Quince

Cuando estuvieron en la planta baja, Kenneth miró un segundo a Brook agarrada a él con una sonrisa.

La luz amarillenta destacaba sus rasgos de un modo delicado.

Su pecho se aceleraba cada vez que la miraba.

- Pégese a la pared. – murmuró. Luego apagó la vela.


Se desplazaron sin soltarse ni un momento, siguiendo los muros del pasillo.

En el momento en el que Kenneth tiró de la puerta que les separaba del jardín y salieron al aire libre, una risa nerviosa burbujeó en el pecho de Brook.


¡Era tan emocionante! Había salido de noche muchas veces al vivir en casa de sus padres. Había trepado a un árbol cientos de veces.

Pero había pasado tanto tiempo de aquello que creyó que no podría volver a hacerlo nunca más.


Estaba con aquel hombre desconocido y desconcertante, y él no tenía ni idea de lo que aquel momento estaba significando para Brook. Pero ella no lo olvidaría jamás.

Kenneth, tiró de su brazo, mientras atravesaban el jardín pegados a los matorrales más altos, y la colocó delante de él, para tenerla a la vista.


- Esto es muy emocionante. - dijo ella girándose para verle. Sus ojos azules intensamente oscuros, brillaban.


- Espere a que lleguemos. - le contestó con una sonrisa torcida.

No hablaron más.

Se limitaron a atravesar el jardín. De vez en cuando Brook se giraba a mirarle.

Kenneth encontró aquel gesto de lo más divertido, era obvio que él estaba allí, pues sus manos seguían cómodamente unidas.

En cambio, Brook le miraba porque necesitaba hacerlo.

Todo aquello le parecía un sueño. Estaba con él escapando de Glassmooth y ni siquiera sentía culpa o miedo.

Cada vez que le miraba, él le regalaba una sonrisa divertida y ella, en la oscuridad, apretaba su labio inferior entre los dientes.


- Simone moriría si supiera lo que estoy haciendo - se dijo divertida.


Para cuando llegaron a la boca del bosque, Kenneth volvió a colocarse delante. Esta vez no la dejó sola para comprobar la entrada, sino que la llevó con él y ambos se asomaron.


- ¿No hay lobos en estos bosques? - murmuró Brook.


Kenneth se giró a mirarla con una sonrisa pícara. - ¿Tiene miedo?


- Ni hablar. - negó ella efusiva. Él rió abiertamente ante su orgullo.


- No hay lobos en estos bosques. – le explicó - Son demasiado pequeños para que puedan esconderse.


- Bien. - fue todo lo que ella dijo.


- Vamos.


Caminaron por el bosque, la luna pasaba entre los claros que las ramas de los arboles dejaban encima de sus cabezas.

Si de día ya parecía un lugar mágico, no hace falta decir cuan increíble era de noche.

Aunque la luz que les alumbrara el camino fuera suficiente para no perderse, era imposible que pudieran fijarse en lo que pisaban. Así que si hubiera algún animal cerca, ya se estaban encargando de espantarlo con cada paso que daban.


Llegaron al claro en el que habían estado el día anterior y Kenneth, sin soltarla, agarró la sábana verdosa que habían escondido.

Luego emprendieron la marcha hacia el oeste del claro.

- ¿A donde vamos? - preguntó Brook. Kenneth frenó hasta tenerla al lado.


- Hay un árbol especial. - le contestó ganándose todo su interés. Siguieron andando.


- Parece que se conoce a la perfección estas tierras.


- No tanto como me gustaría. - se limitó a decir con un encogimiento de hombros. Ella sonrió abiertamente, él la miró de reojo: - ¿Qué?


- Nada. - se encogió de hombros ahora ella. - Me gusta cuando encoge los hombros.


Kenneth le dedicó el fantasma de una sonrisa y se giró a ver el camino. Parecía que no le gustaban los halagos, como a ella.


Aunque aquello no había sido del todo un halago, era un comentario inofensivo.

