Diecisiete

- Kenneth. - Escuchó solo entrar a su despacho.


- John. - le saludó. - No te esperaba.


Se sentó en la silla al otro lado del escritorio y le observó. No se le pasó por alto que su amigo no se levantara para saludarle.

- Pareces serio. - reflexionó. - Y eso no es lo habitual en ti.


- ¿Sí? - dijo John. Entonces intentó sonreír - No, estoy bien.


- Bueno. - contestó sin estar convencido. - ¿Como lo llevas?


- Bien. Muy bien. Tu casa es tan acogedora como siempre. - le miró con seriedad. - ¿Que tal tu? ¿Qué andas haciendo?


- No mucho, - se encogió de hombros - ya sabes: papeleo.


- ¿No sales? - preguntó inquisitivo. – Tampoco veo mucho a James. – una pausa. – Ni a Sally.


Kenneth le miró extrañado. ¿Que le pasaba a John? Él no solía comportarse de aquel modo, siempre iba al grano y siempre era sincero, al menos con él.


- He salido, claro. Me volvería loco aquí encerrado. - le observó.


- Por supuesto. – asintió.


- James anda por todos lados, aunque no sé muy bien en qué. - dijo. – De Sally no se mucho. La veo de vez en cuando.


John asintió.


- ¿No toma el té con las demás damas y baja a cenar? – preguntó Kenneth mirándole atenatemente.


- Normalmente sí. – se limitó a decir. – No tanto como debería, sin embargo.


- Ha estado pasando tiempo con una de las invitadas. – dijo su hermano. No entendía porqué le daba esa explicación, pero parecía que su amigo la necesitaba. – Y con James, como siempre. – Le observó – Lo que me extraña es que tu no estés pegado a sus culos, como siempre hacéis.


Pues John Morris había crecido con ellos en Glassmooth, y para los Benworth era como un hermano más. Tenía inumerables recuerdos de los veranos en la casa, haciendo y deshaciendo y volviendo loca a Evangeline.


- No debería andar tanto tiempo desaparecida, puede ensuciar su reputación – John intentó sonar casual, pero estaba claro que algo más estaba queriendo decir con aquella réplica. Además, igniró por completo el último comentario.


- ¿Pasa algo, John?


Kenneth observó a su amigo, estudiando sus uñas hasta que subió su cabeza, le miró y le sonrió, una amplia y despreocupada sonrisa.


- Nada. Absolutamente nada. - mintió. - Simplemente...- miró sus manos un segundo antes de volver a verle. - me preguntaba si te importaría que saliera a pasear contigo. Ya sabes, para recordar viejos tiempos.


Kenneth sonrió aliviado. No las tenía todas con él, realmente ese comportamiento había sido raro. Pero John era su amigo, siempre lo sería, no importaba qué. Talvez estaba, simplemente, sintiéndose un poco solo entre tantos invitados.


- Claro.


- Perfecto. - una sonrisa que ahora sí fue verdadera iluminó el rostro de su amigo. - Vamos, entonces.


- ¿Ahora? - preguntó Kenneth si más no, sorprendido.


- ¡Claro! - exclamó el otro poniéndose en pie. - ¿O has quedado con alguien?


Y Kenneth, nuevamente, pensó que John sabía algo de lo de Brook, pero en realidad, sus motivaciones y sus preguntas, iban por otro camino.




- Es usted un tanto escurridiza. - Emma Lambert se plantó delante de Brook con una mirada condescendiente.


Sally la encontró, la llevó al comedor, lejos de su destino, y la obligó a desayunar con su madre y Gillian.

Luego salieron a oler flores.

Esa idea, supuso, se le ocurrió a la joven Benworth para tenerla contenta. Era observadora y no se le pasaba por alto que necesitaba un poco de aire libre a menudo.


Luego la obligó a permanecer en el salón donde las mujeres se pavoneaban y se lanzaban sonrisas fulminantes unas a otras. Entre madres, entre hijas, entre madres de unas e hijas de otras.


