Dieciséis: El laberinto

Actualizado: 21 de ago de 2019

Glasmooth. Actualidad.


Pasaron diez días más. Austin y yo seguíamos escapando para charlar y sanar y para encontrar la fuerza dentro de mí. Esa fuerza me impulsaría a dar el siguiente paso, decía él.


Y claro, el paso era enfrentar a John. Sentarme delante de él y pedirle todas las explicaciones que yo necesitaba para poder seguir con mi vida.


No podía ni llegar a imaginarme el trabajo mental que supondría enfrentar mis sentimientos, mis dudas y mis problemas y ponerme a decidir objetivamente y con cabeza fría, qué debía preguntarle y porqué eso sería beneficioso para mí.


Intentaba no pensar donde estaba John, con quién o si iba a volver. Era inquietante que no hubiese vuelto ya, pero claro; yo le dije que se fuera.


Si él me lo hubiese dicho a mí, yo ya estaría muy lejos de allí sin intención de volver jamás de la vida. El orgullo no me lo permitiría.


- Volverá. - decía Gabriels una vez al día, cuando la duda asomaba mis ojos.


De todos modos, también tenía momentos de debilidad en los que agradecía que aun no hubiese vuelto, porqué había días que me levantaba sin fuerzas para enfrentar a nadie.


- ¿Cómo estás tan seguro? - pregunté aquélla mañana de finales de Julio.


- Créeme, - dijo - él quiere hacerlo, solo está dándote tiempo a ti. Sabe que estás enfadada y que volver ahora no va a arreglar nada.


- Volver nunca ha arreglado nada, Austin. - murmuré. - Siempre que ha vuelto, le he echado.


- Esta vez es diferente. - Sonrió. - Tú eres diferente. Estas lista para escucharle.


- Pero no hay modo en el que él pueda saber eso. - le fruncí el ceño un tanto molesta por la obviedad.


- No puede saberlo. Pero lo anhela. - un silencio. - Por eso ha vuelto cada vez. Tiene esperanzas de que algo cambie la próxima vez que te vea.


Lo que Austin Gabriels dijese, iba a misa. No había más que hablar. Siempre; Siempre tenía razón.


Había veces que discrepaba, debatía con él, le exponía mi punto de vista y él me escuchaba y me atendía con una afable sonrisa.

Yo diría algo como:

- Esa es mi verdad.


Y el contestaría algo como: - Tu verdad es verdad hasta que algo haga que deje de serlo.


Y probablemente a los cinco minutos algo pasaba y mis palabras dejaban de tener veracidad y Austin Gabriels volvía a tener razón.


Pero solo sonreía y tocaba mi mano con afecto. James estaría regodeándose durante un mes.


- Queridos invitados y queridas invitadas. - Kenneth se levantó de la mesa e hizo sonar un cuchillo contra su copa de vino. Tenía aspecto de estar incomodo. Seguramente mi madre le había obligado a hacerlo. - Como ya saben todos los veteranos de las fiestas Benworth, mañana por la noche se celebra el juego del laberinto. - la gente, aguardando su cena y sentada a lo largo de la gigantesca mesa del comedor de Glassmooth, se emocionó. - Es tradición que todos y todas las jóvenes casaderas participen y gocen de la velada. - Todo el mundo aplaudió, luego él carraspeó su garganta y añadió: - Quisiera aclarar el rumor que corre relacionado con este juego. - le miramos atentos. - Que yo me haya casado y sea feliz con la mujer a la que en su día encontré jugando a este juego, no significa que eso le vaya a pasar a todo el mundo. - Todas las chicas suspiraron romanticamente y los hombres se hincharon como pollos. Parecía que aquella réplica había provocado la reacción contraria. - Así que chicos y chicas, - sonrió Kenneth graciosamente - no sintáis pánico y participad.


Todo el mundo aplaudió en el mismo momento en el que mi madre le dio un codazo a mi hermano mayor. Y cuando bajé la vista de las alturas, vi a mi querido James mirarme con los ojos oscurecidos y los labios fruncidos.


- Eres muy pesado. - le dije.


- Procura que no sea Gabriels quien te encuentre o tendré un par de palabras con él.


- Muuuuuuuuy pesado. - rodé los ojos exasperada.


- Aaah - suspiró Brook a mí lado. - Que recuerdos.


- ¿Qué recuerdos? - dije yo. - ¿Tú y Kenneth en el laberinto? Salisteis juntos.


- Sí. - sonrió. - No le di mucha importancia aquella noche, pero desde luego cambió mi vida por completo.


- Es hermoso escuchar eso. - me sorprendí a mí misma diciendo.


Era la primera vez que pensaba en la suerte que habían tenido los demás como algo bonito y que me llenaba de felicidad. No hubo amargura o picazón.