Un comentario inofensivo que no pasó desapercibido para Kenneth. Pues las mujeres solían decirle lo guapo y apuesto que era. Cuán verdes eran sus ojos, o sedoso su cabello. Haciéndole sentir como un príncipe. O un objeto de colección.

A Brook le gustaba que se encogiera de hombros. Sin más.

Kenneth negó con una sonrisa.

- Aquí estamos, señorita Daugherty. - dijo al plantárla delante del tronco más ancho y alto que ella había visto en su vida.


- Me está tomando el pelo. - le miró con una ceja levantada.


- ¿Usted cree? - sonrió él abiertamente. Esperaba que Brook dijera algo así.


- Es imposible trepar un árbol con semejante tronco y semejante altura, señor.


- Observa. - la soltó, y con los dedos tocó el tronco hasta dar con un surco que Brook no había visto.


Sin reparo, metió los dedos en él y extrajo un cabo. Brook jadeó sorprendida y Kenneth sonrió en la oscuridad. Era demasiado estimulante sorprender a la joven que tanto le sorprendía a él.


- Ven. - susurró olvidando formalismos. Brook ni siquiera dudó. - Tiremos del cabo.


Colocó sus manos en la cuerda, pegadas a las de él, sintiendo su cuerpo cerca del suyo.

- ¿Lista? - murmuró él, deleitándose con la reacción de ella mirando el cabo como si fuese un tesoro.


Y entonces tiraron y volvieron a tirar y una escalera de cuerda y madera se deslizó por el tronco del árbol hasta quedar a su altura.


- ¡Oh! - exclamó espontánea. - ¿Que hay ahí arriba? - se giró a mirarle con una sonrisa radiante.


- Subamos a verlo. - dijo él abriendo los ojos y apretando los labios juguetón. Brook apretó sus labios, como él.


- Usted primero. - ella dio un paso hacia atrás, expectante.


- ¿Yo? ¿Es que tiene mi-


- Ni se le ocurra decir "miedo" - le cortó poniéndole un dedo en el pecho. - Me ha traído aquí ataviada en un vestido de noche. De ningún modo subiré antes que usted.


Kenneth que dejó su imaginación volar demasiado con la idea del vestido de noche, no pudo evitar respirar fuera de ritmo. Y ella, que tenía el dedo apoyado en su pecho, debía estar notándolo.

Así que, aunque no le gustaba la idea de dejarla abajo sola, asintió y retrocedió rápido.

- Le avisaré para que suba. - dijo poniendo las dos manos en la escalera. - Ni se le ocurra moverse.


- ¿Cree que me iría? - rió Brook. Kenneth la miró por encima del hombro. - Necesito saber que hay ahí arriba. No voy a moverme de aquí.


Kenneth llegó arriba y se apresuró a echarle un vistazo al sitio.

Era una cabaña de madera que quince años atrás el difunto señor Benworth construyó para sus hijos.


Hacía por lo menos siete años que no subía allí arriba, pero el tiempo no la había deteriorado tanto como imaginó.


Debía haber cinco metros cuadrados de suelo, solo tres de las paredes se mantenían en pie, y un trozo de techo se había desprendido junto con la pared que faltaba. Pero lo demás estaba intacto. No parecía ni sucio, aunque claro: estaba oscuro y no se podía apreciar.


Cuando Brook llegó al último escalón, Kenneth tendió su mano y tiró de ella con agilidad para ayudarla a subir.

Cuando la tuvo de pie delante de él, colocó las manos en su estrecha cintura y la movió tres pasos lejos del borde.

Demasiado tarde se dio cuenta de lo que había hecho. Y para el caso, ya no importaba. Ya la tenía entre sus brazos.

Se atrevió a mirar sus ojos y no le sorprendió encontrarlos fijos en los suyos.

- Gracias. - dijo y con una sonrisa se separó de él.


Hubo aquel extraño momento de silencio en que ambos intentaban controlar sus respiraciones y sofocar los tensos tirones que sintieron en sus vientres.

Brook, aturdida fue a por el cobertor verde y lo tendió en el suelo, luego se sentó en él dejando colgar las piernas al vacío y intentando pensar en algo más. Algo que no fueran sus manos en ella. ¡Dios!


