Diecisiete: VOLVER

Glassmooth. Actualidad.


- Hola. - Sentía cada parte de mi cuerpo calentarse y volver a latir con fuerza.


La gente estaba recogiéndose hacia el salón de baile para seguir con la velada. Todo el mundo desapareció, de hecho, y allí, ante el laberinto solo estábamos John y yo.


Mis manos sudaban y las escondí en los pliegues de mi falda. Intentaba respirar con normalidad, pero de pronto parecía que el corsé estaba demasiado apretado.

John llegó delante de mí y me miró fijamente. Una barba fina cubría su rostro dándole aspecto maduro.


Sus intensos ojos azules repasaron mi rostro con atención. Aquellos ojos. Los ojos que más amaba en el mundo.


Lucía cansado, pero no como las otras veces que le había visto volver.

No. Esta vez no había perdido peso, ni su pelo había dejado de brillar.


Estaba como el John Morris que me sacó del laberinto dos años atrás, antes de que me diese cuenta de que aquello que teníamos era demasiado abrumador y corriese acobardada a los brazos del bastardo de Saint Clair.


- Hola. - dijo él. Su voz grave, su mandíbula apretada. - Siento presentarme de este modo. - Vi la preocupación en su rostro. - Sé que me dijiste que me fuera pero -


- Está bien. - le corté. Él aguantó el aire.


- ¿Está bien? - aguardó a que siguiera.


Y me costó tanto seguir...


John estaba delante de mí y todas las razones por las que le amaba volvieron revoloteando del rincón de mi mente donde las había dejado olvidadas.


¿A quién quería engañar?

Austin tenía razón; no se puede pasar pagina si no se enfrentan los problemas.


John Morris, sin sonrisa, con su mentón apretado y su frente arrugada, era el hombre más apuesto que había visto en mi vida.


Y no era solo eso, porqué dejad que haga este apunte: la atracción física puede superarse y dejarse atrás, pero la atracción emocional; no.


Y ese era mi problema: estaba viendo a mi mejor amigo. Le había tenido delante intentando hablarme varias veces en los últimos meses, pero hasta aquella noche no le vi como mi John.


Y entendí por qué superar la ruptura me estaba costando tanto.

Era sencillo: yo había conocido su mejor versión. Y sabía que estaba dentro de él, en alguna parte.


Y aunque se había portado mal conmigo, mi mente había separado a los dos Johns - el bueno y el malo - como si se tratase de dos personas distintas.


Amaba al John bueno y odiaba con toda mi alma al John que me lastimó. Ese era mi problema. Eran la misma persona y debía aprender a verlo.


- Sí. - dije al fin. Hubo otra pausa, él estaba siendo muy cauteloso. - Estoy lista para hablar contigo.


Los ojos de John cambiaron de color, literalmente. Se quedó muy quieto, con sus brazos a ambos lados de su cuerpo y la espalda recta. En su frente pequeñas gotitas de sudor.


Era difícil para ambos, y eso me reconfortó.


- ¿Estás segura? - dijo - Puedo esperar más tiempo, Sarah. No hay prisa.


- Estoy segura. - le miré fijamente. - No quiero esperar más.


Volví a ver un cambio en sus ojos. Probablemente estaba sopesando si aquella declaración era buena o mala y la dirección que tomaría la conversación desde ese momento. Eso es lo que hubiera hecho yo.


- Me alegra escuchar eso. - dijo al fin. - Resolveré todas tus dudas y estaré aquí para lo que necesites.


Mi corazón dolía. Dolía mucho.


- Te lo debo. - añadió.


Estaba teniendo un momento de flaqueza. Estaba a punto de llorar.


Cogí aire, miré un momento al cielo oscuro y estrellado y con cautela dije:

-  Lo único que necesito es que seas honesto. - le miré, me miraba fijamente. - De ese modo podremos avanzar. 


John suspiró, suspiró muy fuertemente y asintió. Miré alrededor, seguíamos solos.


- Tienes razón. - susurró. - No puedo avanzar. - cogió aire y miró la nada - Y tú tampoco ¿verdad?


- No, no puedo. - murmuré.


Y entonces nos miramos fijamente, y el torrente de emociones dentro de mí era incomodo y doloroso y algo que realmente no quería estar sintiendo.

Como el mal estar que tienes cuando sabes has cogido un resfriado y sus síntomas te van a dejar en cama una semana. Me resigné; era lo que tocaba sentir en aquél preciso instante, supongo.


Pero al mismo tiempo no quería alejarme, no quería dejar de hablar con él ahora que habíamos conseguido volver a hablar más de tres palabras seguidas. Anhelaba y necesitaba que todo volviese a ser como antes.


Ojalá pudiese saltar sobre él y besar su cara miles de veces y reírnos despreocupados y ser felices.


Él me observaba como si fuese la primera vez que me veía. De hecho, me miraba así cada vez que volvíamos a vernos.


Un chasquido vino de la casa y observé cómo se cerraban las puertas de uno de los balcones.

Miré más allá; Austin tampoco seguía allí arriba.

El barullo de la gente se podía escuchar de fondo, sin embargo. Era la salida perfecta.


