Veintidos

- Suerte que es la última cita - suspiró Brook, mintiendo miserablemente. - sino, no sé como iba a superar esto.


Kenneth estuvo a punto de decirle que algo se le ocurriría, pero permaneció callado, disfrutando del momento y prohibiéndose pensar en si ella realmente estaba ansiosa por terminar el trato.


Estaban allí, él envolviéndola en sus fuertes brazos, con las manos cerca de las suyas agarrando las riendas. En un momento de silencio, con cautela, Brook dejó caer su cabeza hacia atrás y la apoyó en el hombro izquierdo de Kenneth.


Él dejó de respirar unos segundos, seguro de que ella podría sentir los latidos erráticos de su corazón contra su espalda. Pero no podía, lo único que podía escuchar y sentir eran los suyos propios.


Kenneth sentía todo el peso de su cuerpo, la sentía a su merced. En un momento íntimo. Tan íntimo como si entre ellos aquél tipo de contacto fuera el normal.


Pensándolo bien, desde el primer día en que la vio, había vivido con ella incontables momentos como aquel. En el que lo único que importaban eran ellos mismos. En el que podía parecerle al mundo que ella era parte de él. Que se conocían de toda la vida, o que era suya.


No sabía exactamente como tomarse aquello que estaba haciendo con aquella joven. Ni siquiera sabía qué estaban haciendo. Simplemente, Brook con su espontaneidad y su sentido peculiar de lo que estaba bien y de lo que no lo estaba tanto, le había contagiado las ganas de sentirse como un niño y olvidar las reglas en las que llevaba atrapado toda su vida.


Ella era todo lo que él fue una vez, todo lo que había perdido y todo aquello que creyó nunca encontraría en otra persona. Y menos en una mujer.


Y sin embargo, si se ponía a pensar fríamente, sabía que estaba mal. Muy mal. Ella era una joven inocente y él un experimentado heredero de tierras y riquezas incalculables. Cualquiera podría pensar que estaba aprovechando su posición privilegiada para utilizarla. Ni siquiera quería pensar en para qué creerían que la estaría utilizando.


- ¿Qué piensa? - dijo de pronto ella rompiendo tanto silencio.


- Disfruto del momento. - murmuró sintiendo un apretón en el pecho. Otra mentira más.

Ni siquiera podía ser honesto con ella en aquel momento. Estaba cansado de esconderle las cosas, de verdades a medias y de mantenerla engañada para que no adivinara quien era él en realidad.


- ¿Qué es lo que ha hecho el resto del día? - preguntó Brook a millas de distancia de donde la cabeza de Kenneth seguía.


- Papeleo. - suspiró él moviendo el cabello que quedaba atrapado entre la sien de ella y la mejilla de él. - Y mientras lo hacía - se aventuró a seguir - pensaba en usted.


Un silencio intenso. Brook dejó de respirar y mordió fuertemente su labio sintiendo su cabeza girar sin cesar.


- ¿Por qué iba a hacer eso? - murmuró.


Intentaba sonar segura y despreocupada, pero eso fue prácticamente imposible.


¿A quien iba a engañar? Vamos, estaba entre sus brazos sintiendo una paz absoluta, y cada vez que a él se le ocurría hablarle al oído, perdía el sentido.


- Estaba preocupado por si hoy no podía cumplir mi parte del trato. - le contestó él.


- Creí que asistir a las citas era mi parte del trato y la suya decirme quien es. - Brook giró ligeramente, muy ligeramente, su cara hacia él.


- Convertir las citas en algo especial se convirtió en un reto después de saber que me estaba jugando su amistad. - dijo con una apuesta sonrisa en sus labios.


Brook le devolvió la sonrisa y volvió a mirar el valle delante de ellos. Sonrió aún más grande, sin poder evitarlo.


- Compártalo conmigo. - murmuró Kenneth colocando mejor su mejilla contra ella en lo que fue una electrizante caricia.


- Las citas son especiales desde el primer día. - ella hizo un movimiento despreocupado con la cabeza. - Y justo ayer supo que podía ser que decidiera ser su amiga.


- Tiene razón. - mustió fingiendo pensar mucho en algo. - Tal vez, saber que pueda ser mi amiga, es el aliciente para que no me acomode en mi intento de impresionarla. - Brook rió con alegría.


- ¿Pretende impresionarme? - le preguntó imitándole unos minutos antes.


- Nah, - dijo con desdén - era pura palabrería.


- Ya decía yo. - respondió ella sin perder la sonrisa de su rostro.


Todo aquello era un tremendo error, sí. Pero, hasta el momento, ella era el mejor error que había cometido.


Instantáneamente después de pensar en eso, apretó sus brazos alrededor de su cintura y una chispa se encendió en su interior.


- ¿Cabalgamos? - susurró Kenneth.


Brook se incorporó al instante, quitando su cabeza del hombro de él, pero manteniendo la espalda cerca, aunque sin dejar el peso.


- ¡Vamos! - exclamó dando un pequeño saltito.


Kenneth cogió las riendas con una mano y envolvió el otro brazo alrededor de la cintura de ella. Que ni protestó ni pareció sorprendida, aunque sí ansiosa.


Entonces espoleó al caballo acompañándose de un grito para motivarle, y lo dirigió directo hacia la empinada bajada que quedaba justo delante de ellos.


