Epílogo


Dos meses más tarde.


- Cariño, tus tíos han llegado. - dijo Kenneth viendo la calesa por el camino de entrada de su pequeña mansión al sur de Surrey.


- ¡Voy! - dijo Brook cantarina mientras saltaba de su yegua.


La miró mordiéndose el labio inferior con intensidad, allí estaba su mujercita, corriendo como una niña feliz hacia la casa, dejando la yegua plantada a medio camino entre el establo y el vergel.


Se permitió sonreír.


Justo cuando pasó por delante de su esposo, él dio dos rápidas zancadas y la atrapó por la cintura, reteniéndola contra su fuerte cuerpo, envuelta en sus musculosos brazos y separando sus pies del suelo.


- No saltes de ese modo de la yegua. - gruñó él con sus labios atrapando su oreja. - No quiero que te hagas daño.


Brook se retorció en su agarre riendo divertida y llenando el pecho del chico de un intenso sentimiento cálido. - Eso no me da miedo. - le contestó sin parar de moverse, en vano.


Kenneth puso sus dos manos en la estrecha cintura de la chica, manos que no pudo sacar de ella desde que la hizo suya, y la volteó, acomodando su cuerpo de cara, sintiendo las suaves manos de ella en su pecho.


- A mi si. - susurró él.


La noche de bodas fue la mejor noche que Kenneth había vivido en su vida. Él tenía experiencia, sabía lo que se hacía, o eso creyó hasta que la figura desnuda de Brook le secó la boca.


Era completamente perfecta. Sus piernas largas, sus caderas redondas con aquél trasero alto y turgente, su vientre plano y sus pechos llenos.


Su cuello, su espalda, su clavícula...todo en ella, hasta sus manos y sus pies, era la visión más hermosa de una mujer que Kenneth hubiese tenido.


Se sintió nervioso y tembloroso hasta que la tuvo entre sus brazos y la hizo suya para siempre.


Si hasta el momento había sentido que la amaba, después de aquella primera noche, sus sentimientos pasados no eran nada en comparación.


Aquella tarde, los ojos azules de Brook estaban brillantes y rebosantes de vida. Su pelo caía trenzado por su espalda, decorado con mechones platinos que el sol había teñido. Su pequeña nariz, repleta de pecas, pues desde que se mudaron a la nueva casa que él compró con el dinero que le tocaba por ser hermano Benworth, Brook no había perdido un instante en ataviarse con un sombrero o ponerse guantes.


Y eso, a él, le había hecho inmensamente feliz.


La casa que Kenneth había comprado tenía todo lo que siempre, ambos, habían querido. Era una mansión con arcos y columnas parecidas a las de Glassmooth pero a escala pequeña. Tenía un granero con animales y un establo con caballos. Un bosque delimitaba el lado este de la finca y vergeles repletos de arboles frutales.


Era muy pequeña comparada con Glassmooth, pero era más de lo que Brook jamás pudo imaginar.


Por primera vez en mucho tiempo, era feliz. Realmente y verdaderamente feliz. No fingía, no sonreía para tranquilizar a nadie y no debía pensar en las formas o las reglas de la alta sociedad. Se sentía libre. Al fin. Libre y casada con el mejor hombre que jamás se hubiese imaginado conocer. Hombre que le permitía todo, la amaba tal cual era y moría por sus sonrisas.


Se habían mudado allí la noche de la boda, un mes atrás. Una boda espectacular que dejó a más de una mujer suspirando celosa.


- ¿Sabes? - dijo Kenneth acariciando la frente de su chica con la nariz. Ella se inclinó hacia atrás, apartándose y mirando sus ojos.


- ¿Qué? - le dijo mordiendo su labio.


- Soy el hombre más feliz del mundo. - murmuró mirando los carnosos labios de Brook.


Ella rió juguetona, le había dicho cosas como aquella desde la tarde en la que la rescató. Y ella, que al principio se quedaba sin palabras, ahora dejaba escapar risitas nerviosas.


