Dos

Mientras tanto, en Glassmooth, Kenneth Benworth escuchaba el incesante parloteo de su madre sentado detrás del escritorio de madera maciza situado en su despacho.

Una pila de cartas decoraba el centro de la mesa, debía leerlas y contestarlas todas, y todavía no había abierto la primera, pero lo que su madre tenía que decirle era demasiado importante, según ella.


- Querido, - la mujer paseaba de arriba abajo, y los nervios de Kenneth se crispaban con cada cambio de dirección que tomaba. - sé que no atiendes a razonamiento, y sé que estás muy triste por la muerte de tu padre a la vez que ocupado por todas las tareas que te han quedado como heredero.


El joven rodó los ojos sin que su madre lo viera. Había perdido la cuenta de las veces que había escuchado aquel discurso.

Su madre, con unos cuarenta y largos, había llorado la muerte del señor Benworth más que nadie en aquella casa. Más, incluso que sus tres hijos. Pero como toda madre y señora de tierras y riquezas, debía casar a sus hijos, y debía empezar con el heredero.


- Y sé que vas a escandalizarte. Pero no hay nada que puedas hacer para impedir mi propósito, Kenneth. Lo siento.


El nuevo señor Benworth paso su mano derecha por su pelo corto, y apartó un par de mechones rebeldes que le caían en la frente. Luego soltó un suspiro.


- ¿Qué has hecho esta vez, madre? - dijo sacudiendo la cabeza.


- ¡Oh querido! - se quejó parando en seco. - No hagas que parezca yo la mala del cuento. - Ella hizo un puchero que su hijo ignoró. - Solo necesito que pases en casa tres meses.


- Ese era el plan. - se limitó a decir. Ella asintió y sus ojos negros brillaron. - Pero supongo que algo has hecho que te haga temer por mi estancia en Glassmooth.


- Bien. - Kenneth tragó cansado de tantos rodeos. - Después de la muerte de tu padre, las puertas de Glassmooth han estado cerradas durante tres años. He decidido que este será el verano en el que todo volverá a ser como antes.


- Eso no suena del todo bien. - James, el segundo hijo de Evangeline Benworth dijo entonces desde el sillón al lado de la ventana. Su hermana pequeña, Sally, mantenía la boca cerrada y el ceño fruncido.


- Sí suena bien. - dijo la madre de los tres chicos. - Este verano he invitado a veinte familias adineradas de Londres y Surrey para que compartan con nosotros los tres meses solitarios que vivimos en la finca.


- Nunca me he sentido solitaria. - murmuró Sally.

La señora Benworth llevaba esos mismos tres años viviendo en Londres con su hija Sally y las esporádicas visitas de James y Kenneth. La hija fue presentada en sociedad, como ellos, y asistían a bailes y encuentros sociales de todo tipo. Así que no, Sally Benworth nunca se había sentido sola.


- El caso es que vamos a ser los mejores anfitriones posibles y pasar un gran verano, acompañados de amigos y conocidos.


- No quisiera ser yo el que cree la disputa. - dijo James ante el silencio de Kenneth. - Pero tú eres el dueño de Glassmooth, ¿no? ¿Por qué no se lo impides?


- ¡James! - exclamó Evangeline llevándose las manos el pecho. - ¿Cómo puedes decir algo así?


- Bien. - dijo Kenneth con una calma que no les gustó a ninguno. Todos sabían lo serio que se había vuelto desde la muerte del señor Benworth. Ni siquiera sonreía por los teatros que su madre montaba por cualquier asunto, y eso que los montaba para ponerle a prueba. - Mamá, agradeceré que preguntes la próxima vez. ¿Cuándo llegan los invitados?


- Hoy.


Kenneth no era un joven al que le gustaran las grandes fiestas o compartir momentos incómodos con madres e hijas casaderas desesperadas por echarle el lazo. Pero, tampoco era un hombre dispuesto a discutir por tonterías.


Aquel era su hogar, su terreno. Su madre podía invitar a todas las mujeres y chicas que quisiera, pero él no tenía porqué formar parte de toda aquella parafernalia destinada a una sola cosa: su matrimonio.

Así que, aunque le incomodara la situación, sabía cómo mantenerse al margen.

Miró a Sally, su pequeña hermana. Su pelo negro estaba sujeto en un moño perfectamente estructurado, y jugaba con un mechón mientras miraba a su madre que seguía hablando sin cesar. Tal vez, ella, encontrara a algún hombre con el que desposarse y ser feliz. Y tal vez James encontrara el amor de su vida, aquel verano.


Él era el hermano mayor, debía preocuparse, tanto como su madre, de casar al menos a su hermana.


- No vas a colocar a nadie en el ala este de la casa. - dijo entonces interrumpiendo a Evangeline. - Está reservada para la familia. - ella asintió con una amplia sonrisa. Aquella sonrisa le quitó a su madre diez años. Y a él se le encogió el corazón. - Yo solo asistiré a las fiestas o bailes. - vio que ella fruncía el ceño, y antes de que pudiera interrumpirle siguió: - Tengo demasiada faena. No puedo perder más tiempo que ese.


- Creo que deberías distraerte. - la voz de su madre fue acompañada de un deje de preocupación. - Trabajas demasiado.


Tres toques en la puerta llamaron la atención de la familia. Julius, el mayordomo, abrió, hizo una pequeña reverencia y anunció:

- Señora, su gran amiga, la señora Dwight acaba de llegar a Glassmooth.


Evangeline salió del despacho sin decir ni una palabra más. Sus tres hijos aguardaron a que ella estuviera lo suficientemente lejos para soltar un largo suspiro al unísono.


- Va a ser el verano más largo de mi vida. - dijo Sally.


- No exageres. - Kenneth se levantó de la silla y se sentó en la mesa con las manos en los bolsillos y los tobillos cruzados.


- Para ti es fácil decirlo. - Se quejó James - Pero nosotros vamos a estar todo el día rodeados de personas que no conocemos mientras tu te escondes.


- Mamá ha invitado a Emma Lambert. - Los ojos de Sally brillaron y ella y James rieron escandalosamente después de ver el rostro de Kenneth volverse rígido.


- Estas en problemas, hermanito. - dijo James sorbiendo por la nariz bruscamente. En ese momento Kenneth cogió el fajo de cartas y se las arrojó a James.


- Quiere que te cases con ella, ¿sabes? - siguió la hermana. Kenneth bufó.


- No sé cuál es el problema, realmente. - dijo James secándose las lágrimas. - Es la mujer más hermosa que he visto en los cientos de bailes de Londres.


- Y la más odiosa. - Esa fue Sally.




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Gracias.

MRMarttin

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