Treina y dos

La intención de Emma era bastante clara, se proponía subir a investigar donde debía estar el despacho o los aposentos del señor Benworth, pues, visto que durante el baile del sábado no le había hecho el menor caso, había pensado pasearse por allí en algún momento de los próximos días fingiendo haberse perdido para toparse con Kenneth de improvisto.


Pero lo que vio al llegar al último rellano de las escaleras convirtió su sangre en hielo.


Al principio se asustó de que pudieran atraparla en aquellas condiciones, pero la intriga pudo más que el miedo cuando se percató que dos personas llegaban girando la esquina del pasillo contiguo.


No fue hasta que no pasaron delante de ella, arrinconada a la pared, sin respirar siquiera, que se percató de quién eran aquellas dos figuras.


Kenneth Benworth y Brook Daugherty. Cogidos de la mano, en silencio, viniendo de algún lugar.


Él la guió hasta que estuvo delante de una gran puerta de caoba y entonces, lentamente comenzó a acercarse a ella entre murmullos inteligibles.


Emma sintió una intensa y fuerte rabia, Kenneth, su Kenneth Benworth, el hombre que debía casarse con ella y hacerla dueña y señora de Glassmooth iba a besar a aquella doña nadie sin modales.


Entonces, sin poderlo aguantar, cogió el candelabro apagado en la repisa más cercana y lo tiró al suelo.


Y luego huyó.


Cuando Kenneth fue a mirar, allí no había ni una alma. Era bien raro que aquello se hubiera caído solo, pero más raro sería que hubiera alguien, a no ser que fueran sus hermanos.


A la mañana siguiente, bien temprano, Kenneth se presentó en los aposentos de James, que estaba envuelto en las sabanas con una pierna colgando de la cama, con un aspecto de niño terrible.


Se sentó a los pies de su cama y lo zarandeó.

- ¿A que se debe este placer? - murmuró con una sonrisa y la cara pegada a la almohada.


- ¿Subiste a verme anoche? - preguntó Kenneth con preocupación. Había estado toda la noche pensando en ello.


- Nop. - Le contestó aun con los ojos cerrados. - No me digas que me echaste de menos.


- ¿Subió Sally?


- Tampoco. Sally estuvo toda la noche pegada a mi culo.


- ¿John? ¿Mamá? - su voz sonaba impaciente.

- No. - abrió los ojos y le miró sin moverse. - ¿Que pasa?


- Anoche estuve con Brook. - comenzó Kenneth dejando a James más que sorprendido por aquella disposición para darle información.


- Supongo que fingió el resfriado. - dijo divertido.


- Cuando la llevé de vuelta a su habitación, creo que había alguien más en el pasillo. - terminó.


James se tomó un momento procesando la información antes de tomar todas sus fuerzas para sentarse en el cabezal de la cama.


- Todos estuvimos abajo toda la noche. - Le dijo su hermano esperando tranquilizarle. - Pero espero que eso te haga ver lo importante que es todo este asunto de vuestras citas a escondidas, hermano. - Kenneth le miró impaciente, sin ganas de escuchar un sermón, pero no cesó: - Si alguien os llega a ver y lo cuenta, los Dwight creerán comprometido el honor de Brook. - se rascó la cabeza con pesar. -Bien, los Dwight, todo Glassmooth, todo Londres y todo Surrey. - se encogió de hombros mirando a su hermano. - Deberas casarte con ella o condenarla a vivir una vida sola y pobre, pues, por más que no la hayas tocado, ningún hombre se casará con una mujer de reputación dudosa, por más agraciada que sea.


- Eso no va a pasar, James. - contestó Kenneth molesto. - Estoy tomando medidas para que no nos vean juntos.


- A lo mejor, lo más prudente es que os vean. - le propuso. - Pero en compañía de Sally y de mí y haciendo cosas normales, como ir de picnic y pasear.


- Quiero verla a solas. - le dijo. Luego, al encontrar los ojos de su hermano clavados en él, necesitó explicarse. - Puedo estar con vosotros y ella, sí, pero no es lo mismo. - murmuró.


- Entonces conquistala. - dijo él. - Abiertamente, declara tus intenciones con ella a todo el mundo.


Kenneth se limitó a observar el sillón tapizado en negro a varios metros. James resopló sabiendo la respuesta.


- No entra en mis planes conquistar a nadie ahora mismo. - Se limitó a decir.


- Eso no tiene ningún sentido. Es tu orgullo el que habla, y no entiendo muy bien por qué. - James tenía una sonrisa divertida en su rostro.


- No quiero casarme. - añadió Kenneth.


- Entonces apártate de ella. No le haces ningún bien.


Las palabras de James resonaron en la habitación y quedaron suspendidas unos instantes hasta que Kenneth le miró con un sentimiento inquebrantable.



- Si no vas a desposarla ni a hacerla feliz, deja de hacerle perder el tiempo. Ella es hermosa, muchos otros hombres querrán llenarla de dicha. - James sonaba más maduro que nunca. - A este paso, - añadió con sus ojos bien oscuros. - lo único que vas a conseguir tú, va a ser hacerle daño.


