Capítulo seis

Actualizado: 22 de oct de 2018

El mundo pareció quedarse mudo en ese segundo en el que recorría el espacio vacío entre mi cuerpo y el agua. El aire zumbaba en mis orejas por la velocidad en la que estaba cayendo. Cogí aire, cerré la boca y los ojos y me preparé. Y entonces escuché el aleteo del águila, que apareció de la nada y con un chillido me acompañó amablemente hasta que me zambullí.


Antes de que pudiera asimilarlo el agua helada bañó mi cuerpo y lo engulló en las profundidades. Me sumergí varios metros, y cuando dejé de notar que el agua tiraba de mí hacia lo profundo, abrí los ojos.


Todo a mí alrededor era oscuro y tenebroso. La imagen era escalofriante, y tuve que luchar con todas mis fuerzas para no dejar a mi cabeza entrar totalmente en pánico al verme rodeada de tanto vacío. El escozor agudo en mis muñecas me distrajo un segundo antes de empezar a hiperventilar. Cosa que hubiera sido muy mala.


Reparé entonces en que iba a necesitar aire, y, como Catha me dijo, moví brazos y piernas en busca de la superficie. Con gran esfuerzo llegué arriba y cogí una bocanada de aire demasiado ruidosa. Como si esa fuera a abastecerme por la siguiente hora en el agua.


- ¡Te veo muy sigilosa! – miré hacia arriba para ver a Catha asomada desde la cubierta gritando sarcástica pero con una sonrisa radiante. – Mantén tus brazos y pernas en movimiento o te hundirás. – dijo al tiempo que me hundía.


Muy nerviosa empecé a dar patadas y manotazos en el agua por miedo a no ser capaz de mantenerme a flote, pero entonces reparé en el desgaste de energía que eso suponía, así que opté por dejarme hundir, y volver a subir suavemente a por aire, repetidas veces, mientras recordaba la sensación relajante que experimenté el día antes metida en la bañera improvisada del barco. No sentí miedo, porque sabía que podía salir a por aire en cualquier momento, y de hecho, de eso se trataba.


Una y otra vez me hundí varios metros y subí en busca de aire, sintiendo, cada vez que me sumergía, que tenía la situación bajo control. Tal vez podía hacerlo, tal vez podía no-ahogarme.


Cada vez que subía divisaba a las otras chicas aguardando como yo. Algunas parecían horrorizadas y otras horriblemente seguras, pero rápidamente vi que yo era la única preocupada en ahogarme. Porque, obviamente, había algo peor de lo que preocuparse.


Entonces un estruendo enorme tuvo lugar delante de mí, y un trozo de carne sangrienta y fofa cayó a menos de dos metros de mi cabeza. Me tomó un instante asimilarlo.

Y de pronto, las imágenes que había visto desde la cubierta el día anterior, me golpearon fuertemente.

Los tiburones iban a subir, y tenía diez segundos para salir de su punto de mira, así que debía moverme.


Cogí una gran bocanada de aire y empecé a mover mis brazos y piernas, consiguiendo que mi cuerpo se pusiera plano sobre la superficie del agua. Era torpe y para nada sigilosa, así que supuse que los tiburones ya se habrían fijado en mí.

Alaridos y gritos llegaban desde las cubiertas de los barcos. Los hombres daban mamporros con las palmas de sus manos bien abiertas. Algunos gritos eran inteligibles, otros gritaban: “¡nada!”, y yo no podía nadar.

Mis brazos y piernas se movían, pero no me estaba desplazando del sitio, y con todo el jaleo que creaba a mí alrededor, los trozos de carne muerta se veían arrastrados hacia mi cuerpo.


Estaba en medio de un remolino de porciones de foca en descomposición y no podía hacer nada. No podía alejarme, no podía sumergirme, no podía salir, no podía escapar de allí. Estaba atrapada en la inmensidad del caprichoso mar y sus temibles fieras.

Y ahora sí, el pánico, la ansiedad, y el miedo más puro inundaron cada parte de mí, y me di cuenta que cuanto antes ocurriera, antes dejaría de sufrir.


Con la sangre más fría que había tenido hasta hora, incluso más que cuando abandoné los cuerpos de Gull y Sail para escapar, incluso más que cuando me había tirado al agua segundos antes, me dije a mi misma:

- Thaia, vas a morir – y lo acepté y me sentí inquietantemente tranquila. Tal vez lo merecía, al fin y al cabo.

