Veintiuno

Debian ser las nueve de la noche del, hasta ahora, día más eterno de sus vidas.


Brook, en el salón de las mujeres, se sentía como en su peor pesadilla. Había escuchado la misma conversación, sobre decorados y vestidos, una y otra vez. Kenneth paseaba de arriba abajo por su habitación esperando escuchar las botas de la joven al otro lado de la puerta.


Ambos se sentían como cuando sabes que tienes algo importante que hacer y de hecho, quieres con todas tus fuerzas hacerlo, pero las circunstancias te obligan a posponerlo una y otra vez. Y además, eran ajenos a qué debía sentir el otro.


Tal vez Brook estuviera demasiado cansada como para escapar con él. O tal vez, el señor desconocido estuviera demasiado ocupado como para buscarla. Y sí que era verdad que Brook estaba cansadísima o Kenneth tuviera demasiada faena pendiente, pero no les importaba lo más mínimo.


Pero, en fin, cuando Kenneth escuchó el mínimo ruido en el pasillo eran las once de la noche, y ni siquiera dudó un segundo antes de abrir la puerta con rapidez.


Brook que temía el momento de pisar su habitación, pues la noche anterior Simone volvía a estar dormida y tenían una conversación pendiente, no pudo evitar el suspiro de satisfacción que salió de sus labios cuando la puerta delante de la suya se abrió.


El señor Desconocido la miraba con ojos oscuros, con un brazo aún en la puerta abierta. Parecía tan desquiciado como ella. Un mechón de cabello castaño caía en su frente, su pecho se alzaba orgulloso y estaba mordiéndose el labio inferior con aquellos dientes blancos.


- Hola. - susurró él.


- Hola. - contestó Brook igual de flojo, plantada en medio del pasillo y encontrando difícil respirar.


- ¿Qué tal su día? - la miró, llevando un vestido apretado hasta más abajo de su cintura, que realzaba su figura al detalle. Qué hermosa era.


Se mantuvieron allí estudiándose, construyendo su burbuja, su mundo paralelo, apretando los labios para no sonreír abiertamente, como dos críos. Brook sentía como sus ojos verdes acariciaban cada parte de ella sin cesar, y no encontró aquello fuera de lugar, al contrario, le pareció normal. Así era como ella quería que él la mirara.


- Sáqueme de aquí. - murmuró.


Algo subió desde lo más profundo de Kenneth, llenando su pecho y su garganta de un placentero calor, y sin pensarlo dos veces, dejó salir a la luz su sonrisa de niño antes de agarrar su mano con firmeza para arrastrarla fuera de allí.


- ¿Donde me lleva? - rió Brook preguntando aquello que preguntaba cada día.


- ¿Encuentra necesario preguntar? - le respondió Kenneth girando a mirarla con diversión.


Atravesaban el jardín corriendo. Literalmente. Ni ligeros, ni apresurados, corriendo lo más rápido que podían. Kenneth iba más veloz, así que la arrastraba sin mucho esfuerzo. Ni siquiera estaban preocupados por si les veía alguien, eso no era lo principal en aquel momento, lo único que necesitaban era salir de allí, juntos.


E iban directos al establo oscuro. Ni siquiera podía imaginar donde les llevaría el ingenio del hombre al que solo podía llamar Desconocido, aun que ya hiciera tiempo que no le sentía como tal.


Cuando estuvieron ante la puerta, Kenneth tiró de ella y entró sin soltar la mano de la chica.


Todo estaba a oscuras, a excepción de la tira de luz que escapaba por debajo de la puerta más alejada del establo. Allí dormía el mozo. Se acercó a la puerta, dio un toque y asomó la cabeza dejando a la joven escondida tras de sí.


- Voy a dar una vuelta para despejar las ideas. - murmuró Kenneth.


- Sí señor. - contestó Roger. - ¿Necesita que le ensille?


- Ni hablar. - le respondió. - Siga durmiendo.


Cuando se disponía a alejarse y cerrar, Brook escuchó como el mozo le preguntaba: - ¿Se encuentra mejor, señor?

- Si, gracias Roger.


Y se alejaron a tientas hasta donde reposaba el semental negro del joven. En ese momento se vio obligado a soltar a Brook para ensillar al animal y colocarle las riendas.


- ¿Cual llevo yo? - susurró ella buscando donde estaría la yegua que montó con los Benworth. En respuesta, Kenneth rió. - ¿Por qué se ríe?


