Treinta y cinco

Simone se puso extremadamente contenta cuando supo que su señorita iba a vestirse con el traje rojo, pues era increíble, más incluso que el blanco. Aunque si Brook lo vio, no lo dijo. Pues estaba tremendamente sumida en sus pensamientos, tanto que ni siquiera escuchó a su tía Gillian preguntarle si estaba nerviosa.


Cuando bajó al vestíbulo Julius la sacó, a ella, y al resto de jóvenes por una puerta lateral que quedaba justo delante de la entrada de los ángeles en donde acababa de tener la bronca con Kenneth. ¿Casualidades? Lo dudaba. Los hombres entraban por otra puerta, a un kilometro de distancia desde allí, y lo harían cinco minutos más tarde y sin verlas.


La gracia de que todo el mundo fuese vestido de los mismos colores era para que el papel que ejercía el destino en el encuentro de los amantes fuera mayor. Y por ese mismo motivo no debían verse unos a otros antes de entrar al laberinto, para que no pudieran distinguir algún pequeño detalle, que les diferenciase del resto, a la hora de elegirse. Sí, todo muy bien pensado.


- ¿Vas a escapar con John? - murmuró Brook mientras esperaban la señal que les indicara que podían entrar.


Sally la miró un momento, y luego contestó: - No estoy segura, pero podemos mantenernos juntas y si decido retirarme, te vienes conmigo. Aunque mi hermano se va volver loco buscándote.


- Si no le encuentra Emma antes. - mustió para sí misma.


- Es el señor de Benworth, ¿recuerdas? - Brook miró con sorpresa a Sally. - Si no quieres que te escuche no hables tan fuerte. - se encogió de hombros y siguió: - Hay pasadizos secretos y trucos en el laberinto que nadie sabe mejor que él.


- Lo que faltaba. - volvió a murmurar, y se relajó un poco al escuchar la risa fresca de Sally.


- Señoritas, pueden pasar.


Todas las jóvenes, exaltadas y emocionadas atravesaron las puertas del laberinto y se separaron unas de otras procurando alejarse bien de la puerta y no estar en grupos, pues todas querían poder cazar a Benworth en solitario. Aunque a más de una ya le daba igual a qué joven rico atrapar aquella noche.


Sally y Brook caminaron en sumo silencio por los pasillos que medían cuatro metros de ancho. Todo estaba oscuro, a excepción de la luz del único faro que colgaba en medio de cada nueva calle iluminando tenuemente el camino.


- Kenneth y tu habéis discutido hoy, ¿no? - preguntó Sally en un susurro. Las pisadas de las otras chicas se escuchaban cerca de ellas. Brook tuvo que reconocer que era emocionante.


- No. - le contestó.


- Mientes, os he visto. - sonrió socarrona


- ¿Entonces para que preguntas? - bufó Brook.


- Técnicamente no he preguntado. - y mientras Sally reía, ella rodó los ojos.


Entonces escucharon la campanilla que avisaba de que entraban los hombres al laberinto, y sin quererlo, ambas se pusieron a caminar más rápido, ojeando cada esquina que decidían doblar antes de seguir avanzando, sin decir ni una palabra más. ¿Había dicho emocionante? ¡Era mucho más!


- Algunos pasillos tienen huecos en las paredes de hierbas. - murmuró Sally cuando se comenzaron a escuchar pisadas de botas. - Hunde la mano en ellas para encontrarlos.


Permanecieron caminando con sumo cuidado varios minutos más, tal vez cinco, y por eso fue que se relajaron hasta el punto de no comprobar la siguiente esquina antes de doblarla.


Y ¡Sorpresa! delante de ellas había dos hombres mirándolas con amplias sonrisas. Pero ninguna de las dos quiso dar el juego por concluido tan pronto, aunque se sabía, porque la señora Benworth lo iba anunciando, que ya habían salido un par de parejas. Así que se pusieron a correr. Una hacia la derecha y otra hacia la izquierda.


Las piernas de Brook corrían a tal velocidad que le quemaban, iba con ambas manos agarrándose la falda para no tropezar, y el hombro derecho siempre lo llevaba rozando los matorrales de las paredes del laberinto por si encontraba el hundilón del que Sally le había hablado. Y para colmo, obviamente, uno de los dos hombres la seguía pisándole los talones.


Estaba ahogada, sentía una emoción tan grande que podría confundirse con el miedo, pero no. Ella no le temía a nada. De pronto el hombro derecho se le hundió en la pared de hierba con la mala suerte de que se tropezó y cayó sobre sus rodillas y sus manos. Cuando se giró, la sombra de su cazador estaba muy cerca, así que se levantó y en vez de volver y buscar varios metros, giró la siguiente esquina y llevó las dos manos a la pared intentando encontrar un nuevo hueco debajo del farol.


Unas botas nuevas se unieron a las anteriores, pero venían por delante, y el corazón de Brook no podía bombear ya más rápido. ¿Donde diablos estaba Kenneth?


