Treinta y uno

A las siete y media, Kenneth dio un toque sutil en la puerta de Brook y se retiró varios pasos hasta quedar medio escondido por los tapices que decoraban la pared.


Ella, que llevaba media hora dando vueltas sin parar y escuchando especulaciones de por qué Kenneth querría verla, se levantó de un salto. Había permanecido en cama desde que Simone avisó a sus tíos de que no se encontraba bien.


Gracias a dios, fue Thomas quien vino a verla, y a las chicas les resultó extremadamente fácil fingir. Gillian hubiera sido otro tema.


Hasta aquella noche no había reflexionado en el numero de mentiras que les había dicho a sus tíos desde que habían llegado a Glassmooth. Se sentía hasta mal, pues nunca antes les había ocultado nada. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer?


"Dejar de hacer tonterías" le dijo una voz en su cabeza. Pero Brook, rápidamente la censuró.


Al salir al pasillo, miró a ambos lados sin poder encontrar a nadie. Un miedo irracional de que no fuera Kenneth sino su tía o Sally quien estuviera allí la inundó, pues se la llevarían a la cena. Pero entonces, el chico salió tranquilamente de delante de ella, desde donde la miraba con una sonrisa felina y ella dio un bote.


- Me has asustado. - le murmuró cuando él estuvo al alcance de su mano.


- Y ha sido encantador. - le contestó con los ojos en ella.


Iba hermosa ataviada en un sencillo vestido verde que encendía el dorado de su cabello. Su delicada figura se marcaba ligeramente, pero después de haberla visto empapada aquella tarde, ya no había un rincón de su silueta que Kenneth no pudiera evocar. Y eso le obligó a tomar un par de duchas frías desde que habían vuelto.


Brook, sin ser consciente del deseo y frustración de él, rodó los ojos sin reparo y fue en ese momento cuando Kenneth deslizó su mano en la de ella y entrelazó los dedos con los suyos.


Una sensación de calor les recorrió el cuerpo a ambos, y él tuvo que reconocer que no había nada más placentero que aquello. Sentirla. Sentir como Brook era consciente de él y reaccionaba a su toque tanto como él. Sabía que necesitaba mantener la cabeza en su sitio antes de que se le ocurriera hacer algo que a ella le asustara.


Y, ¡Dios! Si él sentía todo aquello en tan solo una semana a su lado, no quería ni pensar en los hombres que ya hubieran tenido el placer de conocerla o verla. De ningún modo quería que todo aquello lo compartiera con otro. Con John.


Brook, que seguía mirando sus ojos, advirtió los cientos de pensamientos que parecían pasar por la cabeza de Kenneth. Y en el momento que se propuso preguntarle qué pensaba, él dijo: - Salgamos de aquí.


Y tiró de ella hacia la izquierda, por donde se bajaba a las zonas comunitarias, pero antes de bajar el primer tramo de escaleras, se desviaron a la derecha doblando una esquina y recorriendo un pasillo más largo que ningún otro. Al final de este, en el punto en el que ya no se podía seguir avanzando, una puerta oscura esperaba cerrada.


Kenneth la abrió con cautela, asomó la cabeza y después de comprobar que no había nadie allí, entraron.


Ante Brook había una habitación repleta de estanterías con libros, un par de sillones en los que solo cabía una persona, una chimenea, una mesa de escritorio repleta de papeles y cartas sin abrir, y dos sillas. - ¿El despacho del señor de la casa? - preguntó Brook.


- Así es. - le sonrió Kenneth. - ¿Que te parece? - le preguntó viendo como se soltaba de su mano y observaba su alrededor.


- Serio, elegante, misterioso. - dijo ella mientras rodeaba el escritorio y le hachaba un vistazo a los libros de aquella zona.


Kenneth sonrió ante ella y su habilidad de encajar a la perfección en todo lo que una vez estuvo desprovisto de ella. En todos aquellos rincones que él recorría sólo, sin mayor interés. Pero ahora, su despacho parecía un lugar con más luz, más resplandeciente.


- Y ¿eso es bueno o malo? - le preguntó.


Ella se giró con un libro en las manos y le miró con los labios apretados y una mirada penetrante. - Supongo que te describe a la perfección.


Kenneth la miró divertido y sonrió abiertamente. - ¿Crees que soy serio y misterioso?


- Tal vez no eres tan serio conmigo como lo eres con los demás. Pero definitivamente lo eres.


