Treinta y tres

Los nervios de Brook permanecieron crispados toda la mañana y parte de la tarde, pues cuando Kenneth su hubo separado de la señorita Lambert, la cuál le retuvo por lo menos una hora, muchas más jóvenes se le acercaron para reclamar su atención con coqueteos descarados y sonrisas llenas de segundas intenciones.


- Acostúmbrate a que se le tiren encima - dijo Sally mientras le plantaba un sombrero en la cabeza y se la llevaba del salón. - Es Kenneth Benworth.


- Y yo Brook Daugherty. - murmuró en un estado de enfado avanzado. Ni se preguntó de donde habría sacado su sombrero Sally.


Tampoco se permitió pararse a pensar qué era lo que la mantenía en aquél humor de perros. Por más obvio que fuese.


Por su parte, Kenneth estaba exasperado. No encontraba el modo cortés mediante el cuál quitarse de encima a todas aquellas damas que le mantenían lejos de su objetivo.


Se había bloqueado ante lo claros que estaban sus sentimientos en el momento que interceptó a Brook en el bufete y no había evitado que Emma le apartara de ella, pues se sentía aterrorizado.


Le gustaba Brook. Y para todos era obvio, hasta para él, pero ahora veía que le gustaba de un modo distinto, profundo...como nunca le había gustado alguien antes. Le daba miedo darle otro nombre a eso que sentía.


Pero era algo así como si perderla fuera lo más temible para él a partir de aquél momento. Como si su aliento fuese su aire y sus sonrisas la chispa que le faltaba a aquella aburrida vida suya.


Pero, si ahora apareciera alguien a preguntarle si la quería para él. Kenneth seguiría contestando que no iba a casarse en un futuro cercano, pero de ninguna jodida manera Brook se casaría con otro. ¡Dios, que idiota era! ¿Por qué sus pies no podían salir de allí y correr tras ella?


Sally se había llevado a Brook, y ni siquiera había podido descifrar cuál sería su estado de ánimo.


Y probablemente sacarla de allí fuese la mejor idea, ya que su hermoso rostro estaba verde de celos, y eso sólo hubiera incrementado el ego del chico, pensó Sally.


- Demos una vuelta por el jardín. - le propuso con precaución, pues era la primer avez que veía a Brook así. - ¿Quieres hablar?


- No. - dijo ella. - Quiero ir al campo de cricquet.


- ¿Al campo de criquet? - preguntó con el ceño fruncido. - ¿A qué?


- A ver a los hombres jugar. - Brook agarró el brazo de Sally y la arrastró varios metros.


- Eso no es divertido. - Frenó obligándola a mirarla.


- Claro que lo es. - le contestó tajante. - Estará Saint Clair.


A Sally la idea le pareció más atrayente una vez supo aquello, pero seguía mirando con recelo a una Brook inusualmente callada y seria. ¿Qué estaría tramando?


Para sorpresa de ambas, en el campo no solo estaba Saint Clair, sino que John, con su cabello rubio resplandeciendo bajo el sol y sus ojos azules risueños, también estaba allí.


- Qué apuesto está hoy John. - dijo Sally mirándole detenidamente. Brook no pudo desmentirlo, así cómo también le observó detenidamente antes de volver su cabeza hacía una Sally ensimismada.


De pronto, vio cómo la chica sacudía su cabeza y se sentaba en una silla dispuesta a admirar todos y cada uno de los movimientos de Saint Clair mientras éste jugaba.


John Morris, que también observaba el partido, se movió hasta quedar al lado de Brook. - Señor Morris, buenos días.


- Señorita Daugherty - respondió regresándole la sonrisa - confío en que se encuentre mejor de su resfriado. - la miró suspicaz. - Aunque su nariz no luce para nada roja.


- Digamos que fue más bien uno de esos que te dejan en la cama una noche entera, pero pasan rápido. - se sorprendió a sí misma contestando realmente rápida.


- ¿Qué hacen por aquí? - le preguntó él. - ¿Y los Benworth?