- Toda una jungla. - había susurrado divertida Sally.


Emma aprovechó el momento en el que la chica se apartó de la odiosa Daugherty para plantarse delante de ella.

- No puedo imaginar por qué. - se limitó a contestar Brook sin amedrentarse.


- No se deja ver por los salones. - dijo la reina del hielo. - Y le va detrás a Sally Benworth.


Brook miró a Sally, estaba diciéndole algo a su madre con el ceño excesivamente apretado. Luego volvió a Lambert, que ahora retorcía un mechón que caía suelto de un recogido familiarmente desordenado.


Giró a mirar su perfil en un espejo que quedaba a poco menos de un metro, colgado en la pared, y se encontró con su respingona nariz, sus gruesos labios, sus ojos y el moño deshecho con mechones rubios sueltos en su nuca.


Fue el turno de Brook de sonreír condescendientemente.

- Supongo que me gusta que me saque a cabalgar. - dijo provocando una furia en la pelirroja que hubiera asustado a cualquier hombre.


- A mi también me lo ofreció, - dijo Emma. - pero dije que no: pues una señorita elegante debe permanecer con las demás señoritas.


Si eso pretendía ser un golpe bajo, no lo consiguió, pues Brook no pudo sentirse menos identificada con el termino "señorita elegante".

- Muy bien. - se limitó a contestar demostrándole su falta de interés en el tema.


- Sé lo que pretende, y no lo va a conseguir. - murmuró para que ninguna otra mujer le escuchara.


Esto se ponía cada vez más interesante.

- Ah, ¿si? - fingió estar aturdida. - ¿Qué pretendo?


- Quiere ganarse la simpatía de James y Sally Benworth para que le hablen a su hermano de usted. - la voz de Emma sonó extrañamente como la de una niña de doce años quejándose a sus padres. Brook apretó los labios para no sonreír.


- ¿Tanto se nota? - susurró inclinándose hacia ella y mirándola directa a los ojos. - Debería fijarme más en su discreción.


Ahora sonrió, esperaba que con aquel comentario se hubiera dado totalmente por aludida. - Se cree muy lista. - le replicó.


- ¡Oh, no! Lista usted, que ha entendido a la perfección el sarcasmo. - Brook sentía como se estaba aburriendo de aquella conversación.

Y cuanto más aburrida estaba ella, más enfadada parecía Emma Lambert.

Menuda tontería discutir por un hombre. Si Emma pudiera apreciar lo poco que decía eso de ella. Si ni siquiera sus especulaciones eran ciertas. Brook no quería nada de los Benworth. Absolutamente nada.


- Ha sido un placer. - dijo al fin.


Cuando se giró para ir a por Sally, le contestó:

- El señor Benworth es mío. Ni se atreva a pestañear en su dirección.


- Lo que usted diga. - murmuró para sí misma.


- Emma parecía vivir un momento intenso a tu lado. - bufó Sally mientras se sentaban en la mesa de Gillian y Evangeline.


- Si, ¿verdad? - dijo despreocupada mientras miraba a los camareros servir el almuerzo.


- ¿Que quería?


- Marcar territorio. - el comentario de Brook provocó una risa tan estrepitosa a Sally, que su madre la miró con el ceño fruncido.


- No creo que la señorita Daugherty haya dicho una barbaridad tan grande como para que tu te rías como un orangután. - dijo mordaz Evangeline.


Brook, que miró de reojo a su acompañante a punto de volver a reír, distrajo la atención.


- Llámeme Brook, señora Benworth. - lo dijo tan cortés, y con una sonrisa tan grande, que a Evangeline se le olvidó la escena de su hija.


- Llámeme Evangeline entonces. - acordó con un asentimiento antes de seguir hablando del baile que tendría lugar en dos días.


- ¿Como haces eso? - los negros ojos de Sally se estrecharon en su dirección. - Sé que te gusta reír y decir barbaridades tanto como a mi.


- Pero yo solo lo hago delante de ti.


- Cierto. - reflexionó la joven. - Y de James.


