Diecinueve

¡Maldición!


Se había pasado de atrevida. No debería haber hecho aquello. El corazón le bombeaba demasiado rápido mientras masticaba lo más dignamente posible el gran pedazo de melocotón del señor Desconocido. Las manos le temblaban, por el amor de dios, y estaba sosteniendo su fruta con tal fuerza que dejó los dedos marcados en la superficie.


No sabía qué estaría pensando él, pues solo la miraba. La miraba con cara de póquer, los ojos clavados en ella, en los suyos, en sus labios húmedos, en su pecho apretado en seda azul bombeando aire a una velocidad demasiado rápida. Y sin decir ni una palabra. Parecía que ni siquiera respiraba.


Brook pensó que jamás podría vivir un momento más incómodo. Miró el agua sopesando si dejarse caer en el lago y desaparecer de sus ardientes ojos para siempre.


Tragó la fruta a medio masticar, secó sus labios con su lengua, intentando parecer lo menos ruda posible, y se dispuso a decir algo. No sabía qué, no podía ni imaginar qué podría decir para romper el momento. Pero debía intentarlo.


Y de pronto, Kenneth salió de su estupor, avanzó un paso más cerca de ella, agarró con su mano libre la muñeca de la joven y mordió el melocotón que ella sostenía, provocándole a ambos una mezcla de sensaciones.


Por un lado, los dedos de él sobre la piel de ella estaban firmemente agarrados, sin hacerle daño, pero con una fuerza decisiva, para que ella entendiera el deseo que acababa de encender en su interior.

Y por el otro, mordió la fruta con tal delicadeza, solo rozando sus labios en ella, que Brook no pudo evitar imaginarse como sería sentir aquello en su boca.


Por favor, ¿dijo que ya no podía ser más perfecto? Lo retiraba. Su aroma le envolvía, aquel aroma masculino que provocaba cosquillas en su vientre, su perfil, tan cerca de ella, era hipnotizante, a tan poca distancia parecía ser aun más guapo. Y sus ojos, aquellos profundos ojos, estaban clavados en ella, mirando con satisfacción que había conseguido dejarla tan estupefacta como ella le acababa de dejar a él.


Kenneth se incorporó alejándose de ella varios centímetros, lamió el jugo de sus labios totalmente consciente de lo lejos que parecía estar Brook de allí y entonces, no lo pudo evitar, rió. Rió fuerte y alegre. Sintiendo retumbar la burbuja de emoción en su pecho oprimido por tantas sensaciones. Y era eso o tirar el melocotón que goteaba en su mano, agarrarla por la cintura y besarla hasta perder el sentido.


Sí, ya no tenía caso negarlo, la deseaba. Sentía un apetito primitivo de todo lo que ella era y todo lo que ella significaba. Y no era solo su belleza, aunque formara una parte significativa del conjunto, sino que todo en ella le parecía tentador, fresco y anhelante. Todo.


- Estaba sopesando la idea de salir corriendo. - le dijo ella con una media sonrisa.


- De ningún modo la hubiera dejado alejarse un solo paso. - le respondió él sin dejar su humor alegre.


Pero el Desconocido ante ella, ¿era consciente de el tipo de cosas que estaba diciéndole? Creyó poder desmayarse allí mismo, a sus pies. Tenía calor, mucho calor.


Se miraron un instante a los ojos, vio como él miraba sus labios, apretaba los suyos y volvía la atención a su melocotón y le daba un bocado más. Brook aprovechó ese momento para agacharse y mojarse la mano libre, luego la llevó a su nuca.


- Hace un día muy caluroso hoy. - argumentó fingiendo no acabar de vivir el momento más ardiente de su vida.


- Sí. - fue todo lo que él dijo.


Luego se sentó, con las piernas cruzadas y la espalda en uno de los altos palos que soportaba el toldo beige. Cuando Brook se incorporó y le vio en el suelo, no tardó ni un segundo en sentarse en el palo opuesto, ante él. Un metro y medio les separaba.