- Hablaremos mañana por la tarde en el muelle del lago. - dije yo. - Ahora hay una fiesta que atender.


No esperé a que John dijese nada más, de hecho, ni siquiera abrió la boca. Me giré y me dirigí a casa, sabiendo me seguiría en algún momento.


Debía mantener el punto de vista objetivo. Si me dejaba llevar, los sentimiento volverían; los de amor y los de odio - ya que aun no me había curado del dolor -.


La posición en la que estaba - y a la que Austin me había ayudado a llegar - me ayudaba a ser resolutiva y objetiva.


Al entrar al salón de bailes, Brook me miró con sus bonitos ojos azules fijos en mi expresión, relajó los hombros cuando asentí en señal de estar bien.


- Estoy orgullosa de ti. - Tía Lorrain apareció a mi lado sosteniendo dos copas de champagne.


Me limité a coger la mía y a darle un sorbo. No tenía para mostrarle ninguna emoción. Ni siquiera me sorprendía cuán al tanto estaba de mi situación. Y, sinceramente, a estas alturas y después de todo, me daba igual.


- Salut. - Llegó Austin con otra copa y una sonrisa de oreja a oreja. Escrutó mi cara de póquer. Chocó su copa con las nuestras.


- ¿Está disfrutando de la fiesta, señor Gabriels? - mi tía le preguntó con un bonito tono. Un tono que nunca usaba con los hombres que se me acercaban.


- Mucho, - dijo él. Yo le di otro sorbo a mi copa, vi a John entrar al salón e ir directo hacia mis hermanos. - de echo, estoy disfrutando toda mi estancia en esta magnifica casa.


- Me alegra oír eso. - dijo ella, yo volví a beber, mis ojos clavados en él. - ¿Le gusta mi familia, señor?


John cogía la copa que James le daba mientras hablaba con Brook. Ella tenía una sonrisa espectacular en su rostro.


- En efecto. Me siento muy bien acogido con los Benwroth. - Austin estaba siendo tremendamente educado con mi tía, pero la espalda de John era perfecta.


- Sí, son maravillosos. A mí me hacen sentir como en casa. - mi tía rió a mi lado. - De vez en cuando toda mujer se merece unas vacaciones de su marido. ¿No cree?


No sé qué contestó Austin a tal replica. Si hubiera sido cualquier otra persona, me hubiese preocupado de tal arrebato de sinceridad. No estaba bien visto que las mujeres hablasen así de sus maridos.


Pero Lorrain hablaba con Austin Gabriels; el mejor hombre que podía una mujer encontrar.


Tuvieron una conversación sobre maridos y libertades mientras yo observaba cada pequeño movimiento que John hacía, cada expresión de su interlocutora y cada flexión de sus músculos.


Y en algún momento escuché a tia Lorrain decir:

- Aunque debo admitir un secreto, - parpadeé, como despertando de un sueño y la miré curiosa. Sus ojos brillaban mientras miraba fijamente a Gabriels, él la escuchaba con mucha atención. Vaya si se entendían estos dos. - hay un miembro de los Benworth que me gusta más que el resto.


Austin rió y bebió un trago. Yo fruncí los labios y les observé. ¿De qué iba aquello?


- Apuesto a que usted también tiene a su Benworth favorito. - siguió mi tía. Le fruncí el ceño desmesuradamente. Estaba siendo una descarada.


- Se equivoca. - Austin se erguía delante nuestro, con sus grandes hombros bien altos pero con expresión simpática y humilde. Como si no supiese cuan atractivo era.


Porqué sí, lo era y mucho. Vistiendo traje de chaleco, corbata ajustada y zapatos lustrados, parecía uno de esos hombres que las jóvenes casaderas ven como un tesoro. Mi tía estaba babeando casi de un modo literal. - Tengo a una Bewnroth favorita.


Tía Lorrain rió como una niña, y yo no pude evitar rodar los ojos.


- ¿Podría saber de quién se trata? - preguntó. ¿Estaban hablando de mí en mis narices?


- Espero que no creas que eres tú, ya que no llevas el apellido Benworth. - espeté. Soné sorprendentemente furiosa por el juegecito de aquellos dos. No estaba de humor.

- Oh, - dijo - veo que hemos conseguido su atención.

Le hice una mueca. Una mueca fea y pequeña para que la recibiera solo ella.


- Bienvenida a la conversación, Sarah Benowrth. - se mofó Austin.


- Eso que estabais teniendo no era una conversación. - espeté yo. - Solo hablabais tonterías para hacerme rabiar.


- La verdad es que sí hablamos cosas muy interesantes sobre el matrimonio, querida. - dijo ella risueña. - Y ahora que has vuelto, os dejo.


Y se fue justo cuando los músicos comenzaron a tocar.


- Qué graciosos sois. - miré a Austin que escondía su sonrisa tras la copa vacía de cristal. Le di un sorbo a la mía.


- Parece que no has estado tan sola como creía. - dijo él. - Tu tía tiene una mirada muy aguda. Ve más de lo que crees.


- ¿Vas a hablarme bien de mi tía porque te ha subido el ego, queridísimo Gabriels? - dije yo mofándome.


