Treinta y nueve

- ¿Como ha ido la tarde? - preguntó Kenneth inquieto cuando Sally entró en su despacho.


- Genial. - se limitó a decir ella sabiendo que le dejaría impaciente.


- Cuéntale algo que le de un respiro, al pobre. - intervino James sentado en el sillón más alejado. - Lleva toda la tarde torturándose. ¿Habéis hablado? ¿Ha dicho algo de él?


Kenneth le fulminó con la mirada, pero al ver que Sally se disponía a hablar, se relajó.


- No lo se, no dijo mucho. - su hermana se encogió de hombros, cosa que le recordó más a la persona de la que hablaban. - No habló de ti, aunque a duras penas lo hace. - Le miró con una mueca, Kenneth no supo como sentirse. - Algo le preocupa, no es la Brook de siempre.


Los tres hermanos se quedaron callados pensando en eso. No era la Brook de siempre, eso estaba claro.


Y aun más claro quedó en la cena de la cual no se salvó nadie. Ni siquiera Kenneth, que se obligó a ir con tal de verla.


- Veo que al fin volvemos a sentarnos juntos. - Brook estaba de pie ante su silla mirando a John Morris que le sonreía desde delante.


- Sí, - le contestó con facilidad. - es un placer sentarse con alguien que me entretenga.


Des del momento en el que había entrado al salón de la recepción, Brook había sabido que Kenneth estaba allí, y aunque había procurado comportarse del modo más natural posible, todos sus sentidos estaban en él y en cada uno de sus pequeños movimientos.


Kenneth les miró desde la cabeza de la mesa. No estaban muy lejos, a dos o tres personas de distancia entre los Benworth y ellos, pero era distancia suficiente como para no poder participar en la conversación o escuchar lo que decían.


- ¿Puedes disimular? - le regañó Sally. - Hasta mamá va a ver que la quieres.


Kenneth miró a su hermana de inmediato. ¿Que la quería? ¿Kenneth quería a Brook?


Volvió la vista a la chica y la estudió, sentada en la mesa con su espalda recta. Con las manos jugueteaba con los cubiertos como nadie más se atrevía a hacer, miraba a John que le hablaba entretenido de algo que a ella, de vez en cuando, le hacía sonreír. "Es mía, John"


Y qué hermosa era su sonrisa, que bonita era ella en sí. Por dentro y por fuera.


No pudo evitar fijarse en su pelo, recogido en una trenza deshecha que caía sobre el hombro que Kenneth tenía a la vista.


Y al momento pensó en la noche en la que la había besado y retorcido entre sus dedos la punta de su cabello suelto.


Una oleada de algo abrumador le dejó sin aliento.


Aquél fue el mejor beso que una mujer le había dado en su vida. Pues, aunque había comenzado él a besarla, ella tomó las riendas de la situación al final, y aunque sabía que lo mejor era parar, se dejó besar una y otra vez por aquellos perfectos labios de aquella perfecta mujer.


Kenneth cogió una bocanada de aire ante sus hermanos, sintiendo como el cuerpo se le calentaba. Luego se dijo que no sabía como, pero volvería a besarla.


- ¿No vas a negarlo? - pregunto James con una ceja elevada.


Él le miró, miró de nuevo a Brook y encogió un hombro.


Los dos hermanos se miraron boquiabiertos. ¿Kenneth quería a Brook? ¿De verdad lo hacía? Aquella era la primera vez que el señor de Benworth no negada una cosa así. Siempre procuraba que todo el mundo recordara lo poco dispuesto que estaba a perder el tiempo. Pero allí le tenían, con la cabeza en Brook.


- ¿Has mandado el dinero? - susurró Evangeline ajena a lo que estaba pasando.


- Sí madre. - murmuró.


Su padre había cometido un error garrafal y murió sin apreciar lo que tenía. Porqué jamás tocó a su madre más de las tres veces necesarias para dar descendencia Benworth. Y su madre era la mujer más maravillosa del planeta.


Y aquél era el miedo que tenía Kenneth, vivir un matrimonio que fuera una farsa. Pero, ¿no estaba resignándose a vivir ese tipo de matrimonio si se casaba con una mujer a la que no amaba?


