Dieciocho

Hacía una tarde radiante. El sol estaba alto en el cielo. Era la hora de más calor y no corría brisa fresca. Ni siquiera brisa caliente. Ni ningún tipo de brisa. Nada.

La sensación térmica debía ser de veinticinco grados centígrados, todo un horno para tratarse de Inglaterra.


Brook estaba, en aquel preciso momento, dándole gracias a dios por qué Simone escogiera el vestido sin mangas de gasa azul cielo.

Habían salido por la escalera de servicio, ella siguiéndole a él, con la cabeza bien alta y fingiendo no estar haciendo algo raro, bajo la atenta mirada de Julius.

Luego andaron sin prisa pero sin pausa pasando al lado de una cancha de críquet donde algunos hombres jugaban sin prestarles la mayor atención.

Delante de ellos, justo antes de que empezara el vergel que los sacaría de la vista de todos, había una enorme fuente redonda.

Al pasar por su lado, Brook metió los dedos en el agua y se mojó la frente.

- ¿A donde vamos? - preguntó curiosa.


Kenneth que se sentía de lo más entretenido la miró y observó como un par de mechones color miel se pegaban en su frente debido al agua.

Tuvo que frenar las fuertes ganas que le entraron de apartarlos.

- Al lago. - intentó no sonreír, pero cuando ella exclamó:

- ¡Un lago! - con ojos brillantes, no lo pudo aguantar. Se sentía como un niño a su lado.


Cuando entraron en el vergel plantado de árboles frutales, Kenneth arrancó dos melocotones maduros, le tendió uno a Brook que lo cogió sonriente, y luego agarró su mano. Sin reparo, sin pensarlo dos veces.


Simplemente quería hacerlo y lo hizo. Con seguridad y sin dudar. Igual que había hecho ella al dejar la nota bajo su puerta.

Nunca se lo reconocería, pero cuando vio el papel pasar por debajo de su puerta deseó con todas sus fuerzas que fuera de Brook.


Volviendo al presente, la electricidad que corrió entre ambos le llenó el pecho de algo demasiado agradable.

La miró, a su lado, sosteniendo el melocotón. Y se deleitó al ver sus mejillas ligeramente rosadas, mientras observaba la fuerte y bronceada mano de él agarrando la suya, envolviéndola.


- ¿Y esto? - dijo apretando los labios y buscando sus ojos.


- Por si se tropieza. - le contestó fingiendo seriedad. Como si aquel fuera un motivo tan justificado como cualquier otro. - No querría que se lastimara.


- Qué considerado. - murmuró elevando una ceja y torciendo los labios hacía arriba.


Ambos sabían cuan pobre era aquella excusa, pero ni se soltaron ni dijeron más nada al respecto.

Cuando llegaron al lago, después de unos minutos andando bajo las sombras de los árboles, Brook frenó y observó el entorno maravillada.

Su cara no reflejaba ni una sola emoción, Kenneth contempló como aquellos ojos azules lo miraban todo detenidamente, sin perder detalle. Sabía, por aquella reacción, lo mucho que le estaba gustando lo que veía.

Era fascinante. La joven a su lado era increíble.

Jamás pensó que una mujer podría sentirse maravillada por la más pura y humilde naturaleza. Por una cabaña maltrecha en lo alto de un árbol, o por un simple lago. No.

Al contrario, siempre pensó que lo único que haría pestañear dos veces a una mujer, sería un diamante o una propiedad.


Pero, una vez más, desde el primer día que la observó desde lo alto de su ventana, se equivocaba. Sí había alguien que sabía apreciar los pequeños detalles, que no parecía importarle el dinero, y que no buscaba sangrar a un hombre rico.

Inconscientemente sostuvo su delicada mano con un poco más de fuerza.


- Es asombroso. - murmuró mirando el agua tan limpia que dejaba ver el fondo lleno de piedras. Ahora le miró a él, los ojos tan verdes como todo a su alrededor. - Es una lastima que esté aquí conmigo, - sonrió. Una sonrisa juguetona. - si estuviera sola podría bañarme.

Kenneth echó la cabeza hacia atrás y rió abiertamente.

- Yo no la detendré. - la miró de un modo exageradamente seductor.


- Ya le gustaría. - bufó ella arrugándole la nariz en una mueca que había copiado de él.


