Catorce

El pasillo estaba oscuro y en silencio, había una luz delante de ella, a cinco metros. Todo estaba quieto, dormido, y solo el sonido de sus respiraciones llenaba el corredor.


Vale decir que Brook no sabía si su corazón bombeaba a aquella precipitada velocidad porque estaba allí, sola, delante de un hombre que no conocía de nada y Dios sabía como habría llegado allí. Hablando de situaciones comprometidas...O por qué precisamente ese hombre era él.


Él, que había huido de ella, que no había asistido al encuentro. ¿Que hacía allí?


La misma pregunta pasó por la mente de Kenneth mientras se acercaba lentamente a ella.

Cuanto más cerca estaba, el halo de luz que él mismo proyectaba con la vela, fue bañando en color amarillo aquel hermoso rostro. Parpadeó aturdida y se llevó una mano cerca de los ojos.


Kenneth observó como el cabello le caía semi-deshecho sobre el hombro izquierdo y llevaba un vestido que remarcaba como nunca sus curvas. Luego miró aquellos labios entreabiertos y sacudió la cabeza, aturdido, le gustaban sus labios. Y entonces vio la confusión dibujada en sus ojos.


- ¿Qué hace aquí? - repitió ella reponiéndose. - Aparte un poco la luz. - susurró.

Cuando él la apartó, Brook tuvo una primera vista del Desconocido.


- Podría preguntarle exactamente lo mismo.


Sus ojos intensamente verdes estaban clavados en ella con una seriedad que imponía. Imponía y le hacía lucir más atractivo que nunca.

Llevaba una camisa blanca arrugada por fuera del pantalón. En el brazo que sostenía la vela, se apreciaban los músculos apretados y las venas marcadas. A Brook le sorprendió que no partiera la vela en dos.


- Duermo ahí. - dijo ella señalando la puerta a menos de tres metros a su derecha.


Kenneth miró en aquella dirección, observó detenidamente la puerta y giró a verla. Ella ya le miraba, a la expectativa y preguntándose si debía haberse callado.


- Le toca. - hinchó el pecho de un modo tentador. - Dígame de una vez qué hace aquí.


- ¿Duerme aquí? - Kenneth mordió su labio cuando ella asintió con recelo.


Su madre le había desobedecido. Aunque para ser sincero consigo mismo, le pareció extraño que accediera a hacerlo en primer lugar.


Estaba volviendo de su despacho, que se encontraba doblando la esquina, y escuchó los sosegados pasos de unas botas sobre el suelo de madera.

Esperaba encontrarse a Sally o incluso a su madre, a la que no había visto desde que los invitados habían llegado a Glassmooth. Pero cual fue su sorpresa ante lo que tenía delante de los ojos.


Era ella.

Estaría mintiendo si dijera que no había pensado en Brook Daugherty.

Pasó la mañana y la tarde lamentando el momento en el que dudó ir en su busca antes de que Sally la viera en los establos. Y se sorprendió a sí mismo del peor humor posible. Y eso era mucho decir de Kenneth Benworth, pues era difícil verle en otro estado de ánimo.


Un apretón extraño, algo que jamás antes había sentido, corrió desde su bajo vientre hasta su garganta tensando todo su cuerpo a su paso. Brook dormía demasiado cerca de él.


Había dormido, o mal dormido, aquellas noches pensando en alguien que estaba a una puerta de distancia. Y al diablo si aquello no era, ahora que lo sabía, el peor de los descubrimientos.


- Yo duermo en la puerta de delante. - murmuró Kenneth sin más. Ocultando sus reacciones pero esperando adivinar cuales serían las de ella.


Brook miró la puerta delante de la suya, aquella en la que no había reparado más de dos veces. Luego volvió a mirarle a él.


- ¿Duerme en Glassmooth? - ladeó la cabeza observando aquella barba de un día ¡Dios! Ni siquiera sabía quien era, pero al diablo si no había dejado el listón demasiado alto para cualquier otro hombre que se le acercara. - ¿Realmente es un invitado de la casa?