- James sigue durmiendo, hasta donde yo sé. - le dijo divertida. - Y... - dudó en como llamarle - el señor Benworth está ocupado ahora mismo. - Y aquello sonó más amargo de lo que le hubiera gustado.


- Y eso le deja a usted sola. - afirmó John encarando una ceja divertido.


- En realidad - le corrigió - a mí con Sally.


- Sally ya no está con nosotros. - murmuró señalándola con la barbilla.


Brook se giró para verla inusualmente seria, con los ojos clavados en Saint Clair, con los puños apretados.


- Tiene razón. - le contestó.


- ¿Les apetece que paseemos por el jardín? - le propuso a ambas levantando ligeramente la voz,


- Yo me quedo aquí. - mururó Sally.


La joven miró a su amiga, y luego a su alrededor. No había ningún hombre allí con el que prefiriera estar, así que sin una palabra más se colgó del brazo de John Morris.

John de pronto ya no sonreía mientras miraba el perfil de la chica morena.


- ¿Listo? - preguntó Brook intentando aligerar su humor. No estaba segura si se había ofendido por la negativa de Sally.


- ¿Ha visitado ya el laberinto de Glassmooth? - preguntó John.


- No. - le contestó prestándose toda su atención. Él seguía mirando a Sally. - ¿También hay un laberinto aquí?


- Sí. - la sonrisa que le dedicó ahora fue encantadora. - Glassmooth dispone de muchas atracciones. ¿Qué más ha visto?


- He visto el lago, - comenzó levantando un dedo de su mano libre. - el campo de criquet, - levantó el segundo y siguió levantando un dedo cada vez que decía un lugar - los establos, los jardines de la zona este y...- meditó un momento más antes de decir - el bosque y el mirador.


- ¿Quién la ha llevado al bosque y al mirador, si me permite el atrevimiento? - preguntó John curioso.


Brook, que acababa de darse cuenta de su error, miró más allá, hacia el prado verde que se extendía delante de ellos. Luego frunció el ceño, lamentándose.


"Qué lista eres." se dijo.


- ¿Kenneth? - preguntó él mirando su enrojecimiento con diversión. Ella asintió con sequedad. - Lo temía. Es todo un caballero.


- Seh. - mustió - Todo un caballero.


- En realidad sé que se conocieron antes. - Brook miró la ancha sonrisa de John. - Me lo contó ayer.


- Fue de improvisto, ni siquiera sabía quien era él.


- Y ahora que lo sabe - dijo con curiosidad - ¿Qué opina?


¿Qué opinaba? Ese no era el momento para preguntar aquello, porque el cabreo que la inundaba cada vez que pensaba en el mismísimo señor Benworth rodeado de señoritas educadas y bonitas, le haría soltar algo de lo que más tarde se arrepentiría. Así que usó el comodín de decir:


- No lo se.


- Claro que lo sabe. - se atrevió a intentar John.

Brook lo miró a los ojos, tan cerca de los suyos, e intentó encontrar en ellos la confianza que andaba buscando.


- ¿Va irle con el cuento a Benworth si se lo confieso? - le soltó dejándolo con una sonrisa divertida.


- Creo que Benworth no está últimamente para audiencias. - dijo él encogiendo un hombro.


Bien, si encogía el hombro, era de fiar. Nadie que no se mostrara natural y espontáneo se merecía la confianza de la señorita Daugherty.


- Estoy enfadada esta mañana, así que opino que preferiría que fuese un don nadie. - le dijo. - Pero si esta tarde me lo pregunta, probablemente me de igual quien sea él. Eso no es lo importante, supongo.


Y ante sus ojos, se maravilló John de descubrir lo que creía haber encontrado una mujer hermosa e inteligente que no iba tras su amigo por su dinero o su nombre.


- ¿Y qué la mantiene enfadada? - preguntó.


- Una tontería. - Brook consiguió esbozar una amplia sonrisa.


John no se hubiera dado por vencido, pero habían llegado a la entrada del laberinto y ella se soltó para casi correr hasta él.

A ambos lados de la entrada, que era un arco de hierbas y flores, había dos columnas sosteniendo dos pequeños angeles con flechas. Bastante fuera de época y lugar, pero bien irónico.


