Veintitres

- Brook.


Cuando la joven entró en su habitación se encontró a Simone, plantada en medio, con los brazos cruzados y los ojos estrechos.


Suspiró, se dejó desvestir y poner el camisón y se acostó en la cama a relatar todo lo que había pasado desde la última cita a la que asistió la doncella, que de hecho sólo fue la primera. La del claro en el bosque.


Cuando terminó el relato, Simone se disponía a comenzar su discurso en el que se proponía enumerar las razones por las cuales debía ir con ella a la cita. Pero entonces, una luz se encendió en su cabeza.


- Tu sabes quien es. - le soltó con ojos acusadores.


- ¿Disculpe? - dijo ella empalideciendo.


- Tú, Simone - dijo claramente - no quisiste decirme su nombre hace unas noches. Por eso no has vuelto a pisar mi habitación más de diez minutos seguidos. ¿Verdad?


Y era verdad. Si se reflexionaba en el tema, era bien claro que Simone había evitado todo lo que había podido estar a solas con su señorita para no tener que contarle lo que sabía. Para que ella ni siquiera recordara que lo sabía. Y había funcionado, pero ahora que sabía todo lo que Brook había vivido con él, se arrepentía profundamente, pues le hubiese encantado estar en todos aquellos momentos románticos.


- De acuerdo. - dijo con voz derrotada. - Sé quien es.


Brook aguardó, sentada en su cama con cara de pocos amigos.


- ¿Y? - dijo ante el insistente silencio de su amiga.


- Y...vamos a ver, señorita, - comenzó Simone un poco exasperada, cuando en realidad quien debía estar exasperada era ella. - creo que es una tontería que se lo diga. Sólo quedan unas horas hasta que él mismo se lo diga. ¿No es mejor de ese modo?


Brook la miró sin expresar ni una emoción en el rostro.


- Quiero decir, - siguió - su parte del trato a cumplir es decirte quien es. ¿Por qué no le da el placer?


- ¿Tan horrible es? - murmuró ella.


- ¡No! - exclamó Simone. - No es horrible, se lo aseguro.


- No entiendo por qué no puede decírmelo, de todos modos es un nombre. Un nombre sin más. - argumentó Brook comenzando a molestarse. - Total, no conozco a nadie. ¿Qué más da un nombre más? Probablemente cuando él me diga como se llama, yo me quede igual.


Se miraron fijamente, una esperando la respuesta, la otra temiendo qué podía contestarle.


- Este nombre no le va a dar igual. - dijo mientras se levantaba del sillón y apagaba las velas.


Tema zanjado.


Simone salió sin añadir nada más, y Brook se prometió que no volvería a hablarle nada de él nunca más. Ni detalles, ni opiniones, ni nada.


Y entonces también reflexionó sobre lo que ella le había dicho: Sí que era verdad que para las pocas horas que quedaban para saberlo podía ser una tontería que se lo dijera.


Pero, ¿por qué el nombre de él no iba a darle igual? ¿Realmente le conocería? ¿O sería alguien importante?


Intentó hacer una lista de personas importantes que conocía por el nombre, y, irónico, solo se le ocurrió el rey Jorge. Y era imposible que fuese el rey Jorge.


Bufó en una mezcla de risa y exasperación. ¡Qué ridículo!


Y entonces procedió a pasar la peor noche de la historia. No solo no descansó nada durante las pocas horas que quedaban sin luz, sino que además sentía molestias en la barriga y la cabeza.


¿Estaba nerviosa? ¿Habría enfermado? No lo sabía, lo único que sabía era que no pensaba moverse de la cama en todo el día. No tenía humor para aguantar a nadie.


Pasaba olímpicamente de bajar al salón a fingir ser una dama formal. Pasaba de esas mujeres, del afán de Sally por mantenerse dentro del salón, o por las normas de comportamiento de Gillian.


- No me encuentro bien. - dijo girando en la cama para darle la espalda a Simone, que entró a la habitación bien entrada la mañana.


- ¿Que tiene? - preguntó acercándose a la cama con preocupación.


- No he dormido nada.


- Me lo temía. - murmuró tocándole el pie a través de las sabanas. - ¿Está nerviosa por esta noche?


- Simplemente estoy cansada. - contestó crispada.


No estaba nerviosa. ¿Por que iba a estarlo? Era un simple y estúpido baile. Sí que todas las expectativas estaban puestas en esta noche. Tanto paras las damas de Glassmooth que esperaban ver al señor de la casa y que se fijara en ellas, como para ella, que iba a verle a él, junto con ese señor Benworth, por primera vez entre los invitados.


Una idea tonta pasó por su cabeza. Imaginó que resultaba ser que Benworth era él, el desconocido, pero una sonrisa divertida se le escapó, y la escondió contra la almohada.


Imposible. El señor Benworth debía ser un hombre más mayor, seguro, y serio y aplicado.


No correría por los jardines en plena noche, ni escalaría árboles, ni comería melocotones y se secaría las manos en los pantalones. Eso no lo haría un rico heredero.


- ¿Como estás, cariño? - Gillian entró en la habitación varias horas más tarde.


