Cuarenta y seis

Actualizado: 6 de feb de 2019

Había atravesado el bosque y salido mas allá de los vergeles al camino secundario que llevaba a Londres.


El animal galopaba a una velocidad vertiginosa, la capucha hacía rato que ya no cubría su cabello, que con tanto ajetreo estaba deshecho. Con cada zancada del animal, Brook se sentía un poco menos ella. Se estaba alejando de los que amaba y sabía, había dejado un pedazo importante de su alma en aquél lugar.


Glassmooth recordaría a la joven que una vez fue, antes de que le rompieran el corazón y desapareciese para siempre.


Una lágrima traicionera volvió a caer por el rostro de Brook, que se había prohibido pensar en él. Kenneth. Su Kenneth.


Sabía que no sería una travesía fácil, pues solo la ida les había costado más de cinco horas. Y eso hubiese sido un alivio, pero en realidad no iría a Londres, no.


Necesitaba ir a su antiguo hogar. Necesitaba volver a ver la casa quemada, los restos de lo que un día fue su vida y su felicidad. Tal vez llegaba allí y recordaba lo que había pasado, o a lo mejor, su supuesta vecina podía aclarar sus ideas.


Sin embargo, aquella travesía le costaría un par de días. Un par de días sin dormir ni parar a comer o beber, así que obviamente se le alargarían.


La joven, mientras seguía manteniendo firmes las riendas del animal, meditaba en todos los riesgos que había tomado o estaba tomando en su huida fugaz.


Para comenzar, había robado a un semental de pura raza y eso, en los caminos llenos de contrabandistas, no pasaría desapercibido. Además era una mujer y era escandaloso que una mujer montara un caballo, pues eran las yeguas lo único en lo que podían subirse.


Se tapó de nuevo el pelo con la capucha y bajó la vista al camino como un acto reflejo.


- Kenneth. - dijo Evangeline trotando detrás suyo. - Espera hijo, hay que pensar qué hacer.


Kenneth entró en la habitación desprovista de Brook y vio la carta para Simone. Ni siquiera respetó la intimidad de eso, la cogió y la abrió sin dudar, y obviamente la decepción fue grande al leer lo que decía:


"Vuelvo a casa.

No te preocupes por mi. Brook."


Ni siquiera podía hacerse a la idea de qué sentía Brook, solo leyendo aquellas palabras. Ni siquiera le nombraba a él.


Bueno, eso había sido hipócrita.


Cualquiera en aquella habitación sabía exactamente cómo se sentía la señorita Daugherty, y era obvio que no iba a nombrarle.


Huyó y no le sorprendía, aunque Kenneth hubiese dado todo lo que tenía por qué ella se hubiera quedado en Glassmooth para decirle lo mucho que le odiaba por lo que supuestamente había hecho en vez de huir. Así hubiera tenido una oportunidad de explicarse.


Demasiados peligros inundaban la noche. Ella era hermosa, la mas hermosa mujer en su mundo, y cualquier hombre que la encontrase estaría encantado de quedársela.


Señor, debía encontrarla antes de que otro lo hiciera. Debía encontrarla o moriría de dolor sin ella en aquella maldita mansión.


En menos de un minuto dejó a su familia en la habitación de Brook, entró en la suya y se vistió. Luego salió corriendo escaleras abajo, sin más.


Estaban llegando al establo, Evangeline detrás suyo, hablando sin cesar.


- Tengo muy claro lo que voy a hacer, madre. - le contestó seco.


- No. - bufó deteniéndose y viendo a su hijo no frenar. - ¡Kenneth detente! - le gritó. - No sabes donde ha ido. Tal vez está con sus tíos, tal vez sigue en Glassmooth.


- No está en Glassmooth madre. - Sally apareció a su lado. Su madre la miró. Kenneth siguió con su cometido, cada vez más lejos de ella.


- ¿Como sabes eso? - dijo recuperando el aliento.


- ¿Tu seguirías aquí después de ver eso? - los ojos de su hija se quedaron clavados en ella.


Era el colmo de la ironía. Evangeline Benworth había vivido algo similar con su difunto marido, y sin embargo allí seguía. Tragando tierra y rebozándose en el barro con tal de seguir honrando el nombre de la familia de su esposo. Para darles a sus hijos la oportunidad de ser felices sin que nunca les faltase de nada. Por hacer crecer a los Benworth.