- De acuerdo. - asintió él mirándola entretenido. Un mechón de su flequillo caía sobre uno de sus hermosos ojos y ella hizo un gesto con la cabeza para apartarlo, pues tenía las manos puestas en el libro, pero el cabello siguió en el mismo sitio.


- Y supongo que me resultas misterioso por qué hay muchas cosas de ti que no se. - siguió. - Pero claro, - otro intento de retirar el flequillo. - tampoco nos conocemos tanto. Supongo que ahora que lo pienso, es extraño que nos tuteemos, - un intento más mientras le miraba a los ojos. - no sé tanto de usted.


Kenneth sonrió y se dirigió directamente hacia ella y entonces, cuando estuvo delante, levantó despacio su mano y lentamente, procurando tocar su piel, enganchó el mechón de pelo en su oreja mientras murmuraba en una voz grabe: - Así mejor. - Brook mordió su labio, Kenneth pudo sentir como dejaba de respirar. - Creo - le dijo inclinando un poco la cabeza hacia abajo. - que deberíamos poner remedio a eso, por qué no quiero, por ningún medio, que me llames de usted.


Brook solo asintió. ¿Qué más iba a hacer? Estaba teniendo un intenso momento probando a respirar y fallando en el intento. El corazón le latía desbordado y los labios le picaban pidiendo algo que no lograba comprender.


- Y en cuanto a lo de elegante. - siguió Kenneth. - Gracias, me lo han dicho infinidad de veces.


Brook cerró el libro de golpe, moviendo su cabello y el flequillo de él con el aire que provocó y lo dejó en el escritorio.


- Engreído. - le soltó con un pequeño golpe de su puño cerrado sobre su fuerte antebrazo.


Después de reír, Kenneth le dijo: - ¿Vamos a por nuestra aventura?


- Creí que esto ya era nuestra aventura. - le contestó ella claramente sorprendida.


- Te dije que superaría la última cita. - respondió con una sonrisa torcida en un gesto de suficiencia.


Dicho eso, se giró hacia la estantería de libros que quedaba a la izquierda del escritorio y se quedó mirándolos.


Brook le siguió tan intrigada como emocionada, y se colocó a su lado.


- ¿Te gusta leer? - le preguntó él.


¿Que si le gustaba? No había hecho otra cosa que leer en su habitación solitaria de Londres. Asintió con decisión.


- ¿Cuál de estos libros - siguió señalando la estantería que quedaba a la altura de sus ojos. - dice: "Si los hados quieren hacerme rey, lo harán sin que yo busque la corona."?


Brook miró los libros, todos volúmenes del mismo autor. Parecían viejos, mucho. Debían serlo.


- ¿Es un juego? - preguntó.


- Sí. - le animó él.


Estaba en silencio, mirando cada uno de ellos. Kenneth pensó que tal vez aquél era un juego tonto, pues se sabía que aunque leían, las mujeres no estudiaban. Eso era algo reservado para los hombres.


Había miles de millones de libros en el mundo, muchos de ellos escritos en inglés, era una tarea bien difícil que Brook justamente hubiera leído aquél.


Pero, sin embargo cuando encontró el título de "MacBeth" grabado en el lomo de piel, puso su mano en él y lo intentó sacar de la estantería.


- Está encallado. - dijo frunciendo el ceño sin lograr separarlo más que unos centímetros de los demás.


- No. - le contestó. - Es parte del juego. - Brook le miró y soltó el libro que quedó mal colocado.


- No lo entiendo. - murmuró mirándole a los ojos. Él le sonrió con dulzura.


- Dime ahora: ¿quién dijo que veía el mundo con los sentimientos?


Brook le miró entrecerrando los ojos. Llevó un dedo a su barbilla dándose toquecitos. - El ciego Gloucester al Rey Lear. - le contestó.


- Sí. - murmuró Kenneth sorprendido mientras Brook separaba unos centímetros hacia afuera el libro de los demás.


- Sigo sin entender nada. - mustió extremadamente concentrada en adivinar el acertijo.


- Y por último, - dijo él entretenido. - ¿Quien lleva el corazón en la mano para que lo piquen los cuervos?


- Otelo. - contestó al instante. Se giró rápidamente hacia la estantería y tiró del libro, pero no se movió. Volvió a intentarlo. Nada.


Miró a Kenenth con el ceño fruncido para encontrarle con una amplia sonrisa.


