Dieciséis

- Cuénteme algo de usted. - murmuró Kenneth mientras cogía su mano sin ningún tipo de reparo y empezaban a andar, lentamente, de vuelta al claro.


- Debería dejar de usar mis frases. - sonrió Brook. Kenneth la miró, a su lado y arrugó la nariz en una mueca juguetona.


En serio, ¿no existía un limite para él? Parecía que todo lo que hacía o decía, cada mirada, gesto o asentimiento le hacían lucir más perfecto.

Si no tenías suficiente con su apuesto rostro, solo hacía falta echarle un vistazo a sus anchas espaldas, sus brazos o su torso, que se antojaba como el de un dios griego.

Pero si aun querías más, lo único que necesitabas era pasar tiempo con él y darte cuenta de cuan adictivo era aquel toque juguetón que mezclaba con toda aquella caballerosidad.

Luego pensó en cuan idiota sonaba todo eso. O cuan idiota sonaba ella pensando todo eso. Probablemente acabara descubriendo algo malo sobre él. Todo el mundo tenía algo malo, ¿no es así?


- ¿Qué quiere saber? - preguntó evitando su mirada.


- Veamos, - su humor no podía ser más jovial. - se que nació en Surrey, que no le dan miedo los perros, ni los bosques, ni trepar árboles, ni los lobos. - Brook le miró sin poder reprimir una risa que sonó a un bufido. - Sé que vive en Londres y que tiene diecinueve años. - ahora estrechó sus ojos verdes. - ¿Por qué no la han presentado en sociedad?


- Probablemente, - contestó divertida. Sus manos seguían entrelazadas mientras sorteaban el bosque. - si se lo digo se escandalizará.


- ¿Cree que me escandalizará? ¿A mi? - se burló él.


- No lo sé. - contestó juguetona. - Dígamelo usted. - Kenneth rió despreocupado. Su risa grave y adictiva.


- Cada vez tengo más claro lo poco que le gusto, señorita Daugherty. - se llevó una mano al corazón.


- Vah. - dijo ella sacudiendo su mano con desdén. - No finja que eso le preocupa. - y antes que él contestara le dijo: - Nunca he querido ser presentada en sociedad.


Kenneth cerró la boca y la miró con el ceño fruncido. No pudo entender aquella confesión, toda mujercita en edad casadera ansiaba cazar a un buen partido y casarse lo antes posible. Todas soñaban con grandes casas y joyas y con, además, encontrar un hombre tan tonto que se enamorara de ellas y las complaciera de por vida.


- Le dije que se escandalizaría. - miró sus pies, en un gesto que le pareció triste y eso no le gustó.


- Si estuviera escandalizado, me hubiera puesto a gritar y a girar sobre mi mismo. - bromeó. Brook casi sonríe. - Estoy...sorprendido. - frenó sus pasos, frenándola a ella también y sin soltar su mano, la miró a los ojos cuando le preguntó: - ¿Cual es el motivo?


- ¿El motivo real? - dijo ella haciendo una mueca. Kenneth sonrió con ternura.


- No quiero otro. – dijo él.


Primero suspiró, luego, sin a penas respirar le contó:

- Si tuviera tanto dinero como para prescindir de un matrimonio, jamás me casaría. Pero sé que debo hacerlo, siempre lo he sabido, así que aproveché los mimos de mis tíos para retrasar todo el tiempo posible, el momento en el que me presenten y deba elegir. Y cuando eso pase, convenceré a mi esposo para que me deje vivir en Surrey y él tenga tantas amantes como le plazca mientras yo hago mi vida, apartada de todas esas mujeres que pretenden, toda la vida, tener un matrimonio perfecto, cuando el resto del mundo sabe que ha sido preparado o elegido por dinero, y que nunca, jamás serán felices con el hombre con el que, supuestamente, deben compartir la cama.


Kenneth la miró en silencio. Vio como gesticulaba y se expresaba con la mayor frialdad posible. Nunca hubiera descrito a Brook Daugherty con tal adjetivo, pero en aquel momento, delante de él y con los ojos puestos en todos lados menos en los suyos se dio cuenta de que estaba ante un iceberg.

Había mucho más de lo que se veía a simple vista.

Todos podrían decir maravillas sobre ella. Y eso era verdad. No lo que dijeran, sino que lo fuera.