Y como si la hubiera escuchado, de pronto unas fuertes y calurosas manos se agarraron a sus muñecas más allá de la pared, y tiraron de ella haciéndola desaparecer entre tanto verde. Un jadeo escapó de sus labios, pero una de las manos fue veloz a su boca y la tapó para que no dijera nada más.

- ¿Estás bien? - Sintió en la oscuridad a Brook asentir. - ¿Te has hecho daño? - ahora negó.


Los dos pares de botas frenaron a la altura de la luz, al otro lado de su escondite, mientras un cuerpo fuerte y erguido se pegaba a la espalda de Brook.


No hubiera hecho falta que hablara o se dejara ver para saber quién era aquél que la había rescatado, pues su esencia flotaba en el aire de un modo casi idílico. Ya no eran nuevas aquellas manos para su cuerpo.


- Tranquila, te tengo. - murmuró Kenneth inclinándose en la oreja de Brook y provocándole un escalofrío, que él no notó porqué no podía dejar de pensar en los labios de ella pegados a su mano.


- Estaba aquí. - dijo uno de los hombres des del otro lado.


- Habrá torcido a la derecha. - le contestó el segundo antes de desaparecer.

Kenneth y Brook se mantuvieron unos minutos más en silencio antes de que él la soltara y ella se girara para ver su silueta en la penumbra.

- ¿Qué haces aquí? - susurró ella.


- Salvarte la vida. - susurró de vuelta. Por la inflexión en la voz, juraría que estaba sonriendo, podía hasta imaginarse qué tipo de sonrisa. Una de esas torcidas.


- Sigo enfadada. - se cruzó de brazos percatándose por vez primera de lo pequeño que era el escondrijo. Tanto, que los codos de ella estaban apoyados en el vientre de él.


- Y yo. - le contestó sin perder el humor.


- Bien. - mustió con sus ojos clavados donde imaginó que estarían los de Kenneth.


- Vamos a ver, - dijo de pronto él. - puesto que vamos a estar aquí hasta que esto termine, voy a rodear mis brazos por tu cintura para estar más cómodos. Y sin esperar ni darle tiempo a Brook para rechistar, lo hizo y se deleitó sintiendo las dificultades que ella tenía para respirar.


- ¿Por qué no salimos? - preguntó la joven. - Hagamos ver que tú me encontraste.

- En realidad yo te encontré. - puntuó, ella mordió su labio para no sonreír.


- Salgamos. - dijo moviéndose, pero él la retuvo entrelazando sus dedos en la parte baja de su espalda. Aquello era una tortura.


- No me apetece. - se limitó a decir Kenneth. - Quedemonos y hablemos.


Un silencio más tarde ella dijo con su orgullo bien alto: - Me quedo aquí por qué prefiero estar contigo que con un desconocido. - Kenneth sonrió divertido - Sino, ten claro, que me iría.


- Lo tengo clarísimo. - le contestó él.


Y aquél fue el turno de Kenneth para dejar de respirar, pues Brook desdobló sus brazos y llevó sus manos al pecho de él, dejándolas apoyadas con el menor peso posible.


- ¿Te molestan? - susurró.


- No. - Kenneth sintió el aliento de ella en su cuello, cosquilleándole.


Sus cuerpos estaban pegados de tal manera, que Brook notaría el cambio en él en cuanto comenzara, así que cerró los ojos y respiró profundamente intentando llevar su mente a otro lugar. En vano. Soltó un poco sus manos, entrelazadas detrás de su cintura para que un centímetro se creara entre sus cuerpos dejando pasar el aire y disimulando lo duro que ya estaba él.


¡Dios! Aquello era una faena. Maldito el momento en el que accedió a meterse en aquél juego. ¿Debía ella sentir tanto calor, también? "Deja de pensar en eso" se regañó.


- El caso es, - se obligó a decir. - que he pasado una semana increíble a tu lado, y no quiero que las cosas se estropeen.


Brook, que no se lo esperaba, soltó una bocanada de aire que pudo ser un jadeo ahogado. Jadeo que aceleró el pecho de Kenneth. Dejar de pensar en según que cosas se estaba convirtiendo en una tarea imposible a esas alturas.


Unas botas corrieron por el pasillo en el que estaban, obligándoles a permanecer en silencio, luego unos zapatos.


- Ni yo. Pero dime como seguimos viéndonos si prefieres que no nos veamos- dijo ella encogiendo los hombros.


- Debes saber - le dijo él - que estoy sonriendo ante tu encogimiento de hombros. Pudo escuchar como sonreía ella también.


- No deberíamos andar por los pasillos. - meditó él en voz alta. - Para limitar el riesgo. Brook volvió a sonreír ante el cambio de planes de Kenneth.


- ¿Amigos, entonces? - murmuró ella.


Un par de botas más, gente corriendo, zapatos repiqueteando por los adoquines y ellos sintiéndose el uno al otro en tantas partes distintas que no eran capaces de relajarse.


- No quiero que te asustes, Brook - murmuró Kenneth inclinando la cabeza para quedar más cerca de ella, Brook dejó de respirar. - pero creo que no puedo ser tu amigo.