- Y de James. - asintió Brook. Y del señor Desconocido, pensó.


- Creo que lo intentaré. En realidad tiene lógica. Mamá no me regañará tanto y no será tan difícil que el señor Saint Clair se fije en mi, al fin.


Fue el turno de Brook de bufar y recibir una mirada de reprobación de Gillian antes de fingir una tos.

- ¿Qué? - dijo Sally bien digna sintiendo los ojos de Brook en ella.


- No esperaba que te gustara alguien.


- No me gusta. - se encogió de hombros.


- Ah. - dijo Brook mirando su plato. - Bien. Entonces no he dicho nada.


- Pero es apuesto. - dijo.


- Ahá. - contestó ocultando su sonrisa.


- Y caballeroso.


- Mhmm. - siguió.


- Y si sonríe...- dejó la frase a medias.


- Te gusta. - terminó Brook.


- Ni hablar. - contestó poco convincente y por eso cambiaron el tema.


Rieron y bromearon, y al fin y al cabo no fue una mañana tan mala. Pero no era la mañana que ella esperaba pasar.

Ni siquiera había llegado al establo. No sabía si él estaría esperándola o estaría enfadado por no verla aparecer.

Pero, para ser justos, ella le dijo que no sabía si asistiría a la cita. Así que tampoco debió sorprenderse del todo.

Probablemente había visto que ella no había ido y siguió con sus tan importantes tareas. Aquellas que le mantenían apartado del resto de invitados.


- ¿Tu hermano lleva sus propias cuentas? ¿O hay alguien que se las lleve? - las palabras se escaparon de su boca sin pensar en que podría interpretar la joven a su lado.


- ¿Te interesa mi hermano? - dijo Sally con sorpresa, pues ya la había descartado como una cazafortunas.

Sabía que a Brook no le interesaba reinar en Glassmooth.

- Ni siquiera se quien es, Sally. - dijo rodando los ojos.


Inmediatamente después suspiró al ver que Gillian no la había visto.

- Un joven le lleva las cuentas, sí. - se animó. Y luego le contó miles de cosas de las que también se ocupaba aquel joven.


Podía ser que aquel fuera su señor Desconocido. Tenía sentido, por eso siempre decía que estaba ocupado. O por eso conocía tan bien las tierras.

Y aunque todo estuviera siendo ameno y divertido, con dotes interpretativas que ni siquiera sabía que tenía, Brook fingió un dolor de cabeza y se encaminó hacia su habitación, no sin antes prometer a Sally que bajaría a cenar.


Cuando llegó a la puerta de su habitación, no entró, sino que se giró a mirar la de él.

¿Estaría allí dentro? ¿Estaría solo o con el señor Benworth? ¿Debería llamar? No. Imagina que estuviera con el dueño. La situación sería de lo más extraña. Tal vez estaba solo, pero abría y resultaba estar enfadado. Y entonces sería una situación violenta.


Entonces se le ocurrió algo...no podría decir si era mejor, pero era una idea, al fin y al cabo. Entró en su habitación, fue directa al tocador y de uno de los cajones sacó un folio y una pluma.

"Quiero mi cita" - Escribió.

Luego lo dobló hasta que quedara un pedazo de papel bien pequeño, salió de su habitación, se agachó ante la puerta de enfrente y se dispuso a colar la nota por debajo.


Acababa de pasar al otro lado, acababa de incorporarse y alisar su falda cuando la puerta se abrió y un radiante Kenneth la miró.

Estaba allí delante, con la carta abierta en la mano, los ojos verdes puestos en ella y una sonrisa tironeando torcida.


Vestía unas botas altas por encima de un pantalón verde oscuro, una camisa arremangada, como siempre, y un chaleco sin abrochar. Podría parecer imposible, pero lucía más apuesto que la noche anterior. Lucía como el hombre más apuesto que vería en su vida.


Y entonces, primero pasó la mano libre por su pelo, Brook recordó que debía respirar si no quería desmayarse, luego dijo:

- Pues pongamos remedio a eso ahora mismo.

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