Capítulo cinco

Actualizado: 11 de oct de 2018

Los gritos ensordecedores de los cientos de hombres allí presentes, expectantes, viendo como unas endebles y malnutridas chicas se jugaban la vida por una chorrada que se les había metido entre ceja y ceja, no era lo peor de la situación. Lo peor de todo fue el darme cuenta que, aunque desde un principio había sido obvio, había muchas posibilidades de que alguna de aquellas chicas no saliera con vida del agua. Y la presión en mi pecho creció cuando adiviné que si Catha no salía hoy, todo iba a ser mucho más duro mañana.


Como acto reflejo a mis temores me asomé a la baranda de madera húmeda, con el cuerpo tenso, y busqué. El oleaje era fuerte, negro, profundo.


A los pies de cada barco dos hombres esperaban dentro de la seguridad de un bote, a que las muchachas regresaran con las aletas.

Primero, todo estaba en silencio. De vez en cuando alguna chica salía a respirar, pero por lo general, no había movimiento. Lo que sí había era tensión. Tensión espesa que lo llenaba todo.

Entonces, desde el barco de mi izquierda, un hombretón tiró un animal descuartizado justo en medio del círculo que los navíos formaban, justo encima de ellas.

En menos de diez segundos, una oleada de tiburones peregrinos emergió de las profundidades para luchar entre ellos en busca de carne.

Cada ejemplar medía, como mínimo, dos metros y medio. La sombra de sus siluetas, desde fuera del agua se antojaba aterradora.

Algunas de las chicas, incluida la cabeza rubia de Catha, se separaron de la carne y se zambulleron en el agua, para, supongo no estar tan a la vista. Aunque, un pedazo de carne en el hábitat de un animal carnívoro, no importa si está dos metros arriba o abajo, supuse.

Y entonces como sospeché, un peregrino a una velocidad espantosa nadó sin cesar, con su gran boca abierta, en dirección al navío que quedaba en frente, y engulló a su candidata sin siquiera darle tiempo a gritar.

El silencio desconcertante duró menos de dos segundos, antes de que todo el mundo siguiera gritando y animando a las chicas o a los tiburones.

No fui capaz de ver nada más. Me giré sin aliento y busqué un hueco entre los hombres amontonados para salir de allí.

Pero no existía un hueco. La tripulación estaba tan alterada por los acontecimientos que intentar pasar a través de ellos era una misión imposible.

Estaba rodeada de hombres gritándole a la muerte, los grilletes pesaban más que nunca y las lágrimas empezaron a nublar mi mente, mientras la chica moría en medio de los navíos.


Tide apartó a un hombre de delante de mí, simplemente poniéndole una mano en el pecho, y al ver el hueco corrí sin parar buscando las escaleras que bajaban a los negros pasillos de los cuales yo había salido unas horas antes.

Al bajar los tres primeros escalones, delante de mí vi a un hombre moribundo, creando un charco de sangre en el suelo de madera. Sus ojos se encontraron con los míos, sin yo poder apartar la mirada, en la oscuridad del corredor, una sonrisa le iluminó la cara al ver mi verde amarillento.


- Dime que has venido a salvarme – dijo en un gruñido casi ininteligible. – Dime que tus ojos me salvarán.


Me quedé quieta, aturdida y sin saber qué hacer, cuando una bota delante de mí aplastó la cabeza del hombre dejándole muerto por completo. Le destrozó los sesos en las escaleras.

Levanté la vista, horrorizada, con un nudo en la garganta para ver a El Barquero sonreírle al cadáver.


- Nadie salva a nadie. – declaró.


Y seguí mi camino, corriendo, sin esconder los jadeos, terminé de bajar las escaleras y recorrí los pasillos hasta encerrarme y atarme yo misma en la celda.

Recosté mi espalda y mi cabeza en la pared y me deslicé hasta el suelo, con las rodillas dobladas, sin dejar de repetirme que la gente muere, que la muerte es inevitable.


- No fue para tanto. – Dijo Catha sonriente al entrar en la celda chorreando. - ¿Te asustaste? Te asustaste…- fingió llorar.


No contesté, me dolía la garganta de reprimir los gritos y ella, siguiendo su broma estúpida, se largó sin más. Después de una hora, volvió a aparecer seca y cambiada y con una bandeja de pan que dejó a mis pies. Se sentó delante de mí y empezó a mordisquear un cuscurro.


- ¿Cuántas conseguiste? – dije en un hilo de voz mirando sus pocos dedos, que ahora podía adivinar lo que les había pasado.