Y, gracias a Dios que había muerto y ahora nadie se atrevía a blasfemar sobre él, sobre el hijo ilegitimo que creían tenía. Porqué no. Eso tampoco era un secreto de sumario. Había quien sospechaba.


¿Cuán patético era eso? Verse atrapada en aquél horrible final de cuento. Y ¿Cuán horrible sería obligarle a su hijo a casarse con aquella bruja y terminar como ella?


Evangeline se incorporó, se dio la vuelta y se dirigió a Glassmooth. Sally la miró con el ceño fruncido, sin saber qué estaba pasando.


Pero de pronto se giró y corrió al establo, detrás de James que había salido veloz y ya estaba alcanzando a Kenneth.


- Ni se te ocurra. - le dijo su madre mirándola sobre el hombro. - Ven conmigo. Hay que avisar a los Dwight.


- ¿Qué dirección tomamos? - le dijo James cuando alcanzó, montado en otro semental, a Kenneth esperando que las puertas de Glassmooth se abrieran.


- A su casa. - le dijo él.


- ¿Londres? - James se acomodó en el caballo y se preparó para salir galopando mientras miraba el tenso perfil de su hermano.


- No. - le contestó. - Sur de Surrey.

Y si Brook creía que solo Simone entendería a qué se refería con lo de "volver a casa", se equivocaba. Pues al hombre al que le había dado su corazón, también le había dado todo su ser, y por eso no tuvo la más mínima duda de donde encontrarla.


Brook sintió un escalofrío que recorrió su espalda entera. Comprobó una vez más su capucha.


Aun no había detenido el paso, llevaba cuarenta minutos galopando y, sorprendentemente, el espectacular caballo de Kenneth no había menguado el paso ni un poco. Parecía entender la urgencia de la joven por salir de allí.


Otro escalofrío.


Soltó una mano de las riendas y se ajustó la capa en el cuello para que el aire que enfriaba su cuerpo pasara a través de la tela solo lo justo y necesario.


El camino estaba oscuro y tranquilo, la luna iluminaba sus pasos y no se oía nada. Nadie la seguía, de momento.


Se dijo a sí misma que tendría de margen una hora. Pues entre que despertaban a sus tíos y se ponían en marcha, pasarían minutos muy valiosos para ella.


Y Kenneth, estaría aliviado de que su hubiese ido, así no tendría que comunicarle su boda con Emma. Se lo estaba dejando bien fácil.


Otra lágrima. Otro escalofrío y de pronto un golpe seco en la cabeza que la hizo caer del caballo y perder el conocimiento.


Pasaron diez minutos cuando se recuperó.


Todo estaba oscuro, escuchaba los cascos de un caballo debajo de ella. Intentó abrir los ojos, mover la cabeza que le colgaba hacia atrás, mover las manos o mover algo. Pero no pudo, su cuerpo no respondía.


- Ya llegamos a casa, querida.


Una voz de mujer susurró en su oreja derecha. Entonces entendió, vagamente, que estaba encima de un caballo, a horcajadas y con todo el cuerpo apoyado sobre una mujer que sostenía su cuerpo con una ligera pero fuerte mano.


Lo que fuese que la había golpeado en primer lugar, volvió a dejarla inconsciente un buen rato más.


- ¿Has rastreado el camino?


- Sí. No hay nadie. - murmuró una voz de hombre. - Creen que ha escapado.


Brook procuró mantener sus ojos cerrados y su respiración pausada para que no volviesen a golpearla. Estaba tumbada en una superficie dura, fría y horizontal. Sentía su cabeza palpitar con fuerza y el oído izquierdo le pitaba, así que dio gracias a Dios de que estuvieran a su derecha.


- Perfecto ¿Ha salido todo bien? - la voz de mujer estaba más cerca que la de hombre.


La estancia parecía cálida y en su próxima inspiración, el olfato de Brook detectó comida cocinándose cerca.


- Sí. Emma ha hecho un gran trabajo. - dijo el hombre.


Las manos de la mujer agarraron el mentón de Brook y movieron su cara a derecha e izquierda. Luego, la mujer suspiró y dejó una suave caricia en su rostro, que a la chica le pareció hasta cariñosa.


- ¿Traigo las herramientas? - la voz de hombre provocó que las manos de la mujer dejasen la cara de Brook de pronto.


