Treinta

Cuando ambas cayeron al agua, Kenneth y John se levantaron de un salto y se quitaron las chaquetas.


- ¿Qué has hecho? - dijo impasible Kenneth.


- Dime qué saben nadar. - exclamó John sin dejar de mirar las ondas del agua.


- Sally sí. - James contestó con una mueca. Tal vez se había pasado.


- Maldición. - murmuró Kenneth.


Cuando se giraron a verle, ya tenía los zapatos fuera y estaba tirándose al agua en busca de la chica.


El agua estaba turbia y no podía ver nada a través, así que nadó con la cabeza fuera hasta llegar al bote tumbado.


Ya le valía a su jodido hermano. ¿Como cojones se le ocurría una cosa así? ¿Qué pasaba si Brook no sabía nadar? ¿Y si se habían echo daño? ¡Dios! No volvería a dejarla sola con el idiota de su hermano. Ni con Sally, que la había convencido sabiendo que algo malo iba a pasar.


Cuando llegó hasta la barca, Sally salió a la superficie con la cara más enrrabietada del planeta. Y al sumergirse para ir a por Brook, ella misma salió.


Las manos de Kenneth sostuvieron con firmeza su cintura asegurándose de que estaba estable. Cuando la miró, tenía el recogido deshecho y su pelo caía en cascada cubriendo el agua detrás de ella. Parpadeó varias veces antes de fijarse en él, a tan pocos centímetros de distancia.


- ¿Estas bien? - le dijo sin soltarla.


- ¡Vaya, gracias! - exclamó Sally con sarcasmo.


- ¡No quieras ser la protagonista! - gritó James desde el muelle. - Sabemos que sabes nadar.


- ¡Te voy a matar! - le respondió y comenzó a nadar hasta él.


- Estoy bien. - le contestó Brook a Kenneth en un hilo de voz.


- ¿Puedes nadar? - su ceño estaba fruncido, como si estuviera preocupado.


- Sí. - sonrió mordiéndose el labio al instante.


- ¿Te has hecho daño? - preguntó una vez más.


- Estoy bien, Kenenth. - le dijo con una mueca dulce. - Deja de preguntar o pensaré que te preocupo.


- De hecho, - comenzó pero un fuerte chapoteo en el agua les interrumpió.


Ambos giraron sus cabezas para ver como James reía desde el muelle y Sally le fulminaba mientras John salía a la superficie.


Luego, fue el propio John, que para complacer a Sally tiró a James al agua por más que se resistió.


Cuando Kenneth y Brook rieron, él sintió la vibración de su risa en las costillas, y la admiró encantado. Sus corazones martilleaban complacidos.


En algún momento, se soltaron, ambos fingiendo no sentirse extrañamente emocionados y se unieron a los demás, que chapoteaban y charlaban como si no estuvieran metidos en un lago completamente vestidos rompiendo todas las reglas de la clase alta.


Para cuando llegó el momento de irse, volvieron a los botes, en los mismos grupos de antes. Kenneth subió primero y luego ayudó a su hermana y a Brook.


En el momento en el que Brook estaba delante de él, recién salida del agua, con el pelo cayendo en cascada por su espalda, toda ella empapada y goteando y el vestido rosa pegado a su cuerpo, Kenneth sintió todo su cuerpo endurecerse.


Los tirantes del vestido de Brook caían ligeramente por sus hombros, su barbilla goteaba dejando resbalar el agua hasta sus pechos, apretados contra la tela mojada. Su pequeña cintura, que había tenido entre sus manos un rato antes, daba paso a unas perfectas caderas y a unas piernas largas y delgadas que se intuían bajo el traje.


Se retiró un paso, sin permitirse respirar su aroma a camomila, y soltando sus manos, que todavía tenía agarradas, se sentó en medio del bote y cogió los remos.


- ¿Listas? - les preguntó en algo que sonó como un gruñido.


Ambas estaban sentadas delante de él, de espaldas a la dirección a la que iba la barca, así que Kenneth lo tenía bien difícil para no mirar a Brook.


Aun y así, echó mano de todo su sentido del disimulo y la miró tantas veces como se le antojó, sin demorarse ni permitirse ser cazado por ella o su hermana.