- Nunca le haría daño. - Kenneth se levantó de la cama sintiendo su pecho subir y bajar a una velocidad exponencial. Jamás haría nada que pudiera herirla. Brook era...especial para él. Distinta a cualquier otra persona. No la dañaría.


- Pero al final, - le interrumpió - se escapará de tus manos. Es inevitable, hermano.


James volvió a tumbarse en la cama y miró el reloj. Bufó molesto, por primera vez desde que Kenneth había irrumpido en su sueño.


- Son las jodidas seis.


Y para cuando terminó la frase, su hermano había salido de la habitación sin decir nada más ni hacer ni un solo ruido.


¿No podía seguir viéndola? ¿No podía seguir estando con ella a escondidas? ¿Porque? No iba a hacer nada malo.


Y la imagen de anoche, cuando casi la besó le paralizó en su camino, en medio del pasillo.


Dios, casi la había besado. Había querido hacerlo. Seguía queriendo hacerlo. Llevaba desde que la conoció observando su cuerpo, imaginándola en sus sueños, pensando en ella mas de lo normal.


Aquella atracción ya no era inocente, si es que alguna vez lo fue. No. Se había convertido en un sentimiento abrumador.


Y allí estaba la señal que corroboraba el discurso de James: aquello podía salir mal. Muy mal. No quería hacerle daño, moriría antes de hacerle daño, pero se lo haría, porqué ella era una joven y hermosa dama jugando a cosas peligrosas con un rico heredero que por más que los rumores le asaltaran, nunca se cargarían su reputación.


Era cuestión de tiempo que alguien les viera, y estaba rezando para que la noche pasada fuera una corriente de aire lo que lanzara el candelabro al suelo.

Porqué se le quebraría el corazón si tenía que ver a Brook sufrir por lo qué la sociedad dijera de ella. La sociedad era muy cruel. Y todo era culpa de él. Él fue quien le propuso el estúpido trato.


- ¿Querido? - la voz de su madre sonó desde algún lugar del pasillo. Pero Kenneth seguía con la mandíbula y los puños apretados mirando a ninguna parte.


¿Debía dejarla? Dejar que conociera a otros hombres, eligiera a uno y fuera feliz. No. No podía. Solo de pensar en ella con otro hombre, sentía unas ganas atroces de matar a alguien.


Brook Daugherty no iba a conocer, ni a enamorarse, ni a casarse con otro hombre mientras él estuviera allí para impedirlo.


- Kenneth - Evangeline estaba delante suyo, mirándole preocupada. - ¿Te encuentras bien, cariño?


Iba en una bata granate y el pelo suelto, recién salida de la cama.

La puerta de su habitación estaba abierta delante de ellos y ni siquiera se había percatado.


- Ven.


Evangeline hacía mucho tiempo que no veía a su hijo en un estado como aquel. Desde que su padre había muerto, la mujer adquirió un oído bien fino que le permitía tener ubicados a sus hijos. Pues temía que alguno saliera en plena noche a hacer una locura.


Es por eso que escuchó los pasos de Kenneth.

Por eso, y por qué pisaba escandalosamente fuerte la moqueta del pasillo.


Lo sentó en su sillón y ella se sentó en la cama, sin dejar de mirarle. Estaba realmente preocupada y él no hacía más que mirar el suelo, como si el inquebrantable muro que un día construyó para obligarse a ser el señor Benworth, acabara de caer y le hubiera traído de vuelta a su niño.


- ¿Qué sucede? - murmuró ella con un nudo en la garganta.


- No lo sé. - dijo mirando el suelo con cara de sorpresa. No lo sabía. ¿Qué había sucedido con él? ¿Qué le estaba pasando?


- ¿No lo sabes? - preguntó su madre.


La miró, sorprendido de haber olvidado que estaba con ella.


Ella de verdad. La Evangeline que ejercía de madre, la Evangeline buena y afable que era cuando nadie más que su familia podía verla.

La Evangeline que Kenneth odiaba ver. Porqué el corazón se le apretaba.


- No. - la miró negando despacio. - Estoy sintiendo muchas cosas aquí. - Se llevó un dedo el pecho. Evangeline sonrió con ternura. - Y aquí. - y Kenneth tocó su cabeza.


- Supongo que no es un tema del trabajo. - murmuró.


- No. - sus ojos de nuevo al suelo.


- Bien. - entendió a la perfección. - ¿Y quien va ganando? ¿Tu cabeza o tu corazón?


Kenneth lo estudió un momento largo. Luego dijo:

- Están igualados.


Quería más de Brook, pero no quería hacerle daño. Y podía hacerle daño si seguía viéndose con ella. Si alguien les descubría. Así que debía acabar con las citas.


- Si les das un poco de tiempo, - le dijo su madre - uno de los dos ganará y tus dudas desaparecerán.