- Usted va conmigo. - los ojos de ella se expandieron e intentó tragar el nudo de su garganta, en vano. ¿Iba en serio? ¿Él pretendía que ella subiera delante de él? ¿No era eso demasiado? Sentía sus mejillas sonrojarse.


- Pero yo sé montar. - le contestó con el ceño ligeramente fruncido, ahora.


- Lo sé. - murmuró per encima del hombro ajustando los estribos.


- ¿Entonces -


- ¿Quiere o no aventura? - la cortó girándose a verla con las manos en el pecho.


- Sí. Pero -


- Sin peros. - volvió a cortarla apretando los labios en una mueca divertida. - Además, - cogió las riendas y comenzó a sacar al caballo de su cubículo - no pienso correr el riesgo de que se lastime.


Sin una palabra más, Brook observó como el joven llevaba al caballo hasta la puerta del establo, la ajustaba y subía en él con agilidad. Recordó aquella conversación en la que le confesó que prefería montar que cazar. Se notaba que sabía lo que se hacía.


Desde arriba tendió su fuerte mano y aguardó a que sus dedos se entrelazaran de nuevo. Lo esperaba con ganas, de hecho.


Brook no se permitió pensar en nada y dejó que él tirara de ella y la subiera, casi sin esfuerzo. Una sensación escalofriante se adueñó de ella cuando él agarró su cintura y la ayudó a acomodarse delante de él. Sus cuerpos estaban en contacto en demasiados puntos. Ambos lo pensaron con la respiración irregular.


La espalda de ella estaba tersa delante de su fuerte pecho, las piernas de Kenneth abrazaban las de ella, y aunque hubiera entre ellos toda aquella tela del vestido, podían sentir el calor que se daban el uno al otro. Y entonces, muy lentamente, Kenneth pasó los brazos alrededor de su cintura y se hizo con las riendas.


Brook tenía los ojos fuertemente cerrados e intentaba respirar de un modo normal, cuando Kenneth susurró: - Relájese.- Ella resopló fingiendo estar relajada, él rió despreocupado. - Nunca creí que, teniendo en cuenta que nada le da miedo, le asustara estar cerca de un hombre. - bromeó Kenneth sintiéndose completamente orgulloso.


- No le temo a los hombres. - murmuró Brook siguiéndole el juego. - Le temo a usted.


- Vaya, - murmuró enviando un escalofrío por el delicado cuerpo de ella. - no sé si sentirme insultado o halagado.


Con una sacudida de sus manos, el caballo comenzó a caminar sin esfuerzo, enfilando un camino escondido que quedaba a la derecha del establo.


- Lo dejaré en sus manos. - sonrió ella al camino oscuro, mientras él sonreía viendo su pelo desordenado.


- ¿Por donde le llega el cabello? - preguntó sin más. A ella le sorprendió sobremanera que él saliera con esas.


- Pues...- se encogió de hombros, - no suelo soltarlo, pero, tal vez le queden unos centímetros para llegar a la cintura.


- Ahá. - contestó despreocupado.


- ¿A que viene eso? - dijo con sorpresa.


- Solo era curiosidad.


Brook pudo sentir a través del roce de sus antebrazos en la cintura de ella, como se encogía de hombros y no pudo evitar la sonrisa. - ¿Su día como fue?


- Salí a montar con...- se interrumpió ante lo rápido que iba a revelarle aquella información.


- ¿Con? - preguntó mirándole por encima del hombro y dejando su perfil expuesto. - ¿Con su mejor amigo, tal vez?


- Seh. - contestó él mirando más allá. De ningún modo podía mirarla a ella a tan escasos centímetros de sus labios y no perder la cabeza.


- ¿Es usted de una buena familia? - eso le sorprendió.


- ¿Por qué pregunta eso? - miró de nuevo su espalda, su cabello, su cintura. "Detente, Kenneth"


- John Morris es su mejor amigo, eso significa que ha pasado tiempo con él. Pero también ha pasado tiempo con los Benworth, ya que se conoce sus tierras y trabaja para ellos, lo que me lleva a pensar que aunque sea quien lleva el papeleo de Glassmooth y del rico señor Benworth, usted también es de buena familia.


- Hábil, Brook. - pensó Kenneth. ¿Cuanto tiempo más pasaría antes de que la joven atara cabos? Bien, tal vez, con un poco de suerte podría ser él mismo quien le contara la verdad mañana en el baile.


- He dado en el clavo. - dijo contenta. Kenneth sonrió con ternura. ¿Qué tenía aquella mujer?


