Doce

Brook llevaba más de dos horas escuchando conversaciones de lo más distinguidas. Los importantísimos invitados de la señora Benworth no se necesitaban más que a sí mismos para corroborar cuan importantes creían ser.

Pero nadie hubiera pensado que ella les aborrecía. Imposible, pues sus sonrisas eran tan afables, y aquellos ojos azules parecían estar tan atentos, que todos los que estaban en el salón aquella tarde terminaron sus conversaciones con una valoración común: la señorita Daugherty era la mujer más bien educada que habían visto nunca.


- Si ellos supieran. - murmuró para sí misma.


- ¿Decía algo? - una profunda voz sonó detrás de ella obligándola a girarse casi de inmediato.


- Disculpe. - John Morris la miraba con una sonrisa ladeada. Tan encantadora que las jóvenes casaderas de la sala miraron todas en su dirección. Pero Brook ni siquiera la advirtió. - No le había visto.


- No se disculpe. - dijo con gesto que achicó sus ojos considerablemente. - ¿Como le ha ido el día?


- Bien. - carraspeó. - Fantásticamente.


- Me alegra saberlo. ¿Ha hecho algo en especial?


Lo que le faltaba. No quería seguir pensando en él, y lo había conseguido durante la mayor parte de la tarde, pero allí estaba aquel caballero, obligándola, prácticamente, a pensar en el Sr. Desconocido.


Creyó estar salvada de contarle algo que le sonara fuera de lugar, cuando Evangeline anunció la cena, pero ese alivio duró poco. John se iba a sentar nuevamente delante de ella, como las noches anteriores.


Nadie había repetido acompañantes hasta ahora. Ninguna noche más tuvo que estar cerca de Emma Lambert, o del hombre poco hablador de la primera noche. Pero casualmente, Morris siempre estaba delante de ella.


- Cundo era joven...- el señor Morris empezó una historia que Brook no pudo escuchar por mucho rato, pues tenía la mente en otro lugar.


¿Que había pasado con el Desconocido? ¿Tan mal había estado su primer encuentro que tuvo que salir corriendo? ¿Habría hecho algo malo sin reparar en ello?

Un rato antes había creído que librarse de su promesa, de verle hasta el sábado, era un alivio. Pero entonces nunca sabría quien era él.

Aunque estaba claro que él, después de todo, acabó aborreciéndola, o algo por el estilo. No podía haber otra explicación.

Suspiró sonoramente y miró gesticular al joven ante ella. Era guapo. Muy guapo y apuesto y elegante. Y empezó a sentirse mal por no estar escuchándole.

Intentó conectar, pero él ya había acabado su largo relato y un silencio se instaló entre ellos. Que ahora se miraban.


- Parece distraída hoy. - ella le miró tan intensamente que notó como el corazón se le disparaba.


- ¿Conoce...- ¡Maldición, menuda bocazas, Brook!


- ¿A quien? - dijo un John curioso.


Ella estuvo a punto de cambiarle el tema. A punto.

- Verá, vi a un caballero en los establos esta mañana. - miró a su alrededor para ver que absolutamente nadie les estaba prestando atención.


- Aha. - dijo el hombre ante ella, dejando el tenedor y mirándola con el ceño ligeramente fruncido.


- Me preguntaba si sabría decirme quien es. - Estás siendo ridícula.


- ¿Como se llama?


- No lo sé. - se armó de valor y decidió fingir un completo desdén. Como si realmente no le importara. - Sólo le vi un momento. Probablemente fuera un mozo de cuadras.

Pinchó un trozo de pato y se lo comió lentamente.


- Tal vez podría describirlo. - John, que llevaba toda la mañana pensando en cuan raro era que aquella chica no estuviera por ningún lado, tuvo que morderse las mejillas para no sonreír al ver que podía estar en lo cierto con sus especulaciones.


- Alto. - dijo sin dudarlo un segundo. - Pelo castaño. Algunos mechones le caen en la frente.


John sonrió un poco, echó un vistazo a la mesa y luego a la joven.

- Podría ser cualquiera de estos señores.


- Unos veinticinco. Espalda ancha, brazos fuertes. - siguió Brook comiendo un poco más, absorta en imaginarle mientras le describía. - labio inferior grueso.


- ¿Ha visto su labio inferior tan detalladamente? - Los ojos de John brillaban de diversión.


- No. - la cabeza de la joven se levantó de pronto, dándose cuanta de lo que acababa de decir. ¿Como podía ser tan tonta?