Una pequeña sonrisa se adueñó de mis labios.


- Vaya. - dijo Brook. La miré para ver sus ojos brillantes. - Sigue viendo a Gabriels, algo está haciendo bien contigo.


- Si James te escuchase - reí volviendo a mirarle. Ahora su atención estaba en nuestro hermano mayor.


- Qué pena que yo no pueda entrar en el laberinto. - Kate apareció de la nada. - Parece un gran juego.


- Créeme; es un poco estresante. - dije yo. Ambas me miraron. - Saber que hay hombres que corren tras de ti para hacerte presa no es la mejor de las emociones.


- Tienes razón. - Brook dijo. - Reconozco que sentí ansiedad hasta que encontré un escondite entre los arbustos.


- Debería decirle a mi madre que replantee el juego. - seguí. - Es un poco insultante que en pleno siglo dieciocho las mujeres nos sigamos sintiendo como presas.


- Correr por un laberinto, escuchar los pasos de alguien seguirte y que el corazón te bombeé a cien por hora... - dijo Brook con las manos en el pecho.


- Definitivamente - sentencié - hablaré con Evangeline.


- Se me han quitado las ganas de jugar. - murmuró Kate.


La tarde siguiente fue tediosa, lenta y sin nada nuevo.

No vi a Austin, él estaba ocupado pasando tiempo de cortesía con los otros barones de Glassmooth.


Yo, peiné mi pelo, elegí el vestido para aquella noche, leí, jugué con mis sobrinos, volví a peinar mi pelo y dejé el día pasar sin pena ni gloria.


No estaba ansiosa ni triste, no sentía ya vacío ni nervios. Solo, me dije, estaba aburrida.


Para cuando había terminado de prepararme, mi madre estaba subida en el balcón de su habitación, que daba al laberinto, con su gigantesco cuerno blanco anunciando que el juego comenzaría en breves.

Una doncella en cuclillas le aguantaba la espalda y el trasero, ya que la mismísima Evangeline Benworth se había subido a un zócalo del balcón para aparentar ser más alta.


Cuando terminó el anuncio y se giró a verme, casi enrojece.


- No se lo digas a tus hermanos. - mustió.

No pude evitar reírme fuertemente.


- No puedo creer que hayas mantenido este secreto por más de veinte años. - bromeé.


- Estas muy bonita. - se limitó a decir mientras atravesaba la habitación e iba directa a su tocador.


- Gracias.


Mi doncella desestimó el vestido que había elegido para aquél día. Era verde, de seda. Precioso.


- Su madre enloquecerá. - me dijo. - Debe ir de rojo y bajar a jugar. Es usted la única Benworth que queda soltera y el mejor ejemplo para sus invitados.


Pero yo iba a estar soltera para siempre.

Por Dios, no quería pasarme toda mi santa vida bajando a jugar a ese tonto juego.


Una imagen apareció en mi mente. Era yo con sesenta años, vestida de un rojo grotesco y con unos rizos lacios y canosos entrando al laberinto.

Con un bastón de roble, por supuesto.


Miraría a mi alrededor, vería a las jóvenes entrar entusiasmadas, correr con sus vestidos y sus esperanzas de una vida plena y llena de amor.

Me vería a mí misma en aquél momento, cuarenta años atrás, sabiendo mi destino, sintiendo pena por mi misma.


Suspiré audiblemente y fui a verme al espejo de cuerpo entero. Mi madre seguía buscando algo en su joyero.


Debía decirle tarde o temprano que no quería jugar más.


Miré mi reflejo y mis propios ojos me miraron con intensidad. Desde luego, tenía una mirada penetrante.

Me preguntaba si siempre había sido así o si eran los recientes acontecimientos en mi vida los que habían cambiado mi forma de mirar el mundo a mi alrededor.


Mi cabello brillaba con rabia, y parecía que hoy, los bucles que mi doncella había insistido en hacerme, se mantenían rizados.

Mis labios iban a juego con el bonito y - por qué no decirlo - sugerente vestido y mi figura era la de una mujer. Como unos pocos años atrás había visto a Brook o a Kate. Ese tipo de mujer que siempre quise ser.


Me sonreí.

Me sentí tan bien, tan fuerte y segura, que decidí que entraría al laberinto una vez más.


- Toma. - mi madre estaba de pronto tras de mi y puso en mi cuello un bonito colgante de plata con una preciosa amazonita.


- Gracias. - dije. Su cara brilló con felicidad.


- Toda mujer cambia cuando encuentra su complemento perfecto. - dijo orgullosa de sí misma. Yo solo sonreí. - ¿Estás de acuerdo? - preguntó.


- ¿Con qué? - la miré curiosa.


- La Amazonita como complemento perfecto. - se sentó en la silla y empolvó su nariz.