- Sí. - dijo respondiendo a sus pensamientos en vez de a su madre.


Bajó a desayunar. Si no iba a ver a Brook aquella noche, iba a verla durante todo el día, eso lo tenía más que claro.


No se sorprendió cuando, cuando llevaba varios minutos sentado con su madre y Sally, vio bajar a Brook, Gillian y Thomas.


La sonrisa de Sally se ensanchó, al igual que el pecho de Kenneth, quien se obligó a mirar el plato para no ser tan obvio ante aquellas dos, pues todo su cuerpo quería levantarse y envolverla en sus brazos para que nadie pudiera tocarla.


- Buenos días. - dijo Thomas sentándose al lado de Kenneth.


- Buenos días. - le contestó con un ligero asentimiento.


- ¿Y James?


- Durmiendo. - le contestó Evangeline después de hacer una broma que ya no escuchó porqué clavó sus ojos en la chica delante de él, con su mirada inexpresiva, pero sin dejar de estudiarla.


¿La solía describir como hermosa? Esa palabra ya no le hacía justicia.


- Hola. - susurró sentándose ante él. Y Kenneth sonrió muy ligeramente.


Brook pensó y rezó toda la noche para que nadie les hubiera visto. Y luego, se negó a pensar qué hubiera pasado si no les hubieran interrumpido.


Y ahora, allí, delante de Kenneth Benworth, pensaba en qué estaría pensando él.


Parecía serio y reservado. Más de lo habitual, teniendo en cuenta que estaba ella allí para pegarle su mala influencia.


El desayuno transcurrió sin ningún altercado, con sus padres hablando de temas que no escuchaban ninguno y con intervenciones de Sally, que de vez en cuando le contaba algo al oído.


- No va a tontear contigo ni a comerte con los ojos si están tus padres delante, Brook. - dijo en una de esas veces. - Así que deja de comerte la cabeza.


Hubiera creído en aquellas palabras, pues tenían lógica. Pero cuando se levantó para ir a servirse algo más de desayuno, Kenneth la siguió y le murmuró al oído.


- ¿Estás bien?


- Sí. - contestó de espaldas a él, sintiendo su cuerpo irradiarle calor.


- Pareces...- comenzó preocupado, pero se quedó en silencio. ¿Estaba triste? ¿Ya le había hecho daño?


- Supongo que no terminas, porqué no parezco peor que tú.


Claro, ella se iba a dar cuenta de que algo sucedía. Solo ella, de entre todos los allí presentes tenía aquella conexión para ver en él lo que nadie más veía.


- ¿Había alguien en el pasillo? - murmuró Brook intentando entender qué pasaba. Se sirvió una rebanada de pan. Kenneth estaba allí parado sin servirse nada. Solo pendiente de ella.


- No. - dijo. Luego una pausa demasiado incomoda. - He estado pensando.


- Eso no suena bien. - Brook sintió su corazón desbocarse. ¿Qué estaba pasando?


- Creo que no es buena idea que nos veamos a escondidas.


Y allí estaba el supuesto romanticismo de Simone.


Kenneth Benworth estaba rechazándola. Ambos habían pensado mucho aquella noche, y mientras ella solo quería una nueva oportunidad para besarle, él prefería dejar de verse. Le sorprendía que no hubiera nadie esperando para abofetearla.


- ¿Brook? - dijo él preocupado. Ella no se movió, tenía la mano congelada en el plato del jamón. - No es que no quiera - y Brook le miró de pronto.


- Explícate. - dijo tajante.


- Es que creo que es peligroso...no quiero hacerte daño.


Y así es como se remata una bofetada.


Los ojos de Brook abandonaron a un Kenneth más nervioso de lo habitual. Sabía que no se estaba explicando nada bien, que ella no le estaba entendiendo, pero las palabras se le estancaban en la cabeza y en lo único que podía pensar era en lo rápido que le bombeaba el corazón.


- No es lo que crees. - Consiguió decir.


Entonces ella, volvió a mirarle y frunció el ceño confundida.

Bueno, seguía haciéndolo tremendamente mal, pero al menos ya no parecía irremediablemente lejana a él.


- ¿De que hablas? - preguntó ladeando la cabeza.


- ¡Kenneth!


Una voz chillona provocó que ambos se giraran para encontrar a una hermosa Emma Lambert, con su hermosa sonrisa, enrollando sus asquerosamente hermosas manos en el antebrazo de él.


Kenneth la miró sobresaltado.

Brook a la que no se le había pasado por alto cómo Emma tuteó a Kenneth, aguantó el aire, esperando, irracionalmente, que él se apartara de Lambert y escapara con ella para terminar aquella extraña conversación.


Estaba apretando tanto el plato de jamón que los dedos los tenía blancos. El silencio era incomodo, y una ira pura y cruel crecía en el pecho de ella desgarrándola por completo.


Pero todo fue peor cuando Kenneth dijo: - Hola señorita Lambert.


Y dejó que Emma le arrastrara lejos.



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