- Bien. - John estaba evitando sonreir, con todas sus fuerzas. Ademàs aquello era muy curioso, el hombre que describía podía ser cualquiera, pero cuanto más hablaba Brook más creía John saber de quién lo hacía.


- Sus ojos son verdes. – Dijo ella. Ahora John sí sonrió. ¿Quién más tendría unos ojos tan verdes que una dama no olvidaría?


- ¿Que ha hecho usted hoy? - dijo ella en un notable estado de alarma al ver el gesto de él.


*


- ¿Has pasado toda la mañana con Brook? - fue lo que dijo James al plantarse en el despacho de su hermano.


No le sorprendió aquella pregunta, James era muy atento, y si sumamos eso a que estuvo toda la tarde pensando en lo idiota que había sido comportándose como un niño miedoso, era de esperar que apareciera tarde o temprano con aquella pregunta. Solo se preguntaba cuando iba a ser eso.


Iba descalzo, con la camisa desabrochada, un vaso de ron en la mano y muy despeinado.

Estaba esparramado en el sillón y miraba las estanterías de madera sin expresión en la cara. Cuando entró James, los ojos verdes que compartían le paralizaron delante de la puerta.


- ¿Estas borracho? - casi rió.


- No, idiota. - resopló él. - Solo cansado.


- Has pasado la tarde aquí encerrado. Mucho esfuerzo físico no te ha causado eso.


- He estado toda la tarde encerrado contigo y con Sally. No hay nada peor que eso. - mustió dejando el ron en la mesita.


- ¿Kenneth bromeando? - James acortó la distancia y se sentó en el sillón delante de él. - ¿Has estado o no con Brook?


- ¿Por qué la tuteas? - respondió con otra pregunta su hermano. Luego pasó ambas manos por su pelo y lo despeinó más si cabía.


- Responde de una vez - ahora el rostro de James se oscureció. Típico de él; fingir enfado para intimidar a su interlocutor y que se rindiera. Era una lástima que su interlocutor fuera su hermano.


Kenneth levantó el rostro y le sostuvo la mirada a su hermano.

- ¿Que quieres? – gruñó.


- ¿Que ha pasado? - se inclinó apoyando los codos en sus rodillas y los labios apretados. - ¿Por qué pareces abatido?


Se miraron a los ojos un instante en el que a James le pareció ver como Kenneth cogía aire para hablar. Pero entonces se levantó de un salto.


- ¿Abatido? - resopló en lo que quiso ser una risotada. - ¿Abatido yo? ¿Estas loco?


- Kenneeeeeth - alargó la "e" con un tono cantarín.


- James. Estoy cansado, eso es todo. - se giró de espaldas a él, llevándose el vaso intacto de ron y tirándolo en una maceta.


- La excursión con Brook te ha dejado así de cansado, supongo. - murmuró sin rendirse.


Y para su inmensa sorpresa su hermano soltó:

- No. La excursión ha sido...algo bueno.


James se esforzó por no sonreír victoriosamente, y Kenneth respiraba profundamente, para no salir de allí y abofetearse él mismo. Dios sabía cuanto tiempo estaría James torturándole por aquella confesión.


- ¿Bueno? - dijo James con cara de asco. - Qué romántico eres.


- Ha sido bueno, lo cual no pretende ser romántico. Porque no ha sido romántico. - James sonrió discretamente ante tal incoherencia.


- ¿No ha sido romántico porque no has sabido hacerlo romántico? - preguntó - ¿O porque no querías que lo fuese?


- Por que no debía serlo. – murmuró. Se estaba sintiendo muy tonto en ese momento.


- Ya veo. - un silencio de algo más de diez segundos antes de que James volviera a la carga: - ¿Y por qué no?


Kenneth se giró a mirarle, había recuperado el rostro serio y la compostura.

- La encontré en los establos, hablamos y le propuse dar una vuelta. La vi claramente aburrida. - se encogió de hombros como si no acabara de mentir. - Y yo iba de paseo, de todos modos.


- Ya veo. - dijo lentamente James.


- Sí. Voy a acostarme.


Atravesó el despacho sin una mirada más a su hermano y abrió la puerta viendo el reloj del pasillo dar la media noche. No se había percatado que fuera tan tarde.


- ¿Como lo has sabido? – preguntó Kenneth entonces, sin girarse.


- Ella ha faltado toda la mañana. - contestó James. - Y ha aparecido en el salón poco después que tu aparecieras en el despacho. No creo ser el único que se haya percatado de eso. - movió las cejas divertido. - ¿Sabes lo que estás haciendo? - aquella última pregunta sonó más preocupada.