- Voy a hablarte bien de ella porqué me gusta, y tú bien sabes que soy bueno juzgando la honestidad de las personas. - dio un paso hacia mí y me quitó la copa de la mano. la dejó encima de una bandeja justo cuando pasaba un camarero y soltó: - Ahora vamos a bailar.


Obviamente hablamos de John y de cómo me había sentido, pero yo me sentí reacia a revelar mis sentimientos en aquél momento. No se sintió correcto. Como Austin era bueno interpretando mis estados de animo, cambió de tema y se puso a contarme cotilleos y tonterías. Se lo agradecí internamente.


Para cuando acabamos de bailar, mi humor era ligero. Y aunque seguía necesitando dormir, el optimismo que Austin me transmitió me dio un empujón para poder seguir en pie al menos un par de horas más.


- ¿Sabes que tu madre ha invitado al Vizconde de Portman? - me dijo al apartarnos de la pista de baile.


- No. - contesté sin mas. - ¿Debería importarme?


- A ti no. - dijo sonriendo. - Tu eres mucho más importante que cualquier título nobiliario.


- No sé si estás siendo condescendiente... - murmuré con los ojos estrechos en él.


- Lo digo en serio. - levanté una ceja y me dió un toque en la nariz. - Cambia esa cara antes de que alguien te vea haciendo muecas.


- ¿Por qué es el Vizconde importante para ti entonces? Creí que tú también estabas por encima de títulos. - me giré a intentar buscar de quién hablaría Austin. Pero todos los hombres se parecían bastante.


- Lleva un negocio en el que me interesaría participar. - Austin miraba entre el gentío, yo miraba su mandíbula apretada y la barba negra que empezaba a crecerle.


- Sarah. - James estaba delante de mi y su voz sonó a cristales rotos. Rodé los ojos y bufé sin disimulo. - Señor Gabriels.


Me giré a mirarle, y allí estaba; mi cabreado hermano con John.


- Creo que no nos hemos presentado, - dijo éste último mirándome solo a mí. - Soy John Morris.


- Encantado de conocerle señor Morris, - Austin sonreía como un niño que sabe un secreto. Muy poco disimulado. Si no hubiese sido obvio, le hubiera dado un codazo allí mismo. - soy Austin Gabriels.


- He oído mucho sobre usted. - Miré a John sorprendida, me miraba fijamente, con sus perfectos ojos azules y sus anchas espaldas.


- En Londres, me imagino. - Gabriels sonrió y volvió a mirar más allá, en el gentío. La música comenzó a sonar de nuevo. - Sarah, creo que deberías salir a bailar con el señor Morris, - me miró un segundo, miró a John y a James y dijo: - Volveré en unos instantes y retomamos la conversación. Si me disculpan.


Y salió disparado hacia el Vizconde dejando a James enfadado como una mona.


- Vaya modales tiene tu amigo. - espetó. Me hubiese reído si John no hubiera estado allí haciendo mi humor tambalear.


- ¿Sois amigos? - este fue John, que miraba todo mi rostro en busca de alguna reacción.


- Han estado pasando mucho tiempo juntos, - dijo James para añadir cizaña. Supongo que estaba intentando reclutar a John en sus filas de "Odio a Gabriels".


- Somos amigos, sí. - dije yo.


- A mi no me gusta. - mi hermano añadió.


- No empieces. - le fulminé con la mirada.


- Disculpad - James salió del salón enfurruñado, pero John le mostraba ningún tipo de atención.


- Sarah - John tragó despacio, vi su nuez moverse y su mandíbula aflojarse. - Si he llegado demasiado tarde, dímelo. - El peso de lo que estaba diciendo cayó sobre mi como un trombo de agua fría.


Sentí las mis cosquillas apretarse y mi garganta cerrarse. ¿Cómo se atrevía a sugerir una cosa así? Y además a parecer herido por la posibilidad de que yo pudiese estar rehaciendo mi vida.


Respiré hondo, controlé mis emociones, le miré y me limité a decir: - Mañana hablamos de todo lo que deba ser hablado. Buenas noches John.


Y con paso firme y ligero dejé el salón de fiestas y me dirigí a mi habitación sin mirar atrás o sin esperar a que me siguiera para decirme cualquiera de las cosas románticas que me había muerto por oír en el pasado.


Tenía claro cómo debía comportarme, cómo debía solucionar todo esto y qué debía preguntar para aclarar mis dudas y poder seguir adelante.

Solo debía mantenerme templada y en mis cabales. 

Y en aquél momento no creo que lo supiera, pero aquello, para mí, fue el principio del fin. 



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No sé si alguna vez te has visto en una situación así y no sé si eres consciente de los diferentes caminos a los que esta situación te dirige. ¿Sabes de qué hablo? Compártelo conmigo. 

Siempre me han dicho que amar y ser amada, es fácil. Pero Sarah no está ya tan segura de eso. Así que si alguien aquí lo está, por favor, que se lo explique también. 

Gracias por leer. Comenta, comparte y vota, porfis. 

Mañana mas y mejor. 

MRMarttin

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