Capítulo uno

Actualizado: 11 de oct de 2018

Ochenta años después.


Abrí los ojos de golpe al sentir mis costillas contra el barril de madera del apestoso y oscuro sótano en el que llevaba encerrada diez días. Inevitablemente mi camiseta se humedeció con la cerveza que se escapaba de las grietas de la vieja tina, y me permití quejarme en voz alta por primera vez desde que desperté encerrada allí.


Como cada mañana, el águila, que parecía ser la mascota de aquel lugar, picoteó la pared derecha del calabozo al mismo tiempo que gritaba.

En respuesta, el redoble de unas botas en el piso de arriba hizo su camino por encima de mi cabeza hasta bajar las escaleras que daban al zulo, provocando que el aire en mi pecho se estancara por la expectación.


Una vez al día, un hombre bajaba con un pequeño bol de sopa y lo deslizaba rápidamente bajo mi puerta, como si tuviera miedo de donde estaba metiendo la mano, derramando la mitad del contenido. La otra mitad, era el vaivén, de lo que adiviné las olas, quien se encargaba de verterlo. Así que si había sacado algo en claro era que estaba hambrienta y en alta mar.


Lo único que reconocía de aquel hombre, lo que hacía que supiera que siempre era el mismo, era el tatuaje del ojo negro marcado en su antebrazo.


Intenté escapar. Los primeros días lo intentaba, al menos. Pero la escasez de alimento hizo mella en mí, y llegué al estado actual, en el que no podía casi moverme.


Con la ayuda de los pies me empujé ligeramente lejos del barril, y con la espalda en el suelo, estiré mis brazos por encima de mi cabeza y agarré el cuenco a tientas. Era más fácil mover solo las partes del cuerpo necesarias. Ahorro de energía, lo llamaba. Sabía que un día, cuando todos aquellos hediondos hombres que oía cantar cada mañana tuvieran la guardia baja, tendría la oportunidad de escapar de allí.


Siempre todo tenía un momento y un lugar, decía Gea. Así que llevé el cuenco a mis labios y lamí las gotas de caldo que buscaban su camino al suelo. Rodé sobre mi barriga y lamí, también, el caldo del suelo que aún no había desaparecido entre las láminas de madera podrida, dando gracias por el pequeño charco que había quedado.


Gea, mi abuela materna, fue una mujer sabia y paciente, superviviente del apocalipsis del mundo. Vivió la época de la luz y las primeras décadas de la oscuridad.

Tantas veces me había hablado del principio del Mundo Oscuro que cuando cerraba los ojos sentía las imágenes arremolinarse ante mí, como si yo también hubiera estado allí.

Después del apagón, de que el agua se secara, de que fuera imposible comunicarse, el océano, supuestamente desaparecido, cayó en la tierra con la fuerza de bolas de demolición, secando la vida a su paso y fragmentando el suelo, las regiones, estados, países y continentes hasta dejar el mundo dividido en diminutas islas esparcidas en medio de un océano que, por arte de magia volvió a brotar del núcleo terrestre a las pocas semanas de morir millones de persona de sed, calor y hambre.

El agua dulce nunca volvió a resurgir, al menos no la bebible, así que los ingenieros supervivientes a la catástrofe reutilizaron una fórmula para convertir el agua salada en agua potable mediante la ebullición y la evaporación.

Resultó funcionar de un modo muy lento, así que, aunque todo el mundo robó los materiales necesarios de las improvisadas destilerías de agua y se abasteció de líquido para no morir, no era suficiente para la higiene personal. Cosa que Gea creía era fundamental.

Lo más curioso de todo es que el alcohol nunca desapareció, y según algunas habladurías que se oían en el silencio de la noche, en Igál, la ciudad del norte, se encargaban de que siguiera siendo así.

Se podría decir que comíamos, pero abuela decía que aquello no era comer.

El terreno era mayormente árido y seco, con lo cual era extremadamente difícil que brotara nueva vida en medio de las ciudades.

Ciudades que, por otra parte, se limitaban a montones de escombros apilados, calles levantadas y materiales que sirvieron de algo en el antiguo mundo, pero ahora eran chatarra para hacer tejados, abrigos y lechos.

Todo estaba cubierto de una fina ceniza que se adueñaba de los orificios de todo aquel que respirara. La suciedad era parte de la vida en el Mundo Oscuro, a parte de la escasa luz, debido a la falta del sol, las temperaturas neutras y la carencia de brisa en tierra firme.

Según la abuela, el mundo había adquirido un tenso equilibrio ahora. Los días amanecían grises y las noches no podían ser más negras. La tenue luz seguía sin ayudar a un próspero nacimiento de la tierra, pero el vandalismo y las violaciones habían disminuido en algunas zonas y se habían trasladado a las ciudades del norte.


Yo solía vivir con ella en una pequeña ciudad al sur de Trasgál, la isla más grande en miles de kilómetros de distancia. Mi madre fue asesinada la noche en la que yo nací. Al parecer eso era el pan de cada día, así que la razón nunca llegó a mí.

Abuela, ya mayor, me agarró en sus brazos y me escondió entre los escombros de la ciudad derruida, y tres días después, a pesar de que su vida hubiera sido más fácil con una boca menos que alimentar, me encontró sin ganas de morir y me crió.


Viví mi niñez escondida en las calles oscuras. Nunca había nadie paseando en ellas, y nunca nadie quería hacerlo. Pasar desapercibido era la primera ley de supervivencia, así que cuando cumplí los dieciocho años, abuela robó unos pantalones de mezclilla tres tallas superiores a la mía, una camiseta negra de tirantes con lo que debía ser un logo que tenía algún sentido cien años atrás, y unas botas gastadas de piel buena con la punta metálica. Fue el mejor regalo de mi vida.