Cuando estaban llegando al muelle del cobertizo, el pelo de Brook estaba casi seco y ondeaba con la suave brisa de la tarde, mientras ella, distraída y con la cabeza en otra parte, miraba el agua. Era una imagen realmente hermosa. Cualquier hombre mataría por estar viviendo aquél momento cerca de ella.


Y Kenneth se dijo, que no le importaría verla todos los días de su vida. Y claro, después de admitir eso, se tensó, se concentró en remar y se prohibió mirar más a la joven que le estaba trastocando.


Cuando se plantaron delante de Glassmooth, las chicas llevaban las botas repletas de barro y hojas.


- Deberíamos entrar por la puerta de servicio. - propuso Brook.


- Sí, más nos vale que nadie pueda vernos así.


Se despidieron de los chicos, que aunque lucían desaliñados, ya estaban secos y ligeramente más presentables que ellas, y cada uno subió a su habitación.


- ¿Qué ha pasado? - Simone tenía los ojos exageradamente abiertos y se sostenía las mejillas con ambas manos.


- James Benworth nos tiró al lago. - dijo Brook sin más. - ¿Sabías que hay un lago en Glassmooth?


- ¿A usted y a quien más? - preguntó pasando del intento de la señorita de cambiar de tema.


- A Sally por supuesto. - se limitó a decir.


- ¿Y su pelo? - murmuró cuando se hubo colocado detrás de ella y comenzaba a desatar el vestido. - Dios santo, ha destrozado el vestido.


- Mi pelo lacio cayó deshecho antes incluso que el agua lo tocara. Y eso es culpa de mi doncella que no sabe peinarme. - dijo divertida.


A Simone no le hizo ni pizca de gracia, así que la pellizco complaciéndose con el sonido ahogado de su señorita.


- Necesita un baño. - le dijo arrastrándola desanuda hasta la tina vacía.


En ese mismo momento, en el despacho de Benworth estaban Kenneth y John, aun desaliñados, dispuestos a mantener su conversación pendiente.


- ¿Por donde quieres empezar? - le dijo Kenneth.


- ¿Por qué parece que conoces a la señorita Daugherty de toda la vida? - le soltó directo.


- No la conozco de toda la vida. - comenzó Kenneth sentándose incómodo en la silla tras el escritorio. - La conocí el día que llegó a Glassmooth.


- ¿El domingo pasado? - preguntó John en una risotada. - ¿Donde?


- En el jardín.


- Claro, debí suponerlo. - se dijo a sí mismo resoplando.


Kenneth le miraba impasible, sin ninguna emoción en el rostro. Aquél era el Kenneth que había aprendido a ser tras la muerte de su padre.


Frío, distante y estricto. Y ese comportamiento avivaba la llama de ira en un John de pie ante él.


- ¿Por qué no dijiste nada cuando aparecí aquí hablando de ella? - le preguntó con una arruga en la frente.


- No lo sé John, - contestó sin más. - no lo creí necesario.


- Pero sí has creído necesario cortejarla.


- No estoy cortejándola. - respondió antes siquiera que John terminara su frase. - Estoy conociéndola.


- Ya, claro. Conociéndola. - rió pícaro. - ¿Para qué quieres conocerla exactamente? ¿Para ser su amigo? ¿Para hablar de política y jugar a las cartas? ¡Vamos Kenneth!


Kenneth, no pudo evitar pensar en que jugar a las cartas no era lo que harían. Más bien escalarían árboles. Y entonces tuvo que bajar su mirada a sus manos en la mesa para esconder una sonrisa que quería escaparse de sus labios.


- ¿Qué quieres que diga? - preguntó estúpidamente para no dejar un silencio incomodo crecer entre ellos.


- Pues puedes contarme que está pasando. - arrugó los hombro. - Somos amigos, creí que a quien dejábamos siempre al margen era a James.


- ¿No sé que contarte? No hay nada pasando entre nosotros - murmuró Kenneth sin mirar a su amigo para que este no viese la mentira.


- ¿Ah no? - preguntó. - Mentiroso.