Kenneth se inclinó hacia ella, envuelto en su dulce aroma a camomila y suspiró sintiéndose lleno y completo. ¿Quién le iba a decir que el matrimonio que tanto había evitado, al fin y al cabo, sería la mejor opción?


Estar casado con aquella delicada y hermosa mujer, le daba a su vida el calor y la tranquilidad que jamás había sentido. Se había dado cuenta de lo aliviado que se sentía de no estar en el punto de mira y se compadecía de su hermano, que ahora estaba intentando estar al mando.


Para ser completamente honestos, aunque James Benworth fuese ahora el heredero de la familia y el señor de la casa, todos los asuntos pasaban primero por Kenneth, a petición del hermano pequeño.


Él le aconsejaba, le enseñaba las mejores opciones y le daba su opinión de la decisión final, poniéndole a James las cosas fáciles, expresamente, ya que se sentía responsable del cambio que su vida estaba dando. En cuanto a lo del hijo bastardo de su padre, Kenneth creyó que sería un secreto que mantendría, por el momento.


Así que, a resumidas cuentas, no era el heredero, por una cuestión de principios en las altas esferas de la sociedad, pero llevaba la situación como si lo fuese.


Nada había cambiado. Pero todo era distinto.


Entraron en Sunthery Lane, su nuevo hogar, y aguardaron en las puertas principales a que los Dwight entrasen.


- ¡Mi pequeña! - dijo Gilian abriendo fuertemente los brazos.


Brook se tiró a abrazarla con fuerza y se dejó besar por todas las partes de su rostro al tiempo que Thomas se acercaba a Kenneth y le daba un abrazo.


- ¿Como lo lleváis? - le preguntó. - ¿Es duro el primer mes de matrimonio? - sonrió sabiendo bien la pregunta.


- La verdad es que nunca imaginé que sería tan bueno.


Por el modo en el que Kenneth intentó evitar sonar nervioso, Thomas supo, si es que quedaba ya alguna duda, que aquél chico amaba a su hija.


- Vamos, - dijo Brook. - debéis estar agotados del viaje. Dan os acompañará a vuestra habitación.


Un mayordomo joven y risueño apareció delante de ellos y les hizo una seña.


- Vuestra casa es increíble. - le dijo Gillian a Kenneth después de darle un fuerte abrazo.


Thomas abrazó a su pequeña y luego, los Dwight subieron a instalarse.


- Señora. - dijo Kenneth con una sonrisa traviesa. - ¿Le apetece dar una vuelta conmigo antes de la cena?


- No se si deba. - contestó Brook volviéndose para verle. - Mi marido, tal vez se moleste.


La mirada de Kenneth recorrió el cuerpo de Brook de un modo lujurioso y ardiente haciéndola estremecer por completo. Entonces se acercó a ella varios pasos, lentamente, al acecho y ella le esperó, sin achantarse, con el pecho bien hinchado y una ceja arqueada.


- ¿Me está rechazando? - gruñó Kenneth cuando se plantó delante de ella y se atrevió a dejar sus labios a centímetros de los suyos.


- En realidad...- susurró en su boca, dejándose llevar por aquél intenso temblor de piernas. - creo que puedes llevarme donde quieras.


Y se puso de puntillas para besarle.

Los besos seguían siendo escandalosamente ardientes y adictivos. Cada vez que sus labios estaban remotamente cerca, miles de mariposas corrían entre ambos, sintiéndose como la primera vez.


Kenneth, sonriente, la arrastró fuera de la casa, por la puerta trasera y con decisión cruzaron el jardín y llegaron al limite en el que el vergel dejaba paso al bosque. Estaba oscureciendo.


- Creo que esta situación la he vivido antes. - dijo Brook con una sonrisa.


Kenneth mordió su labio para ocultar una sonrisa y se inclinó a besar su frente antes de tirar de ella hacia el pequeño bosque.


- Tranquila, señorita, no hay lobos en este bosque. - dijo Kenneth con voz extremadamente educada.