- Seh. - murmuró ella.


Se separó un momento, rebuscó algo en sus pies y cuando volvió a tocarla, esta vez fue con fuerza y sin ningún tipo de delicadeza.


Escuchó a varios pasos de ellas como las botas del hombre arrastraban algo metálico por el suelo. La mujer envolvió sus muñecas en una cuerda y apretó bien fuerte comprobando que no pudiese moverse.


El hombre dejó salir un gruñido de esfuerzo a la vez que la mujer. Uno colgando algo y la otra apretando más fuerte.


El ceño de Brook se apretó en respuesta cuando una de sus muñecas crujió y envió oleadas de dolor por todo su cuerpo. La mujer lo vio, sonrió y dio un último apretón a la cuerda fracturando la muñeca de la chica. Brook jadeo.


- Muévela. - la voz femenina se alejo de ella. - Está consciente.


Y por primera vez desde que había recuperado la conciencia, la curiosidad fue superada por el miedo. Miedo intenso y puro que se arrastró desde lo más hondo de su pecho obligándola a abrir los ojos y a moverse para escapar de allí.


¿Donde estaba? ¿Qué iban a hacerle?


Cuando intentó patalear, encima de aquella dura superficie, reparó por primera vez en que sus tobillos también estaban atados, así que cayó de boca al suelo, golpeándose el mentón y el pecho y aplastando sus manos bajo el peso de su propio cuerpo.

Escuchó un bufido en su espalda y de pronto estaba levantada y siendo arrastrada hasta el centro de la habitación.


Una pequeña y oscura habitación, sin ventanas, con escaso mobiliario, por lo que sus ojos podían ver y alumbrada con una vela que desprendía una débil luz proveniente de su espalda.


El individuo, fuerte y grande que la mantenía presa, con su pecho pegado a la espalda de ella, elevó sus manos, la subió en volandas y enganchó el cabo de sus muñecas en un hierro en forma de S que colgaba de una viga del techo.


El típico hierro que se usaba para colgar la carne cruda después de una matanza.


Brook, no cesó en su intento de liberarse, pero toda resistencia fue poca, pues contra aquél hombre no tenía nada que hacer.


Ahora, colgada del techo, solo las puntas de sus pies tocaban el suelo, y un sollozo retumbó en su pecho al sentir el agudo dolor de su muñeca.


Dios, le dolía demasiado.


El hombre dio un paso hacia atrás, en su espalda, y luego, agarrando sin cuidado la cintura de su vestido, le dio un tirón para ponerla de frente a ellos.


- Hola, hermosa. - su corazón se paró.


No sabía qué esperar, la verdad que no. Y ni siquiera pensó en quién podría ser o en cuanto le sonaba aquella voz. Pero Brook palideció cuando vio al hombre que tenía ante sus narices.


Christopher Saint Clair, con su rostro que un día fue cincelado pero ahora lucía amoratado y desconfigurado y su pelo rubio, la miraba con una sonrisa arrogante, dejándole apreciar que le faltaba, ni más ni menos que un diente.


La joven no tuvo la sangre suficiente como para contestar, o escupirle o amenazarle o, inclusive, reírse de su estado.


Pues además sabía, era inútil. Lo que fuese que había comenzado Saint Clair aquella noche en Glassmooth estaba dispuesto a terminarlo, y ahora, atrapada en aquella pequeña cueva, nadie le impediría su cometido.


Tenia miedo. Más miedo que nunca.


Todo su cuerpo tembló bajo el escrutinio de aquél hombre. Su frente estaba sudorosa, su pelo descolocado, sus ojos brillaron, y de pronto dio un paso a un lado, dejándole a la vista el rostro de la mujer.


Un silencio intenso más.


Brook no pudo creer lo que estaba viendo. Delante de ella tenía a una preciosa mujer con el pelo tan rubio como el suyo, unos grandes ojos azules, una nariz respingona y una trenza lacia y desecha.


- ¿Mama? - susurró sin poder apartar los ojos de ella.


Parecía cansada, mal tratada, como si el mundo la hubiese corrompido, pero seguía vistiendo un vestido lujoso y joyas.


Y ella, que la veía con los ojos abiertos por primera vez, no pudo evitar sentirse conmocionada. Brook Daugherty era una copia de su abuela, de su madre y de su tía.


- No es tu madre. - le dijo Christopher claramente entretenido.