Miré hacia arriba una última vez, no sé para qué, pero vi a Catha con un brillo extraño en sus ojos. Me estaba mirando como si fuéramos amigas, o hermanas o personas que se quieren incondicionalmente por qué el tiempo las ha mantenido juntas. Cerré mis ojos y entonces ella bramó:

- ¡La ley del más fuerte! – pero yo no era la más fuerte. Tal vez ella sí.

Entendiendo su orden como una aprobación a mi decisión, cogí aire, encogí todo mi cuerpo en una bola y me sumergí.


No abras los ojos. Me dije, de inmediato, cuando empecé a notar las corrientes de agua que me zarandeaban anunciándome que ya no estaba sola. Y no estaban sólo debajo de mí, estaban a mis lados, encima, por todas partes.

Yo sabía que ellos estaban, y ellos sabían, por la forma en la que rozaban mi carne con sus colas, que yo estaba allí, viva y consciente.

Me sorprendió que no fueran brutos o agresivos. Los toques eran ásperos, pero no violentos.


Hubo un momento en el que pensé que tal vez jugaban conmigo como Gea me contó que las orcas jugaban con sus presas antes de comérselas.

Tal vez, todos aquellos tiburones estaban dándome toques, como si fuera una pelota, y pasándome de uno a otro, para que entrara en pánico y ellos pudieran perseguirme si yo salía nadando despavorida. Me sentí parte de una broma cruel.

Pero no iba a salir de allí. Tampoco tenía por quién salir, o por quién luchar. La persona más importante de mi vida la encontraría esperando por mí, si es que había un cielo, en cuanto me comieran esas bestias.

Esperaba no encontrarme nunca con Sail, Gull y su madre, porque no podría soportar sus miradas de decepción después de mi abandono. Y eso era terrible, y otra razón por la que no luchar.


El aire empezaba a faltarme, solté dos burbujas, sentí la presión en el pecho, y entonces, al ver que mi momento llegaba, lo decidí; si iba a morir, no lo haría sin antes ver su aspecto.


Aunque mi subconsciente seguía gritando que no abriera los ojos, lo hice. Nadie escapa de la tentación, eso decía Gea.


Todo el ambiente era negro, tal vez verde oscuro. Estaba muy lejos de la superficie, ya que el tenue resplandor del día no llegaba hasta donde yo estaba.


Miré hacía todos los lados y sentí que el agua iba a entrar por mi nariz y mi boca de un momento a otro. Entonces mi vista se enfocó un poco hacia el vacío inmenso que quedaba delante de mí y vi unos grandes y vacíos ojos negros enfocados en los míos, aguardando que yo le prestara atención.


Mi sangre se heló al ver la gigantesca boca abierta tan cerca. Toda ella era un puente de huesos curvos que engullía todo lo que pasaba por su camino. Pero el animal no se movió, simplemente me miró, me observó, al tiempo que yo le miraba a él, y después de unos segundos en los que me di cuenta que todo en mi cuerpo se aflojaba sintiéndose fuera de peligro, el animal siguió su búsqueda de comida y me abandonó.


Miré encima de mí, a mis lados, en mis pies, y esta vez no vi vacío. Ahora distinguía a los enormes tiburones con enormes bocas, nadando cerca de mí.

Y reparé en cuan claro mis ojos veían bajo el agua. Como si una lente ante mis corneas se hubiera desentelado.


Podía ver perfectamente las piernas de las otras chicas moverse para mantenerse a flote. Podía ver tiburones rodear a una de ellas que hacía más alboroto que las demás. Veía como la chica de la cabeza totalmente rapada nadaba por detrás de un tiburón y le cortaba media aleta. Vi como este se giraba bruscamente y ella se quedaba muy quieta arrinconada contra el buque más próximo. Lo vi todo. Todo.


Moví mis piernas y mis pies, sintiendo la situación bajo control, sin alterar a penas la corriente del agua, y poco a poco acorté el camino a la superficie. Hacia el mundo real. Procuré apartarme de los tiburones y las chicas y me acerqué a un bote, esperando que fuera el mío.


