Capítulo cuatro

Actualizado: 11 de oct de 2018

El mundo desapareció porque la raza humana abusó de la madre tierra, decía Gea. Se sobrepasaron con los gases y las mezclas que provocaron daños irreparables en nuestro planeta.


Mucho antes de la oscuridad, la gente moría de enfermedades generadas por la radiación. El ADN humano se veía alterado por tales compuestos y nacían personas deformes, con un solo ojo, con tres manos o niños pegados entre sí.


- Entonces no son tan fantasiosos los relatos mitológicos, ¿no? – pregunté. Ella simplemente se encogió de hombros.


Ahora, en el Mundo Oscuro, los efectos de las creaciones humanas habían crecido considerablemente hasta el punto de crear animales y especies más grandes de lo que realmente deberían ser, o más pequeños, dependiendo siempre, de la necesidad de las especies por subsistir. La ley del más fuerte.


Se hablaba de algunos humanos mutados, pero nunca se había visto a ninguno, y claro, yo no iba a creer aquello si no lo veía.

Mérmat era una de las islas más lejanas de Trasgál en dirección sur. Muchas historias se contaban sobre aquella extensión de tierra. Entre ellas la de la abundancia de tiburones peregrinos.


Se decía que en aguas de Mérmat el plancton del que se abastecían aquellos animales era más abundante que en ninguna otra isla. Pero eso no era lo sorprendente. Lo que realmente sorprendía era que contaban que entre sus aguas habitaba una raza de humanos mutados que habían adquirido facilidad para respirar bajo el agua, aletas y membranas entre los dedos de los pies y las manos.


- Despierta. – la voz de Tide y su brusco toque en mis costillas me sacaron del recuerdo y me llevaron de nuevo al barco. Abrí los ojos y me incorporé mientras él me desataba de la pared sin quitarme las esposas. – Tenemos faena.


- Mil ochocientos treinta y dos. – dijo Catha mientras escribía el número en la pared totalmente ajena.


El hombre tiró de mi brazo y me puso en pie. En seguida noté todo el cuerpo dolorido. Desde mis extremidades y mi espalda, hasta mi nariz, mi mentón y mis muñecas roídas por el hierro.

Salimos de la celda hacia un corredor oscuro y estrecho, sin ventanas, sin ventilación. El olor era denso, caliente, olía a metal, a muerte. Después de recorrer varios metros, una puerta se abrió a la derecha y de un empujón me metió dentro.


- Lávate toda esa mierda y vístete. Deja las botas ahí dentro. – cerró la puerta en mi espalda y se largó.


Delante de mí había una cuba llena de agua clara. Justo al lado derecho de ésta, había una vieja silla con una toalla suspendida del respaldo, a su lado un espejo de cuerpo entero, y del mullido colgador de la pared colgaban las mallas negras y la camiseta de tirantes blanca con el águila en el pecho que la chica rubia también vestía.


Por unos instantes me quedé mirando como mi nueva muda se balanceaba suavemente debido a la brisa que el portazo había originado, y no fue hasta que el movimiento cesó que me di cuenta de cuán desconcertada me sentía.


Casi dos semanas antes me habían encontrado en el granero de la difunta madre de Gull y Sail enseñándole al pequeño como atar un cebo en una caña de pescar, cuando Gull apareció con el afilado cuchillo de un sucio marinero en el cuello.


De un tirón rápido, el chico cayó al suelo degollado mientras su hermano corría en su dirección con un grito desesperado. Mi estado de shock no me permitió anticiparme a sus movimientos y antes de que siquiera pudiera pestañear, un balazo atravesó el pecho del niño.


Corrí lejos, con todas mis fuerzas, pero todas mis fuerzas no fueron suficientes para escapar de doce marineros con un propósito.

Como si fuera una criatura desalmada, me desnudé y me metí en el agua. Era la primera vez en mi vida que me daba un baño. En la ciudad abuela me limpiaba con una esponja de vez en cuando, en el campo lavé mis manos algunas veces.

Sumergí el cuerpo entero, incluyendo mi cabeza y me abandoné en el suave vaivén que el barco provocaba en el agua.

Imágenes de Gea peinando mi pelo aparecieron en mi cabeza y me permití llorar una última vez.


Me sentía perdida y sola, y el destino se advertía como una gran ventana ante mí, y esa inmensidad era lo que más me asustaba. Yo no sabía nada sobre el mar, nada sobre ser capturada, nada sobre cómo salir de allí con vida. Nada excepto historias para ir a dormir.

Reacia a seguir pensando saqué mi cabeza del agua y llené de jabón una esponja vieja que encontré dentro de la tina, ahora turbia.