- Debería comerse el melocotón antes que el jugo llegue a su codo. - señaló él divertido.


- Debo parecer una niña pequeña. - murmuró Brook mirando molesta las gotas naranjas que chorreaban por su muñeca.


- No podría importarme menos. - le contestó encogiendo los hombros y provocándole una sonrisa dulce.


Pero luego lo pensó dos veces: ¿No podía importarle menos? ¿Por qué? ¿Porque no la veía como una adulta? ¿Porque no acababa de sentir lo mismo que ella? Aquel ardor, aquel picor en los labios...Le miró, a punto de terminarse la fruta, ajeno a todo lo que pasaba por su cabeza.


Tal vez había mal interpretado la situación, tal vez aquello había sido un episodio divertido para él con la inocente Brook, que era demasiado infantil para que se la tomara en serio.


Kenenth sintió sus ojos en él y la miró; Estaba inusualmente seria. - ¿Que ocurre? - le preguntó ladeando la cabeza.


- Nada. - apartó los ojos de él y pintó en su cara una sonrisa tensa.


Antes de que él pudiera decirle más nada, se inclinó hacia un lado, para no manchar su vestido, y mientras sostenía su cabello dorado con la mano libre, mordió de nuevo el melocotón.


- Sabe genial. - dijo sin mirarle.


- Si.


Kenneth la miró debatiéndose entre sentirse receloso o preocupado. ¿Qué había hecho que Brook cambiara su actitud en un instante? Ella fue quien comenzó con todo el juego del melocotón y ahora rehusaba de mirarle a los ojos. ¿Se estaría arrepintiendo? ¿Habría sido demasiado directo con ella? Esperaba no haberla fastidiado. Ahora que comenzaba a admitir lo mucho que le gustaba, no podía permitirse que ella se sintiera incómoda con él.


- Faltan dos días para el sábado. - le dijo ganándose su atención. Bien.


- No podría olvidar algo así. - la sonrisa de ella pareció ser más relajada. Bien.


- ¿Sabe? - preguntó.


- No. - contestó antes de que él pudiera seguir. - Pero usted me lo dirá. - una minúscula sonrisa en sus labios rosados. Mejor.


- Le dejo preguntarme cualquier cosa que desee que pueda descifrarle quien soy.


Los ojos de Brook se iluminaron con curiosidad y diversión. Perfecto. - ¿Está seguro? - torció los labios en una sonrisa soberbia. Él suspiró aliviado antes de reír. Volvía a ser ella. - ¿Me va a dar una pista?


- Con la única condición de que se conforme con lo que yo voy a decirle y no pregunte a nadie más al respecto.


Brook se incorporó, lanzó el hueso del melocotón al lago, se lavó las manos y los labios y se puso en sus rodillas, quedando mas cerca de él.


- Hecho. - dijo sin un ápice de duda- Quiero saber...- siguió con voz cantarina. Él sonrió satisfecho por haber recuperado su humor.


- Dígame. - la instó.


- Quien es su mejor amigo de la infancia.


¿Realmente esperaba que la pregunta de Brook no fuera comprometida? Parecía no haber aprendido nada de ella durante los últimos cinco días. Era más que obvio que fuese lo que fuese lo que le preguntara, sería una pista más para encajar en el rompecabezas. Una pista que le dejaría las cosas aun más fáciles.


Le sorprendía que no hubiera descubierto ya quien era él.


Sopesó duramente la idea de inventarse un nombre. O de mencionar a alguien distinto que hubiera sido amigo suyo en alguna etapa de su vida. Pero entonces, aquellos ojos azules expectantes derrumbaron todas sus resistencias.


¿Realmente sería tan fatídico si ella descubría quien era él? Sí que era emocionante tener tiempo con ella hasta el sábado, al menos. O eso era su intención inicial.


Aunque pensándolo bien, ahora sabía que en él, el baile, no haría diferencia. Llegaría el domingo y querría seguir pasando ratos con ella. Y luego el lunes, y el martes y hasta el sábado otra vez.


- John Morris. - murmuró.

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