- No me dan miedo los lobos, Benworth. - siguió el juego ella.


La arrastró hasta un gran árbol, un tronco ancho, alto y liso. Y como si se tratara de un flaishback, Brook jadeó y miró hacia las alturas, y lo que descubrió hizo su corazón acelerarse.


- ¡Una casa en el árbol! - exclamó ella. - ¿Has comprado una finca increíble con un bosque y una casa en el árbol? - siguió ella agarrando las solapas de su chaleco con una amplia sonrisa.


Kenneth rió como un niño antes de decirle: - En realidad, compré la casa en el campo con su bosque. Pero la casa en el árbol la construí antes de mudarnos. - Brook la miró anonadada y él encogió un hombro como si aquello que había hecho no fuese lo más increíble del mundo.


- ¿La has construido tú? - dijo ella mirando sus verdes ojos con un brillo espectacular. Él asintió. - ¿Para mi?


- Para los dos. - besó su nariz. - Te prometí que envejeceríamos trepando arboles.


Kenneth ayudó a Brook a subir por la escalera escondida que cayó desenredándose de la nada por el tronco del árbol al tirar, ambos, de un cabo.


La casa tenía cuatro paredes gordas que aislaban al huésped de la temperatura exterior. En la pared central había una hermosa cama de matrimonio, un armario y un par de mesitas de noche. Una segunda puerta daba paso a un balcón apuntalado, con un balancín.


Brook, sin aliento se sentó en el balancín y miró a su marido seguirla.


Aquella casa en el árbol le había costado a Kenneth más de un mes de trabajo. Era perfecta y estaba perfectamente bien hecha, lujosa y segura. Aquello era como un sueño.


Y cuando miró las vistas des del balcón, el aliento en Brook se estancó con la vista puesta en un punto en concreto.


- Es la casa de tus padres. - Kenneth la rodeó entre sus brazos, apretándola en su costado.


Ella siguió mirando el lugar con los ojos bien abiertos, estudiando, observando, sintiendo.

Luego miró a Kenneth con los ojos vidriosos.


- ¿Has hecho todo esto por mi? - susurró.


Kenneth estiró su mano y apartó un mechón que caía en su frente, luego le sonrió.


- Todo lo que hago es por ti, mi amor. - Brook le miró sintiendo su corazón llenarse con cada latido. - Cuando estés lista iremos a tu antigua casa y buscaremos recuerdos bonitos de tu infancia y tu herencia, antes de que otro la reclame como suya.


Y allí estaba, su perfecto hombre, con su cuerpo esculpido como el de un Dios griego, desordenando su cabello castaño con sus manos y mirándola fijamente con una sonrisa tierna.


Y de ese modo es como Brook entendió que el amor verdadero sí existía. Si era común o no, eso era algo que nunca sabría, pero de lo que estaba totalmente segura era de que ella lo había encontrado.


Su vida era perfecta, sus sonrisas incesantes y su buen humor una constante vital en la vida de ambos.


Todo lo que había soñado: la vida en el campo. Lo tenía y era gracias a él. Al amor o a quien fuese que había puesto a Kenneth en su camino para girarlo por completo con sus radiantes sonrisas y sus encogimientos de hombros.


- Te amo Kenneth Benworth.


- Yo más, Brook Benworth.



FIN



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Querido Lector,


espero que hayas disfrutado esta novela tanto como yo lo hice el día que la escribí. Al ser un contenido gratuito, te pido por favor que votes, des likes, comentes y participes en ella para darle voz y popularidad, pues es el mejor modo en el que los trabajos-regalados pueden seguir existiendo.


Por mi parte, ha sido un placer que me acompañes en este viaje.


La segunda entrega de la Saga Benworth está ya disponible en en el blog.


Si has disfrutado de la historia de Kenneth, no esperes más y descubre qué le depara el destino a James, el nuevo heredero de la familia.


Miles de besos y amor,

como siempre; gracias.


MRMarttin



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