Capítulo tres

Actualizado: 11 de oct de 2018

Unos gritos llenos de sufrimiento me despertaron. La respiración en mi pecho se trabó y en menos de un segundo había saltado sobre mis pies con todo el cuerpo alerta.


Era la voz de un hombre, sonaba lejana, en alguna habitación o calabozo del barco, pero al mismo tiempo se metía en lo más profundo de mi pecho haciéndome sentir completamente identificada con todo aquel suplicio.


La rubia, arrinconada debajo de la ventana y bañada por el resplandor de la noche, ni pestañeó, mientras arrancaba las duricias de las palmas de sus manos con los dientes.

Entonces le vi las manos por completo. No solo se veían mugrientas y fragmentadas, sino que además estaban totalmente descuartizadas.


En una de ellas sólo tenía el dedo pulgar y el índice, y en la otra esos dos y el medio. El corte del dedo no era limpio, parecía como si se hubieran desgarrado y separado del resto de la mano de una manera violenta, como si algo se lo hubiera arrancado con los dientes.


-¿Qué es eso? – dije en un murmuro.


- Jamás le digas tu nombre. Él le dijo su nombre. – dijo sin inmutarse, sin mirarme, hablando sola.


La escuché hablar sin casi mover la boca. Desde mi posición, no podía quitar la mirada de sus manos. Y poco a poco, mientras los gritos cesaban, me senté en mi sitio con la espalda en la pared. Las muñecas me escocían del roce de las manillas al dar tirones.


- Jamás le digas tu nombre. – repitió en tono de regañina.

- ¿A quién? – pedí.


- Jamás le digas tu nombre. – siguió sin siquiera mirarme. - No confíes en nadie. Catha confió.


- ¿En quién? – dije ahora un poco más fuerte, probando de llamar su atención. Dejó de mordisquearse las manos para mirar intensamente el perfil de mi cara.


- Quién, ¿qué? – sonrió.


- ¿En quién no debo confiar? – espeté. Ella me dejó ver sus dientes torcidos, aunque demasiado blancos, en una sonrisa burlona que no me gustó nada.


La miré ahora, reparando en su postura más relajada. El modo en el que se movía no tenía nada que ver con la manera rígida y tensa con la que estaba hablando unos minutos antes, parecía totalmente distinta. Lucía como alguien en quien no debes confiar.


- En nadie – mustió alzando una ceja, como si fuera obvio y yo estúpida. Mordió su palma derecha y escupió un trozo de piel en mi dirección. – Nunca le digas tu nombre. – repitió con los ojos más oscuros que había visto en mi vida.

De pronto, aprovechando que yo le estaba dando la cara con la intensidad del querer saber, levantó la vista y atrapó mis ojos.

Me quedé congelada por el fallo. Ni la mujer que me adoptó ni sus dos hijos había visto jamás mis ojos. Ni siquiera mis antiguos secuestradores. Pero sin embargo, fue llegar a este lugar y una chiflada con la cabeza rapada y las manos mutiladas, consigue verlos la segunda noche.


Ella sonrió abiertamente, mientras yo, que ya estaba perdida, no dejé de mirarla. Y entonces añadió: – Bonitos, tus ojos.


La miré con el ceño fruncido intentando no parecer desconcertada. Nunca supe el misterio que todo aquello guardaba. Sabía que le hacían cosas malas a la gente con ojos amarillos, pero no sabía el por qué. Y ni siquiera podía imaginarlo.


Miré por la ventana, la oscuridad, el momento en el que el brillo de mis ojos era más limón, suspiré para mis adentros y volví la atención a mis manos.


- Podría ser tu amiga. – dijo la chica en un susurro que ignoré.


No recuerdo en qué momento me dormí, pero la honda y desesperada voz del hombre al que estaban torturando me despertó dos veces más.


- Mil ochocientos veintiocho, mil ochocientos veintinueve, mil ochocientos treinta.


El día brilló a través de la ventana, y la brisa del mar heló mis huesos, pero por más que la chica llevara Dios sabe cuántas horas contando, fue el grito del águila lo que me despertó.

- Mil ochocientos treinta y uno. – La rubia se giró y apuntó con la tiza el dígito en la pared de madera, sobre su cabeza.


Levanté mi cabeza al tiempo que el animal giraba su atención de la loca a mí, y adaptando mis ojos a la gris claridad del día miré a las dos criaturas con incredulidad. No me creía estar atrapada en una celda con una matemática y un bicho volador. Resoplé audiblemente.


- ¿Me estás siguiendo? – murmuré de mal humor viéndolo parado en los barrotes de la ventana. Era un animal esbelto, blanco y rubio, y sus ojos eran inquietantemente amarillos.

El movimiento de mis tripas me sacó del escrutinio del ave. Tenía hambre, mis extremidades se sentían entumidas, me picaba la cabeza, sucia de cerveza y caldo, por revolcarme en la celda del barco anterior, y la humedad en el ambiente era palpable e incómoda.


– Soy Catha. – Dijo la chica esparramada en su rincón. La miré de soslayo sorprendida de aquella revelación, ella encogió los hombros.


- Dijiste que no volverías a hablarme. – le recordé como una invitación a que se callara de nuevo.


– Vamos a pasar mucho tiempo juntas hasta que esto acabe.


- ¿Que acabe qué? – pregunté arrastrando el culo hasta sentarme.