Pero Brook no le escuchó. Aquella mujer era una réplica exacta de su madre la última vez que la vio. Si era cierto, alguna que otra cana acariciaba sus sienes, pero seguía siendo la mujer más hermosa que jamás había visto.


Y entonces miró a Christopher y volvió a observar a su madre y se horrorizó al encontrar todos aquellos rasgos tan iguales.


En su día a Brook no le gustó Christopher porque no le parecía un hombre maduro, como Kenneth. Ahora entendía por qué. Aquella mujer...él había heredado su belleza y su delicadeza.


Y entonces no podía ser. El brillo en los ojos de aquella mujer no era el brillo propio de una madre. Pues después de mirarla conmocionada, otro nuevo aire ensució sus rasgos. Odio.


- No eres mi madre. - murmuró.


- No, querida. - dijo ella con una voz fría y punzante. - Soy su hermana. Katherine.


Después de eso, Brook se desmayó. Se desmayó y soñó o recordó una y otra vez la escena en la que una mujer, Katherine, apuntaba con un arma a sus padres en la cocina de su casa.


- Me estoy volviendo loco. - murmuró Kenneth en un jadeo.


Estaba sentado en su despacho, con los codos en sus rodillas y tironeando de su cabello.


Llevaba barba de cuatro días, casi no había dormido y sentía, cada día que pasaba, como su corazón latía más débil.


James y él llegaron a la casa en ruinas de los Daugherty en menos de un día. Lo que vieron, el paisaje ceniciento y muerto, les dejó rígidos.


Kenneth insistió en peinar la zona mientras James esperaba cerca de la casita por si Brook llegaba inesperadamente. Pero esperaron un día y no hubo rastro de ella.


Le pidieron a la vecina que les mandara una misiva a Glassmooth si veía a la joven con las características de Brook y dejó con la petición, tres monedas.


Un día y varias horas más tarde, James y Kenneth llegaban de nuevo a Glassmooth con las manos vacías y desesperados.


- Los Dwight llegaron anoche a Londres. - le decía Sally. - Su carta no tardará en llegar. Si está allí, lo sabremos pronto.


Pero Kenneth sabía que Brook no estaba en Londres. No. Su Brook no escaparía de Glassmooth para irse a la ciudad. Ella era un alma libre y siempre lo había sido, y después de entender, con él, con sus aventuras y escapadas lo que era la libertad, no volvería a la ciudad.


- Kenneth. - dijo John Morris, que llevaba sentado allí desde que llegó. - Seguro que está a salvo. - pero el joven ni le escuchó.


En caso de que estuviera en Londres, Kenneth necesitaba verla. Necesitaba decirle lo mucho que la amaba, que todo había sido una trampa y que por nada del mundo se casaría con Emma. No le importaba, francamente, ya no, lo que pasara con el apellido Benworth.


- ¿Y mamá? - dijo Kenneth de pronto, levantando su rostro de sus manos y mirando a su hermana y a John.


- En su habitación. - Asintió y salió de allí.


La brisa que corría por los pasillos con las ventanas abiertas, le enfurecía sobremanera. No quería sentir el viento, que tanto le recordaba a la noche en la que cabalgó con Brook sobre su semental desde el mirador hasta la mansión.


¡Dios! Que idiota se sentía. No había podido evitar lo que pasó. Y aunque no hubiese estado en sus manos que le drogasen, se sentía estúpido.


Si hubiese ido a por Brook nada más llegar. Si le hubiese pedido que se casara con él sin tanto protocolo, todo esto no estaría pasando.


Pero algo era cierto en él. No importaba cuanto le costase. Encontraría a Brook, conseguiría su perdón y la desposaría. Pues ya no era solo el viento lo que le molestaba, era el sol, las nubes, la vida en sí lo que no tenía sentido, si ella no estaba a su lado.


Al entrar en la habitación de su madre, la encontró hablando en un tono serio y cortante con Emma Lambert y su madre.


Ni siquiera recordaba a aquellas dos asquerosas.


Emma se levantó del sillón y corrió a abrazarle. Kenneth retrocedió y le dedicó una mirada mordaz que la congeló en el sitio.


- Mamá. He venido a hablar contigo.


- Kenneth, querido. - sonrió la señora Lambert. - ¿Por qué no te sientas?


- No tengo tiempo para eso. - le dijo sin mirarla.