- ¡Virgen santa! – gritó un chico rubio y rechoncho que tiró de mis brazos para subirme cuando me agarré con fuerza a la borda de la barquita y pedí al mundo una bocanada de aire monumental.


No era consciente de hasta qué punto mi sistema necesitaba el oxigeno, hasta que sentí el aire acariciar mis fosas nasales.


- ¿Sigues viva? – balbuceó el viejo a su lado mientras me sentaba un poco aturdida en el banquito de madera y jadeaba ruidosamente.


Seguían hablando apresuradamente y haciéndome preguntas que no podía contestar, porque ni siquiera estaba escuchándolas.

Cogí aire, solté aire, cogí aire y solté aire. Y eso fue lo único que hice por más de cinco benditos minutos. Con cada bocanada me sentía un poco más viva y un poco más cuerda, gracias a Dios.


Miré el agua, chocando y balanceando bruscamente el bote, y quise trepar por la red del barco, ponerme las esposas y esconderme yo misma en mi propia celda, como había hecho el día anterior.


- ¿Thaia? – Catha murmuró con un brillo arrebatador en los ojos. Intuí su voz, y entendí lo que decía porque era mi nombre, porque lo dijo tan flojo que podría haber sido imposible. Parecía feliz de verme, por raro que eso sonara.


Miré hacia arriba, el agua chorreaba por mi cara, mis piernas, mis brazos y me di cuenta de cuan helada estaba. Mis dientes castañeaban y debía tener los labios morados. Pero, ¡Dios! Qué bien sabía la vida.


Nadie hablaba. De los más de doscientos hombres allí presentes solo hablaban el gordo y el viejo, demandando mi atención. Todo el mundo seguía observándome.


- ¡Listilla! – gritó El Barquero entonces. Enfoqué los ojos en él y en su sonrisa petulante que no me transmitió ni pizca de simpatía. - ¡Tráeme dos aletas, o comerás dedos para cenar!

- Quedan cinco minutos. – dijo el chico con cara de preocupación, mirando mis manos blancas y arrugadas.


Cogí una respiración profunda y rezándole al Dios que fuera que existiera en el Mundo Oscuro, me tiré al agua, terriblemente acobardada, esperando que no hubiera sido la suerte del principiante lo que me había sacado de ella.


Y sorprendentemente, al sumergirme en el agua, no noté frio, ni miedo, ni pánico por estar allí. Estaba más asustada por la amenaza, que sabía, El Barquero cumpliría que por el mar de Mérmat, y además, enseguida reparé en lo difícil que era sentirse así cuando podías ver a la perfección todo lo que pasaba a tu alrededor.


Nadé sigilosa detrás de un tiburón, él iba lento, y yo no tenía que hacer un gran esfuerzo. Entonces paré en seco. ¿Por qué podía nadar ahora? Yo no sabía nadar, ¿no?

Otro tiburón pasó por detrás de mí y rozó con su cola mi espalda. Me giré un poco sobresaltada por el toque y nadé detrás de él al verle alejarse tranquilamente.


Estiré mi mano, cogí su cola y me enganché a él. El tiburón peregrino nadaba y yo era arrastrada por él. Eso no se sentía del todo mal.


Miré al centro del círculo y reparé en que no había restos de carne de foca. Habían terminado de comer. Pero a juzgar por la cantidad de gigantes peces cartilaginosos que aun rondaban la zona, estaban buscando otro bocado que llevarse al estomago.


Envié mi mano libre al cinturón, palpé toda mi cintura buscando el cuchillo, lo despegué y le quité la funda, que inevitablemente se hundió en las profundidades del océano.


Sin soltarme, agarré la punta superior de la cola, puse el cuchillo en un extremo, conté a tres y rajé limpiamente la carne del animal quedándome con la aleta en la mano.


No sé que esperaba, pero como era obvio, sangre brotó de la herida, y el animal se giró bruscamente con su monumental boca abierta hacia mí. Nadé de espaldas agarrando fuerte la aleta amputada y mirando como el tiburón se acercaba más y más, amenazante, mi espalda chocó contra un bote.

Saqué la cabeza para coger una bocanada de aire, y en un instante que estuve fuera del agua pude sentir los ojos de los cientos de personas que estaban en aquel lugar, de nuevo sobre mí. Sobre lo que estaba a punto de pasarme.