Froté mis brazos, mis piernas, y el resto de mi cuerpo. Me entretuve un poco más en sacar la suciedad de las uñas de las manos, y de rascar bien fuerte el cuero cabelludo. Estaba acostumbrada a esconder mi rostro del mundo para que nadie reparara en mis ojos, y la ceniza permanente en la cara creaba una máscara perfecta. Nadie más que Gea había visto mi rostro real.

Esa delgada capa de suciedad, me hacía sentir protegida. Así que mi cara quedó tal y como estaba. Negra.


Al salir del agua, me sequé con la toalla y me miré al espejo. Estaba más flaca de lo que recordaba, y sumado eso a mis piernas largas, aún parecía más consumida. Mi pelo era largo, demasiado largo, en mi opinión, pero por primera vez en mucho tiempo lucía brillante y lleno de vida.


Me entallé las mallas negras, y me puse la camiseta con el águila, y dejando mis botas, salí al corredor.


- Sigues teniendo mugre en la cara.


Tide estaba esperando por mí, recostado en la pared con los brazos cruzados, se incorporó y volvió a encadenar mis muñecas.

Ni siquiera me miró antes de darse la vuelta y guiarme hasta una nueva habitación. Cruzamos varios pasillos después de salir a la cubierta y volver a entrar a través de unas grandes puertas de popa. Entré en un cuarto en el que un gran escritorio de caoba se postraba ante una enorme silla forrada en piel.


Mi guía volvió a encerrarme, y automáticamente la silla se giró dejando ante mí la imagen de un corpulento muchacho, de unos veintiséis años, con una mandíbula fuertemente cuadrada, unos brazos tan grandes como mis dos piernas juntas y el pelo oscuro y largo cayendo hasta sus hombros.

Su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo y con un gesto tan pequeño como el que le dio al vigilante para que matara al marinero, me ordenó que me sentara en la silla delante de él.


Hice lo propio y enfoqué mis ojos en sus manos, sucias y fuertes reposadas sobre el escritorio. Una de ellas, la izquierda, estaba vendada en una gasa llena de suciedad, cubriendo, supuse, una herida.


- Soy Sharingam, El Barquero. – dijo con su atronadora voz. - ¿Cuál es tu nombre?


- Tha - No le digas tu nombre. La voz de Catha resonó en mi cabeza.


- ¿Disculpa? – dijo sonriente, con orgullo.


Me quedé petrificada en el sitio. Tal vez la chica se refiriera aquello. O tal vez no, pero no iba a decirle mi nombre.


- ¿Cuál es tu nombre? – repitió un poco más alegre. Podía sentir sus ojos clavados en mí.


- No voy a decirlo. – dije en un hilo de voz. Realmente no pensé en lo que podría pasar conmigo si le decía esas palabras al chiflado que se hacía llamar El Barquero del Inframundo, hasta que las había dicho.


- Eres mi esclava, y debes hacer lo que se te ordene. Así funcionan las cosas. – Sentí los ojos del chico u hombre, no sé qué era más propio, arder sobre mí mientras su sonrisa se congelaba.


- Soy tu esclava, porque tú has decidido que lo sea. – dije despacio alzando el mentón aunque evitando el contacto visual. Sentía un temor profundo a lo que me pudiera pasar, pero con cada palabra que pronunciaba en voz alta, notaba como mi pecho se hinchaba de orgullo. Y no me pude callar. – Pero no haré lo que me ordenes, porque yo no lo he decidido. Así funcionan las cosas.


Hubo un silencio intenso en el que él me evaluó y luego una amarga y escalofriante carcajada brotó de su garganta.


- Eres una listilla. – mis ojos dejaron sus manos y fueron a su sonrisa. Una sonrisa torcida que anunciaba problemas. – Harás lo que yo quiera que hagas, o empezarán a faltarte dedos. – Al instante dejé su rostro y miré mis manos cerrando los puños con fuerza. Recordé el aspecto de las de Catha. – Veo que lo has entendido. – sonaba orgulloso. – Ahora dime cómo te llamas.


- No tengo un nombre – mentí con inseguridad.


- Pequeña mentirosa – dijo con asco. - ¿Sabes nadar?


- No – dije esta vez sincera, sorprendida por el cambio de tema.


- ¿Mientes de nuevo? – me permití mirar su rostro un instante para ver una de sus negras cejas fuertemente arqueada.


- No. – dije más flojo.


- Pues más vale que mientas. Te tiraré al agua en cuanto lleguemos a Mérmat. – el odio en su voz me entumeció y le encantó. - ¿No vas a mirarme cuando te hable?

No contesté y no le miré.