Ese mismo día, aunque fuera más seguro vivir en los miles de escondrijos de la ciudad de Seahall, abuela y yo nos mudamos al campo para poder cultivar las semillas que había robado en los grandes almacenes o tiendas demolidas de la urbe, y matar los pocos animales que vagaban libres por la tierra. Eso es lo que ella dijo, pero dos días más tarde murió con sus cien años de edad, y dos años más tarde, en aquel sótano, yo seguía vistiendo lo último por lo que mi abuela arriesgó su vida.


Todas las mañanas, los marineros se levantaban haciendo un gran estruendo, a mi parecer presumiendo de su libertad - la cual ellos mismos me habían arrebatado - para hacer sus quehaceres. Así que al principio no creí que aquellos gritos se salieran de lo normal. Pero entonces el ruido fue creciendo hasta ser atronador, histérico. Y ya no solo llegaban a mí los gritos, sino también golpes, crujidos, y aromas extraños.


Con un esfuerzo monumental me incorporé en mis rodillas al tiempo que las pisadas en la planta de arriba pasaban de ser rápidas a ser pausadas, luego intermitentes. Controlé la respiración que, sabiendo que aquel podía ser el momento del que Gea siempre hablaba, se había descontrolado; e intenté escuchar algo más allá del silencio ahora instalado en el navío.


- ¿Qué transportas en este barco? – una voz grave y áspera rompió, sin dificultad, el silencio sepulcral. Todo el bello de mi cuerpo se erizó.


Nadie contestó. El suspense duró más de lo normal. Las pisadas se movieron por la cubierta hasta quedar justo encima de mí, mis ojos estaban clavados en el techo con tanta intensidad que creí podría haber surcado una abertura.


- Lo voy a intentar una vez más. – volvió a bramar la voz. – Estoy buscando a una chica.

Un arma se disparó y las pisadas, la locura y el descontrol volvieron a renacer en la cubierta. Sin pensarlo dos veces, dejé caer el peso de mi cuerpo en mis manos y gateé la distancia que me separaba de la pared.

A tientas busqué con las manos la puerta delante de mí y subí en mis pies sintiendo el cuerpo entumecido, dolorido y flojo. Dos tirones me bastaron para confirmar lo obvio: estaba encerrada.


- No tengo ninguna chica. – otra voz, la del rehén, supongo, bramó ahora por encima de los golpes.


Pegué mi cuerpo a la pared y deslicé torpemente mis pies, uno delante del otro, hasta topar con el barril de cerveza. Mi respiración iba demasiado rápido y mi cabeza se sentía espesa y borrosa, pero no podía dejar de moverme ahora.

Palpando la parte superior del objeto, coloqué mis manos a ambos lados y con la ayuda de todo mi peso balanceé el barril tumbándolo en su lado.

El vaivén de las olas y de la batalla bélica que parecía se estaba formando allí arriba me ayudaron a hacer rodar la tina y a arrojarla contra la puerta de madera que me separaba del mundo exterior. Un gran estruendo, y nada más, silencio.


El barril chocó contra la puerta y luego rodó hasta mis pies y me embistió con más fuerza de la que me esperaba dejándome tirada en el suelo, encajonada entre éste y la pared, aplastando, una vez más, mis costillas y empapándome por completo de alcohol.

Jadeé audiblemente y mi quejido resonó en la celda y en el mundo entero. No había otro sonido que el de mi exagerado pulso. Y eso no fue una buena señal.

Al instante las pisadas se apresuraron hasta mi puerta y un brutal impacto derribó el trozo de madera bañando mi habitación de una intensa y cegadora luz.


- Así que no tienes ninguna chica, ¿eh? – la fuerte voz mustió dentro de mi celda, llenando mis orejas.

Entonces el águila entró revoloteando y se subió al barril que me aplastaba, después de gritar irritantemente.

Intenté entreabrir los ojos para valorar lo que iba a pasar allí, pero seguí sin ver nada más que blanco. Unas risas llamaron mi atención, más pisadas, murmullos, movimientos. Froté con mis sucias manos mi cara, ahora veía siluetas.

El hombre de la voz profunda medía más que los demás y gastaba unas anchas espaldas, no podía ver su cara. A su lado, un hombre igual de grande sostenía a un delgaducho ciudadano del sur de Trasgál, que supuse sería el capitán que me raptó de mi escondite unas noches atrás.


- No sabía que os refirierais a ella. – dijo ahora llorando penosamente.

La camiseta manchada en sudor le quedaba tan grande que sólo parecía un niño jugando a ser mayor.


- Ahora ya lo sabes. – espetó sin más el hombre que le mantenía sujeto. Y yo me apiadé de mi secuestrador. Nadie querría estar bajo la ira de esa voz.


Su silueta, la del jefe, seguramente, inclinó suavemente la cabeza hacia la pared que tenía a mis pies y el otro arrastró al capitán del navío tan cerca de mí que pude notar sus dedos clavarse en mis tobillos mientras gritaba algo que no puede entender.


Me removí inquieta, mi corazón se aceleró y un calor sobrehumano nació en mi pecho dándome fuerzas suficientes para apartar de una fuerte patada sus garras de mí. Una risa a mi lado, una mirada perdida delante de mí y, un cañonazo después, los sesos del hombre se estamparon en la pared detrás de él mientras el sucio brillo de sus pequeños ojos negros se apagaba por completo.


- ¿Qué hacemos con ella? – el grandote no-jefe estaba inclinado ante mí.


El águila alzó el vuelo y despareció esquivando al terrorífico cabeza de grupo antes que él dijera sin más:


- Noquéala.


Y todo se volvió oscuro.


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