Brook era lo que cualquier hombre querría y más. Cuanto más la conocía más seguro estaba de que jamás encontraría a alguien como ella.


Si alguna remota vez se había imaginado siendo feliz con una esposa, ella era esa esposa. Ella era por la cuál no le importaría perder todo lo que tenía.


¡Dios! Ni siquiera le importaba Glassmooth si conseguía que Brook no se alejara de él.


- Tus hermanos siguen sin saberlo, ¿verdad? - Evangeline dijo, pero Kenneth estaba con el corazón en un puño, entendiendo lo que estaba pasando en su interior.


- Madre. - dijo mirándola - Creo que...- su madre sonrió y acarició su brazo con dulzura.


- Me temo que esto - señaló su corazón - y esto - ahora su cabeza - se han aclarado. ¿No es así?


- Sí. - Kenneth sonrió con inseguridad.


Estaba enamorado. Kenneth Benworth se había enamorado de Brook Daugherty.


- Bien, pues ahora ve a por ella, cariño. - Kenneth cogió aire por la boca. - Tu no eres tu padre. No tienes por qué cometer los mismos errores. Y yo...estaré bien. - besó su mejilla. - Estoy contenta de que esto esté pasando.


Brook, que se obligaba a mirar su plato o a John, no pudo resistirse más y fue en ese tierno momento cuando miró a Kenneth.


Cada vez que le miraba se recordaba por qué no había podido resistirse a él des del principio. Era imposible, toda mujer con ojos y corazón se dejaría engañar por un hombre como él.


Y además el beso que le había dado seguía cosquilleando en sus labios. Había soñado con él, pensado en él y fantaseado con volver a besarle, aunque seguía diciéndose que estaba siendo estúpida y jamás volvería a dejar que la metiera en sus juegos.


Pero bien, desde que se había quedado dormida en el regazo de Simone y había soñado aquello tan inquietante, se sentía con más fuerza que nunca a la hora de ignorar a Kenneth. Tenía algo más en lo que pensar.


La cena terminó y las mujeres pasaron a la sala de reuniones a charlar, tocar el piano forte o jugar a las cartas.


- ¿Cómo estás? - dijo Sally apareciendo al lado de Brook con una sonrisa indulgente.


- Bien. - le sonrió hinchándose de todo el orgullo que encontró. Nadie iba a saber lo herida que se sentía por, ni más ni menos, que su propia culpa. - ¿Y tu?


- También. - contestó recelosa.


- ¿Como va con Saint Clair? - Brook dijo hábil.


- Bueno...- dijo Sally olvidando lo que fuese que quería sonsacarle a su amiga. - hoy no se ha acercado a mí para nada. ¿Crees que deba ir yo?


- No. - contestó seca. - No vayas más. Si quiere algo que venga él.


Sally la miró con inocencia mientras asentía intentando entender por qué habría cambiado de opinión Brook. En el baile de bienvenida, le había dicho que fuera una mujer segura de sí misma.


Pero entonces, para sorpresa de ambas, cuando los hombres se unieron a ellas, Saint Clair entró uno de los primeros, las miró y se dirigió a ellas con una decisión casi abrumadora.


- Está viniendo. - murmuró Benworth.


- Lo veo. - dijo Brook entre dientes.


- Señoritas, - Saint Clair usó un tono muy pomposo. - ¿cómo están?


- ¡Genial! - dijo Sally sonando exaltada. Brook resopló.


En aquél momento Kenneth entró en la sala, mirándola.


Y como, al fin y al cabo él ya había atrapado sus ojos, decidió no apartarlos. Por primera vez en todo el día se sintió como en casa, por más odioso que le resultara sentirse así al mirar a aquél jugador innato. Si su orgullo no se lo hubiese prohibido, hubiera admitido que había echado de menos mirarle.


Sin embargo había algo más en aquellos ojos verdes. No supo interpretar aquélla mirada, pero hubiera jurado que estaba llena de algo nuevo.


- Señorita Daugherty - Saint Clair rompió la conexión cuando llamó su atención. - ¿Podemos hablar un momento?