¿Qué estaba pasando? No paraba de hacer contacto con ella, y cada vez lo anelaba más. Eso era horrible.


- ¿Cuantos metros debe haber? - preguntó Brook. Necesitaba dejar de pensar, cortar el momento de tensión. Disipar aquello flotando en el aire entre ellos.


Kenneth que estaba mirando sus manos desprovistas de Brook, como si fuese un niño tonto, giró y miró su espalda erguida, su pelo platino por la luz de la luna, y sus pies balanceándose en el aire.

Carraspeó antes de contestarle:

- Seis metros. - Dios santo, ¿que era ese deseo?


- Seis metros son muchos metros. - contestó ella mirándole por encima del hombro.

Estaba rompiendo la tensión del momento, Kenneth lo supo. Necesitaba hacerlo. Estaban a solas, de noche y nadie sabía donde. Ni ella.

No podía arriesgarse a que pasara algo más.

Vale decir que no le temía a él. No. Se temía a sí misma. Pues sus labios eran tan tentadores.


Hubo un pequeño silencio, ambos respiraron profundamente. Cuando se vieron en control para seguir con aquello, soplaron al unísono.


- Seis metros son muchos metros - dijo Kenneth mientras se sentaba a su lado. - Pero es seguro.


- ¿Cuanto tiempo lleva esto aquí? - preguntó. Él se pasó la mano por el pelo antes de contestar.


- Mucho. Lo construyó el señor Benworth cuando sus hijos eran pequeños.


- Oh. - asintió mirando de nuevo sus pies en la nada.


- Sí. Eligió este árbol por las vistas.


Y por primera vez, Brook levantó la vista de sus pies o de su acompañante para mirar más allá. Ante ella un paisaje sin igual. Las copas de los árboles le servían de suelo al cielo. Un mar de estrellas decoraba el fondo y una luna llena se cernía sobre sus cabezas.


- Vaya. - exclamó ahogada. - Esto no se ve en Londres.


- No, ¿Verdad? - Kenneth admiró el paisaje un segundo antes de volver su atención a ella.

Ella, al notar sus ojos en su perfil se giró a mirarle y le deleitó con una sonrisa antes de volver a admirar la luna.


- ¿Cree que ahora va a permitirme preguntarle como le ha ido el día? - preguntó después de unos instantes de silencio.


- Bien. - contestó de pronto más seca que en el pasillo.


Eso llamó su atención, pues sabía que había pasado la mañana con sus hermanos, ¿tan mal habría ido?

No había tenido ocasión de hablar con ellos, aunque para ser más justos, había esquivado a James. No estaba de humor para soportar lo que tuviera que contarle sobre Brook.

- ¿Ha hecho algo especial? - insistió.


En realidad, los dos esperaban que alguno dijera algo sobre la cita a la que él no había asistido, según ella; o a la cita a la que no había podido asistir, según él.

Kenneth quería poder decir que no la había dejado plantada, y ella quería evitar decir que había ido a buscarle y él no estaba allí.

Pero después de decir: - Salí a montar con los Benworth. - se acordó en silencio no hablar del tema. Por ahora.


- La última vez me dijo que eran desconcertantes. ¿Que le han parecido esta?


- Interesantes - le miró con diversión.


- Sí, es cierto. - Kenneth observó el horizonte con una sonrisa. - Podrían describirse así.


- Supongo que me gustan. - Esa reflexión le obligó a mirarla una vez más.


- ¿Eso supone? - murmuró estudiándola.


Su cabello rubio, un mechón escapaba de entre los nudos del recogido y quiso tocarlo para comprobar si sería tan sedoso como lo imaginaba.


Sus ojos azules, vivos, brillantes y radiantes de tanta alegría, de tantas cosas que él parecía haber perdido en algún punto de aquél largo camino llamado vida.

Sus labios, gruesos, rosados, le apetecían tanto, y eso era tan malo.


- Ahá - asintió ajena al lío de pensamientos de él - todavía no tengo claro si son así siempre, o lo son porque traman algo.