- Exijo que me mires cuando te hable, esclava. – espetó. Hubo un silencio, no me moví, no pude. Y luego con un puñetazo en el escritorio que drenó la sangre de mis mejillas dijo: - Mírame, niña.


Y le miré. Al principio entrecerró los ojos al ver la suciedad persistente en mi cara. Creo que entonces buscó algo en mí. Lo sabe, pensé. Pero era de día, y una grisácea luz entraba por el gran ventanal detrás de él iluminando mi cara. Así que no encontró en ellos nada de nada.

Pareció notablemente decepcionado, pero entonces, se inclinó encima del escritorio y cogió mi barbilla acercándome a él a escasos centímetros.

Miró mis ojos, enfocados en su nariz, para no hacer contacto directo, y sonrió antes de soltarme con un empujón violento que regresó mi culo a la silla.


- ¿No sabes lavarte? – fue lo último que dijo.


Tide entró, agarró mi codo y me arrastró fuera de la habitación. Cuando dejé de pensar en el capitán del navío y enfoqué la atención en la cubierta pude ver todo el suelo lamido por un rastro de sangre oscura. A eso olía el pasillo antes. A ese tipo de muerte.


- ¿Qué es esto? – dije en un jadeo.


- Los esclavos no hablan. – espetó el grandullón.


De un fuerte empujón seguí caminando, con el cuerpo aturdido y la boca seca. Todo el camino estaba decorado del mismo modo, y sentí un nudo formarse en mi garganta.

El olor metálico de la sangre se apoderó de mis fosas nasales y antes de que empezara a hiperventilar llegamos al otro extremo del barco.


Los más de veinte hombres que desplegaban redes y engrasaban arpones dejaron sus tareas para echarme un vistazo. Mantuve mi cabeza bien baja, notando todo mi cuerpo temblar, mientras me ataba a la barandilla oeste del barco.

Me incliné hacia abajo, en busca de aire, para ver un oscuro y bravo mar picando contra el barco y balanceándolo con furia. Delante de mí Mérmat se extendía largo y alto, con afiladas rocas y acantilados de piedra negra. Comparado con la sangre, aquello parecía el paraíso.


La muerte es parte de la vida. Decía Gea. La muerte llega a las personas como la vida las crea, y no hay nada que podamos hacer para evitarlo.

Unas alas revolotearon y frenaron fuertemente sacándome de mis recuerdos. El águila se posó en la baranda de las escaleras que subían a la cubierta de proa, cerca de mí, mirando el mar.


Dos horas pasaron mientras mis huesos se entumecían con la vasta brisa marina, mientras divisaba la isla más y más cerca. A medida que nos acercábamos pude ver, también, que nuestro barco no era el único parado allí. Había nueve navíos más, igual de grandes, con el mismo tipo de construcción e igual de abarrotados de hombres.


- Tranquila, no van a tirarte hoy. No sabes cómo funciona. – Dijo Catha apareciendo a mi lado.


- ¿De qué va todo esto? – pregunté sin dejar de mirar más allá.


- ¡Tiren el ancla! – una voz gritó por detrás de nosotras y el movimiento en el barco empezó a ser frenético.


Ahora, los nueve navíos restantes estaban a pocos metros de nosotros y entre sí, formando un círculo.


- Se hacen llamar la Hermandad. – dijo la rubia mientras yo me fijaba en que todas las banderas consistían en un águila negra con variaciones. – Diez guerrillas que controlan Trasgál y las trece islas del sur.


- ¿Hay alguien que mande en Trásgal? Creí que era mentira. – dije yo.


- No lo es. Esta gente impone sus leyes allá donde van. – se encogió de hombros.

Había todo un mundo fuera de las runas de Seahall, y aunque habíamos oído miles de especulaciones sobre el norte, nunca creí que vería la cruel verdad con mis propios ojos. Ni que sería prisionera de ella.


- Knut El Maldito, - siguió Catha a mi lado dándome un repaso exagerado – fue el fundador de la primera guerrilla. Con el tiempo se le unieron las demás y sus miembros se volvieron más avaros y dominantes. – me miró como si eso lo explicara todo. - Uno de ellos debe mandar más que los demás. Han estado más de diez años disputándose el puesto, hasta que El Barquero propuso una solución. >> Para decidir quién debe tener ese privilegio, cada guerrilla lanzará al peligroso, siniestro y desconocido mar de Mérmat a una chica. – dijo ella con tono épico.


- ¿Por qué no manda Knut? – la corté notando el espesor de ese nombre en mi boca.


- Tiene otras cosas en las que pensar. – contestó sin más. Y yo no podía entender cómo al fundador de aquel infierno no le interesaba reinar en él. - ¿Qué sabes de Knut?


- No sé nada. – dije frunciendo el ceño a la insistente mirada de la chica.