- ¿Dos cupidos en la entrada? - dijo sin dejar de mirarlos. - ¿Que significan?


- Hay un juego al que se ha jugado todos los veranos. - comenzó John. - Una de estas noches, los Benworth lo propondrán, seguro.


- ¿En que consiste? - preguntó con curiosidad.


- Primero entran las jóvenes, luego los hombres. Se trata de encontrar el amor de tu vida entre los metros y más metros de laberinto.


- Entonces ¿solo juegan los enamorados? - tenía el ceño apretado.


- No. - sonrió. - La gracia está en que juegan todos, y el primer hombre que te encuentre o al primer hombre que tu encuentres, será el amor de tu vida, porqué el destino lo ha decidido.


- Qué cursilada. - murmuró. Se frenó de bufar o rodar los ojos.


- Es solo un juego. - negó divertido. - No tiene por qué ser verdad.


- Claro que no es verdad. - siguió echándole otro vistazo a los ángeles. Iban desnudos y eran gorditos.


- De todos modos, es muy divertido.


- ¿Ya ha jugado alguna vez? - preguntó Brook curiosa.


- Cada año he jugado. Los Benworth animan a todos los jóvenes a jugar, así que nunca pudimos escaparnos.


- ¿Va a casarse con alguna de las chicas que encontró esas veces? - se mofó ella.


- Siempre fue la misma.


- ¿En serio? - Brook estrechó los ojos hacia él decidiendo si iba a creerle o no. - ¿La conozco?


- Sally y yo teníamos un trato. - le contó. - Todas las chicas se emocionan si las encuentran y creen que les pedirás matrimonio después del juego.


Brook rió bien fuerte.


- Así que, - siguió él llegando hasta la columna del ángel contiguo al de Brook y apoyándose de lado con las manos en los bolsillos - Sally y yo tenemos un método para encontrarnos y salir siempre juntos.


Brook rió aun más fuerte.

- Qué típico de Sally. ¿Cuál es el truco? - le miró interesada.


- Imitamos el ruido del búho. - imitó al búho a una Brook divertida.


- Me sorprende no haber pensado en una cosa así. - dijo negando con la cabeza.


- De ese modo salimos ilesos del bochornoso juego del laberinto. - John cruzó las manos sobre su pecho con orgullo.


- Algo me dice, - continuó Brook - que este año no va a querer ser encontrada por usted, Morris.


- Tal vez no. - asintió con serenidad mirando un punto fijo en el suelo. Luego la miró y se encogió de hombros. - Algo me dice a mí que Kenneth irá a por usted.


- No creo que Kenneth llegue muy lejos. - le contestó ella intentando no sonar malhumorada. - Pues las chicas se le tirarán en el camino.


- Eso no voy a negárselo. - hizo una mueca de fastidio que a Brook le pareció curiosa. - Pero si no la encuentra él, otro lo hará. Y algo me dice que también van a llover hombres en su camino, señorita Daugherty.


- Siempre puedo hacer el búho para que vengan usted y Sally a rescatarme a mi también. - rió despreocupada. Él se le unió.


Y en ese momento, Kenneth que había conseguido salir del comedor, llegar a la cancha de criquet y preguntarle a su hermana por Brook, estaba parado a diez o quince metros de ellos, sintiendo su corazón bombear a una velocidad vertiginosa.


Brook estaba allí, en la puerta del laberinto, bromeando y riendo con John, y todo lo que quería él era correr en su dirección y llevársela de allí cargada al hombro como un saco de patatas. Por más primitivo que eso pareciera.


Estaba celoso por primera vez en su vida.


Demasiado tarde se dio cuenta de que estaba andando tan rápido como una bala y pisando el suelo bajo sus pies con todas sus fuerzas.

670 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

Epílogo

© Todas las obras, textos, artículos, historias y personajes están registrados en el Registro de la Propiedad intelectual con licencias vigentes. 
Su copia, plagio o uso sin autorización expresa de la autora; es ilegal.

© 2023 by Name of Site. Proudly created with Wix.com