Capítulo dos

Actualizado: 11 de oct de 2018

Una mañana de julio, mientras abuela salió a buscar comida, decidí echar un vistazo a los alrededores de nuestra guarida. Debía tener quince años, y hasta ese momento, nunca había salido del agujero al que llamaba hogar, así que calcé mis zapatillas de tela de ante, como las llamó Gea, e inspeccioné la zona.


Investigué y me relajé hasta el punto que oscureció y yo seguía metida entre los recovecos de la ciudad. Hasta que no estuve sobre mis rodillas por culpa de una bofetada monumental, no me di cuenta de que abuela me descubriría fuera de casa.

Tiró fuerte de mi brazo y me arrastró hasta nuestro agujero sin decir una palabra. De una sacudida me lanzó al suelo de la cama hecha de cartones y mantas mugrientas y me cubrió con un edredón que un día fue blanco.

Cenamos en silencio y cuando las lágrimas de arrepentimiento empezaron a limpiar mi cara ella sacó un objeto de su capazo.

- Mírate – ordenó dándome aquél objeto. – Es un espejo.

Acerqué el cristal a mi cara y por primera vez en mi vida, me vi.

Sabía que mi pelo era largo, porque nunca lo había cortado, y castaño. Sabía el aspecto que tenían mis manos, mis piernas, mis rodillas y todo aquello que mis ojos podían ver. Pero lo que no sabía era qué aspecto tenían mis labios, mi nariz o mi cara en sí. Me estaba viendo por primera vez.


- No debes dejar que nadie te descubra. – dijo Gea mirando cómo me observaba. – Nunca.


- ¿Por qué? – pregunté.


- Porque el mundo está loco, y te destruirá. – soltó sin más. Y luego, ante mi silencio añadió: - Tus ojos. – Eran verdes, un verde tan ambicioso que parecía amarillo. Y tenían un brillo casi inhumano, casi impropio. – No dejes que los vean en la noche. Mantén siempre la cabeza gacha. – Y no solo hice eso, sino que además pinté una máscara de ceniza en mi cara, y no me la quité nunca más.




- Mil ochocientos veinticinco, mil ochocientos veintiséis, mil ochocientos veintisiete, mil ochocientos veintiocho.


Froté mis singulares ojos, como cada mañana al despertar y, me percaté de que estaba en una nueva cárcel, con las muñecas maniatadas y con un rumor de fondo.

Unas esposas unían mis manos, y éstas estaban atadas ahora a una cadena más gruesa que me atrapaba a la pared.


- Mil ochocientos veintinueve…


Me encontraba en un nuevo barco y posiblemente en una nueva dirección, a pesar de que eso no importaba. A estas alturas, después de todo, aprendí que es la vida quien te lleva y no puedes hacer nada.


- Mil ochocientos treinta.


Me sorprendió que esta celda, aunque era igual de mugrienta y pobre, tuviera una ventana que bañaba de luz cada rincón. Y, además, una compañera.


Una chica rubia y menuda, con la mitad izquierda de su cabeza rapada, estaba encadenada al otro lado del calabozo, con sus rodillas fuertemente abrazadas y unos intensos ojos azules clavados en mí. Parecía ligeramente más joven que yo.

Su semblante estaba relajado, pero todo su cuerpo permanecía alerta y a la espera para saltarme encima si fuera necesario. Sus manos lucían tan mugrientas como el resto de ella, y parecía que se esforzaba en esconderlas de mi escrutinio. Mucho. Demasiado.

Encima de ella había números escritos con una tiza blanca. Justo en su cabeza el mil ochocientos treinta.


- ¿Qué miras? – espetó brava con un acento poco definido.

Vestía unas mallas negras, gastadas y rotas, una camiseta sucia con el dibujo de una águila en el pecho y sus pies estaban descalzos y agrietados.

Pensé que era gracioso que una chica tan pequeña se mostrara tan envalentonada. Y luego supuse que si estaba en su misma celda significaba que su vida no había sido mejor que la mía. El instinto de supervivencia hacía eso en las personas.


Tragué un par de veces antes de encontrar mi voz tan cuarteada como el aspecto de aquella muchacha, y con un impertinente escozor en la garganta le pregunté:

- ¿Por qué escondes tus manos? – ella miró dónde mis ojos miraban, miró de nuevo en mi dirección y frunció el ceño.


- ¿En esa pregunta vas a malgastar la única vez que pienso hablar contigo? – parecía que sus fuerzas flaqueaban. - ¿Por qué escondes tu cara? ¿Es que no sabes lo que es el agua? – dijo mirando la capa de ceniza que enmascaraba mis trazos. - ¿O eres demasiado fea?

Nos fruncimos el ceño la una a la otra, intensificando un largo silencio.


- ¿Dónde estoy? – dije de pronto, tensa, tomando en serio su sugerencia y evitando hablar de mí. Ahora asintió satisfecha.


- En la barca de Caronte. – un silencio se instaló entre nosotras. Ella aguardaba mi reacción, y ésta nunca llegó. - Nunca has navegado, ¿Verdad? – me dedicó una sonrisa burlona.


No contesté, me incorporé dedicándole una mirada poco agradable y empecé a masajear la zona del puñetazo que me había mantenido inconsciente hasta ahora.