No le pasó desapercibido el hecho que el señor Desconocido se quedara viéndola unos segundos más de lo estrictamente necesario.

Para cuando volvió sus ojos hacia delante, se dio cuenta que la estaba conduciendo hacia una pasarela de madera que se adentraba en el agua.

El pequeño muelle estaba delimitado con unas vigas de madera que parecían nacer del agua, y formaban un entramado de palos que aguantaban un toldo beige.

Delante de ella tenía lo que parecía una terraza al lago.


Y no lo pudo evitar, se soltó de su mano y corrió hasta el borde del muelle.

Debía parecer una niña, pero no le importó.


- Cualquiera diría que tampoco hay lagos naturales en Londres. - bromeó Kenneth.


- Ni terrazas en el agua. - contestó absorta en el paisaje.


Jamás había estado en un sitio igual. Sí que solía pasear por Hyde Park y darle pan a los patos y cisnes, pero aquello no tenía punto de comparación. Ni en su casa de Surrey recordaba un sitio así.


- Creo que he decidido ser su amiga. - dijo Brook aun de espaldas a él llevando la mano libre de fruta a su cadera.


Algo cálido se instaló en el pecho del joven, se obligó a sacudir sus pensamientos y no permitirse ni un instante contemplar la figura de la señorita Daugherty ante él.


- ¿A que se debe tal honor? - sonrió divertido.


- A esto. - se giró a mirarle y señaló con los brazos bien abiertos su alrededor.


- ¿Al muelle? - rió ahora.


- A los ratos con usted. - se encogió de hombros para quitarle peso a esa confesión. Y se volvió fingiendo estudiar el melocotón en sus manos para esconder el rubor que manchó sus mejillas.


Estaba de lo más susceptible aquella tarde. ¿Ella sonrojándose? ¿Desde cuando?


- ¿De verdad? - su voz sonó como un murmullo. - ¿Que tal si lo ponemos más interesante?


Brook se giró al tiempo que él desataba un cabo enrollado en una de las vigas del muelle y se lo enseñaba.

- ¿Vamos a trepar un árbol? - preguntó divertida acercándose hasta él.


Observó los dos troncos de árbol puestos a lado y lado del muelle, delimitando la tierra con el agua. Luego miró al señor Desconocido.


- Va a ser mejor que eso. - le contestó llevando la esquina izquierda de sus labios hacia arriba.


La joven, sin pensarlo más de dos veces, cogió el melocotón de las manos de él y junto con el suyo, los dejó en el suelo con delicadeza.

Al enderezarse se agarró al cabo y miró aquellos ojos verdes que la miraban con serenidad. Estudiándola, como sin querer perderse detalle de ella.

- ¿Tiramos? - preguntó Brook sintiendo su corazón correr a mil por hora.


- Tiremos. - asintió con complicidad.


Brook observó como el cabo estaba conectado a unas barillas que sostenían un toldo sobre sus cabezas. Al tirar, el extremo norte del toldo comenzó a retirarse hacía ellos.

Tiraron una vez más, y otra, y con cada nueva vez menos toldo cubría sus cabezas para descubrirles ante el techo más hermoso del mundo.

La faena estaba a medias, pero Brook soltó el cabo y se plantó en medio de la pasarela de madera mirando encima de su cabeza.


Los dos arboles que habitaban a ambos lados del muelle eran sauces llorones, y el toldo lo protegía de la cortina de largas ramas que empezó a caer a ambos lados de él. Las propias ramas y hojas formaban una cúpula perfecta encima de sus cabezas.

Kenneth la miró sintiendo su cuerpo entero electrificarse.

Estaba tan absorta como cuando vio el lago minutos antes. Y ¡Dios! Le encantaba dejarla sin habla.

Sin esperar que volviera para acabar la faena, terminó de retirar el toldo, dejando que las ramas les envolvieran por completo, separándoles, por completo del mundo exterior.


- Es increíble. - dijo ella al alargar una mano y acariciar una rama.


- Sí. - murmuró Kenneth sin poder quitar sus ojos de ella.


- ¿Para qué el toldo? - preguntó caminando hacia él mientras pasaba su mano entre las cientos de hojas espesas. - Es más bonito así.


- El señor Benworth consideró que sería más cómodo tener el muelle despejado. - le contó apoyándose en el palo más cercano y siguiendo su mano con los ojos.