Aquel fue el turno de Kenneth de reír. Que bien les había calado Brook.

- Probablemente las dos afirmaciones sean ciertas.


- ¿Usted cree? - estrechó los ojos hacia él. Que guapo era cuando reía.


- Sally y James son dos tramposos incorregibles. Pero solo se muestran de ese modo con quien se sienten cómodos.


- No quiero saber como deben ser con quien no se sienten así. - contestó Brook fingiendo cara de horror.


- ¿No ha presenciado ninguna escena? - Brook pensó en el desayuno que compartieron.


- Creo que a Sally no le gusta la señorita Lambert. - contestó ella haciendo una mueca. - ¿Sabe quien es Emma Lambert?


- Sí. - se limitó a decir él antes de volver su atención a las estrellas. No le interesaba perder tiempo hablando de ella. Ni un solo minuto. Y menos pudiendo disfrutar de Brook. Y sí, seguía pensando cosas cursis al estar a su alrededor.


- ¿Que le parece? - ella que se sentía cada vez más como en casa, no pudo evitar querer saber qué pensaría él, el apuestísimo joven desconocido, de la más hermosa dama que dormía en Glassmooth. - ¿Cree que es hermosa?


- Supongo. - se encogió de hombros. La miró, sus ojos eran del verde más oscuro. - Pero he visto cosas más hermosas.


- ¿Cosas? - le miró estupefacta. Él no se movió, seguía admirando cada una de sus facciones. - ¿Ha visto cosas más hermosas, señor Desconocido? - ahora inclinó la cabeza hacia atrás y rió sin reparo. Algo en Kenneth se estremeció. - ¿Acaba de comparar a Emma Lambert con una cosa?


- Espero que jamás se lo comente. - dijo ahora riendo flojo mientras veía como ella secaba una lágrima que caía por su mejilla, con un delicado dedo.


- No se preocupe. - susurró. - Soy buena guardando secretos.


- Es bueno saberlo. - Kenneth suspiró llevándose una mano al pecho, fingiendo alivio.


- Entonces, - siguió. - no baja a las cenas por que tiene cosas que hacer, pero ¿con quien? ¿Con el señor de la casa?


Kenneth la miró estupefacto, casi rígido. No esperaba que ella mencionara aquello. Y tampoco debería haber reaccionado así, pues no sería la primera mentira que le decía, con más o menos naturalidad, pero mentira al fin y al cabo.

Pero de pronto, al volver a fijarse en ella, vio que le miraba con cautela. Su ceño estaba fruncido, mordía fuertemente su labio inferior.


- ¿Que le ocurre? - preguntó sin poder evitar la preocupación.


- ¿Va a salir corriendo? - murmuró Brook. Había vuelto a hablar demasiado.


- ¿Qué? - exclamó y rió. - ¡No! No voy a salir corriendo. - tomó aire y arrastró su mano por la sabana verde hasta tocar con su meñique el de ella. Brook miró sus manos juntas. - Esperaba que esto fuera suficiente disculpa. Pero veo que no.


- No. - dijo ella sacudiendo la cabeza. - Digo: sí. No piense que...- se cortó - Es suficiente, sí. No quería insinuar que - y ahora fue el dedo de Kenneth quien la cortó, dejando de tocar su mano y posándose en sus labios.


- Ayer tenía cosas que hacer. - dijo mirando sus ojos, con seriedad. - No quiero que crea que me fui por usted. - Se había ido por él mismo. - Estoy bien, aquí contigo. - Y la última frase la susurró mientras apartaba el dedo de su boca.


Un intenso silencio. La burbuja que les absorbía en aquel espacio pasional y romántico estaba empezando a formarse.

- Bien. - susurró ella. Él sonrió con ternura.


- Parece que le gusta esa palabra. - ella sonrió y miró sus pies. Burbuja rota, gracias a Dios.


- Se puede usar en cualquier contexto. - encogió los hombros y Kenneth sonrió mirándola. Ella buscó sus ojos interrogativa. - ¿Qué?


- Me gusta cuando encoge los hombros.

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