La señora jadeó ofendida y eso aún enfadó más a Kenneth.

- Bien, entonces seré rápida. - su voz se convirtió en un látigo. - Te casarás con mi hija o condenarás a tus hermanos a morir solteros y a Glassmooth a caer en ruina y desgracia.


Un silencio, en el que Kenneth atravesó a Lambert y ella le sostuvo la mirada con determinación, sin miedo.


- Y no hay nada que puedas hacer para impedirlo. - añadió Emma Lambert con una sonrisa azucarada.


Kenneth miró ahora a su madre, que tenía la vista clavada en él, sus ojos negro penetrantes, llenos de odio y rencor, siendo aquella mujer a la que habían humillado ya una vez, que sufría por partida doble los chantajes de aquella asquerosa sociedad en la que habían nacido.


- A no ser - dijo entonces sin dejar de mirarle. - que mueras.


Las dos Lambert rieron escandalosamente creyendo que la réplica de Evangeline era una broma mordaz para declararle a su hijo que no tenía elección. Pero Kenneth permaneció impasible.


- Y en cuanto a lo que venías a preguntarme. - dijo ahora con una media sonrisa. - Los papeles están en el segundo cajón de tu escritorio.


Se miraron una vez más, él no sabía a qué se estaba refiriendo su madre, pero lo había entendido a la perfección. Asintió y salió.


Al abrir el segundo cajón, encontró un manojo de papeles que debía firmar y volver a guardar. Y eso hizo.


Después, lavó su cara, comió un trozo de pan y subió al establo para volver a ponerse en marcha. Iría a Londres, andaría los pasos de Brook hasta encontrarla.


La encontraría. La necesitaba y la amaba y nada podría contra eso.


Pero entonces, una mancha negra llegó veloz hasta él, procedente del camino del bosque. Era su caballo y Brook no estaba en él, sin embargo, de su silla colgaba una bolsa de equipaje.


Dos vestidos, tres monedas y un peine. Todo de Brook.


- Señorita.


Brook llevaba colgada en aquél hierro cuatro días.


No sentía los brazos, temía que se los tendrían que cortar si alguna vez alguien lograba sacarla de allí.

Su muñeca rota estaba escandalosamente hinchada y le dolía hasta el punto que su propio cuerpo había anestesiado el dolor. Su cabeza seguía palpitando por todos los golpes que le daban cada vez que Katherine o Saint Clair la querían inconsciente.


Temía no despertar en uno de esos.


Pensaba mucho en sus tíos, en Sally y James e incluso en Kenneth. ¿Estarían preocupados por ella? Cuando estaba a solas, solía llorar en silencio.


¿Kenneth estaría un poco preocupado?


Dios, había sido muy poco precavida al salir despavorida de Glassmooth, de noche y sin protección. Podría haber esperado que se hiciese de día, o podría haber pedido una calesa a Julius que la dejara en Londres.


Pero no. Había acabado prisionera de su tía y su primo. Y nadie sabría jamás donde encontrarla. Ni ella sabía donde estaba.


Cada tarde una joven sirvienta de los Saint Clair, se colaba en la despensa de carne donde tenían a la hermosa chica colgada como un venado, la descolgaba y le daba agua y comida.


Sabía que la mujer del conde la mataría si la descubría ayudando a la prisionera, pero no podía simplemente dejar que muriera de hambre encerrada allí.


- ¿Como te llamas? - susurró la sirvienta aquella tarde.


- Brook Daugherty.


- ¿De donde vienes?


- De Glassmooth.


Las primeras veces, Brook pensó que podría sacarla de allí, pero aquellos últimos días ya no albergaba esperanza alguna en que la ayudara. Era tan inocente e indefensa que temía ni siquiera la dejaban salir a la calle.


Además estaba muy bien vigilada.


Katherine se presentó aquella noche, como todas las noches y se sentó en una silla a mirarla, como había hecho des del primer día. Entonces la observaba y cuando lo creía necesario le preguntaba:


- ¿Donde está el dinero?


Brook no sabía de qué cojones estaba hablando. Los primeros días le hablaba con respeto y miedo, pero al ver que aquella mujer realmente esperaba que Brook le diera algo que buscaba con todas sus fuerzas, entendió que no iba a lastimarla.


- Deja de preguntar estupideces. - le soltó aquella noche. - Sabes de sobras que no se de qué me hablas.