- Llevo mucho en el mar. – siguió. Miró el círculo que mi mano llena de suciedad trazaba por mi cara. – Ese debe de haber sido Tide. – Arqueé una ceja mientras un calor irritante empezaba a apoderarse de mí. – El grandullón – aclaró y asentí antes de empezar a quitar la suciedad de mis uñas, pretendiendo ser calmadamente indiferente.


- ¿Quién es Caronte, de todos modos? – dije sin mirarla, después de un par de respiraciones.


- El Barquero. – susurró en mi dirección. Mi corazón se paró.


- El Barquero del Inframundo. – dije para mí misma. Ella asintió feliz.


- El jefe Sharingam es El Barquero del Inframundo - Aclaró una vez más, pero yo ya estaba muchos años atrás, sentada en las faldas de Gea escuchando la leyenda de El Barquero, quien trabajaba para Hades, Dios del Inframundo, transportando las almas de los muertos a la otra orilla del río y recibiendo dos monedas a cambio, en su barca: El Caronte.


- ¿Estamos en el barco de una guerrilla? – la miré absorbiendo toda la información que su lenguaje corporal pudiera darme.


- Punto para la nueva – rió estrepitosamente.


- ¿Una guerrilla de creyentes? – insistí con mis ojos clavados en ella sin pudor.


- Ahá – asintió como si fuera la persona más feliz del planeta.

Un silencio se instaló en mi cabeza mientras una verdad crecía fuerte en el ambiente. Como si alguien hubiera atado un cabo en mi cuello y lo hubiera tensado manteniéndome en constante lucha por respirar.


- ¿Con qué trafica el capitán de este navío?


Miré a la chica con la respiración atorada en mi pecho, sabiendo la respuesta. Ella asintió y sonrió siniestramente antes de afirmar: - Tú y yo, somos su último negocio.


Hubo un momento en el que, en aquellas cuatro paredes, solo se oyeron dos latidos de mi corazón separados por un silencio que pareció durar un eón, y luego un miedo irracional a la par que justificado, sacudió mi cuerpo entero e invadió mis sentidos dándome la fuerza necesaria para sacudirme en mis cadenas y gritar en busca de ayuda a pleno pulmón.


La rubia estalló en carcajadas inestables mientras el cólera se apoderaba de mí y reventaba en mi garganta como algo desesperado y desgarrado.

Pronto mi estómago se sacudió en busca de comida y mis gritos empezaron a sonar ahogados. Pero por desgracia, no lo suficientemente pronto como para que el grandullón llamado Tide llegara a imponer la paz y el orden con un nuevo puñetazo.


Cuando abuela murió, acabábamos de mudarnos al campo a vivir en un granero abandonado. A los dos días, de la nada, apareció una mujer con dos niños.

Sin decir una palabra, la mujer cavó un profundo hoyo y metió a abuela Gea dentro sin siquiera pestañear mientras yo seguía sentada en la silla de las patas rotas que encontramos allí abandonada.

La mujer dejó en mi regazo agua y una promesa implícita: hogar a cambio de comida para sus hijos.

Ella estaba enferma, alguien la hirió, y su tono amarillento, sus uñas grises y su cabello lacio anunciaban una muerte cercana. Me percaté de ello mientras cubría el rostro de Gea de tierra e insectos.

Pensé en rechazar la oferta y robar para mí misma, sin más apegos ni presiones, pero las noches caían frías si no tenías cuerpos a los que acercarte en busca de calor, y la soledad era demasiado dura. Más dura que nunca, ahora que me veía sola de verdad.

Gull y Sail eran sus hijos, cinco y siete años más pequeños que yo.

En mi opinión deberían estar robando desde hacía mucho tiempo, pero la madre los tenía tan protegidos que no podían dar dos pasos sin hacer un estruendo. Así que acepté, no solo a robar para ellos, sino a enseñarles también, mientras los ojos de la madre perdían fulgor con cada día que empezaba.


Pasé dos años contando las historias del mundo, antes del estallido de luz, que Gea recitaba cada noche para mí.

Les conté sobre grandes edificios, rascacielos, tecnologías evolucionadas que permitían comunicarse entre personas separadas por miles de kilómetros. Les conté cuan verde eran los prados en primavera y como los arboles crecían sanos. Les conté sobre un mundo idílico en el que ni Gea había vivido, y cada noche me dormía viendo las sonrisas en su rostro.


Una noche les expliqué cómo abuela me relataba la historia del Barquero del Inframundo. Según ella, se encontraron algunos restos de libros y escritos del mundo antiguo en las que se explicaban problemas con la economía del país, grandes guerras, y grandes mitos y leyendas.

Las nuevas generaciones del norte de la isla de Trasgál, acompañadas de algún que otro chiflado superviviente al apocalipsis, adoptaron los mitos y las leyendas como forma de vida y crearon grupos, o guerrillas, como le gustaba llamarlos a Gea, para hacer del mundo un sitio más interesante. Siempre me reí de la manera despectiva en la que había contado aquello. Pero, francamente, me reía por qué me sonaba tan lejano que ignoré que realmente existiera.


Y ahora estaba en el Caronte, tripulado por un loco que se hacía llamar El Barquero, y que traficaba con esclavos.


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