- Es una bonita piedra, sí. - mi clavícula se veía ligeramente bronceada, igual que mis brazos. Había pasado mucho tiempo fuera con Gabriels. Sonreí. Me sorprendía que mi madre no hubiese hecho ningún comentario al respecto.


- Es lo que le faltaba a tu cuello. - dijo.


- Pues gracias. - Sonreí sin más. Era un curioso comentario. No entendía si me estaba perdiendo algo.


- Tal vez no sea perfecta, tal vez el color no pegue con todo lo que puedas ponerte y tal vez habrá veces que te digas: ¿uso otro collar con este vestido? Pero no lo harás.


- De acuerdo. - la miré divertida. - ¿Y eso por qué?


- Por qué la Amazonita es hermosa y única. Su color, su forma y su tallo. Siempre distinta. Y aunque no quede bien con todos tus vestidos, formará parte de ti, porque te dará fuerza, seguridad o bienestar y paz.


- No sabia que una joya podía hacerte sentir todas esas cosas. - Dije. Miré a mi madre elegir de su joyero qué colgante iba a ponerse ella. - Supongo que nunca me interesaron esas cosas. - reflexioné.


- Lo que trato de decir, - siguió ahora levantando un collar de perlas. - es que los complementes lo son todo. Hay siempre que buscar qué nos complementa, qué nos hace crecer como personas, qué se ajusta a nosotras y nos hace felices. Siempre. Sin importar qué vestido lleves puesto. - estreché los ojos.


Evangeline Benworth estaba hablando de amor.


Y yo no lo entendí aquella noche, claro que no. Pero lo entiendo hoy, después de muchos años sufriendo y después de encontrar la felicidad.


El complemento para los seres humanos, es el amor, y el amor es único y perfecto, pero puede que haya momentos en los que dudes. Puede que haya momentos en los que las cosas se pongan difíciles o feas, y si al final del día no puedes quitarte el complemento - pues puede que la Amazonita no convine con el vestido que llevas -, es porque es amor. Es amor y lo quieres en tu vida, porqué te hace ser feliz y te hace inclinar la balanza hacia lo positivo.


Vale la pena.


- Tu nunca llevas el mismo complemento, mamá. - dije yo cuando se decidió por una gargantilla fina y brillante.


- Mi complemento perfecto se perdió hace años. - no hubo dolor en su voz. No hubo resentimiento ni amor. Solo aceptación. - Y me gusta la idea de no tener más ningún complemento.


Y sí, en retrospectiva, a Evangeline Benworth le quedaban muchas cosas por resolver con su difunto marido, pero era la mujer más valiente que conoceré. Nunca sucumbió a la presión social ni volvió a arreglar un matrimonio por mantener un nombre y un hueco en la sociedad Londinense.


Mejor sola que mal acompañada, señoras. Decidme si eso no es fuerza y valentía.


- ¿No vas a participar? - le pregunté a Austin mientras se apoyaba en una de las paredes cercanas al laberinto. Varios invitados ya casados estaban allí.


- No busco al amor de mi vida, Sarah. - sonrió mirándome. - Y no voy a volver a casarme.


- ¿No has escuchado el discurso de mi hermano? - pregunté. - No se trata de eso. Es solo un juego.


- No me arriesgaré. - me dedicó una sonrisa torcida y un movimiento de cejas. Reí y algunos invitados se giraron a mirarnos sin discreción.


- No insistiré. - dije. - Aunque creo que debería entrar conmigo.


Austin me miró de un modo un tanto intenso antes de agitar su cabeza y volver a dedicarme una arrebatadora sonrisa.


Puso su mano en mi hombro y lo empujó sutilmente.

- Ve.


Me alejé risueña, y saludé con la mano a Kate y Brook que me miraban emocionadas.

Brook miró a Austin, vio que no se movía de sus sitio y pareció algo así como decepcionada.


Y el juego comenzó y me sentí bastante fuera de lugar. Estaba obligada a participar, era una Benworth y estaba soltera. Pero tenía clarísimo que iba a esconderme hasta el final del juego y a salir sola.


Austin era mi mejor y única opción, pero él no iba a jugar y yo le entendía.

Así que de ninguna manera iba a dejar que otro me encontrase.


- Suerte. - Mamá apareció a mi lado.


- Esta es la ultima vez que juego. - Sentencié.


- Esa es la mejor noticia que he escuchado hoy. - cuando la miré vi un extraño brillo en sus ojos. Ni lo entendí, ni me paré a preguntarme qué le pasaba.


- Bien. - Entré con las otras chicas, las cuales corretearon ilusionadas y se perdieron entre la frondosidad de los arbustos.


Y lo sé, lo que todo el que supiera mi historia estaría esperando ahora mismo es lo mismo que, por una décima de segundo deseé yo; a John.