John le miraba con una sonrisa torcida y los ojos más oscuros que había visto en su vida.

Y aunque sabía que contarle la verdad a John no era nada malo ni del otro lugar, no quiso decir nada, porque decirle algo sería admitir que quería a Brook para él. Y admitirse eso era demasiado. No podía ser. Él no iba a casarse hasta que tuviera los treinta, no quería, ¿verdad?


Ni aunque Brook fuera todo lo que nunca encontró en una mujer, y el tiempo con ella fuese el mejor que había vivido desde hacía mucho. No quería casarse, ni aunque todo en lo que quería emplear sus días fuera pasando tiempo con ella.

Y sin embargo lo único que pudo contestar fue un: - No sé qué decirte.


John Morris soltó una risotada exagerada antes de arremangarse las mangas de la camisa y salir por la puerta.


Y no sabría explicar qué pasó a continuación, pero, Kenneth salió del despacho andando con paso firme, cruzó el pasillo, giró la esquina, recorrió el segundo corredor y se planto en la puerta antes de tocar tres veces con consistencia.


Una Simone más que estupefacta le miró desde el otro lado sin dejarle ver nada dentro de la estancia.


- Simone, ¿puede decirle a la señorita Daugherty que salga un momento? - le dedicó una sonrisa tan dulce, que Simone obedeció sin rechistar.


- Claro.


Desapareció un momento. Cuando la puerta volvió a abrirse apareció Brook con una media sonrisa. Se había cambiado y su pelo estaba recogido una vez más. Aquellos ojos azules le miraron expectantes.


- Hola. - susurró antes de morder su labio. No le pasó desapercibido el modo en el que Kenneth miró aquél gesto y pareció quedar atrapado en el.


- Hola. - le contestó.


- Sigues empapado. - observó ella repasando su cuerpo. - Deberías cambiarte.


- No bajes a cenar esta noche. - le susurró obligándose a dejar de mirar sus bonitos labios para mirar sus ojos. No sabía porqué estaba haciendo aquello. Aquél impulso de niño alocado no era propio de él.


- ¿Por qué? - preguntó con confusión ella.


- Quiero que hagamos algo juntos. - se encogió de hombros sabiendo que a ella le gustaría.


Brook tuvo que recurrir a todas sus fuerzas para no sonreír abiertamente. ¡Dios! ¿Podía ser más perfecto? Estaba empezando a creer que el romanticismo existía. Tal vez las tonterías de Simone no eran tan tontas al fin y al cabo.


- No se supone que deba faltar a las cenas en su casa, señor Benworth. - sonrió con picardía.


- Tiene el permiso del señor de la casa. Puede hacer lo que le parezca. - murmuró él entrando en su juego y acercándose un paso más.


Brook sintió el cuerpo entero calentarse.


- Finge estar enferma. Un resfriado - siguió él. - Vendré a por ti a las ocho, cuando todos estén cenando.


Ella le miró fingiendo pensar en la idea. Sus labios estaban apretados en una mueca, y se llevó un mechón de pelo a su mano para retorcerlo con una lentitud tentadora.


Kenneth que entendió enseguida lo que estaba haciendo la joven, se acercó un paso más, apoyando su hombro en el marco de la puerta, y pasó una mano por su pelo, en un gesto descaradamente sexy. Iba a convencerla. Se saldría con la suya.


Al verlo, Brook rodó los ojos provocando un gesto divertido en el chico ante ella. Y sin que nadie se lo esperara, él llevó su mano al mechón que ella sostenía, apartó su mano con delicadeza y lo retorció en su lugar, deleitándose con su suavidad.


¿Cuantas veces había querido tocar su pelo? Allí estaba, disfrutando inmensamente del momento, por más descarado que fuese.


- Dime que vendrás. - murmuró concentrado en el mechón rubio, como si fuera un tesoro muy preciado.


Brook le miró un momento, con su pelo alborotado y sucio por el agua del lago, aquellos ojos verdes clavados en su mano, jugando con su cabello, su nariz recta inclinada hacia ella, muy cerca, demasiado cerca. Y no pudo evitar deleitarle con un suspiro encantador antes de decirle:


- No me hagas esperar.

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