Pero había más, mucho más. Tanto que nadie sabía. Ni él, hasta hacía unos segundos. Y seguramente no podía ni empezar a imaginar qué albergaba Brook en lo más profundo de su corazón.


Y luego pensó en él y se dio cuenta de que estaba haciendo lo mismo: relentizar lo inevitable. Se casaría, muy tarde, con la primera que pasara por su puerta.

- ¿Que piensa? - murmuró mirándole.


- Que probablemente yo haga lo mismo que usted. - contestó. Una sonrisa triste asomó los labios de la joven.


- ¿Va a abandonar a su mujer en el campo y a tener amantes?


- Voy a irme al campo y a dejar que ella los tenga.


- Oh, no diga eso. - dijo con una risa sofocada. - Solo lo dice para hacerme sentir mejor.


- No. - dijo con serenidad. - Lo digo en serio. - y entonces soltó su mano y sin pensarlo dos veces, con dos dedos, acarició su mentón. Era suave, cálido, increíble. El corazón se le aceleró, dejó de respirar. - Podemos vernos y jugar a las cartas cuando eso ocurra. - murmuró mirando sus ojos.


- Prefiero trepar árboles. - susurró sintiendo el calor de sus dedos en la piel. Parecía que sus pies iban a dejar de tocar el suelo de un momento a otro.


- Bien. - sonrió. - Treparemos árboles. - y la mano de él cayó de su rostro.


Necesitaron un momento antes de volver a encaminarse hacia Glassmooth, dejando atrás el bosque.

- ¿No va a juzgarme? - dijo Brook.


- Usted no lo hizo. - una sonrisa ladeada decoró su rostro.


Caminaron unos minutos más en silencio, nunca volvieron a cogerse de la mano. Él no se atrevió y ella no hizo ademán de pedirlo.

Así que andaban uno cerca del otro, sintiéndose, pero sin tocarse.

Brook se sentía como si hubiera quitado un gran peso de sus hombros. Había dicho aquello que tanto la atormentaba delante de alguien, se había desahogado y él no la había mirado con un gesto de desaprobación o reproche.

Ni siquiera recordaba cuanto tiempo estuvo guardando en su interior aquella confesión.

- Entonces, - Kenneth interrumpió sus pensamientos cuando la puerta de servicio estaba cerca de ellos. - no vino a Glassmooth para impresionar a los Benworth.


- No. - dijo Brook con un deje de sorpresa. - Qué tontería, ni siquiera había escuchado hablar de ellos.


- ¿No vino para casarse con el señor de las tierras? - murmuró Kenneth sin dejar de observar su perfil.


- Ni siquiera sabía, hasta que llegué, que todo esto era una encerrona para casarle. - una risa suave salió de su garganta. - Pobre hombre, no me extraña que no vaya a venir hasta el sábado.


Kenneth la miró asombrado. Asombrado y ¿decepcionado? Debería estar contento de saber que Brook no estaba allí para engatusarle. Que no venía a seducirle ni a fingir amor por él. Pero no lo hacía.

No quería casarse. ¿Nunca? ¿Con nadie? ¿Ni siquiera el heredero de Glassmooth le parecía un buen partido?

Cuando llegaron al pasillo, sin ser vistos, suspiraron al mismo tiempo.


- ¡Sigue siendo emocionante! - murmuró exaltada Brook. Él rió entretenido.


- Tiene razón, - Kenneth la deleitó con una sonrisa cuando llegaron ante sus puertas. - me siento como cuando era niño.


- Gracias. - dijo ella con serenidad. Kenneth miró sus ojos, quedando atrapado en ella. - Ha sido una gran noche.


- ¿La veré mañana en los establos? - se aventuró a preguntar él.


Brook se limitó hacer un gesto poco definido.

¿Debía aceptar? El tiempo con él había sido increíble, pero la dejó plantada, ¿no? ¿Y si Sally aparecía de nuevo?


- Sí. - la sonrisa torcida de él le hizo temblar. - Sigue queriendo saber quien soy.


- Le veo muy seguro de si mismo. - levantó una ceja desafiante. - Ya he trepado árboles con usted. No sé si pueda superar eso. - se encogió de hombros. Y: sorpresa, Kenneth rodó los ojos.


- Pues claro que puedo. - dijo.


- ¡Oh! - exclamó Brook riendo sin ningún reparo - ¿Acaba usted de rodar los ojos, señor Desconocido?