- Claro, Brook. Sigue mintiendo. - dijo ella cruzando sus brazos. - Sabes que morirás aquí colgada si no hablas.


- No puede importarme menos. - y allí estaba, la frase de Kenneth que siempre usaba, a modo de duelo, para zanjar la conversación entre las dos.


Dios, extrañaba a Kenneth, incluso aunque la hubiese engañado. Extrañaba escuchar su risa, sus manos en su piel, su pelo revuelto.


- No. - dijo Katherine pillando desprevenida a Brook. . - Sí que te importa. - Brook siguió con los ojos clavados en el suelo y cambiando su peso de un brazo a otro y de una punta del pie a otra. - Crees que va a venir a por ti, ¿verdad? - ella se quedó en silencio, sorprendida por aquello. - Crees que Kenneth Benworth vendrá a buscarte.


Brook levantó la vista y la miró con los ojos colmados en dolor e ira. Una bocanada de aire después, Katherine rió.


- Eres una ingenua. - le escupió.


- No lo soy. - no pudo aguantar las ganas de ladrarle. - El señor Benworth debe estar casado con Emma Lambert a estas alturas. Nunca fuimos más que amigos.


Mintió. Mintió miserablemente para mantener su dignidad intacta. Pero Katherine conocía ese tic de morder el labio después de una mentira, pues su despreciable hermana pequeña solía hacerlo también.


Y entonces, como le había pasado tantas veces antes con Suazanne, sintió ganas de hacerle daño. Por eso le confesó:


- Te engañamos. - Brook la miró, Katherine se deleitó. - Kenneth no se acostó con Emma. - sentía el poder en sus manos. - Le drogamos para que tu huyeras y pudiésemos atraparte fuera de Glasmooth.


Brook jadeó. ¿Estaba hablando en serio? - No tuvimos más elección, pues Christopher falló en su primer intento y Kenneth le expulsó de la casa.


No podía ser cierto. ¿Lo era? ¿Les habían tendido una trampa? Sentía su cuerpo latir con fuerza, volver a la vida.


Había dejado que sus ojos le jugasen aquella mala pasada. Si solo hubiese esperado un poco más, Kenneth le hubiese dicho que todo era mentira y nada de esto estaría pasando.


Pero de nuevo, ¿hubiese creído Brook en Kenneth después de lo que vio? No. De ningún modo.


- Así que anda por ahí fuera gritando tu nombre y muriendo tan lenta y ruinmente como mueres tu con cada día que te resistes a hablar, querida.


- No se donde está tu puto dinero, Katherine. - dijo venenosa sin poder aguantar la explosión que sentía cocerse en su interior - Y si fueras más lista lo creerías en vez de seguir perdiendo el tiempo conmigo.


Katherine rió después de fingir ofenderse. Brook la fulminó con la mirada.


- Hablas tan sucio como luces, querida. - dijo cantarina. - ¿La verdad? No considero estar perdiendo el tiempo, pues odiaba a tu madre con todo mi corazón y - ahora se puso seria. - verte a ti sufrir, que eres su copia exacta, rejuvenece mi alma.


Brook la miró, sintiendo todo su cuerpo débil y en mal estado. La miró sabiendo que nunca saldría de allí y que puestos a arriesgar el pellejo, cuanto antes terminara aquella tortura. Mejor.


- ¿Por qué odiabas a mi madre? - preguntó.


- Se escapó con un miserable mercader. - dijo riendo. - Yo me casé con el terrible conde Saint Clair para complacer a nuestros padres y ella, egoísta ingrata se escapó. - Katherine se levantó y quedó a escasos centímetros de ella. - Era feliz. Y yo no. Y cuando nuestros padres murieron, se apiadaron de ella y le dejaron la herencia.


Y por eso la mató. Y por eso la odiaba.


Katherine dio la vuelta sobre sus talones y dejó a Brook mirando su espalda con el corazón a cien por hora y con miles de pensamientos en su cabeza.


Primero: existía una herencia aunque ella no supiera donde estaba. Segundo: A Katherine empezaba a darle igual adquirirla o no, pues su odio por ella y su madre era mayor que cualquier cantidad de dinero. Tercero: Kenneth quería casarse con ella.


- Kenneth, ven a por mí. - murmuró en la cueva oscura.



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MRMarttin

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