Y aún así, pensé, no esta tan desquiciada. O, lo estaba lo suficiente para llevar a cabo la misión por la que nos tenían allí, y salir con vida y apetito.


- Dos. – sonrió sin dejar de comer. Parecía tan segura, y me hacía sentir tan cobarde.

Cogí un trozo de pan, y empecé a comer en silencio, intentando no parecer tan turbada.


- Y una robada. – me miró ahora sin una pizca de culpabilidad en la mirada y ladeó una sonrisa. – A la muerta – dijo insensiblemente. La miré incrédula, ella me frunció el ceño - Mejor robársela a una chica que a un tiburón. ¿No? – espetó a la defensiva.


Acabamos de comer, ella volvió a su lado de la celda mientras yo me acurrucaba en mi rincón, y aunque aún no era oscuro, empezó la noche más larga de mi vida.


Catha dormía plácidamente. De vez en cuando, su cansado cuerpo se movía en espasmos abruptos, aunque su respiración era profunda y relajada. Ahora, dormida, podía ver que aquella chica fue bonita en algún momento de su vida. Cuando no le habían arrancado los dedos y tenía la cabeza en su lugar, probablemente. Pero aun y con todo eso, había algo en ella que la hacía entrañable. Incluso con su media cabeza rapada era tan entrañable como lo habían sido Gull y Sail.


Mi respiración superficial y el nudo en mi garganta me avisaron que esos pensamientos no me llevarían a buen puerto, y arrastrando mi trasero por el suelo, estiré mi cuerpo, con las manos atadas, y toqué fuertemente la puerta con los pies. Al instante Tide se asomó a la ventanita enrejada con cara de pocos amigos.


- Necesito aire. – susurré.


Me dio una larga mirada desde arriba, miró mis labios, mis mejillas, mis cejas, mi frente arrugada, mis manos tirantes por la atadura - pero nunca miró mis ojos - y resopló.


- Vamos, - insistí – ni siquiera sé nadar. – él siguió sin decir nada, sin moverse. Y con un toque de humor que no supe de dónde diablos salía le dije: - Puedes noquearme si me paso de lista.


Ni sonrió, ni bajó la guardia, pero abrió la puerta, desenganchó las cadenas de la pared, y sin liberar mis manos dejó que saliera delante de él.

Caminamos en silencio por el largo corredor. Subimos las escaleras maltrechas y llegamos a la cubierta del barco donde no había ni un alma, a excepción del vigilante.


Una fría brisa corría en la bahía, mi pelo suelto voló libre, enredándose en mi cara y mis manos atadas. El mar parecía más tranquilo que aquella mañana, y mecía suavemente cada superficie encima de él.

Caminé descalza y maniatada hasta la barandilla en la que me había apoyado con Catha, y observé las luces que quedaban en los distintos barcos.

Algunas voces tenues resonaban en las altas rocas del acantilado que quedaba delante de nosotros. Todo lucía tan tranquilo que nadie hubiera dicho lo que estábamos haciendo allí aparcados.


Caminé rodeando la cubierta, sintiendo mis pies descalzos en la fría madera, respirando el yodo marino, y disfrutando un momento, por siniestro que eso pudiera sonar desde fuera, de mi primer viaje en barco.


Abuela me contó que una vez subió en un barco, y que ver los delfines siguiéndoles fue una experiencia increíble. Siempre quise montar en barco, desde entonces, aunque no supiéramos si seguían existiendo o no. Y hasta ese instante no tuve el momento de apreciar que estaba encima de uno, sintiendo, al fin, el aire que jamás corría en el campo ni en la ciudad.


Llegué a popa, dónde unas escaleras elevaban el suelo, y después de estudiar el gran timón delante de mí, me giré y observé la embarcación que quedaba más cerca. Era tan grande como la nuestra, y estaban tan cerca que si subía en la barandilla, me colgaba de un cabo y me daba impulso podía pasar al otro lado. Pero nada mejor habrá en el otro lado, me dije a mí misma.


Miré lo tranquilo que estaba aquel lugar, parecía desierto, así que me puse a buscar al vigilante, para distraer mi mente. Busqué en lo alto del mástil y en toda la cubierta, hasta donde mis ojos llegaban, pero no encontré a nadie.


Me giré un instante para mirar a Tide, quien no cambiaba su tensa y escrutadora mirada, rodé los ojos, sintiendo mi humor más ligero, y regresé mi atención adelante.

Entonces algo se movió en el agua bajo nosotros, y mi vigilante personal y el vigilante del barco corrieron para asomarse y ver qué sucedía. Yo me quedé muy quieta, buscando, también, algo que ver.