- Sí. - apretó sus labios ligeramente antes de coger una bocanada de aire.


- ¿Por que no baja a las cenas, entonces? - volvió a preguntar. Eso era raro. - ¿O a los desayunos? ¿O al té?


- Por qué tengo otros asuntos que tratar. - se limitó a decir él sin siquiera pestañear.


-¿Qué asuntos? - le miró desafiante.


- Otros. - le correspondió el desafío.


- Bien. - contestó Brook seca.


Acababa de recordar como se había ido ayer por la tarde. Probablemente fue su curiosidad y osadía lo que le parecieron arrogantes en ella, por eso debió irse. Así que mejor que cerrara la boca.


Se miraron un instante más, pero cuando ella empezó a sentir aquella chispa que crecía en su pecho cada vez que hacían aquel tipo de contacto visual, apartó la mirada hacia el pasillo oscuro.


- Bien. - repitió. - Debo irme.


Se giró, le esquivó y dio un paso antes de sentir los dedos de él sostener su muñeca. Frenándola de escapar.

Y como si esa acción no hubiera sido suficiente para detener su aliento, definitivamente dejó de respirar cuando él susurró de un modo afable:


- Espere. Por favor.


Ambos cogieron una bocanada de aire, ella le encaró.


Cada vez que le miraba parecía ser más atractivo que la vez anterior. Eso, pensó, debía ser lo que le impedía seguir con su propósito de no continuar al lado de alguien que supuestamente no le quería cerca.

Supuestamente.


- Ayer, - siguió Kenneth. - me comporté como un completo idiota.


Brook retuvo el aire y casi sonrió al escucharle decir tal palabra.

- No puede estar enfadado conmigo por ser mal educada. - pensó. - Él es peor. ¿No?


- No sé cuales fueron sus motivos. – dijo ella lentamente. - Ni quiero saberlos. - ahora le miró, directo a los ojos. - Pero estoy de acuerdo; es usted un idiota.


En el rostro de Kenneth apareció el fantasma de una sonrisa. Se sentía bien, de pronto. La tenía allí delante, bromeando, sin parecer demasiado enfadada o demasiado ofendida, y se sentía demasiado bien. No entendía qué estaba pasando con él, pero era como si hubiera estado esperando todo el día un momento como ese.


- ¿Como le ha ido el día hoy? – preguntó más relajado.


- No crea que voy a hablar con usted como si nada. - apretó los labios para evitar sonreír. - Soy joven, pero puedo diferenciar cuando alguien no quiere estar cerca de mi. - y aunque sonó ligero, no estaba bromeando cuando dijo aquello.


Kenneth ladeó la cabeza y frunció el ceño.

- Eso no es así. - ante la reticencia de ella a ceder añadió: - No quisiera que se sintiera así.


- Bien. - le sonrío más cínica que nunca. - Supongo que ya es tarde para eso. Que tenga buenas noches.


Se lo esperaba. No podía esperar menos de ella. De hecho, no le interesaría tanto si no hiciera cosas como esas. Cosas como hacerle un desaire a alguien a quien nadie antes le había hecho un desaire.


Esta vez cuando Brook se alejó Kenneth no la agarró, pero en cambio dijo:

- Le debo una cita. – su voz sonó casi divertida.


- No me debe nada que yo no quiera tener. - contestó de espaldas sin dejar de caminar.


Otro se hubiera sentido ofendido, rechazado, insultado o todo aquello que Brook quisiera hacerle sentir, en cambio él sonrió. Era un reto. ¿Lo era? Eso esperaba, porque se lo tomó como tal. Todos aquellos sin sentidos podían irle a la perfección para desconectar de sus tareas. Que, se dijo, era lo único que pretendía.