- ¿Sigues enfadado? - susurró con preocupación. ¿Por qué no había nada de luz? Era muy necesaria.


- No. - murmuró él con ternura al sentir las manos de ella agarrar la chaqueta de su traje con un poco más de intensidad. - No me refiero a eso.


- Dime a qué entonces. - el pecho de Brook ya estaba latiendo demasiado rápido.


- Hay cosas que me haces sentir, que no la puedo sentir por una amiga. - dijo aquello con tanto valor que no se lo podía ni creer. La oscuridad le daba la osadía a uno para quitarle el filtro a sus pensamientos. - Eso no significa que no pueda ser tu amigo si tu quieres que lo sea. - dijo de pronto pensando que tal vez acababa de cometer un tremendo error.


Un silencio después Brook dijo: - ¿Qué somos entonces? - Kenneth se relajó notablemente ante lo normal que sonaba.


- Mmmm...- pensó - trepadores de árboles.


Brook no lo pudo evitar y rió en voz alta. ¿Trepadores de árboles? No podía decir una tontería mayor, ¿verdad?


- Hay alguien en este pasillo, Spen. - dijo una voz. Kenneth arrastró su mano derecha por la espalda de ella hasta dar con su nuca y acompañar su cabeza haca el pecho de él. Brook apretó su cara contra sus duros pectorales para sofocar la risa, pero en cuanto él comenzó a acariciarla en esa zona, las ganas de reír se esfumaron. ¿Estaba estrujando su americana entre las manos? Dios, no podía relajarse, aquello la mantenía ardiendo.


Ninguno de los dos pronunció ni una sola palabra más hasta que la campanilla del final del juego sonó. Se mantuvieron abrazados de aquél modo, en total oscuridad y sintiendo sus respiraciones acompasadas. En algún momento, Brook apoyó la mejilla en el pecho de él, y él su mentón en la cabeza de ella. Y allí permanecieron en aquél acuerdo silencioso de no ser amigos pero ser algo a lo que no tenían intención de poner nombre.


Al salir al corredor, Brook frotó sus ojos por la luz que les rodeaba ahora, que aunque tenue, parecía una maravilla. Kenneth la observó de arriba abajo sin una pizca de disimulo, y cuando los ojos de ella lo atraparon le dijo: - Estás hermosa vestida de rojo.


Cuando se reunieron con los demás, nadie les hizo especial caso, pues casi todas las jóvenes estaban ocupadas manteniendo conversaciones coquetas con sus cazadores. Bien, nadie excepto Emma a la que Brook intentó ignorar.


Sally también estaba, hablaba sin cesar con un Saint Clair sonriente. Cenaron, festejaron y pasada la media noche, la mitad de los invitados se retiraron a dormir, y entre esa mitad Brook.

Mientras se alejaba de la reunión social, se giró disimuladamente para encontrar a Kenneth, rodeado de caballeros parlanchines, con sus ojos en ella. Brook asintió y murmuró un "buenas noches" mientras Kenneth solo mordía su labio entre sus dientes con tal intensidad que se haría sangre.


- ¿Como ha ido? - le dijo Simone emocionada mientras la desvestía - ¿Quién la ha cazado?


- ¿Quién crees que me ha cazado? - le dijo Brook rodando los ojos. Simone río feliz y comenzó a especular tonterias sobre una boda que solo existía en su cabeza, por eso, en algún momento entre el pastel y las damas de honor, desconectó.


- En la cocina dicen que estáis enamorados. - pero claro, esa frase la devolvió a la realidad. Simone se plantó delante de ella, que ya estaba encaminándose a la cama y la miró con seriedad. - ¿Estás enamorada de él?


- No. - bufó. - De ningún modo. Vete a la cama. - le dijo con un suspiro resignado.


Pero lo bueno vino en aquel momento, pues cuando Simone ya se había largado, tres golpes sonaron impacientes al otro lado de la puerta. Brook se levantó de un salto, sin saber bien cómo sentirse y si sería prudente, teniendo en cuenta que estaba sola, abrir. Se puso un albornoz de dormir y entreabrió con sus expectativas bien altas, a pesar de todo.


Y allí estaba él, mirando con el ceño fruncido el final del pasillo en el momento en el que ella abrió la puerta. Luego, miró en su dirección y su ceño se apretó aun más mientras su boca caía ligeramente abierta.

- ¿Kenneth? - susurró.


- ¿Puedo pasar? - le dijo con urgencia.


Brook se hizo a un lado y entre los dos cerraron la puerta muy despacio, procurando no hacer nada de ruido. Luego se giraron a mirarse. O él a mirarla a ella, ataviada en su camisón de seda escondido por el albornoz.


- ¿Qué-Qué sucede? - tartamudeó Brook sintiendo perder el control de sus respiraciones. Y con una voz grabe y los ojos fijos en la chica más hermosa que había visto en su vida, murmuró:


- Necesito terminar lo que empecé anoche.

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