Brook miró al hombre con el ceño fruncido, luego a Sally que tenía el ceño aún más arrugado que ella, y entonces asintió dejándose guiar por Saint Clair a un rincón de la sala.


Sally caminó con solemnidad hasta quedar al lado de un Kenneth receloso con los ojos en la pareja.


- ¿Qué quiere de ella? - murmuró sintiendo sus puños apretados.


- No lo sé. - contestó Sally sin dejar de sentirse preocupada. ¿Brook no seduciría a Saint Clair, verdad?


- Mi nombre es Christopher Saint Clair. - le dijo de pronto el hombre ante ella. Brook le miró desconcertada y echó un vistazo a su amiga.


- ¿En qué puedo ayudarle? - le preguntó en un tono extremadamente cortés.


- ¿Usted es Brook? - preguntó con una sonrisa un tanto siniestra.


Christopher Saint Clair era alto y delgado. Rubio, con ojos negros y piel cincelada. En realidad se veía demasiado delicado y guapo para resultarle atractivo a Brook.


Sin querer miró a Kenneth, que tenía aquella irresistible mirada de enojo que le había visto usar una vez con John.


Kenneth era un hombre, Saint Clair parecía no haber acabado de madurar, allí residía la diferencia.


Y mientras con un simple vistazo adivinaba el humor del primero, Christopher Saint Clair era otra historia. Parecía tener un entramado de secretos y maldades corriendo por su cabeza.


¿Por qué le gustaría a Sally? No parecía de fiar.


- Sí, ese es mi nombre. - dijo obligándose a mirarle.


- Me lo imaginé - dijo tocando su barbilla con dos dedos y estudiándola con frialdad. - Es usted la mujer más hermosa que he visto en mi vida.


Brook se revolvió inquieta ante aquél cumplido incómodo y volvió a mirar a su amiga, dando gracias a dios por qué estuviera lo suficientemente lejos para no escuchar aquello.


- Sally Benworth es más hermosa que yo. - le dijo con una sonrisa forzada.


- No estoy seguro. - una sonrisa fría se extendió por sus labios. Brook sintió un escalofrío. - Emma Lambert sin embargo...- Saint Clair miró por encima de la cabeza rubia y ella se giró para ver a Emma Lambert con una sonrisa radiante hacerle ojitos a Kenneth desde la otra punta de la habitación. Ojitos que Kenneth ignoraba, aunque eso ella no lo vio.


Inmediatamente después volvió la vista a su interlocutor.


- ¿Le duele que el señor Benworth tenga interés en ella? - le preguntó pareciendo interesado.


- ¿Disculpe? - Brook no pudo evitar sentirse sorprendida. ¿De qué iba aquél hombre? ¿Qué era aquella actitud y todas aquellas preguntas?


Kenneth y Sally vieron el cambio en la expresión de Brook. Dejó de sonreír para ponerse inusualmente seria.


- ¿Qué cojones le está diciendo? - dijo Kenneth obligándose a respirar.


- Tranquilo. - murmuró Sally llevando su mano al antebrazo de él.


- Sí, le duele. - sonrió Saint Clair ante una chica con la cara crispada.


- ¿Qué quiere? - preguntó perdiendo la paciencia y la cortesía.


- Nada. - una sonrisa mezquina - Sólo charlar.


- Bien, - dijo Brook recogiéndose la falda, dispuesta a largarse. - ha sido un placer.


Al rodearle vio a Kenneth y Sally mirarle con seriedad. Y aunque Kenneth era uno de sus problemas, no había un lugar en el que quisiera estar en aquél momento más que con ellos.


- Su madre dijo algo así el día en que la conocí. - Dijo sin embargo Saint Clair. Y el cambio en la expresión de la chica, que palideció por completo, accionó a Kenneth y Sally que fueron en su busca.


Pero ella ya no les estaba viendo, en cambio se giró y miró al hombre ante ella. Sentía su cuerpo tenso, sus manos entumecidas y su cabeza borrosa. ¿Qué acababa de decir?


- Era tan hermosa como usted, si me permite el atrevimiento.


- ¿De qué conoce a mi madre? - murmuró Brook en un hilo de voz.