- Pequeña impaciente. - murmuró llevando su fuerte mano a Otelo y tirando de él despacio.


Al hacer eso, algo resonó detrás de la estantería, algo que sonó hondo y seco. Y para ese momento, Brook lo entendió todo.


- ¡Un pasadizo secreto! - exclamó dando un salto por la emoción.


Kenneth rió mientras la estantería seguía crujiendo y separándose lentamente de la pared. Para cuando él tiró de la falsa biblioteca, Brook no podía quedarse quieta.


- Jamás he hecho algo así.


- Hoy lo harás. - le contestó cuando tuvo la puerta abierta del todo y la oscuridad del pasillo ante ellos se cernía como la boca de un lobo.


Brook agarró con decisión la mano de Kenneth y comenzó a avanzar. - Espera, Brook. - le dijo frenándola. - Vamos a por una vela.


Brook se soltó de su mano y dejó que él regresara al despacho a por la vela mientras ella le esperaba en el pasadizo. Cuando llegó, cerró la puerta tras ellos y la miró.


Todo estaba oscuro, sus respiraciones resonaban en el eterno espacio y la luz les alumbraba con debilidad. Pero ella estaba allí, con sus ojos bien abiertos y queriendo absorberlo todo.


- Dios mío, - susurró Kenneth mirándola ensimismado. - ni siquiera le tienes miedo a la oscuridad.


- Te dije que no le temía a nada. - le contestó con una sonrisa juguetona.


- Me fascinas.


Brook quedó helada en el sitio mientras los ojos de Kenneth paseaban por todo su rostro, admirando cada pequeño detalle que se pudiera haber perdido anteriormente. ¿Era consciente de lo que acababa de decirle?


- ¿Has leído todas las obras de Shakespeare? - le preguntó con curiosidad.


- No todas. - contestó ella encontrando de milagro su voz.


- Las tres esenciales para abrir mi puerta, al menos.


Y ¿hasta qué punto no era aquello una metáfora? ¿Pudiera ser que Kenneth necesitara de algún sistema especial para aceptar lo que estaba pasando tras las puertas de su corazón?


Una vez más, eso era algo en lo que no quería pensar, así que con su mano libre agarró a Brook y comenzaron a caminar por el pasillo por el que tantas veces había huido.


Varios minutos de oscuridad después, una luz tenue comenzó a luchar con fuerza por iluminarles el camino, al final del túnel. Y con las manos fuertemente agarradas y en silencio, llegaron hasta él.


Delante de ellos había una pequeña sala. Diminuta, redonda y rodeada de paredes con altos ventanales enfocados a un cielo estrellado.


- Es la torre del ala este. - murmuró Kenneth.


Arrinconada en el ventanal central, el que iba del techo al suelo, había una mesa cuadrada de color blanco con dos velas rojas en medio, y a ambos lados de ésta, sillas.


Kenneth soltó a Brook y fue encendiendo pequeñas velas que estaban, hasta ese momento, escondidas en la oscuridad. Y conforme el entorno se iluminaba, la joven pudo apreciar el carrito plateado de servicio.


- ¿Sueles esconderte mucho aquí? - le preguntó ella.


- No. Solía venir de niño. Ahora hace tiempo que no subo.


Caminó hasta la ventana más cercana y miró el cielo a su alrededor, cubriendo todo el alcance de sus ojos, como un manto.


- Me impresiona.


- Lo sé. - dijo él en algún lugar detrás de ella.


- ¿Lo sabes? - se giró a verle cruzando los brazos sobre su pecho y con una ceja levantada.


- Sip. - contestó. - Siempre te quedas inusualmente callada cuando algo te impresiona.


Se miraron fijamente. Los ojos verdes de él más oscuros que nunca.


- Vaya. - fue todo lo que ella pudo decir.


- Sí, parece que te conozco un poco más. - dijo despreocupado y con una sonrisa distraída. - ¿Nos sentamos?


Se sentaron en la mesa, uno frente al otro y se sirvieron la cena.


- Así que dime - dijo Kenneth cuando todo estuvo a punto. - ¿te has pasado los últimos diez años leyendo?


- Más bien los últimos siete. - le contestó con una sonrisa triste.


Kenneth dejó la botella de vino en el carrito que había acercado a la mesa para no levantarse, y la miró.


- Supongo que prefieres no hablar de eso. - susurró.