De pronto, en el barco delante de mí sonó un sutil crujido y adapté mis ojos a la negrura para ver qué era lo que había oído. Seguí sin ver nada. No había nada, probablemente.

Y desde las sombras, unos pequeños ojos amarillos aparecieron delante de mí.


- ¿A qué juegas? – le espeté al águila. Ella no se movió ni un milímetro.


Pero entonces, volvió a empezar el hombre de los gritos agónicos, esta vez mucho más cerca de mí. Debía estar encerrado en una de las habitaciones cercanas a la cubierta, porque sus chillidos eran más afilados que nunca desde allí.


Y con el ánimo por los suelos caminé de vuelta a la celda pasando a Tide y al otro hombre.

- Mil ochocientos treinta y tres. – y el sonido de la tiza contra la madera. Cuando al fin había conseguido dormirme.


- Moveros – bramó Tide en la puerta.

Se acercó bruscamente y nos desató de la pared. Mis muñecas y manos doloridas chocaron contra el frío suelo, provocando que los brazaletes de hierro se clavaran aún más en mi carne.


Catha se levantó de un salto y estiró todo su cuerpo como si hubiera pasado la mejor noche de la historia, mientras repetía la cifra cantarina. Yo a duras penas abrí un ojo.


- Vamos dormilona. – dijo más alegre que nunca, tirando de mí. Seguía temiendo que uno de mis rechazos le provocara liarse a voces. – Tienes monstruos que matar hoy. – Y supongo que eso significaba una tregua.


Como si eso fuera algo bueno, me sentó, me volteó de espaldas a ella y agarró fuertemente mi pelo, dándome tirones y haciéndome lo que parecían nudos.


- ¿Qué estás haciendo? – espeté para que entendiera mi mal humor.


- No vas a ver nada con tanto pelo. Lo estoy trenzando. – dijo. Luego soltó una risita – O intentándolo.


Cerré mis ojos y respiré profundamente intentando mantener mi cabeza al margen de los acontecimientos mientras Catha me arrancaba mechones enteros de pelo en su intento de trenza.

Para cuando terminó con mi cabello, que caía entrelazado de raíz desde la coronilla hasta la nuca, y el resto de la trenza colgaba hasta mi cintura, nuestro vigilante estaba más nervioso e inquieto de lo normal.


- Estará enfadado porque él no puede hacerse peinados. - miré a mi compañera que se encogió de hombros risueña y se levantó dejándome sola en la habitación, como si me estuviera dando la elección de seguirla o no, sabiendo que la elección ya estaba tomada, y yo no podía escapar de ella.


Llegué a cubierta, donde todo el mundo aguardaba a que empezara el gran momento, en lo alto de la cubierta de popa, El Barquero estaba hablando con dos chicos más. Uno más joven, el otro de su edad.


- Cotét y Côi – Catha me sorprendió. – Son sus…- pareció pensarse la palabra idónea para describirlos y finalmente, entre dientes espetó: - chupaculos.


Côi era alto y moreno, el mayor de los dos. Su semblante era tremendamente parecido al de Sharingam. Su cabeza estaba rapada por completo, como la de Tide y algunos tatuajes envolvían sus antebrazos.

Cotét no tenía tanta altura ni porte. Era desagradable a la vista, miraba en todas direcciones como si acabara de cometer un crimen y estuviera escondiendo el cadáver, y en contraposición, su pelo rubio y repeinado con la nuca rapada le hacía parecer…


- Un príncipe encantador. – Catha terminó mis pensamientos riendo a carcajadas. Reparé en sus ojos azules, y en los ojos azules de Cotét y en cuán similares eran, cuanta locura albergaba en ellos.


Y de pronto, cuando más distraída estaba, unas manos ataron un cinturón de cuero en mi cintura, devolviéndome al lugar presente.


Me giré para ver a un hombre bajito y enjuto con las cejas muy pobladas y fruncidas en señal de poca paciencia, con el pelo largo y negro trenzado de raíz, como el mío. Levanté mis manos y dejé que apretara bien la tira.

Una red colgaba de un extremo, un cuchillo de unos veinte centímetro de largo y cinco de ancho, del otro.


- Cuchillo para cortar. – dijo con un acento sucio, mientras levantaba el cuchillo entre sus manos. – Nunca arranques, siempre haz un corte limpio. – Dejó que cayera el objeto y golpeara mi muslo tenso. – Red para guardar. – Y se dio la vuelta y se largó.


- Es un hombre práctico. – dijo Catha detrás de mí. La miré con ojos de súplica.


- Catha, no sé nadar. – Ella, sin pestañear, me agarró del codo, me acercó a la barandilla y me obligó a mirar el mar.


