía Gillian. - ya está, solo es una pesadilla. Estamos aquí.


- ¿Una pesadilla? - para Sally aquello no era para tanto, pero Simone lo dijo como si fuese aquella la peor de las noticias.


Gillian la miró con gravedad, dejando a la pequeña Benworth siendo testigo de un diálogo silencioso que estaba estableciéndose entre la señora Dwight y la doncella.


- Gillian. - dijo Brook incorporándose despacio.


- Voy a por agua. - Simone se levantó y fue hasta la cesta.


- Tranquila, estoy aquí. - le murmuró agarrando sus mejillas y dedicándola una sonrisa tierna.

Brook miró a su alrededor, miró el suelo, el cielo y las caras que la envolvían.


- Tuviste una pesadilla. - dijo Sally de pronto.


Brook miró a su tía, con todo el cuerpo rígido. Luego asintió lentamente y les sonrió para tranquilizarlas antes de decir: - Probablemente, aunque no la recuerdo.

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