Brook nunca hablaba de eso. Brook nunca había mencionado en voz alta ni una palabra de lo que había sido su vida. Pero allí estaba Kenneth, apoyado sobre sus codos, mirándola con respeto. Y algo en ella la animó a seguir.


- Solía leer en Surrey. - dijo mirándole fijamente. - Pero Shakespeare no llegó a mí hasta que fui a vivir a Londres.


- ¿Cómo fue ese cambio? - preguntó con cautela.


Brook dejó de mirarle para fijar su atención más allá de la ventana.


- Fue difícil al principio. - se encogió de hombros intentando quitarle peso a la conversa. - Con el tiempo la situación se estabilizó.


- Pero nunca hasta el punto de presentarte en los bailes de Londres. - Kenneth seguía admirándola. Cada pequeño gesto, mueca o retención de aire eran todo un entramado de señales y signos listos para ser descifrados.


Sabía que algo le había pasado de niña, sabía que aquello que le pasó la hizo distinta al resto de seres humanos. Y sabía que fuese lo que fuese, el hecho de que lo hablara con él, era un privilegio. Un boto de confianza.


- No. - contestó con una sonrisa triste. - No quiero casarme, ¿recuerdas? - Kenneth asintió. - Nunca he querido presentarme en un salón de baile a fingir ser alguien que no soy.


- No creo que debas fingir. - le sugirió cogiendo sus cubiertos.


- No puedo ser yo misma en ese tipo de lugares. No está bien visto.


- ¿A quien le importa eso? - dijo él mirándola ahora. - Puedes ser quien quieras ser y a quien no le guste, que no mire.


- Eso es muy fácil de decir para ti, señorito rico. - le dijo Brook sacando la lengua. Kenneth sonrió.


- ¿Así que soy un señorito rico? - levantó una ceja.


- Ahá. - fue lo único que dijo ella mientras se llevaba un trozo de pescado a la boca y masticaba con delicadeza.


- Tal vez hubieras ido algún baile de Londres y nos hubiéramos conocido. - especuló él con aire distraído. Fingiendo, obviamente.


- Y entonces, ¿qué? - preguntó Brook con ojos brillantes.


- Entonces tus aventuras con el brillante señor Benworth hubieran comenzado antes.


Brook rió despreocupada. Su risa sonó dulce y desprovista de tristeza alguna.


- O, - le dijo ella apoyando su mentón en su mano. - tal vez me hubieras visto, no te hubiera llamado la atención y jamás te hubiera dado el placer de vivir esas aventuras conmigo.


- Imposible. - sentenció él negando una vez con efusividad.


- No lo es.


- Sí. Es imposible que tu no me hubieras llamado la atención.


- Eso es muy osado de tu parte, puesto que sólo estás suponiendo. - siguió divertida. - Pongamos que el perro de Sally no hubiera salido corriendo para lamerme la cara. - él la miraba sin perderse ni un movimiento de sus labios. - Entonces no nos hubiéramos conocido ni me hubieras propuesto pasar tiempo contigo.


Después de eso, se encogió de hombros como si el tema estuviera zanjado y siguió comiendo. Y Kenneth solo pudo mirarla, tan hermosa y delicada, manteniendo todos los sentidos de él tan alerta como el día del que ella hablaba.


Tal vez si Rik no hubiera ido a por ella, su historia no sería la misma. Pero tendrían una historia de todos modos, pues después de observarla toda la tarde, tarde o temprano hubiera ido a presentarse.


- No estoy tan seguro. - dijo fingiendo que tampoco le importaba el tema.


Brook levantó la mirada para verle comer sin más y sonrió lentamente. Cuando volvió la vista al plato, fue Kenneth quien la observó y sonrió antes de sorprenderse con su siguiente pregunta.


- ¿Alguna vez te has enamorado?


- No. - le dijo él.


Se miraron unos instantes, eternos, creando su burbuja personal, antes de que ella asintiera.


- ¿Qué es lo que más odias? - preguntó ahora llevándose otro pedazo de comida a la boca y aguardando su respuesta.


- ¿Que pasa con las preguntas? - le dijo él con una sonrisa divertida.


- Juguemos. - le contestó resolutiva. - Quieres ganarte mi confianza, pues quiero saber cosas de ti.


Bien, le parecía un buen trato.


- Odio la mermelada de arándanos.


- ¡Oh no! - exclamó con una risotada. - Yo amo la mermelada de arándanos.