- ¡Queridos hermanos! – bramó El Barquero detrás de mí a través de un utensilio parecido a un cuerno de animal, hueco y blanco. Todos los allí presentes dedicaron su atención al aterrador hombre de pelo largo dejando así sus faenas a medias.


- Y la prueba durará diez días seguidos. – la rubia siguió ajena al estruendo, como si ya lo hubiera presenciado miles de veces.


- ¡Queridos hermanos! – gritó todo el mundo al unísono.


- Cada tripulación tiene a dos chicas. Cada día una baja del barco. Hoy seré yo. Mañana tu. – siguió, esta vez en un susurro.


- Nos encontramos aquí para poner punto final a nuestras disputas y decidir, de una vez por todas, quién será el rey de las guerrillas del norte y de las islas del sur de Trásgal. – siguió Sharingam. – Después de veinte años, la paz se instalará entre nosotros y empezará una nueva era de compromiso y fidelidad. Y todo gracias a nuestras damas. – dijo esta última frase en tono de mofa y pude oír las risotadas procedentes de todos los barcos.


Entonces busqué y encontré a las dieciocho chicas vestidas como Catha y yo, en las barandillas de todos los navíos.

Eran tan jóvenes…


- Nuestras valientes candidatas se tirarán al agua, y le cortarán una aleta, como mínimo, a uno de los tiburones peregrinos. Pero no hay un peligro real, porque los peregrinos no comen carne. – sin siquiera esperar una pausa todos los hombres allí presentes rieron a carcajadas.


- ¿Por qué se ríen? – dije un poco alterada.


- Porque la ley de la evolución ha provocado que en ochenta años los peregrinos coman carne. – Un nudo se creó en mi garganta.


- Al final de los diez días, la guerrilla que más aletas tenga, será líder de la Hermandad. – Siguió Sharingam - Si antes de los diez días la guerrilla se queda sin candidatas, será descalificada.


- ¿Están locos? – dije en un quejido demasiado audible. Tide me fulminó.


- ¿Lo están? – dijo Catha risueña. – Nah.


- En serio, ¿Me dices cómo diablos voy a bajar ahí a cortarle aletas a un depredador? – espeté sintiendo mi pulso acelerarse. – Ni siquiera sé nadar.


- Sabes nadar. – Dijo cubriendo mi boca con sus manos mutiladas para que bajara la voz - Cuando bajes ahí y el agua quiera engullir tu cuerpo, aprenderás a nadar. La ley del más fuerte. – repitió aquello que Gea siempre me había dicho y rio de su broma privada.


- ¿Cómo puedes decir eso? – bufé sin encontrar razonamiento posible en aquellas palabras.


- No le digas tu nombre. – cantó ella mirando el agua, ajena a mí.


- Está totalmente prohibido ayudar a las chicas. – Siguió El Barquero – El único utensilio que bajarán al agua será un cuchillo. Las que lleven algo más serán degolladas. – un silencio se instaló en la bahía.– Dentro del agua, tenéis una hora para coger tantas aletas como podáis. – Esto lo dijo procurando que me quedara claro a mí. Yo aparté la mirada - Esclavas, si alguna intenta escapar nadando, morirá antes de llegar a la orilla.


- ¡Así pues! – gritó otro capitán desde otro navío con el mismo cono, mientras yo palidecía y mi respiración se volvía superficial. - ¡Preparen los botes! – Tide sacó las llaves de las cadenas y desató las manos de la chica.


- ¿Vas a desearme suerte? – dijo Catha, llamando mi atención mientras miraba como cada barco bajaba un bote al agua y todo el mundo se empujaba para ver. La miré con un nudo en la garganta.


- ¿En serio? – jadeé. ¿Se lo tomaba en broma?


- ¡Supervisores, a los botes! – gritó El Barquero.


- Llevo mucho tiempo preparándome para esta prueba, soy la mejor. – se encogió de hombros.


- ¡Esclavas, preparadas! – gritó de nuevo el capitán.


– La ley del más fuerte. – se dijo la chica con los ojos desenfocados, como si ya no estuviera allí.

Simultáneamente, todos los allí presentes dieron un paso atrás, menos yo.

– La ley del más fuerte. – cantó ella recogiendo su pelo en un lazo y acercándose a la barandilla. Entonces me miró un instante. - Y yo soy la más fuerte. – dijo en un susurro.


- Yo no soy fuerte. – le susurré igualmente con la sangre helada. – No puedo hacer esto.


- ¡Listas!


- Hoy no. Mañana. – le sonrió al mar inclinándose, clavando sus uñas en la madera.


- ¡Al agua!


Y Catha se giró y se tiró sin dudar un segundo.

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