- No estoy haciendo nada. – casi escupió.


Algo arrastró a Brook Daugherty hasta el establo la mañana siguiente. Sabía que estaba teniendo un comportamiento totalmente lamentable. ¿Que chica que se precie iría tras el hombre que la había despachado de aquél modo apenas unas horas antes? Había muchísimas posibilidades de que él no estuviera allí, de que no apareciera o se marchara sin que ella le viera, evitándola.


Y eso era más lamentable aun.


Pues por eso mismo, se largó antes que apareciera Simone y le soltara una reprimenda o le llenase la mente con ideas románticas sobre los motivos que debía tener el apuesto Desconocido para comportarse de ese modo.


Pensándolo bien, teniendo en cuenta lo poco que sabía de él, bien podría ser otro sirviente de la casa Glassmooth. ¿No?


Claro, los sirvientes no tenían aquellos refinados modales de los señoritos. No iban por el mundo preocupándose por como lucía su cabello o no les importaba arremangarse las mangas de su cara camisa de lino. Por eso, si tenían que irse, se iban sin más, no importaba con quien estuvieran o si era indecoroso.


Él llevaba camisas de lino.


Bufó exasperada. Llevaba más de diez minutos allí, dando vueltas sin fijarse en nada en concreto pero bien consciente que mientras mil ideas atormentaban su cabeza, allí no parecía haber rastro de caballero o sirviente alguno, cuando un hermoso y blanco perro se plantó delante de ella meneando el rabo de un modo demasiado rápido como para siquiera distinguirlo.


Era Rik, el perro que el Desconocido pereseguía el día que se conocieron.


- Lo que me faltaba. - murmuró. - Más cosas que me hagan pensar en él.


- ¿En quien? - Sally Benworth salió de la nada y Brook soltó un grito sofocado. - Lo siento, no quería asustarte. - una sonrisa diabólica apareció en el pálido rostro de la joven.


- En mi perro. - Brook dijo aquello tan de sopetón que Sally supo al instante que mentía.


- ¿Un perro en Londres? Gillian me dijo que vivís en un duplex en Hyde Park. ¿No vive incómodo?


- Eh - dudó. - Sí. - carraspeó y se repuso. - Me refería al perro que tenía en Surrey.


Y eso calló a Sally. Brook acarició las orejas de Rik de un modo despreocupado.

- ¿Por que no estás desayunando? - volvió a hablar.


- ¿Y tu? – dijo Sally con otra sonrisa pícara.


- No tengo hambre.


- Claro que tienes hambre. - dijo Sally. - Pero te gusta más pasar tiempo aquí, ¿no?


Brook la miró desconcertada. Miró a su alrededor. Nadie estaba por allí. Luego volvió a mirarla.

- Supongo.


- Desayunemos con nuestras madres. Y luego podemos volver. - mientras decía aquello se agarró del brazo de la rubia. Brook clavó los pies en el suelo indecisa. - Podemos pedirle a James que nos acompañe y salimos a montar.


Eso sí llamó la atención de Brook. Que puso los ojos en ella y sonrió sin reparo.

- Eso me encantaría.


Mientras se alejaban, miró de nuevo el establo buscando en vano una figura fuerte y alta emerger de la nada para reclamar su atención. Pero él no estaba.


O eso fue lo que creyó.


Kenneth lo había presenciado todo desde el pequeño cubículo en el que su semental estaba esperando ser cepillado.


No esperó jamás que ella volviera, pero allí estaba. Tenía la oportunidad de disculparse. De dejar de sentirse como un completo idiota.


Pero ese sentimiento fue más allá, solo verla quiso llevársela a un nuevo sitio, pasar tiempo con ella, reír, hablar, mirar el bosque, sentirse en paz. No parecía ser una locura tan grande si se pensaba bien. Eran dos personas, inofensivas y sin malas intenciones, conociéndose y entreteniéndose el uno al otro. Él nunca haría nada, ni a ella ni a cualquier otra mujer, que pusiera en un compromiso su honor.


¿Pero irse con ella a solas no lo hacía?

- No. No lo hace. - se dijo


Estaba claro que lo que le motivaba a él eran las ganas de desinhibirse de tanto trabajo. Y a ella, la oportunidad de ser algo así como libre. Y Kenneth quería ser quien le enseñara a sentirse de ese modo.


Pero su hermana apareció de la nada y se la llevó. Y por más que ella se hubiera girado para buscarle una vez más, eso no le salvó de una mañana del humor más arisco que había tenido hasta ahora.

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