- Una vez la visité en la pocilga en la que vivía con su marido y su hija. - la sonrisa del hombre le dejó una vista completa de sus perfectos dientes. - Me sorprende verla aquí, pequeña Daugherty. No es lo más sensato del mundo.


- Brook, - Kenneth apareció detrás de ella, poniendo una mano en su hombro. - ¿te está molestando?


- Kenneth...respira. - murmuró Sally tocando a su vez el hombro de su hermano.


- Señor y señorita Benworth, que agradable verles. - dijo Saint Clair con un gesto despreocupado.


- Hola. - dijo Sally. - ¿Está todo bien?


- Por supuesto, - sonrió - solo estaba diciéndole a Brook cuán hermosa es su amiga.


Sally enrojeció, Brook seguía sin reaccionar.


- Muchas gracias, señor. - dijo Sally.


- ¿Qué sucede? - susurró Kenneth en la oreja de Brook.


Ella le miró, sintiendo aquellos ojos verdes como su refugio. Maldita sea, no quería sentirse de ese modo, no más, no con él que jugaba con ella. No.


- Necesito aire. Y salió de la sala pasando a un Kenneth preocupado y a una Sally entretenida con aquél miserable hombre.


Estaba atravesando las puertas del salón, con su típica cabeza alta y su dignidad intacta cuando escuchó las pisadas decididas tras ella. No iba a girarse, pero sabía bien quien era.


Sin dejar de caminar, salió a uno de las terrazas que daban al jardín principal. Una vez allí, se apoyó en la baranda y cerró los ojos un instante, intentando procesarlo todo. Tres respiraciones profundas más tarde, Kenneth dijo:


- ¿Qué ha pasado? - se colocó a su lado para mirarla.


Brook tragó con dificultades antes de decir con un hilo de voz: - Nada. No te preocupes.


- ¿Te ha dicho o hecho algo? - dijo preocupado.


- Kenneth, no - comenzó pero la cortó.


- ¿Qué está pasando?


- Nada - repitió.


-¿Crees que no me he dado cuenta de que me estás evitando?


Brook quedó mirando la oscuridad del horizonte ante ellos, sin saber qué decir ni como decirlo.


- Brook, no entiendo nada. - Kenneth suspiró llevándose ambas manos al pelo de un modo desesperado. - Dime algo. Aun que sea que no quieres volver a verme nunca más.


Ante aquella frase Brook le miró con aquella mirada de frialdad que tenía en sus peores momentos. Kenneth disfrutó de verla de frente aunque fuese en aquél humor. Sabía que todo se terminaría si le decía aquella mentira, pero sin embargo contestó:


- ¿Es eso lo que tu quieres? - esbozó una sonrisa carente de alegría.


- No. - dijo él. - Sabes que no, te lo he dicho muchas veces Brook. Quiero estar contigo, quiero poder compartir todo contigo. - murmuró esperando que ella entendiera lo que quería decir.


Pero en cambio, un calor repleto de ira creció en el pecho de la chica. ¿De verdad iba a seguir mintiéndole y riéndose de ella de aquél modo? No pensaba creer una palabra de las que él tuviera que decir.


- Dime, Kenneth. - Brook se giró y apoyó su cadera en la baranda de piedra mientras cruzaba sus brazos. - ¿A cuantas jóvenes inexpertas y tontas has besado por diversión?


Kenneth, que no se esperaba aquella pregunta se quedó de piedra, mirándola. - Vamos, no te cortes, dime el número. - se mofó Brook.


Kenneth no podía darle un número. Pues había sido joven y había salido con John mucho. Cuando tenían dieciocho solían seducir a jóvenes tontas e inexpertas para robarles besos y no verlas nunca más. Les pareció divertido en aquél momento, aunque ahora se sintiera como un autentico capullo. No había manera de que le dijera eso a Brook.


- Ni siquiera voy a atreverme a preguntar con cuantas de ellas también te has acostado.


- Brook...- murmuró Kenneth. Se sentía confundido, pero también estaba asustado. ¿Por qué estaba asustado?


- ¿Qué? - contestó al instante con su mirada fría.


- Yo no te había conocido cuando todo eso sucedió. - intentó que sonara bien, pero su voz se asemejó más a un gruñido. - Hace mucho que perdí el interés en esas tonterías.