- No diga tonterías, señorita Daugherty. - contestó imitándola aquella primera vez.


Se miraron divertidos, y después de eso, sintieron la burbuja crecer.

- Compruebe usted misma si puedo o no superarlo. - susurró.


- No le prometo nada. - contestó.


- Reto aceptado. - dijo con una sonrisa pícara.


- No era un reto. – Brook fingió desdén.


- Ya no hay vuelta atrás. – murmuró Kenneth despreocupado mientras ella negaba divertida.


- Buenas noches. - mordió su labio. - Que descanse.


- Buenas noches señorita Daugherty. - la miró con una intensidad tan profunda que aquellos ojos verdes lucían negros.


Ella se apoyó en la puerta dejando que su peso la abriera, y miró de nuevo a Kenneth antes de dedicarle una sonrisa y desaparecer.

Ni siquiera supo como había tenido agallas de irse. Por el amor de Dios, ¡no quería! Quería pasar la noche entera bromeando y riendo y siendo ella misma.


Kenneth miró la puerta cerrada un segundo más antes de preguntarse como se suponía que debía dormir sabiendo lo cerca que estaba ella. Lo fácil que sería tocar su puerta, y hacerla salir, aun que solo fuera para verla, para poder observar su rostro.


- Anoche vine a verte, - James llegó al establo al mismo tiempo que Kenneth frenaba el caballo. - no estabas.




Había salido de su habitación muy temprano, imaginando al otro lado de la puerta de delante a una Brook dormida entre sabanas de seda azul cielo. Horrores le costó no comprobar sí seguía allí.

Al final, apretó los puños a ambos lados de su cuerpo y casi corrió hasta el establo. Ni siquiera desayunó.


- Buenos días James. - contestó saltando del animal.


- Espero que niegues haber estado en la habitación de delante de la tuya. - Kenneth levantó la vista y le fulminó.


- Me ofende que puedas pensar algo así de mí. - luego frunció el ceño, entendiendo: - ¿Desde cuando sabes que ella duerme allí? - James sonrió radiante.


- Nos lo dijo hace un par o tres de días, en el desayuno. ¿Vas a matar a mamá?


- No. - murmuró. - Hacerle saber que lo sé, será peor. - luego le miró intimidánte. - Pero debería matarte a ti por no decírmelo.


- Tienes razón. - dijo ignorando la segunda parte. - Decirle algo a mamá sería admitir que la has visto, y entonces te atormentará con comentarios sobre ella todo el verano.


- Probablemente. - dijo echándole un vistazo a la puerta este de Glassmooth. - Como haces tú. - James rió y luego carraspeó.


- Creo que está de más decir que no deberías exponer su honor. - Kenneth miró a su hermano, que parecía hablar en serio.


- Está de más. - dijo mordaz. ¿Creía que intentaría algo indecente con Brook? ¿En serio le tenía en tan poca estima? - Solo paso tiempo con ella. No tengo más interés que ese.


- Ya, claro. - murmuró James. - ¿Como fue la excursión al bosque? - dijo con una mirada diabólica.


- Ni siquiera voy a preguntar como lo sabes. - mustió Kenneth con su habitual mal humor. Volvió a mirar la puerta de Glassmooth.


- Espero que no seas tan hosco cuando estás con ella, - soltó una carcajada que aún molestó más a su hermano mayor. - o huirá.


- Déjalo James - dijo - no voy a darte ni un solo detalle.


- Bueeeeeeeeeno - cantó - tu lo has querido: se lo preguntaré a ella, ya que viene hacia aquí.


Kenneth levantó la cabeza del peine rojo que tenía en las manos y la buscó en el jardín y en el establo, con una urgencia y una alegría extraña que no pudo controlar.

Pero allí no había nadie.

Frunció el ceño antes de mirar a James, al borde de la risa, y le fulminó.


- Eres un idiota. - gruñó sintiéndose ridículo.


- Deberías haber visto tu reacción. - rió abiertamente. Kenneth volvió a mirar la puerta de Glassmooth volviendo a su cara de póquer. - Kenneth, - ahora miró a su hermano - no va a venir. Sally la interceptó en la salida y se la llevó a desayunar. - se encogió de hombros.

Había que encontrarle un pasatiempo a Sally, o la manera de llevarse a Brook antes de que ella la viera.

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