No me permití soñar con ello, pero sí que la idea de volver a escuchar el sonido del búho aquella noche entre los muros verdes del laberinto me calentó el alma y me hizo sentir como en casa.


Y anhelé que nada se hubiese torcido. Anhelé volver atrás, dos años, cuando aún jugábamos a este juego juntos y nos queríamos y pasábamos cada hora del día el uno con el otro.


¿No es curioso como alguien con quien crees que vas a pasar el resto de tu vida, desaparece sin mas? Me lo planteé por primera vez cuando mi padre murió. Y aquella noche fue la segunda vez que sentía una honda pérdida.

Cuando eres feliz, no eres consciente de cuan fácil es que todo se tuerza de pronto y las cosas cambien para siempre.


Escuché a mi madre anunciar la entrada de los hombres al laberinto, así que me apresuré a buscar aquél hueco entre arbustos que sabía existía en el quinto pasillo, lejos de donde estarían los que querían ser encontrados. Forcé las ramas con mis manos y me metí en el oscuro agujero.


Escuchaba risitas, pisadas, gente correr, gente gritar. Y esperé y escuché por unos veinte minutos.

Suspiré y amoldé mi cuerpo al incomodo sitio, inclinando mi cabeza hacía arriba.


A través de las ramas podía ver el cielo y la fachada de Glassmooth. Una luz se encendió en una de las habitaciones del ala de invitados. Una figura salió al balcón y se recostó en la baranda mirando fijamente el quinto pasillo.


Era Austin, claro. Y su cuerpo se antojaba grande y fuerte, y sus ojos brillaban en la oscuridad mientras me buscaba - supuse -.

Sentí muchísima ilusión. No había entrado pero estaba participando en ello, de pronto el juego volvía a ser divertido.


Le dejé buscarme varios minuto, hasta que vi que resoplaba - impaciente, probablemente -.


Agité las ramas en un momento en el que a mi alrededor no se escuchaba nada y al instante giró su atención hacia mi, quieto, esperando ver si repetía el movimiento y le confirmaba que estaba allí.


Pasó una pareja corriendo y riendo por uno de los pasillos que daban a mi agujero, y me quedé muy quieta.

No quería arriesgarme a que me vieran, no sabía cómo reaccionarían los invitados al saber que la hija de la casa estaba escondida.


Volví a mover las ramas y esta vez vi a Austin sonreír. Salté y saqué mis dedos por encima de mi cabeza en un intento fallido de decir hola.


Por supuesto que no debía ver mi mano, pero con tanto zarandeo entendió que era yo y extendió uno de sus fuertes brazos para hondear sus dedos como saludo.


Apuesto a que se burlaría de mí una semana entera, pero debía saber, también, que no iba a dejar que nadie me encontrase.


Y ya está; eso fue todo. Durante los cuarenta minutos restantes me limité a esconderme y a mirarle a través de los hierbajos y él, sencillamente, se dedicó a mantener sus ojos en el área que sabía yo me escondía.


Estaba sereno, calmado, podía ver cómo sus brazos se movían cuando se le hinchaba el pecho al respirar, y pude observar cómo la camisa le apretaba en ciertos puntos del torso.


Y entonces pensé; ¿Por qué alguien le abandonaría? Austin Gabriels parecía perfecto. Estaba siendo perfecto para mí, al menos.


Y de pronto, cuando más ensimismada estaba en mis pensamientos, mi madre hizo sonar el cuerno y declaró el juego terminado.


Salí, me expulsé las ramas del cabello y del vestido, y miré a Gabriels. Pero él ya no me miraba, estaba con sus brillantes ojos mirando lo que pasaba fuera del laberinto, probablemente mirando quién salía con quién.


Caminé por los pasillos hasta la salida de éste, la gente me aplaudió al salir, llegué risueña hasta donde mi familia me miraba, y vi a Brook mirar algo por encima de mi hombro.


- ¿Estás bien? - le pregunté.


Ella asintió hacia la puerta del laberinto, y al girarme a mirar, fue cuando le vi salir.



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Queridx lecotrx,

gracias por leerme y disfrutar mi historia.


Adivina: ¿Quién ha salido tras de Sarah? ¿Qué opinas va a pasar ahora? ¿Drama? ¡¡YAAAAAAAAAY!! ¡No puedo esperar a que leas más! (Lo vais a meeeega flipar)


Te pido, como siempre, que comentes, des a like y compartas este trabajo con gente que creas puede disfrutarlo tanto como tu.


Como siempre; siéntete libre de colaborar conmigo en: https://www.patreon.com/mrmarttin


MILES DE BESOS Y AMOR.

MRMarttin.



PS: Gracias por vuestra paciencia.

Martes más y mejor.

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