En pocos segundos estaban galopando, el corazón de Brook bombeando a cientos de kilometros por hora, una sonrisa plasmada en su cara, y la sensación de que el caballo comenzaría a volar y los llevaría lejos de allí se apoderaba con cada nueva zancada del animal.


Corrieron colina abajo sintiendo la adrenalina y gritando y riendo sin reparo, como si aquello fuera lo más increíble que habían hecho en su vida.


Podían sentir los músculos del animal tensarse y relajarse debajo de ellos. Podían sentirse el uno al otro. La brisa que azotaba sus cabellos, sus ropas, arrastrando sus esencias, dejándoles repletos de euforia.

Cuando estaban llegando abajo, el animal apretó la marcha y Kenneth soltó la cintura de Brook para alcanzar sus manos aferradas a la silla.


- ¡Suéltese! - gritó él.


Y sin una ápice de duda, ella soltó la silla y alzó los brazos a sus lados, sintiendo el viento golpear su cuerpo entero, sintiéndose como si fuera a alzar el vuelo.


Kenneth mantuvo su mano libre entrelazada con la de ella unos segundos antes de volver a sostener su cintura por precaución.


Poco le costó apreciar el aroma de ella rozándole. Su sedoso cabello acariciando el cuello y la cara de él. Aquello no iba a olvidarlo fácilmente.


- ¡Grite conmigo! - exclamó Brook dejando caer su cabeza en su hombro nuevamente.

Y los dos gritaron hasta que les picó el cuello y se quedaron sin aire.


- Definitivamente - dijo Brook mientras Kenneth bajaba del caballo - me ha impresionado.


Habían llegado al establo, sus caras resplandecían, sus ojos brillaban y no se sabía cual de los dos llevaba peor el pelo.


Brook bajó del caballo de un salto, como solía hacer, y Kenneth la miró con seriedad antes de dejar salir de su interior una carcajada.


- No sé que esperaba. - dijo pasando una mano por su pelo.


- También me gusta cuando hace eso. - le contestó Brook con los ojos clavados en él.


Que osada estaba siendo aquella noche.


- ¿Disculpe? - dijo él sin esperar aquello. La estaba mirando, con los dedos enredados en su cabeza, y una arruga en la frente.


- Me gusta cuando encoge los hombros. - encogió los hombros. - Y cuando se alborota el cabello.


Él solo la miró. Ella sonrió, cogió su mano y después de dejar el caballo en el establo caminaron hasta Glassmooth.


En algún momento, Kenneth salió de su estado de estupor y se puso a su lado en silencio. Ninguno de los dos abrió la boca hasta que estuvieron en el oscuro pasillo, delante de sus respectivas puertas.


- ¿De qué color va a ser su vestido de mañana? - murmuró Kenneth apoyando en la puerta de su habitación.


- No lo he pensado. - le contestó ella pensativa. - ¿Por qué?


- Para encontrarla entre los invitados. - le contestó con una sonrisa torcida.


Ella se la correspondió.

- Pues no lo se. - repitió. - Dígamelo usted.


- ¿Yo? - dijo él llevándose el dedo al pecho.


- Usted. - asintió divertida.


- ¿Pero y si no tiene un vestido del color que yo le pida? - le contestó.


- Entonces le sugeriré sutilmente otro color. - resolvió encogiendo un hombro.


- Veamos, - se dio por satisfecho. - ¿cual es el color que más van a llevar las otras?


- Probablemente el rojo. - mustió Brook. - Todas van a querer ser el centro de atención del señor Benworth. - y rodó los ojos. Kenneth la miró divertido y ella le miró arrepentida.


- ¿Qué color usaría usted para impresionarle?


- No quiero impresionarle. - le contestó con desdén.


- Bien, - dijo negando con diversión. - ¿que color usaría para impresionarme a mí?


- ¡Oh! - exclamó. - Se supone que es usted quien debe elegir el color y no yo. Está estropeando mi juego.


- De acueeeeeeeeeerdo - dijo de aquél modo cantarín que usaba su hermano para hacerle enfadar. - Quiero que lleve un vestido blanco.


- ¿Blanco? - preguntó con una sonrisa.


- ¿No tiene un vestido blanco? - apretó los labios para parecer serio. - Debería haber dicho usted el color.


- No. Si. - contestó rápidamente. - Tengo un vestido blanco...


- Pero hay un pero. - le instó Kenneth curioso.


- Pero seré el centro de atención. - ella miró sus ojos con preocupación. Él la observó entretenido.


- Y eso no le gusta. - afirmó deleitándose con lo que parecía un punto débil.


- No demasiado. - se limitó a decir.


- Puede vestir un color claro, que tienda a blanco, si le parece más apropiado. - le propuso con una sonrisa tierna.


Y lo que pasó a continuación le sorprendió tanto como a ella, que estrechó sus ojos y le soltó: - Se está compadeciendo de mí, así que sí. Voy a ir de blanco.


Lo dijo con tal decisión que Kenneth no pudo evitar deleitarla con una sonrisa radiante.


- Buenas noches, señor Desconocido. Espero con ansia poder llamarle de algún otro modo mañana. - dijo mirando sus ojos.


- Buenas noches, señorita Daugherty.

Ella se giró y abrió la puerta. Justo cuando estaba entrando, él murmuró:


- Me gusta cuando rueda los ojos.

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