Me sumergí sin dudarlo una vez más, cuando el depredador estaba a menos de un metro de mí y retrocediendo descontroladamente debajo del bote, con la ayuda de mis extremidades sin querer le di un fuerte puntapié en el morro.


Retiré mis piernas al instante, aterrorizada por lo cerca que había estado de su boca mutante, pero entonces el animal se vio desconcertado y cesó el ataque.

Pasó inquieto a derecha e izquierda, y en el momento en el que mis ojos encontraron uno de los suyos, el tiempo se congeló, el animal se relajó y nadó lejos, profundo en el mar.

Con mis ojos clavados en el rastro de sangre del animal que casi me come, guardé la aleta en la red del cinturón de cuero.


Y entonces una mancha tan roja como la que estaba viendo, se extendió y expandió naciendo de un cuerpo muerto en medio del círculo de mar que quedaba entre los navíos.

Habían matado a una chica, probablemente a la que rondaban unos minutos antes. No lo podía decir, estaba descolocada. Saqué la cabeza del agua para coger aire y lo que se veía desde fuera era peor aún. Una decena de animales gigantes comiéndose y degollando un trozo de carne que no parecía ya humano. Cada tiburón tiraba de un extremo de carne, lo rajaba y se lo llevaba lejos. Cada vez que uno se iba, otro aparecía, y así, toda el agua se fue tiñendo de rojo.


Nadé a toda prisa hacia el bote más cercano, apoyé mis codos en la borda y saqué todo el contenido de mis tripas en el suelo de la barca, a los pies de dos chicos jóvenes y esbeltos que me miraban con soberbia.

Con el dorso de la mano me limpié las lágrimas y la boca sucia y les miré del modo más arrogante que pude. Incluso más duro de lo que ellos me miraron a mí.


- ¡Dos minutos de juego! – gritó El Barquero con su cuerno, devolviéndome al juego. Sólo tenía una aleta.


Me sumergí sin dudarlo y nadé a toda prisa hacia la carnicería. Sólo necesitaba una aleta más. Pero entonces, no tenía cuchillo.


Lo busqué en mi cinturón, miré a derecha e izquierda, con la ingenua esperanza que estuviera allí suspendido en el agua. Me sumergí un metro, dos, tres, cuatro, y vi algo caer lentamente. Podía ser mi cuchillo, y tenía dos minutos, o menos.


Así que sin perder tiempo, nadé y nadé y nadé hasta que, hube recorrido el agua que nos separaba y lo tuve entre mis manos. Lo levanté para ver que aunque era un cuchillo, no era el mío, pero encontré algo mejor: la red con dos aletas estaba enganchada en él. Y mirando hacia arriba supe exactamente a quien le había robado la mercancía.


Empecé a nadar pesadamente de vuelta hacia la superficie, cuando la presión del agua apretó en mi pecho. El aire me faltaba, mi cabeza estaba aturdida. Brazada tras brazada me acercaba un poco más a la superficie, pero nunca llegaba a alcanzarla.

Y por si todo lo que había vivido aquella mañana fuera poco, inevitablemente llevé con fuerza las manos a mi boca cuando unos ojos distintos a los de los tiburones, amarillos, tan amarillos como había visto los míos en las noches ante el espejo, me miraron a menos de medio metro.


El susto hizo que las últimas burbujas de aire que quedaban en mi pecho se escaparan y mi visión se volviera borrosa. Los ojos desaparecieron, pero una fuerza tiró de mi hacía arriba, hasta que estuve en la superficie, de nuevo, mendigando por aire.


Un bote se acercó y entre dos hombres, que ni vi, ni quise ver, me subieron a bordo, dejándome esparramada en el suelo con mis dos redes fuertemente cogidas.

Abrí los ojos mientras recuperaba el aliento y encima de mí vi toda una tripulación abocada por la borda pendiente de mí. Ni me moví, ni les devolví las miradas, ni les contesté si estaba viva.


Cuando llegué al pie del Caronte, trepé lenta y torpemente por la red hasta subir a la cubierta, sintiendo mi cabeza abrumada. Chorretones de suciedad procedente de mi cara, llenaban mi cuello y mi camiseta, clavé mis ojos en el suelo y levanté mis tres aletas.

Perdí el conocimiento cuando me aseguré que Catha estaba lo suficientemente cerca para cogerme.

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