- ¿Está insinuando que no quiere una cita conmigo? - levantó una ceja a su espalda. Luego recorrió su cuerpo con los ojos y, apretó los puños a sus costados, arrepentido por haberla mirado de ese modo, pues si quería seguir convenciéndose de que aquello era un pasatiempo, debía dejar de observarla así.


- No lo estoy insinuando. - Brook llegó a su puerta. Se giró y se apoyó en ella. - Lo estoy afirmando.


La sonrisa ladina de Kenneth le provocó un temblor de piernas. Dio gracias a Dios por estar agarrada a algo, porque hubiera sido vergonzoso caerse allí en medio.


- Que pena. - él se encogió de hombros y miró la pared, fingiendo ver algo interesante allí. - Pensaba ir a subirme a un árbol.


Hubo un intenso silencio, sintió los ojos de ella taladrando su perfil, y reprimió la risa que burbujeaba en su pecho. Sabía que si se reía, el orgullo la haría entrar en su habitación y desaparecería, pero también sabía hasta que punto acababa de tentarla con aquella frase.


- Qué cretino. - se lo confirmó diciendo aquello.


- ¿Una joven diciendo tales palabras? - fingió reprobárla.


- Deje de fingir ser un señorito perfecto - casi escupió. Su humor ensombreciéndose. - Antes le he llamado idiota y ni se ha inmutado.


- Cierto. - dijo con desdén. - ¿Qué me dice de la cita?


- Le digo, que es tan mal educado como lo pueda ser yo. - se limitó a decir cruzando los brazos sobre el pecho, a la defensiva.


- Jamás dije tal cosa de usted. - dos zancadas acortaron el espacio que les separaba. Ahora Kenneth la volvía a tener al alcance de la mano.


- Lo pensó. - estrechó los ojos en él. Parecía preocupado por lo que ella pensara.


- De ningún modo. - le dedicó una sonrisa encantadora. - Creo que es natural y espontanea. Eso es todo. - se encogió de hombros. - Y no es la primera vez que se lo digo, - ahora sonrió con maldad - empiezo a temer que lo único que quiere es que la alague.


- Créame, - siseó con el rostro encendido por el enfado. - eso es lo último que quiero.


- Venga conmigo. - la sonrisa desapareció de su rostro, y las palabras sonaron tan dulces que el corazón de Brook parecía estar apretado en un puño.


- ¿Ahora? - susurró.


- Sí, ahora. - mordió su labio y volvió a dejarlo libre. - Vayamos. Subámonos a un árbol.


- Está loco. - bufó ella negando efusivamente.


- No está Simone para reprenderla.


- Le odio. - dijo con ligereza. Él soltó una risotada que resonó en todo el pasillo.


- Odia que la sepa convencer, no me odia a mí.


- ¿Eso cree? - contestó ella mirándole a los ojos. - No estoy del todo segura.


Rio una vez más y acortó el espacio entre ellos para susurrar:

- Vamos, le prometo que cuidaré de usted.


Al separarse, ambos advirtieron cuan rápido estaban bombeando sus pechos. Estaban embriagados en aquella esfera que se formaba a su alrededor cada vez que por error o por desgracia se sostenían las miradas. Era abrumador, como nunca antes. Como cada vez que se establecía aquella conexión.


Él tendió su mano, guiado por las ganas de vivir una aventura con ella. Vio en el momento que se rindió, rodó los ojos y posó su mano en la de él. Luego murmuró para sí misma:

- Me arrepentiré de esto.


- Le aseguro que no. - y tiró de ella todo el pasillo hasta la escalera de servicio.

Sus manos unidas, sus corazones desbocados y sus cabezas abrumadas por toda la situación. Ambos sabían que estaban jugando a algo de lo que no sería fácil escapar.

Ambos sabían que había muchas posibilidades de que aquello acabase mal, pero ambos lo olvidaron mientras la adrenalina los envolvía en la oscuridad de Glassmooth.

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