- Es curioso que lo digas después de haberme besado a mi. - resopló ella dando un paso lejos de él.


- Lo digo en serio, eso fueron cosas que hice de crío. Nunca he jugado contigo. Lo nuestro es distinto.


Brook le miró un instante, sin perder el control cuando volvió a tocarse el pelo y sin dejar que su corazón se emocionara o se volviera loco por sus palabras.

- Eso es lo que diría un jugador.


- No estoy jugando. - resopló primero, luego respiró - Jamás jugaría contigo. - sonaba sincero y apenado. Pero así era como él debía convencer a las chicas, sonando real.


- ¿Tampoco jugaste con Melinda Stonestreet? - soltó de pronto.


El rostro de Kenneth se congeló, su boca se abrió en una pequeña "o" mientras el aire dejaba de llegarle a la cabeza. ¿Cómo sabía Brook algo así? ¿Quién le dijo a Brook algo sobre Melinda? ¿Qué significaba todo aquello?


- Deja de tomarme por una tonta. - murmuró. - No voy a darte absolutamente nada.


Y después de eso, se giró y se largó.


Una cosa menos. Ahora solo quedaba resolver el tema de su madre. Pero sí, su corazón acababa de romperse en mil pedazos. Se sentía con el pecho abierto y en carne viva. Escocía, dolía, le costaba respirar.


Al ver que el reloj marcaba la media noche, entró en el salón, se despidió de Sally, James y John y subió escaleras y más escaleras hasta dar con la habitación que buscaba.


Cuando llegó, se sorprendió al ver la puerta entreabierta y escuchar voces. Gillian y Thomas estaban manteniendo una conversación ajenos a aquella puerta abierta. Una conversación como la que ella estaba dispuesta a tener con ellos.


Brook se pegó a la madera y aguardó en silencio. - Ha tenido una pesadilla, Thomas. - dijo la voz de Gillian. - Va a comenzar de nuevo.


Un silencio después, Thomas dijo: - Deberíamos contarle la verdad antes de que siga recordando.


- De ninguna manera. - dijo su tía tajante. - La verdad es horrible.


- Es lo mejor que podemos hacer. Estaremos a su lado para reconfortarla.


¿Recordar? ¿Recordar qué? ¿De qué hablaban? ¿Qué estaba pasando?


Kenneth subió directamente a su despacho y dio vueltas y más vueltas a su escritorio. Estaba nervioso, inquieto e inseguro. Y no sabía qué debía hacer.


Pero a Brook no iba a perderla, aunque vale decir que ya sentía a la chica más lejos de él que el día en el que la conoció.


Cuando James llegó para avisarle que Brook había subido, se dispuso a buscarla para intentar explicarse. Le diría la verdad y esperaría que ella le entendiera.


De todos modos no conseguía adivinar por qué creería Brook que Kenneth había jugado con Melinda.


Caminó con el corazón acelerado, sintiendo su respiración como parte del sonido de ambiente y se plantó ante su puerta.


"Puedes hazerlo" se dijo.


Tocó tres veces.

Se peinó con las manos, alisó su americana, miró que sus zapatos estuvieran limpios y se lamentó por lo idiota que estaba siendo. Pero nadie abrió.


Tocó tres veces más. Aguantó el aire e intentó escuchar si había alguien al otro lado de la puerta. No escuchó

nada, ¿pero donde más podía estar? Tres toques más.


- Brook. - dijo Kenneth. - Abre por favor. Necesito hablar contigo.


Brook siguió sin abrir. - Brook, por favor. - Kenneth apoyó su frente en la madera. - No es lo que parece. - Necesitaba que abriera, necesitaba verla, convencerla de que ella era la única, decirle lo que sentía, pedirle que no renunciara a él, a lo que habían compartido. - Nunca me he acostado con Melinda Stonestreet. Ella es...


Y cuando iba a comenzar su explicación sonó un ruido sordo en el rellano de la escalera.


Kenneth levantó la cabeza de la puerta e intentó ver algo en la oscuridad. Con sigilo comenzó a eliminar el espacio que le separaba, y al llegar allí, la vio.


Brook, estaba en el suelo inmóvil.

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