- También estaban James, y otro señor que conoce muy bien. - no supo por qué le dijo eso.


- ¿Quien? - preguntó animada.


- Thomas Dwight. - siguió cavando su propia tumba.


- ¡Oh! ¿Conoce a mi tío?


- Hoy le conocí. - mintió sin poder evitar sonreír ante lo emocionada que parecía estar ella, pues se había relajado hasta tal punto que su espalda estaba cada vez más cerca de su pectoral. - ¿Como han ido las compras?


- Bien. Fuimos a Dorkings, paseamos por el centro y visitamos un diseñador que la señora Benworth admira mucho. - hizo una pausa preguntándose como sabría que ella había estado de compras, pero después entendió que si había pasado tiempo con su tío, él se lo habría dicho.


Su tío, ¿que habría pensado de él?


- ¿Compró usted un vestido para el baile? - preguntó él mientras le daba unos toques al caballo y comenzaba a trotar.


- No. Tengo más vestidos de los que me pongo. - ninguno obvió el hecho de que aquél trote acercaba más sus cuerpos, que se rozaban sin querer. Pero ambos, al mismo tiempo, y sin verse, sacudieron sus cabezas.


- Eso no es excusa para la mayoría de jóvenes. - observó Kenneth un momento después.


- Creo que eso demuestra lo poco que me conoce. - murmuró fingiendo fastidio.


- Tiene razón, - rió despreocupado. - no es usted ni la mitad que la mayoría de jóvenes. - eso hizo reír a Brook.


- ¿Me ofendo, señor? - preguntó divertida queriendo pasar por alto lo que podía ser un bonito halago.


- Lo dejaré en sus manos. - le imitó y ella le dio un pequeño codazo con su brazo derecho en la zona dorsal de él. Era firme, dura, tuvo que coger aire y soltarlo en silencio.


- ¿Como se atreve? - Exclamó Kenneth fingiendo enfado.


Soltó las riendas de pronto, obligando a Brook a recogerlas para mantener al caballo en el camino, y entonces, las colocó en su cintura lenta y maliciosamente.


- ¿Qué - empezó ella, pero antes de que pudiese preguntar, comenzó a hacerle cosquillas.


Maldita sea, no había nada peor que se le pudiera hacer a Brook. Cosquillas. Tenía miles y siempre había bromeado con Simone diciendo que si un hombre le hacía cosquillas alguna vez saldría corriendo en dirección contraria al contemplar lo poco atractiva que se ponía.


Le costaba respirar, no podía pronunciar palabra, y resoplaba como si fuera algún tipo de animal mientras las lágrimas caían por su rostro sin cesar. Si sumamos eso al hecho que iban trotando por un camino en subida y que, para deleite de Kenneth, la espalda de Brook apretaba contra él más y más, debía ser una escena digna de ver.


Pero a Kenneth, aquella reacción, le maravilló. Nunca le había hecho cosquillas a nadie más que a su hermana, pues él no solía ser aquél tipo juguetón desde hacía mucho, pero le fascinó ver la reacción Brook. Sally solía patalear hasta hacerle daño.


Rió con ella, intentando estabilizarla entre sus manos para que no cayeran al suelo, y cuando dejó de hacerle cosquillas escuchó con una sonrisa como ella se tranquilizaba.


- ¿Está usted empeñado en que parezca una impresentable, siempre? - dijo sin hacer ademán de separarse de él.


Kenneth pasó las manos hasta las riendas y colocándolas cerca de las suyas, las agarró. Brook notó como la barbilla de él rozaba su sien, su fuerte pecho protegía sus hombros y el resto de su espalda colisionába contra su vientre firme y fuerte.


- ¿Como puede decir algo así? - dijo él con verdadera curiosidad.


- Usted sabrá. - le soltó. - Siempre acaba consiguiendo que me comporte como una niña tonta y poco interesante.


- ¿Es que quiere parecerme interesante? - rió él distraído, encarando el caballo al destino final.


- Por nada del mundo. - se limitó a decir sintiéndose completamente ridícula. Volvía a parecer tonta.


- Mire delante de usted. - murmuró Kenneth sin apartarse de su sien.


Cuando Brook levantó la vista, tenía ante ella el Valle más profundo que hubiera visto en su vida, arropado por las montañas y los prados. Y en medio de aquel paisaje, estaba Glassmooth. Más grande de lo que parecía de cerca, si es que eso pudiera ser posible.


- Este es nuestro mirador. - el aliento de Kenneth le rozó la piel.

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