- Tírate de pie – empezó – Nunca de cabeza si no sabes qué hay debajo. – La miré desconcertada - Lo primero que debes hacer al llegar ahí abajo es ayudarte de manos y pies para volver a la superficie a por aire. – Me miró un momento, parpadeé, me centré y asentí. – No dejes que tu cabeza te domine, no dejes al miedo entrar en ti. Sólo, sé tan práctica como el Herrero – dijo señalando al hombre que me había puesto el cinturón. Parecía tan lúcida, tan natural y normal.


- De acuerdo. – dije sin ningún tipo de sinceridad.


- ¡Queridos Hermanos! – aulló El Barquero con el cuerno ya puesto delante de la boca. Estaba subido en la parte trasera del barco, donde estuve yo la noche anterior.


- ¡Dios! – me quejé sintiendo como el corazón se me iba a salir por la boca.


- ¡Enfócate! – me zarandeó Catha. – Escúcheme solo a mí. Esto es solo para los fuertes.


- ¡Queridos Hermanos! – contestaron los cientos de hombres, como ayer.

Miré todos los barcos, todos los hombres, todas las chicas listas, con sus uniformes y sus cinturones. Mi compañera clavó su codo en mis costillas y regresé la atención a ella al momento.


- Entendido. – jadeé con la respiración demasiado superficial.


- Debajo del agua no se respira, nunca, jamás. – su dedo índice apuntaba mi nariz, estábamos a pocos centímetros la una de la otra. – Mantén la boca cerrada y los ojos abiertos. Si no, no sabrás por dónde ir. – Calló, esperó, asentí. Me estaba enterando. Eso creía.


- Ayer hubieron tres bajas, así que substituir a vuestras candidatas y prepararlas para el segundo gran día. – la voz de Sharingam, ahora un poco lejana.


- ¿Dónde ir? – pregunté.


- Espera, mantente al margen. Cuando coman, nada por detrás y corta. – asentí rápidamente. Lo estaba intentando, lo iba a intentar. – Nada muy despacio. No seas brusca al coger o soltar aire, debes estar tranquila. Nunca te precipites. Aunque veas que las otras hacen movimientos rápidos, tú sólo piensa en ti. Nada muy despacio. Es la ley del más fuerte. Del más fuerte y punto. – negó mirando sus manos.


- La ley del más fuerte. – dije yo intentando encontrar esperanza en aquella frase que ella repetía una y otra vez.


- ¡Bajen los botes! – gritó alguien a mi derecha mientras se ponía todo el mundo en movimiento para hacer lo dicho.


- ¿Por qué lento? – pregunté sin quitar mis ojos de los ojos azules de Catha. Procurando ignorar el mundo que me rodeaba.


- Los movimientos rápidos los atraerán. Lenta. Siempre lenta. Sigilosa. ¿Entendido? – una pausa mientras yo procesaba. – Dime que lo has entendido. – dijo un poco duro.


- Entendido. – solté.


- ¡Candidatas preparadas! – dijo otro hombre.


Tide acortó los pasos que nos separaban tiró de mis manos y en un movimiento rápido mis esposas cayeron al suelo. Tenía las muñecas agrietadas y llenas de ampollas que ahora supuraban.

El grandullón puso su mano en mi espalda y me empujó contra la baranda. Al ver el mar bravo y negro debajo de mí, una oleada de pánico calentó mis mejillas. Olvidé por completo el dolor de las esposas.


- Madre mía…- susurré cerrando los ojos muy fuerte.


- Vigila con las otras chicas. – Dijo mi compañera apareciendo a mi lado - Mantén la distancia y por lo que más quieras… - dijo dudosa – nunca sangres.


- ¡Listas! – canturreó de nuevo el hombre del cuerno.


- Abre los ojos. – murmuró Tide apretando mi hombro mientras todos, incluida Catha, retrocedían.


Abrí los ojos. Miré el mar, me permití sentir miedo, y luego respiré profundo y dejé de sentir nada. Pasara lo que pasara una cosa estaba clara: tenía que tirarme. Lo iba a hacer. O me comía un tiburón, o me ahogaba, o salía de ésta. Ya no importaba.


- ¡Y Thaia! – Gritó a mi espalda con un tono parecido al reproche – No te mueras, o me dejarás toda la carga a mí.


- ¡Candidatas al agua!


No sé qué fue, pero un motor en mí se encendió en el momento en el que la última letra sonó a través del cuerno, y sin pensarlo siquiera, me agarré a la baranda, encorvé la espalda para darme impulso y me precipité al agua con mis pies por delante.

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