- Puedo se tu amiga. – declaró como si me hiciera un favor. - Así que vamos, dime tu nombre.


- ¿Que acabe qué? – repetí.


- El jolgorio de El Barquero. – sus dientes torcidos se asomaron entre sus labios secos.


- ¿Jolgorio? – pregunté para mí misma, sin esperar una respuesta.


- Juego, competición, recreo, jolgorio. – levanté la vista para ver sus ojos de marisabidilla puestos en mí.


- Que inquietante…- mustié con recelo, y eso ensanchó su sonrisa.


- ¿Cuál es tu nombre?


- ¿Somos parte de una competición? ¿De qué va esto? ¿Estar aquí encerradas no es suficiente castigo? – pregunté insistente.


- Esto no es el castigo. – dijo con suavidad. Bufé. Claro que no era el castigo.


- Hay algo peor, imagino. – dije cansinamente.


- Hay algo peor, imaginas bien. – ella se incorporó sobre sus rodillas, como una niña demostrando dedicarte toda su atención.


- ¿Qué es ese algo? – dije con cuidado.


- Dime tu nombre o no pienso decir una palabra más. – pronunció esa frase con tanta maldad que me hubiera congelado si no hubiera tenido tanta intriga como ella.


- Me dijiste ayer que no dijera mi nombre.


- No hablaba contigo. – gruñó con recelo.


- Hablabas en voz alta. – le contesté levantando el mentón. – Es lo mismo.


- Yo no soy él. – Murmuró intensamente – Yo no puedo hacerte daño.


- ¿Quién es él? – bufé.


- Yo no. – canturreó.


- ¿Qué jolgorio? – espeté enfadada.


- Tu nombre. – dijo más enfadada que yo.


- ¿No vas a decirme nada?


- ¡Tu maldito nombre! – gritó ahora incorporando todo su cuerpo. Me asustó. Aquella diminuta chica me asustó. Tal vez por lo quebrada que estaba, o por lo alto que podía gritar, no lo sé, solo sé que provocó que la palabra se escapara de mi boca.


- Thaia – susurré.

Sus ojos se abrieron, me miró de arriba abajo y asintió. Luego una pequeña sonrisa empezó a expandirse por su rostro, cada vez más grande.


- Thaia, - una profunda, seca y calmada voz sonó desde la puerta abierta. – si haces tantas preguntas, no podré dejar de noquearte.


Miré a Tide que estaba de pie en la puerta con una bandeja llena de pan y leche. Era tan grande como le recordaba, pero no era fuerte, sólo enorme. Su cabeza estaba rapada y miles de tatuajes lineales le decoraban el cogote. No daba miedo. Te invitaba a respetarle, por si acaso, pero miedo no era lo que sentía en su presencia.

Y entonces, en la parte alta de la nuca había una mancha negra. La miré por todo el tiempo que él me dio la espalda. Parecía hasta tener profundidad, estar en movimiento, tener vida. Y eso sí daba miedo.


Dejó la bandeja en medio de la habitación, me dio una última mirada, mientras yo clavaba mis ojos en el suelo, y desapareció cerrando la puerta y asegurándola bien.

Catha se arrastró sobre sus rodillas hacia el centro de la habitación y con la ayuda de sus pies acercó la bandeja hacia ella. Cogió un trozo de pan y un vaso de leche y volvió a su rincón después de empujar la bandeja hasta mí.


Yo sin quitar los ojos de la comida empecé a masticar muy lentamente, saboreando el placer que sentía al tener algo solido en la boca de nuevo.


- ¿Quién es Tide? – susurré cuando la comida en mis manos se había desintegrado.


- El vigilante matón de El Barquero. – dijo ella sin más.

Asentí sorprendida de conseguir respuestas, seguí comiendo y esperé a volver a tener la boca vacía para preguntar:

- ¿Cómo han construido barcos?


- Maderas del viejo mundo – dijo la chica con la boca llena – Dicen que estos navíos son como los que construyeron los primeros piratas.


- ¿Hay muchos? – seguí, sintiendo la suerte que estaba teniendo.


- Cientos. Es la única forma que tienen de desplazarse de una isla a otra. – lamió sus cinco dedos restantes y me miró a la espera de más preguntas.

Mi querido amigo rapaz, quien seguía observando la escena desde la ventana, gritó con fuerza. Y la muchacha se giró de pronto para verlo.


- ¿Quién es este? – dijo con sorpresa.


- Creo que le pertenece al jefe de este navío. – dije recordando el momento en el que entró acompañado de todos ellos en la celda.


- Lo dudo. Es la primera vez que lo veo. – dijo ella frunciéndole el ceño al animal. Luego se giró a mirarme. - ¿Te sigue?


- Eso parece. – escupí hacia el animal, quien se removió en sus patas.


- Es espeluznante. – Irónico que tú lo digas. Pensé yo.


Y dicho eso, el animal pareció ofenderse, se giró, desplegó las alas que debían tener una envergadura de dos metros y se largó con un chillido.


- Qué presumido. – dijo mientras miraba una vez más la ventana.


- ¿Dónde vamos? – me sequé las migas en mis anchos pantalones de mezclilla.

Sus ojos brillaron y se clavaron en mí, y con una sonrisa ladeada, que no me gustó en absoluto dijo:

- A la isla de Mérmat.



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