- ¿El antiguo señor Benworth o el nuevo? - le sorprendió preguntando.


- El antiguo. - se limitó a contestar.


Brook llegó a una rama más gruesa que las demás, se paró, quedando de perfil a Kenneth, tiró de ella con fuerza y observó como se enroscaba hacia arriba antes de volver a caer.


- ¿Como era? - aquello aun le sorprendió más. Nadie nunca se había parado a preguntarle como era su padre.


- Generoso, cariñoso con sus hijos, - sonrió amargamente. Odiaba hablar de su padre. - pero también era serio y estricto.


- ¿Cómo es el actual señor Benworth? - ahora le miró directo a los ojos. A Kenneth le costó un poco más de lo normal reaccionar.


- ¿Que le hace pensar que yo lo se?


- ¿No trabaja con él? - preguntó ladeando la cabeza hacía un lado en un gesto que la hacía lucir encantadora.


- ¿Trabajar para él? - respondió aturdido. - ¿De donde sacaría algo así?


- Supuse que lo hacia, ya que dijo que no bajaba con los invitados porque tenía mucha faena. - alzó las cejas en un gesto inocente. - Y como además, conoce tan bien las tierras y a la familia...supuse que trabajaba para él.


Kenneth la miró con una media sonrisa. Tal vez Brook Daugherty no hubiera insistido más en saber su nombre, pero acababa de descubrir que eso no significaba que no siguiera intentando saber quien era él.


- Benworth es serio. - le contestó.


- ¿Ya está? - preguntó con una risotada. - ¿Tienen una especie de contrato de confidencialidad que le impide describirlo?


- No sale mucho. Tiene mucha faena. - Brook rodó los ojos, cosa que provocó una sonrisa en el tenso rostro de Kenneth, y se acercó hasta quedar en frente suyo.


- Vamos, dígame algo más de su carácter.


- ¿Por qué le interesa? - no pudo evitar sentirse halagado.


- Quiero saber que tipo de hombre querría casarse con una mujer...- pareció que no iba a terminar la frase, pero luego le miró directamente a los ojos y con una mueca susurró: - que juega a dos bandas.


Kenneth la estudió divertido. Cada vez estaba más sorprendido de hasta donde llegaba el ingenio, la espontaneidad y la curiosidad de Brook. Teniéndola tan cerca, observó que su pequeña nariz y su delicada frente estaban ligeramente rojas. Eso fue el sol.

Antes de hablar de nuevo, se agachó, metió dos dedos en el agua y se los puso en la frente a una totalmente desprevenida Brook. Tuvo que retenerse antes, en la fuente, pero no se permitió a sí mismo prohibirse ese lujo una vez más.


- ¿Q-que hace? - tartamudeó ella.


El contacto de sus dedos mojados en su piel dejó un rastro ardiente en cada punto por los que se deslizó.


- Se ha quemado. El agua fría le aliviará. - parecía tan seguro de sí mismo...le gustaban sus labios...


¿Agua fría? ¿Aliviar? ¿Qué? Ni siquiera podía sentir la temperatura del agua.

- Gracias. - murmuró intentando respirar sin alteraciones.


- Sinceramente, - susurró él mientras dejaba un toque en su nariz y separaba los dedos de ella. - no sé por qué querría casarse con ella.


Y era cierto. Hubo un tiempo en el que casarse con una mujer la cual tenía como único y mayor atributo su belleza, le pareció una idea aceptable.

Pero ahora ya no.

Había tanto que no sabía de Emma Lambert. Casarse con ella podría resultar una de las más tortuosas guerras. Sobretodo teniendo en cuenta que flirteaba con medio Londres, mientras esperaba a que él se le declarara.

Estaba tan segura de ello...

- No. Ni yo. - suspiró Brook, se alejó, cogió ambos melocotones, los frotó en su delicada falda de gasa y le dio uno.


- El azul luce bien en usted. - observó sin apartar los ojos de la falda, luego miró el melocotón pensativo antes de alzar sus ojos hacia ella y sonreír de un modo demasiado provocador. - Me pregunto si se va a escandalizar si muerdo el melocotón, tal cual.


Brook quiso rodar los ojos, pero en cambio mordió el melocotón.

No el suyo. El de él.

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