Había pasado la hora del desayuno, y la hora del almuerzo y no había probado bocado. No tenía apetito. Su tía debía subir del comedor en aquél momento.


- Mejor. - le contestó con una pequeña sonrisa. Lo último que quería era que se preocupara por ella, Gillian de entre todas.


- En realidad solo esta nerviosa. - se aventuró a decir Simone, que no se había separado de ella ni un solo instante desde aquella mañana.


- La culpa. - pensó Brook.


- No estoy nerviosa, Simone. Te lo he dicho viente millones de veces. - murmuró apoyando la espalda en el respaldo de la cama.


- Qué cifra tan exagerada. - dijo su tía sonriente.


- Se levantó melodramática, la señorita, señora. - añadió Simone.


- Qué participativa estás hoy. - le gruñó Brook, pues la doncella nunca intervenía en las conversaciones ajenas. Simone le sacó la lengua asegurándose que Gillian no la viera.


- ¿Qué vas a ponerte? - preguntó Gillian levantándose y abriendo su armario arrebatado de telas de colores.


- Algo blanco. - dijo sin más.


Las dos mujeres se giraron a mirarla.


- ¿Qué? - frunció el ceño ligeramente.


- ¿Blanco? - dijo Gillian mientras Simone decía: - ¿Como una novia?


- ¿Una novia? - exclamó Brook y luego dejó caer la cabeza en la pared y rió estrepitosamente. - Estás loca.


- No llames loca a la pobre Simone. - la riñó Gillian ante su comportamiento. - Y no te rías como Sally.


- En realidad Sally se ríe como yo. - murmuró.


- Gracias señora. - dijo la otra con voz de sumisa. Brook rodó los ojos, lo que provocó que Simone se girara para esconder su risa, y Gillian se escandalizara.


- ¿Como te atreves? - la miró estrechando los ojos. - Creí que después de todo lo que hablan de ti, ya no rodarías los ojos.


- Tía Gillian, solo lo hago a escondidas. - le repitió como cada vez.


- Ni a escondidas. - culminó. - Y ahora, dime porqué vas a ir de blanco.


- ¿Qué problema hay con el blanco? - preguntó evitando responder.


- Usted nunca quiere ser el centro de atención. - le contestó Simone. - Si va de blanco lo será. A nadie más se le ocurrirá ir de blanco.


- Pues busca un vestido que no sea completamente blanco. - se encogió de hombros y luego cerró los ojos fuerte para no ver la expresión fría de su tía, por su especial mal comportamiento de aquella tarde. - ¿Un vestido blanco con detalles en otro color?


- Si hubieras accedido a comprar algo de la tienda ayer, no estarías pidiendo un imposible. - le contestó Gillian cruzando los brazos.


- De hecho...- murmuró Simone. Se levantó y fue hacia el armario. - Usted le hizo hacer un vestido blanco con detalles. - le dijo a Gillian que se giró a verla.

Simone rebuscó un buen rato, pasó telas, colores, perchas, hasta que dio con lo que buscaba.


- Aquí está.


Y sacó un vestido blanco con un refinado escote de corazón. Las mangas del vestido solo cubrían sus hombros, el corsé era ajustado y la cintura estaba decorada con detalles dorados, igual que el escote y las mangas cortas.


La falda larga era voluminosa y sedosa, con muchas capas de tela que la daban un efecto de cintura de avispa.


- Pues resulta que sí tenemos un vestido blanco. - dijo Gillian mirando la pieza con una sonrisa. - Ahora lo recuerdo, lo compré en Oxford Circus.


- Tal vez es mejor que busquemos otro color. - dijo Brook admirando lo increíble que era. - Todo el mundo va a mirarme si voy metida ahí.


- Creíamos que esa era la idea. - dijo su tía. - ¿Que vas a hacerle en el pelo?


- Un moño trenzado. - contestó Simone. - O algo así.


- Perfecto. Os dejo para que os pongáis manos a la obra. - besó a Brook y se fue.


- No creo que deba ponérmelo. Va a ser incomodo. - murmuró Brook viendo el vestido en las manos de la doncella.


- Se lo va a poner. - dijo decisiva. - No se acobarde ahora.


- Simone, a veces dejar el orgullo a un lado es la mejor decisión. - murmuró saliendo de la cama.


Se miraron a los ojos, aguardaron un segundo en silencio antes de estallar en carcajadas. Si algo era Brook, era cabezona.


Simone ayudó a su señorita a asearse y lavarse. Después, con paciencia, impregnó su cuerpo entero en leche hidratante. Y un preparado de camomila para su cabello, que desprendía un suave y dulce olor.


Cuando se vio, ataviada en aquel estrecho vestido, que le quedaba como un guante, ni siquiera se reconoció.


Brook Daugherty tenía la sonrisa más hermosa del mundo, los ojos más bonitos y expresivos, y aquel rostro que dejaba anonadádo hasta al más experimentado de los caballeros. Pero aquella noche, no había palabras para describirla.


- Pareces una princesa. - susurró Simone detrás de ella en el espejo.


Le había recogido el cabello en un moño trenzado y unas pequeñas flores blancas terminaban el tocado.


- Bien. - suspiró mirando a la hermosa desconocida que le devolvía la mirada. - Vamos allá.

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